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de agosto: Inicié el estudio
de la segunda posición en el violín. Marcel Du Frane, mi profesor, sufre mucho
con mi torpeza pero sigue dándome clases porque, supongo, necesita dinero. Sigo
leyendo en la libreta del 82: intrascendencias. Algo gracioso: caminando por el
centro de Xalapa siento urgentes ganas de cagar. Me meto al primer sitio que
encuentro: es el Centro México-Británico, la directora es mi amiga Lucie, una
flaca, rubia y presuntuosa, amante de un actor de teatro y esposa de un
very important funcionario. Le digo el objeto de mi visita chere amie, es cagar
en un baño limpio. Ella, amable y muy afrancesada me dice mais oui, pásale.
Entro al limpio baño, cago sabrosa y dulcemente. Me limpio el trasero con la
toalla. Salgo y le digo a Lucie: “Alguien se limpió el culo con tu toalla”.
Lucie exclama: Ah, estos latinos son unos cochons. Apruebo y me despido, no sin
antes decirle que Luis XV orinaba en las alfombras de la escalera en el Palacio
de Versalles y que los franceses en lugar de bañarse se perfuman. Lucie no se
ofende porque sabe que es verdad y no me replica porque es buena lectora y le
gusta lo que escribo. 1 de noviembre. Crónica de la presentación de
mi libro de cuentos. Me bañé, me afeité, me puse unas gotas de Givenchy. Vestí
mi pantalón gris, el sacón Pierre Cardin que me regaló XX, el de las grandes
ocasiones, mis botas café de mosquetero, ya hechas trizas pero tan amables.
Cuando llegué al Teatro del Estado vi vacía la antesala, imaginé un fracaso
terrible. Al subir las escaleras comencé a a ver gente. Todo estaba listo.
Cuando entré al salón estaba lleno. Desde el estrado vi que no cabía
una persona más. Muchas se quedaron sin poder entrar. Habló el editor, luego
Trigueros, alabanzas desmesuradas. Luego mi jefe en la Editorial: destacó
nuestra amistad y se olvidó de mencionar el libro. Cuando me tocó hablar estaba
sudando como un puerco.Al final fui saludado y besado por Bárbara, Shaka y
Periquita, que sabiéndose hermanas de leche, por un día decidieron una tregua.
Luego fuimos el restaurante Nazdrovie. Yo pagué la cuenta. Me sentía del
carajo: Concha Chacón me había dejado una colección generosa de estafilococos
áureos que me habían tenido con fiebre la semana previa a la presentación. Me
costaba trabajo respirar. Decidí dejar de fumar. El 2 de noviembre escribo:
Una pena no tener a nadie que escarbe en mi bragueta con ambición, como lo
hacía Barbara. El 7 de noviembre: El libro sufrió el primer choque
con la crítica. La articulista acusó un par de cuentos de pueriles, exaltó el
cuento de McCoy y terminó diciendo que eran más los aciertos que las caídas. El
editor pagó 144 000 pesos de publicidad, poniendo mi libro en medio de de nueve
libros clásicos. De diez libros que había en la Gahndi quedan ocho. Estuvo en
casa una periodista diminuta. Se quedó a dormir. Creí que quería ver el cielo.
Me equivoqué: solo quería llorar un poco y revolcarse en el estiércol
sentimental. Dormimos un rato juntos. Al despertar vi a Angelita
ahí. Comencé a tocarla con mucha cautela. La acaricié toda, subí con las yemas
de mis dedos por los muslos hasta llegar al vértice. Allí topé con una materia
dura que no fue difícil descifrar. Ajá, me dije, viene a pasar a mi
lado las penas del tiempo de emergencia. Luego le busqué los senos y estuve
jugueteando con ellos casi indiferentemente. Angelita insistió en no despertar.
¿Quién le iba a creer? Feliz la babosa, siendo acariciada, su respiración
acelerándose y etcétera. Mi gaver saudadosa de hembraje estaba tiesa como un
riel y mis tristes huevos apoyados en su muslo izquierdo. Mujer incomprensible.
Cuando terminé de acariciarla, a quemarropa le pregunté: ¿Te gustó? Movió
denegativamente la cabeza en la semipenumbra. Insistí: ¿Te gustó? Volvió a
mover la cabeza. A las siete de la mañana se despertó. Yo me hice el dormido.
Ella se vistió, me dio un beso en la frente y se fue. 16 de noviembre:
farándula literaria en el DF. Firmé 50 ejemplares para periodistas. Fui con el
editor a un sitio de estripticeras: gordas, insolentes, tímidas, provincianas,
despóticas, atléticas, pasaditas de kilos, con aires de castísimas o de
putangonas, asunto deprimente y divertido. Me emborraché y me porté vil y
vulgar: a una le hice un gesto de que se metiera un cigarrillo prendido en el
muchiqui y a otra que se metiera un trozo de hielo, me porté a la altura del
ambiente y entré en el juego de tasar carnes y criticar: pasaron frente a
nuestros ojos cincuenta hijas de Dios. A pesar de que los rituales de cada
estriptis eran en general aburridos y faltos de imaginación encontré en el
conjunto del show una especie de estructura diríase platónica que iba desde la
primera mujer de barriga floja y celulitis incipiente, hasta las últimas
jovencitas de piel deliciosa, individuas orgullosas, distantes, y aquello era
como un acercamiento gradual al arqueotipo. En realidad yo, gracias al tequila
Centenario, al que no estaba acostumbrado (en parte por disciplina y en parte
por tacañería) estaba compenetrado con el asunto y veía como se iban borrando
las imperfecciones, afirmando las carnes, mejorando las sonrisas, pero
desafortunadamente mis acompañantes, el editor mexicano, el editor español y un
vendedor de la editorial, se dijeron soberanamente aburridos y con sueño, de
modo que ya no puede ver al arquotipo, a la protohembra que imaginé
cerraría el show. Salimos a comer tacos de calle, la carne era frita
sobre una enorme plancha metálica de dos metros de largo en medio de una
montaña eminente de cebollas y chiles. Pensé que ese escenario me podría servir
para la novela de amor: llevaría a la protagonista a comer tacos de
chiquehuepayole. La palabra la inventé ahí mismo.
| En el malecón de Tuxpan, 2011 |
Tras el segundo
acto con Concha a la derriere, volvió a sentirse mal, volvió a llorar y
desapareció de mi casa como si fuera un fantasma. Gracias a Dios, dije. Anoche,
en la media hora de sueño que tuve tras la fiesta, soñé con Rowena. Y hoy
decidí escribirle a La nauyaca pidiéndole que me devolviera mis cartas y
reprochándole que me hubiera olvidado tan radicalmente. ¡Y pensar que hubo
meses en que nos escribíamos una carta diaria!
(Fin de la
Libreta del año 82).
Anoche me enojé en mis sueños.
Vi a una mujer que me impresionó profundamente. Noté que
yo también atraía su atención. Nos fuimos acercando los dos sonrientes, los dos complacidos,
los dos anticipando… Súbitamente desperté. Me dio mucha rabia el despertar dejándola ahí
entre los velos del sueño. Supe que no la volvería a ver jamás.
yo también atraía su atención. Nos fuimos acercando los dos sonrientes, los dos complacidos,
los dos anticipando… Súbitamente desperté. Me dio mucha rabia el despertar dejándola ahí
entre los velos del sueño. Supe que no la volvería a ver jamás.
27 de febrero de 1982. No lo había dicho pero lo voy a decir.
Llevo varios meses intentando dejar de fumar. Antes de hoy había logrado mi
récord: una semana sin un solo cigarrillo. Y hoy, día de mi cumpleaños 34, caí:
fumé como chacuaco. Chacuaco: mitológico animal mexicano que nadie ha visto
pero que según parece era atraído por las hogueras de los indígenas tarascos
de este país. Fiesta en casa: un crítico uruguayo y su compañera poeta, una
suiza (rolliza de pelo larguísimo, casi blanco), dos francesas (una chiquilla
con largo kilometraje en las camas jalapeñas y Jossianne, recatada, moralista,
chismosa y pesada), dos venezolanas (una gorda y otra flaca, de un rubio
escandaloso y una bondad se burra vieja, con un lunar fungoso en la mejilla
derecha), el novio de la burra vieja, guapito, Lupita, la secre de mi oficina,
el doctor Ramón, mi maestro de violín Marcel Du Franck, su novia, una
adolescente que toca piano y tiene dientes postizos, un bigotón estilo Pancho
Villa que hasta donde sé no fue invitado. El uruguayo y yo llegamos tras
algunos tragos a la conclusión de que los dos éramos unos verdaderos genios. El
uruguayo (Jorge Ruffinelli dijo: De verdad que eres un genio, se puede decir
que Colombia ya tiene un Nobel y medio). Admirable tipo: si hubiera habido otro
invitado de su estatura, habría estado aún más feliz. Saqué de su estuche mi
violín a las cuatro de la mañana y me puse a tocar. Marcel Du Franck en medio
de sus tormentas alcohólicas miraba la partitura, era del Minueto de Beethoven,
y cerraba los ojos, movía la cabeza de lado a lado y se mesaba las rojas barbas
de profeta nicotinoso. Ni sus gestos casi de desesperación ni las miradas casi
suplicantes de los invitados lograron detenerme durante una hora. Interpreté
malamente todas las piezas del segundo volumen del Método de Mathias Crickboom.
Fue una noche feliz. Me acosté a las cinco de la mañana y a las seis llegó
Concha Chacón. Miró y olfateó los restos de la fiesta. No me invitaste,
criminal, quería decirme con su mirada totonaca. Le di vino. No quería hacer
catleya (no quería que me subiera a su árbol, que empanizara su pescado, que
hiciera sonar a rebato las campanas de su iglesia) pero finalmente la convencí.
Traía ligueros y le pedí que se los dejara para imaginar que estábamos en una
película francesa de los veintes. El asunto estuvo bien aunque sin fuegos
artificiales. Luego me dijo que anoche había llorado mucho, hasta llegar a una
decisión: No quiero nunca volverte a ver. (Fin de la Libreta del
año 82).
