En el siguiente video Adolfo cuenta cómo nos conocimos en 1974, aproximadamente, y cómo decidimos escribir una novela en la que él sería el protagonista: una novela en la que él actuaría en vivo, día a día, para que yo escribiera lo que hacía y decía (actos y palabras siempre imaginativos, a veces aparentemente demenciales, delirantes, divertidos, transgresores de toda lógica): resultó la novela Los placeres perdidos...
https://www.youtube.com/watch?v=D5ZA8RHHRvo
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| Con Adolfo Montaño, protagonista de Los placeres perdidos. Encuentro en Xalapa, julio 30 de 2016 |
Los placeres perdidos
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Fundación Tierra de Promisión. Neiva. 1989,
254 págs.
Marco Tulio Aguilera Garramuño
Fundación Tierra de Promisión. Neiva. 1989,
254 págs.
La Primera Bienal de Novela José
Eustasio Rivera, convocada por la Fundación Tierra de Promisión, con un jurado
integrado por los escritores Néstor Madrid Malo (q.e.p.d.), Benhur Sánchez y
Gustavo Alvarez Gardeazábal, concedió el primer premio a la novela Venturas
y desventuras de un frenáptero, del escritor vallecaucano, radicado en Jalapa
(México), Marco Tulio Aguilera Garramuño.
Hasta aquí la fría noticia. Ahora ese
libro es publicado, con intenciones seguramente comerciales, como Los
placeres perdidos. ¿Desacierto? Tal vez. El hecho de que nadie sepa qué es
un frenáptero no invalida un título más acorde con la personalidad del autor (y
de sus personajes, todos frenápteros) y más acorde con sus ya conocidos libros
anteriores, entre ellos Breve historia de todas las cosas (1975), curiosa
trama cuyo laberinto se desenvuelve, imprevisiblemente, en Costa Rica, o los
espléndidos Cuentos para después de hacer el amor (1983), que
constituyen, sin duda alguna, junto con La nave de los locos de Pedro
Gómez Valderrama, los mejores libros de cuentos de autores colombianos
publicados en la década de los ochenta.
¿Qué es, pues, un frenáptero? Aventuro
una hipótesis etimológica: la palabrita podría provenir del griego y querría
significar: ‘inteligencia sin alas’ o ‘espíritu sin alas’. Frenáptero:
"cazador metafísico", dirá el autor, aludiendo al protagonista.
"Si alguna vez hubo en Cali —ciudad que se precia de albergar especímenes
humanos en los que el esplendor es costumbre y espectáculo— un mancebo digno de
ser amado por todos, todas, siempre sin tacha ni pausa ni reposo, ese ser
magnífico fue Adolfo Montañovivas".
La presentación no otorga ni pide
tregua. De ahí en adelante veremos que Adolfo, extraído de las alturas del
barrio San Fernando y de las aulas del San Luis Gonzaga, en "la ciudad más
depravada y gozona de Colombia", es el único y absoluto personaje, y
hablar de un solo personaje siempre ha sido ardid que da buenos resultados.
Como aproximación a lo real, no hay
problema hasta aquí. Pero basta una breve ojeada en la obra de Aguilera para
advertir que en ella conviven en perfecta armonía la cruda realidad de seres
humanos y otras bestias comunes con el mundo mágico del libro de los seres
imaginarios. El frenáptero debe ser, desde una nueva óptica, un primo de los
cronopios o de las famas, pues. son de una misma estirpe, o del rinoceróptero
célebre de Amor contra natura, uno de los Cuentos para después de
hacer el amor en el que un ingenuo rinoceronte se enamora de un desgarbado
helicóptero, nuevo acuerdo entre esos dos mundos aparentemente
irreconciliables, o de los perratas que por aquí van y vienen, o de las tenyerinas,
criaturas que oscilan entre anfibio y ave, o dé los extraños bibbis, o
de los elefantes terrestres, marinos y volátiles, o de los toxitls muy
aztecas, al menos de nombre. Un toxitl puede ser cualquier cosa; desde una
cruza entre un chontaduro y un axolotl, criada en Jalapa o en
Tetzaltenango, hasta el nombre propio de una de las mónadas de Leibniz, si bien
es cierto el autor adviene que las mujeres seguramente son una forma
evolucionada de toxitl, lo que nos acerca a más atrevidas perspectivas.
lgualmente, en Los placeres perdidos reaparecen
los hermosos saúdes, esos "seres de ojos inmensos y tiernos, como
los de los antílopes, y que sufren si no son acariciados con arte y
paciencia". Y es que, como recalca más adelante Aguilera, "para saber
a ciencia cierta si una persona es hermosa o detestable, es necesario someterla
a un largo tratamiento de besos y caricias".
El inicio del recorrido es un tanto
arduo y se presenta, engañosamente a mi parecer, como un aparte más de esa inmensa
novela mediocre que se está escribiendo día a día en Colombia y que parece
provenir siempre de un mismo autor, aunque quizá, en este caso, un poco por
encima del nivel general —por lo menos no es sórdida aunque por ahí afloran
resentimientos, acaso no injustificados, contra un conocido concurso
literario—, que oscilan entre lo cotidiano y lo vulgar, con un ambiguo erótico
que denuncia los mil años de tabúes que llevamos encima, con un contundente
violento y un aberrante sórdido, aditados con tal cual metáfora que apane del
lenguaje callejero lo suficiente como para ameritar la imprenta.
Todo huele, en las primeras páginas, a
apuntes guardados en un baúl en espera del concurso redimidor, pues se
advierten en principio todas las características de novela de aprendizaje, de
ejercicio juvenil. Costumbre de nuestros escritores: enviar una novela a un
concurso viene a ser casi como comprar lotería; al fin y al cabo, cualquier día
los jurados pueden caer en la trampa...
Adolfo, el frenáptero, es apenas un tipo
chévere, uno de esos arquetipos que pueblan cuentos y novelas colombianos.
Resulta ser un personaje no tan atractivo como nos lo propone Aguilera
Garramuño. "Aedo de piano portátil ", intenta deslumbrarnos con su
exterior hermoso, con su inasible, insosegable alma de colibrí, con sus
desplantes pretendidamente pintorescos de hippie de los sesenta y
revolucionario trasnochado, nutrido en Lenin y en "las iluminadoras
comilonas de hongos en los valles aledaños a Cali", es decir, en las
"sendas escondidas de Pance". Adolfo es especialista en la materia.
El complemento es obvio: la suya es una filosofía no escrita en libros ni
estudiada
en universidades. Está lejos de la introspección, lejos de la metafísica, lejos de las profundidades de la conciencia. Sus ideas de horno ludens son puro divertimiento, puro juego inocente o escapatoria de la realidad: "carpe diem"... para Adolfo, "un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito", porque la realidad es "una obra de arte que está esperando el ojo iluminado". Desde luego, el tema no lo agotó Fernando González, y el frenáptero se muestra capaz de suscitar reflexiones en el lector, porque es preciso decir que Aguilera Garra-muño maneja todo un lenguaje de símbolos que oscilan entre el mamagallismo y la metafísica: Véase un ejemplo: "La postreridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo".
en universidades. Está lejos de la introspección, lejos de la metafísica, lejos de las profundidades de la conciencia. Sus ideas de horno ludens son puro divertimiento, puro juego inocente o escapatoria de la realidad: "carpe diem"... para Adolfo, "un perro que se muerde la cola no es un perro que se muerde la cola, sino una trampa puesta en medio del camino para que nos detengamos a contemplar una imagen viva del infinito", porque la realidad es "una obra de arte que está esperando el ojo iluminado". Desde luego, el tema no lo agotó Fernando González, y el frenáptero se muestra capaz de suscitar reflexiones en el lector, porque es preciso decir que Aguilera Garra-muño maneja todo un lenguaje de símbolos que oscilan entre el mamagallismo y la metafísica: Véase un ejemplo: "La postreridad: que otros se coman el postre que uno prepara con tanto trabajo".
Cuando Adolfo sale, va a ver y a que lo
vean, a sentir envidia de los demás y a que los demás sientan envidia de él. Es
un peripatético, nutrido en calles y bailaderos, rebelde e iconoclasta que no
se acuesta con sus hermanas porque ya muchos lo han hecho con las suyas, aunque
no tiene inconveniente en noquear a su madre con un recto a la mandíbula. Lo
triste es que aquello ya no nos conmueve en demasía, salvo acaso porque la
mano, como en la leyenda que han propagado por siempre las madres precavidas,
se le arruga al hijo agresor.
Su programa vital comprende desde
reformar el paisaje hasta abolir la televisión, ese demonio, pasando por
rascarle los testítulos al infinito, tutearse con las esencias, tomar el té con
los arquetipos platónicos, admirar amaneceres y crepúsculos a pesar de la
presencia inmediata de "los mastines del orden", pero, ante todo,
escribir la ración diaria de literatura sin la cual la vida es imposible:
"¡Un cálamo, un papiro, una corteza de maple, un cuero de cabra del Sinaí,
rápido, lo que sea, tengo que escribir una idea que se me escapa!...".
Seductor a su pesar, su figura es
"una visión desquiciante". "Hombres, mujeres y bestias caen
abatidos fulminantemente por su encanto y sienten la necesidad angustiosa de
hincar el diente real o figuradamente en su carne de ave celestial... Los
recursos para llegar hasta Adolfo han sido tan diversos como los matices del
verde en la selva amazónica al amanecer".
Bisexual aunque casi asexual, sus vicios
sirven para símiles y metáforas atrevidos: "No he tenido tiempo para
decidir si me gustan más las mujeres que los hombres. Creo que prefiero a las
lombrices de tierra después de la lluvia". Oeste otro: "los ojos del
profesor se abatieron sobre los de Adolfo como garras en cuellos de gorriones y
picas en nucas de Flandes". El prefiere el amor a lo Dante y Beatrice,
amor emocionante pero "sin desagradables intercambios de
secreciones", pese a que se topa a menudo con mujeres con intenciones
aviesas y "no ignora que tras los ojos de admiración mística hay bestezuelas
golosas que más vale no convocar", porque "todas quieren lo mismo,
cochinas, prosaicas. No me opongo al acto sino a la prisa... Al amor se debe
llegar como a la cima de la montaña más alta".
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Adolfo simplemente habla, divaga.
"Adolfo, las señoras y los elevadores tienen largas y tórridas historias
dignas de ser contadas". La novela es apenas una disculpa para perorar
sobre lo que se le ocurra al autor. Capítulos hay que, como éste, rezan en su
encabezamiento: "IV. Pequeña cuasitragedia, para mujer que puede ganarle
discusión a Borges, ambiente desolado y Gandul, con peligroso entremés del
frenáptero entre las garras de las perratas y las uñas pintadas de la Poeta
Lujuriosa". Los recursos líricos no se improvisan: "Consideremos
ahora la gran diferencia que hay entre tu piel, tan suave y disfrutable, bajo
la cual hay músculos mullidos que parecen llenos de espíritu de alta nube, y mi
piel, erizada de vellos, que oculta músculos rígidos, protuberantes,
desagradables, como un vil sistema de correas y poleas carente de toda
poesía". O estos dos: "y se miran divertidos los dos abrazados
en el centro del espejo, en medio del escándalo anticuado de sesenta bombillas
de diez voltios" y "más insultado que una hetaira romana en manos de
la baja plebe o tan vapuleado como una mujer adúltera en el Antiguo
Testamento".
A veces son breves sentencias o
aforismos propios, espetados de repente: "No hay como las largas
antesalas para la alimentación de la cultura personal: en aquella ocasión leí
500 páginas de La guerra y la paz ".
"Si uno les dice piropos a viejas
secas como espartos, éstas reverdecen".
"La sociedad se inventó para
liberar al hombre solitario del peso de su propia conciencia y para que se
mantenga ocupado en imbecilidades".
"Soy más inútil que una vaca, pero
menos perjudicial que un policía".
"Cuando uno es feliz más vale no
hacer preguntas".
"Ahora me doy cuenta de que relativamente
es la palabra perfecta: quiere decir que sí sin conceder del todo, y quiere
decir que no, sin ser descortés".
"La palabra impúdicamente me
agrada: vamos a ponerla en práctica".
Es inevitable aquí la referencia a la
sombra de Swann, de sus muchachas en flor y de las magdalenas mojadas en té,
cuando Adolfo permanece cinco años sumergido en el primer volumen de Proust,
cuya obra espera rehacer "a la colombiana". También rondan los
acentos kafkianos: "Parece que su propósito era convertirse en un monstruo
insecto ", o "una mañana al despertar Adolfo descubrió que se había
vuelto a transformar en un monstruoso ser solitario". En todo caso, por
doquier hay guiños de ojo a los buenos lectores.
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Hermosa es su vivencia personal de los
libros que dirige. "Con don Quijote anduvo quebrando vitrinas a pedradas y
liberando maniquíes fríos e indiferentes". Con Funes el memorioso le
entró un delirio nemotécnico que lo iba llevando al manicomio. La lectura de El
licenciado Vidriera estuvo a punto de mandarlo al hospital y con Dante
recorrió los círculos del infierno en un bailadero de salsa, donde
"conoció fugazmente la cara de la muerte cuando un moreno extraviado entre
el alcohol y una mujer maldiciente, lanzó un puñal al azar, que se clavó a tres
dedos de su carótida".
Su mundo es extraño, sonoro; claro está
que eso no basta para hacer una literatura; tener una boa constrictora de mascota
tampoco es literatura. Sin orden ni concierto desfilan por estas páginas
Mahoma, Heráclito, Descartes y su silla turca, refugio del alma, Bach, Ravel,
Mastropiero y su cuernófono dipituitario, Dick Tracy, Mandrake, Drácula,
Nietzsche, Descartes, Carnap y su "Demostración matemática de la
inexistencia de Dios", refutación a Spinoza, Lautréamont, el Filósofo de
Envigado, Robbe-Grillet, Gramsci, Roberto conde de Flandes, el más grande
insultador de la historia, el poeta Antonio Llanos languideciendo, en un
manicomio atroz, un frailecillo extraído de las Memorias de Casanova, un
perdido fanático propulsor de las Cruzadas, un profeta de tercera línea que
apenas si es nombrado en la Biblia, junto con ángeles de mala calidad cuyas
alas se deshojan al menor golpe de viento y con lugares biensonantes como la
Mongolia Central, equivalente al éxtasis, al paraíso, Ratisbona, Fuenteclara
del Ebro... (Sartre aseguraba que los de nombre más hermoso eran Aranjuez y
Canterbury).
Adolfo afirma, por supuesto, que la gran
literatura del siglo XX es la que se esconde en las tiras cómicas. No ha
acudido al suicidio por no haber conseguido dar forma definitiva a su carta de
despedida aunque sí a su epígrafe: "No pongan flores sobre mi tumba pues
soy alérgico", lo que no le impide elaborar un fino Manual del suicida
doméstico.
El marco temporal de la novela es
irrelevante. Si la página 105 nos ubica en 1974, por la 196 estamos en 1978. En
la 241 estamos en 1982, aunque en la 195 ya ha muerto Juan Pablo II. En verdad,
poco importa.
Los personajes secundarios apenas sí son
dignos de mención: Polibio de Megalópolis, líder universitario; Gandulín, cuya
madre "le ganaría en discutir a Duns Scotto, a Erasmo de Rotterdam,
incluso a Borges" (¿no será esta una mala interpretación de las capacidades
intelectuales del argentino, más dado a "sugerir" que a
"vencer"?); Mariño, poeta que, como todos los poetas colombianos,
"está estudiando francés en la Alianza y sueña con ahorcarse colgándose de
un poste de luz en París". Los niños, Lorena y Tato, son depravados:
"Yo sólo espero que los niños no cambien, dice Adolfo, que conserven
íntegras sus capacidades perversas". Lorena, sobra decirlo, a los siete
años sueña con hacer el amor con su tío Adolfo: "-Por favor, tiíto, no te
rasures que me gusta tu piel rasposa —le dice— y por la noche, cuando no estés,
el ardor en mi carita me traerá hermosos recuerdos ". La presencia final
de Albamarina, con su figura de princesa de Alfa Centauro, da relumbre a la
novela. Su papel es perturbar a los adeptos de Adolfo, llevándolos a crisis
terribles. Pero lleva a Adolfo al amor (hoy hace amor, dice al despertar), en
escenas de una ternura infinita: "Luego nos acostamos a descansar y a
darnos besos. Unos 700". Son el doncel y la doncella de oro. Más aún: son
felices. Lo que consiste simplemente en "alternarse la flauta dulce,
cantar dúos, hablar de instrumentos musicales, admirarse mutuamente y darse
muchos besos La metáfora pertinente y atinada da a las escenas eróticas cierta
frescura y aun majestad: "El pelo se desparramaba sobre la sábana blanca y
era como si allí mismo estuviera estallando una supernova... Me dediqué a
besarla hasta que mis labios tropezaron con el más fresco rincón de su
existencia". O esta bella comparación donde parecen agotados todos los recursos:
"Sus dos pechos eran como las narices de dos ardillas dormidas. Su sexo
parecía el dorso de un delfín hundiéndose en el agua cristalina de sus muslos
".
Y es que la novela, con el correr de las
páginas, va adquiriendo cuerpo, majestad, se va poetizando. No solamente asoma
la literatura sino que empieza a rondar lo magistral, para acercarse y rematar
al final con fanfarria triunfal.
El frenáptero propugna la aparición de
un nuevo superhombre: "Para que surja el nuevo hombre es necesario que
asuma el sentido de su propia irresponsabilidad ". "El poder para los
imbéciles. La libertad y la irresponsabilidad para los frenápteros". De
ahí acaso la dispersión del relato. No se divisa un hilo conductor. Con el
mayor cinismo Aguilera termina una aventura por aburrición, o simplemente no la
termina. Adolfo soluciona todo acudiendo a expedientes demasiado sencillos, deus
ex machina que descienden para suprimir los problemas. Paradójicamente es
entonces cuando brilla la literatura, bendita musa irracional. Es especialmente
notoria en el viaje a Grecia, con su "bello desastre de las islas
dispersas", en una cubierta de buque olorosa a camellero egipcio, a
aguador armenio, a puta parisiense o a pisaverde de Turín, donde advierte
Adolfo que su verdadera vocación siempre había sido la de cuidador de cabras en
Hipogasto.
Al final de cuentas, vemos que la novela
no está lejos —creo personalmente que la supera con creces— de aquella muy
mentada y sin duda sobrevalorada —lo que hacen el prestigio del suicidio y de
la juventud— Que viva la música de Andrés Caicedo.
Quiero finalizar con una reflexión,
ojalá provechosa. Aguilera Garramuño demuestra, una vez más, que nuestra
riqueza expresiva —hablo no sé si de la del latinoamericano, del hombre del
trópico o del tercermundista, que no los he conseguido ubicar porque no soy
sociólogo— se esconde en nuestro sistemático repudio a los sistemas y a las
academias y florece en el caos inteligente. La lectura de una obra como ésta
invita —¡oh desgracia!— al análisis socio-político (¡qué horrible!). Un
personaje se impone hoy en las letras: el desadaptado urbano, incoherente,
soñador, mamagallista y, sobre todo, intrascendente. Su historia —a lo más— nos
hace reír o nos pone los pelos de punta y puede ser el pretexto para una bella novela.
Creo descubrir en la literatura más actual un nuevo rumbo. Se trasluce en ella
el anhelo, la esperanza de una vida mejor, más justa. No ya el llanto y la ira
que propagó una desesperanzada Latinoamérica antes y durante el boom.
En este caso, en particular, encuentro
patente la influencia de la narra tiva mexicana actual (¡Dios tenga en su seno
a Jorge Ibargüengoitia!), tan lúdica y gozona. Ya no habla la voz de Onetti ni
la de Rulfo. Ya hay una capacidad para reír, así sea a costa de nuestras insensateces,
dentro de un nivel de vida soportable. Es, lo entreveo, el despunte de una
nueva generación, ávida de paz y de progreso.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
En la Feria del
Libro de Saltillo el próximo sábado me pidieron una conferencia sobre mi
trabajo literario. He aquí (aproximadamente) lo que voy a decir. Me sucede que
escribo las conferencias y termino olvidándome de ellas.
Los placeres perdidos
Los placeres perdidos
Los placeres perdidos ha sido la novela que menos
trabajo ha costado escribir. Nació de la admiración irrestricta por una persona
que vive en la ciudad de Cali, Colombia. Era por los tiempos en que lo conocí,
un muchacho de aproximadamente dieciocho años. De apostura agradable, atlético,
parecía vivir a otro ritmo y en otro mundo, muy distante del carácter
superficial y fiestero de las calles de la ciudad por la que discurría su
cuerpo. En torno a él siempre había un grupo de personas, que formaban una
especie de sociedad, no secreta sino pública —pues no se ocultaban de nadie y
no tenían nada que ocultar, a no ser pequeños placeres sensoriales e
imaginativos que proporcionaba la hierba inofensiva, que fumaban casi sin
esconderse en los jardines de la Ciudad Universitaria del Valle o en los
parques de Cali—. El muchacho en cuestión se llamaba y sigue llamándose Adolfo
Montañovivas y en él concurrían una serie de virtudes, talentos y gracias, que
lo convertían en el centro de atención de mucha gente. Hay que hacer la
salvedad de que así como había personas que prácticamente lo adoraban y estaban
pendientes de cada una de sus palabras y de sus actos, había otras
personas que se reían abiertamente de él, que lo calificaban como loco,
trastornado, drogadicto, hippie, inmoral y cuanto la sociedad convencional
podía inventarle. El caso es que Adolfo era músico: cantaba como los ángeles,
componía romanzas medievales, tocaba la flauta, el piano y muchos otros
instrumentos. Era querido por los niños, con los que improvisaba en el término
de quince minutos, unos coros polífónicos inigualables. Adolfo era poeta, no
sólo académico o más bien muy poco académico, y lograba sacar de la nada poemas
soberanamente conmovedores y a veces muy divertidos, que dedicaba a los temas
más insólitos. Recuerdo ahora un poema dedicado a un vaquero... Adolfo tenía
una sabiduría insólita sobre las plantas y era un botánico natural, que lograba
injertos sorprendentes y hacía experimentos, tenía viveros en la azotea de su
casa, coleccionaba plantas raras y se extasiaba en los mercados oliendo hierbas
y hablando interminablemente con indígenas y viejitas conocedoras, a las que
enseñaba y de las que recibía enseñanzas. Las aventuras de Adolfo eran de lo
más insólitas y espero hablar de ellas más adelante, pero por lo pronto les
adelanto la forma en que sin tener un centavo logró ser propietario de la finca
más hermosa que se pueda imaginar en las laderas donde nace el río Pance, cerca
de Cali. Un día caminando por el campo, como lo hacía habitualmente con su
mochila a la espalda, sus tenis y su pantalón vaquero y su camiseta blanca
–nunca usó anteojos o sombrero, aunque pasaba días enteros bajo el sol
calcinante del Valle del Cauca— ... un día caminando por el campo vio cerca de
la cima de una montaña una casita rodeada de árboles frutales, bambúes y
helechos, vio a su lado una quebrada de cristal vivo bajando de la montaña, vio
grandes piedras y un cielo sin comparación alguna. Entonces, extasiado, miró
hacia arriba y se dirigió a Dios, con quien tenía coloquios frecuentes: «Mucho
te agradecería, Señor, y espero me disculpes la confianza, que me regalaras
este Paraíso». Y no, no se abrió el cielo ni se asomó Dios entre las
nubes, sino que se abrió la puerta de la casita y salió una señora ancianita,
con la que Adolfo entabló plática tan amena sobre plantas y animales, que
cuando llegó la hora de la despedida, la viejita le dijo: “Querido Adolfo,
espero que no te vayas a ofender por lo que te voy a decir. Es que
mira, yo me voy a morir pronto y no tengo a quien heredar este territorio
amoroso. Y bueno, quiero regalártelo a ti». Fue a buscar las escrituras y le
dijo: «Todo esto que ves es tuyo. nadie podrá cuidarlo y disfrutarlo como tu».
El carácter de Adolfo es tal, su talante de persona tan inocente, es
tan confiado en Dios, que el amigo –vamos a llamarlo frenáptero, y luego les
diré por qué— ni siquiera se asombró, le pareció perfectamente natural aquel
obsequio. Solamente alzó los ojos al cielo y dijo: «Gracias, Señor. Sabes que
siempre he confiado en tu sabiduría y estaba seguro que no me ibas a
decepcionar». Luego abrazó a la viejita y listo: pasó a ser propietario del más
literal paraíso que pueda haber —yo estuve allí hace apenas dos años
y nunca he visto un sitio más hermoso, placentero y dichoso—. Obviaremos los
trámites notariales que debió sufrir Adolfo y pasemos a otro asunto. Estábamos
hablando de los talentos de Adolfo. Antes, cumplamos una promesa. Diré por qué
llamo a Adolfo «frenáptero». Es que en aquellos tiempos yo estaba estudiando griego
antiguo y una de mis entretenciones en clase —Universidad del Valle,
licenciatura en Filosofía—era unir raíces para crear palabras. Uní la raíz
“phren” y la raíz “pteros” e inventé la palabra “frenáptero. Cuyo
significado sería, más o menos, “persona de mente alada”. Eso era para mí
Adolfo: una persona de mente alada, lejos de convencionalismos, inventando a
cada instante, creando, componiendo música, haciendo poesía, escribiendo
novela. Porque no había dicho que Adolfo era un narrador excelente, que dejaba
embelesado a cualquiera con sus historias. Y por eso los niños se acercaban a
él como si fuera un San Francisco —diremos de paso que Adolfo tenía
y tiene mucho de San Francisco de Asís, incluyendo una especie de santidad
difícil de definir y comprender—: Adolfo podía mantener a los niños horas
escuchando sus historias y era frecuente que anduviera por las calles con cinco
o seis chiquillos o chiquillas detrás. Había quienes tergiversaban estas
amistades y llegaban a considerar a Adolfo persona peligrosa, particularmente
porque sus ideas no siempre coincidían con las morales al uso. Adolfo, en su
famosa mochila, verdadera caja de maravillas, portaba —a más de objetos
insólitos como campanillas de acólito y frascos de mermelada para engatusar a
las hormigas, dos o tres novelas siempre en proceso. Nunca supe que terminara
una. Muestras públicas y editadas de su talento hay pocas. Sólo sé que
participó en un gran concurso de cuento y ganó, con un texto que se llama “La
rueda”. En realidad el frenáptero carecía de ambiciones literarias, no quería
figurar ni salir en las fotos, sino básicamente disfrutar de la vida y hacer
que los que lo rodeaban gozaran de ella. Al frenáptero le parecía que la fama
era una lacra y que lo mejor era pasar inadvertido, de modo que pudiera
divertirse sin suscitar mucha curiosidad. Había un detalle que iba a
contracorriente de su deseo de no figurar: Adolfo poseía belleza física y
magnetismo, que llamaban la atención de hombres y mujeres por igual. Tales
dones le acarreaban problemas, persecusiones, seducciones de todo tipo de
personas, que no siempre tenían intenciones sanas. Adolfo con su buen carácter
sabía sortear a todos los que se le acercaban sin honestos objetivos. Lo suyo
era fundamentalmente la gracia del alma. La enumeración de sus otros dones y
gracias sería interminable: pintor, muralista, vitralista,
pedagogo, diseñador de paisajes, teórico del amor, el esoterismo, la
música medieval, botánico, explorador. Y sobre todo amigo dispuesto a perder
todo el tiempo del mundo con quienes quisieran escucharlo y seguirlo a todas
partes. Yo fui su seguidor durante varios años y con él tuve atrevimientos que
no tendría con nadie. Emprendí viajes de hongos sagrados y permanecí en el
campo, entendiendo la esencia del hombre, gracias a la guía de aquella especie
de santo. Pero mis intenciones no eran tan castas, tan sanas, tan santas: yo
quería escribir sobre él y por eso fue que siempre que estuve a su lado llevaba
una libreta en la que iba escribiendo todo lo que él decía, lo que hacía. De
esas notas salió la novela que inicialmente llamé Venturas y
desventuras de un frenáptero. Naturalmente no siempre fui fiel a las
notas. A veces dejé volar la imaginación: inventé un pianociclo, es decir, un
piano que el Adolfo de la novela acarreaba con la fuerza de sus piernas;
inventé escenas de amor, pero en general la obra se basa en las andanzas de
este personaje que todavía discurre por las calles de Cali. Envié la obra a la
Bienal de Novela José Eustasio Rivera en Colombia, en la que un amigo mío era
miembro del jurado. A Los placeres perdidos le otorgaron
el premio, no sé si por influencia de mi amigo o por la calidad de
la obra. El caso es que se publicó en Colombia y en México y que
recibió buenos comentarios en los dos países. Esta novela fue la primera que me
dio la seguridad para presentarme ante un editor en México y decirle en 1985:
“Sólo si me paga diez mil pesos autorizo su publicación”. Lo que era una
insolencia, pues yo era un autor desconocido en este país. El editor, a quien le
había gustado la obra, se atrevió a pagarme diez mil pesos, que en aquellos
días era mucho dinero. Tengo que decir, sin pena alguna, que la novela
constituyó un éxito de crítica pero un estruendoso fracaso de ventas. Y vale la
pena explicar por qué: resulta que la editorial que publicó la novela es una
editorial que se dedica a editar textos de calidad bastante pobre para un
público no muy exigente —sus títulos más taquilleros son Tú puedes ser
el mejor, La supersecretaria, La magia de Karen Lara— que no
estaba dispuesto a comprar un producto que se anunciaba como literatura. La
editorial se llama Edamex y es el tipo de empresa que coloca sus libros en
supermercados y grandes almacenes. Esto no le quita el mérito ni a la novela ni
a la editorial. La novela ha sido leída por muchas personas, que han
simpatizado con el personaje y que incluso han llegado a adoptar su lenguaje y
a utilizar en su habla diaria las palabras “frenáptero” y “frenolito” —el frenolito es
la contraparte del personaje de mente alada, es decir, es el personaje con
mente petrificada.
Esta es
la breve historia de Los placeres perdidos, una novela que de
alguna manera cifra la experiencia de toda una generación en Colombia: la del
poshippismo, la de los inicios de la segunda gran violencia, la del
acercamiento más respetuoso al mundo de la alucinación. Se trata de una novela
de época, pero intenta representar a un espíritu esencial en la
humanidad: el espíritu grande, creador, renacentista, que recuerda de alguna
manera al hombre del paraíso, frente al cual el hombre actual no es sino un
remedo. Aunque no sea la novela que me haya dado más dinero, es quizás la que
más me gusta, tal vez porque en ella yo no aparezco como fuente de inspiración,
fuente de datos, personaje o veta. Es una novela que me dio la realidad casi en
su pureza y en la que mi imaginación interviene muy poco.
El juego de las seducciones
Si Los placeres perdidos fue una
novela fácil de escribir, que terminé rápidamente y sin dificultades de ninguna
clase, El juego de las seducciones fue una auténtica
tortura que se prolongó por diecinueve años. El asunto de la novela
era espinoso, no sólo porque entraba de lleno en mi intimidad, sino porque se
ocupaba de mi familia y de mi madre. Se trataba básicamente de relatar los
orígenes de una enfermedad mental, la del protagonista, que pierde el sentido
de la realidad a los diecisiete años, cuando debe que enfrentarse a un mundo
que se le antoja terrible. La idea de la expulsión del reino, o del paraíso del
seno familiar está presente: Alejandro, un muchacho que recién termina su
bachillerato, es obligado a ir a trabajar como maestro rural a un pueblo
perdido en las montañas del sur de Costa Rica. El juego de las
seducciones tiene una estructura relativamente compleja, y constituye
mi primer verdadero experimento con diversos elementos de la novela: la
estructura, el tiempo, los personajes, el espacio. El aspecto más importante de
la novela en términos de estructura es la ruptura temporal: la novela se cuenta
en tres tiempos que avanzan de manera paralela: 1. La vida de Alejandro desde
que sale de su casa rumbo a Pueblo Nuevo, donde ha de trabajar. 2. El relato de
la recuperación de la infancia de Alejandro, en el que se involucra
a su familia —varios hermanos y una hermana, la madre viuda que tras la muerte
del padre de Alejandro se involucra en varias relaciones amorosas destructivas.
3. El monólogo de Alejandro, recluido en la habitación de la casa familiar, ya
afectado por completo por lo que un psiquiatra califica como esquizofrenia
precoz. La novela avanza por ciclos de tres en la forma un, dos, tres, un dos
tres, de modo que el lector recupera el hilo de lo que se ha contado en el
fragmento uno, en el fragmento cuatro. El efecto que quise crear fue el de un
enriquecimiento cada vez mayor de la información que tiene el lector, de modo
que se fuera involucrando cada vez más. El capítulo final empata con el
primero. En el final se cuenta el escape de Alejandro de Pueblo Nuevo, donde ha
sufrido un proceso persecutorio, alucinaciones y ha cometido actos que los
habitantes consideran contra la moral: Alejandro pierde la conciencia y huye
rumbo a su casa. En el primer capítulo se cuenta la llegada de Alejandro a la
casa familiar, donde se desploma en llanto en los brazos de su madre y sólo
atina a decir «¡estoy loco!»
Una de las características que
algunas personas han señalado de mis novelas es que exigen en ciertas partes,
regresar a fragmentos o capítulos anteriores, o por lo menos solicitan una
segunda lectura. Supongo que éste puede ser un valor para el buen lector y un
disvalor para el lector apresurado, el que simplemente quiere divertirse.
Para
escribir esta novela no solo recurrí a experiencias personales y de mi familia,
sino que —creo que como estrategia de distracción o para no terminar una novela
que me causaba problemas de conciencia—emprendí muchos estudios sobre temas tan
diversos como mitología, psicología, psicoanálisis, estudios sobre enfermedades
mentales, particularmente sobre esquizofrenia. Estudié antropología, leí las
tragedias griegas y ya no recuerdo cuantas otras cosas. El caso es que yo de
alguna forma no podía o no quería terminar esta novela. Publicarla no fue muy
difícil, después del “exito” de otros libros míos como Cuentos
para después de hacer el amor o Mujeres
amadas. El caso es que yo ya tenía un editor, un empresario que
creía en mi trabajo y que estaba dispuesto a invertir en él.
La
novela tuvo una suerte paradójica: hubo algunas reseñas, no muchas, en las que
destacaban que era de nuevo, mi mejor novela, y por otro lado la obra tuvo mala
distribución y pronto cayó en el olvido. Ha habido quienes la han encomiado
altamente, diciendo que es una obra de gran ambición, en la que se nota una
influencia benéfica de Dostoievski, cosa que yo no negaría. Dostoievski me ha
impresionado desde mi adolescencia lectora: su capacidad de profundizar en el
alma humana me parece prácticamente inigualable. Sus novelas son conmovedoras,
inolvidables, hay quien dice que imperfectas —pero eso en verdad importa muy
poco—: El idiota, Crimen y castigo, La noches blancas, Los hermanos
Karamazov, son cimas inalcanzables. Solo ha habido un Dostoievsi que
reina como un Himalaya en el territorio de la literatura. Yo quise hacer lo que
Dostoievski: entrar en un espíritu humano y llegar hasta el fondo, buscar sus
más profundas incitaciones, sus resortes secretos, no guardar nada, no tener
pudor alguno, hacer una especie de harakiri o strip tease del alma: eso quiso
ser El juego de las seducciones.
EL LIBRO DE LA VIDA
El libro de la vida bien podría llamarse El
libro de mi vida, porque está basado directamente en mi existencia, desde
el momento en que llegué a la ciudad de Xalapa. En aquellos lejanos días de
fines de 1979, hace ya 24 años, llegué a esta ciudad movido por dos fuerzas muy
importantes: el amor y el dinero. (Primero hablaré del dinero: participé en un
concurso literario organizado por La Palabra y el hombre,
revista de la Universidad Veracruzana; gané el segundo premio y con ese dinero me
escapé de Monterrey para venirme a vivir a Xalapa). Hay que decir que de alguna
manera en Monterrey había fracasado en el amor, al no poder culminar una
relación amorosa, con una mujer que parecía la definitiva, y que a últimas fue
una de tantas, una de la fila de mujeres que han pasado por mi vida, algunas
dejando una huella y otras simplemente desapareciendo. Aunque habré de decir
que para un grafómano, para un grafoadicto como yo, es difícil que
pase una mujer sin que ella de alguna forma termine convertida en literatura.
En cierta forma el autor, este autor que yo era y soy, al fijar a una mujer en
el papel, la estaba matando, la estoy borrando de mi vida activa. Ya dejan de
ser mujeres para ser literatura. Hay excepciones, pero de eso no hablaré hoy y
posiblemente no hablaré durante este taller. Tal vez en el próximo o en el que
vaya a impartir dentro de cinco años me ocupe de ese tema. Viéndome en esta
ciudad en aquel tiempo (fines de la década de los setentas) tan cerrada, tan
limitada, tan cubierta de niebla y ocupada por seres desconocidos que se
ocultaban en sus casas, yo busqué alguna ocupación o algunas ocupaciones que me
impidieran volverme loco. Imaginar que en aquellos días la ciudad de Xalapa
podía estar cegada por una niebla que tardaba 30 días en disiparse, es para
volver loco a cualquiera. Yo logré escapar del tedio y el aburrimiento —lo de
la locura es una licencia poética: el que escribe ya nunca puede volverse loco,
pues tiene un interlocutor perfecto, y ya se sabe, sólo se vuelven locos los
que ya no tienen con quien hablar—, logré escaparme del tedio gracias a la
compañía de algunas mujeres que encontraba en La Parroquia, que en aquel tiempo
era el sitio de los solitarios. Entablé relaciones con una mujer y luego con
otra. Y ellas pasaban del café a la cama y de la cama al papel, aunque también
había momentos en que no estábamos ni en la cama ni en el café. Me dediqué a
vivir mi vida de soltero y a relatarla minuciosamente en grandes libretas. Año
tras año escribía todo lo que hacía con esas mujeres y sin esas mujeres y
contaba mi vida como escritor o como aspirante a escritor.
Muchos años después, más o menos en 1985, fue
fundada la revista Línea, y recibí la invitación a
colaborar semanalmente. Se me dio absoluta libertad para tratar cualquier tema
que quisiera en el tono que más me acomodara. Se me ocurrió la idea de sacar
historias de esos cuadernillos que había escrito a lo largo de los años. Eran
en realidad mis diarios: en los que apuntaba no sólo mis relatos de aventuras
amorosas o gnoseológicas —lo fundamental era describir los comportamientos
femeninos dentro y fuera de la cama, en un intento de captar algo como el
espíritu femenino por medio de la carne; en otras palabras, era una especie de
fenomenología de la mujer. Pero no se trataba de un simple estudio de las
mujeres, sino que tras ello había un empeño personal: el de encontrar una mujer
a mi medida, una mujer que detuviera el flujo de mujeres por mi vida, por mis
cuadernos diarios y finalmente, por mis libros. A mis entregas semanales las
títulé Diario de un frenético. Pocas revistas se han
leído tanto y con tal fruición como la revista Línea. Se
leía en las oficinas de la Universidad Veracruzana, en las de gobierno, en los
cafés, se hallaba en las mesas de los consultorio y en muchos otros sitios.
Evidentemente interesaba el tema erótico, pero también la chismografía que se
tejió en torno a los artículos semanales. La curiosidad estaba motivada sobre
todo por un par de razones: Xalapa era una ciudad bastante provinciana y muchos
de los personajes, particularmente de las protagonistas,
eran o se pensaba que eran personas reales, en ocasiones esposas o hermanas o
hijas de políticos encumbrados o personas de alta alcurnia intelectual o
social. El diario de un frenético fue publicado
durante quizás dos años, hasta que comenzaron a haber manifestaciones de
personas prestantes, que pedían que terminara aquel aquelarre. Un periódico de
la localidad, en voz de su director – que ahora es una estatua y un centro
cultural, una colonia de Xalapa y muchas otras cosas— solicitó al rector en
turno de la Universidad Veracruzana, que se expulsara al autor. Además el
honestísimo señor hizo gestiones para que gobernación expulsara del país a
quien calificó como corruptor de la sociedad y denigrador de la mujer
veracruzana. Los ataques no progresaron en aquel tiempo porque el autor
del Diario de un frenético, viéndose en apuros y sin poder alguno,
solicitó la ayuda de Gabriel García Márquez. Gabo se ocupó del asunto y el
escándalo fue acallado. Sin embargo el Diario
de un frenético siguió siendo publicado hasta que la revista Línea desapareció.
![]() |
| Supongo que éste es el autor de la carta |
Escribe Melki Castillo en facebook:
"Pues bueno me nominaron en el
"reto" de los 10 libros favoritos, con todo el esnobismo que eso acarrea,
pero pues si ya saben cómo soy... obvio no lo voy a hacer así. De hecho por lo
regular me le escondo a estas cadenas como si fueran cobradores de coppel. Pero
hoy amanecí magnánimo (y sin mucha creatividad para postear) y me di cuenta que
tengo la obligación de compartirle a las nuevas generaciones algo que los
rescate de ver repeticiones de La rosa de Guadalupe.
9 de mis 10 libros favoritos cambian según la hora del día, la compañía, el
clima y la bebida que tenga en el vaso. Sólo hay uno que nunca me podré quitar
de encima. Encontré Los placeres perdidos de la única forma en que le pasa a uno lo bueno y malo
en la vida: de cagada. Hace 12 años en una tienda de libros usados en Xalapa mientras
me seguía explicando a mí mismo que diablos hacía yo estudiando Administración
de Negocios Internacionales. No fue amor a primera vista, ya antes lo había
sostenido en mis manos, no me convencía la carátula y me llevé uno de Nietzsche,
que siempre está de moda a esa edad, las veces siguientes ya iba buscando algún
libro en particular y no fue sino hasta que le hice una stalkereada interna (no
traía prólogo) cuando me convencí de que debía darle una oportunidad, confieso
que también tuvo algo que ver la incrédula mirada del cajero, quien al parecer
no entendía cómo una persona podía tener 30 minutos de diálogo interno (y
externo) entre que libros comprar, supongo sería soltero o nunca acompañó a una
mujer a escoger zapatos.
Terminé Los placeres perdidos en toda la noche. Siendo objetivo, no es el mejor libro de Aguilera, ni por fondo, ni por forma, ni por técnica. He comprado Cuentos para después de hacer el amor ( del mismo autor y para mi gusto, superior en esos sentidos) 12 veces y todos los presté dándolos por perdidos sabiendo que no regresarían ( pero sé quiénes los tienen, tengo a siete de uds en este facebook, ya devuélvanme uno culeros ), pero la realidad es que hice un viaje a México y tres a Xalapa exclusivamente para recuperar la única copia que he visto de "Los placeres perdidos". Dios sabe, aunque me avergüence decirlo, que hurgué (primera persona del pretérito perfecto simple del indicativo del verbo hurgar. Yo hurgué) milimétricamente durante días cada chamuscado y obscuro rincón del ecosistema infernal/hoyo negro que Paco Ponce tenía por casa para encontrar ese libro; que juré y perjuré jamás volver a prestarlo y que lo protejo aún más que a mi virginidad y mi contraseña de facebook.
Es mi favorito, porque fue el primer libro que me desplomó el miedo reverencial por escribir, por crear. Particularmente despertó la imaginación que tenía desvalorada, me enseñó que sin ella no se llega a ningún lado, y que gracias a ella podía hacer lo que quisiera. Que TODO se puede hacer de forma divertida (me convertí en un eterno episodio de Plaza Sésamo ), que había más personas que comprendían el mundo igual que yo, y que ser auténtico conmigo mismo era mucho, muchísimo más que suficiente.
Profe Marco Tulio Aguilera de nuevo, gracias".
Terminé Los placeres perdidos en toda la noche. Siendo objetivo, no es el mejor libro de Aguilera, ni por fondo, ni por forma, ni por técnica. He comprado Cuentos para después de hacer el amor ( del mismo autor y para mi gusto, superior en esos sentidos) 12 veces y todos los presté dándolos por perdidos sabiendo que no regresarían ( pero sé quiénes los tienen, tengo a siete de uds en este facebook, ya devuélvanme uno culeros ), pero la realidad es que hice un viaje a México y tres a Xalapa exclusivamente para recuperar la única copia que he visto de "Los placeres perdidos". Dios sabe, aunque me avergüence decirlo, que hurgué (primera persona del pretérito perfecto simple del indicativo del verbo hurgar. Yo hurgué) milimétricamente durante días cada chamuscado y obscuro rincón del ecosistema infernal/hoyo negro que Paco Ponce tenía por casa para encontrar ese libro; que juré y perjuré jamás volver a prestarlo y que lo protejo aún más que a mi virginidad y mi contraseña de facebook.
Es mi favorito, porque fue el primer libro que me desplomó el miedo reverencial por escribir, por crear. Particularmente despertó la imaginación que tenía desvalorada, me enseñó que sin ella no se llega a ningún lado, y que gracias a ella podía hacer lo que quisiera. Que TODO se puede hacer de forma divertida (me convertí en un eterno episodio de Plaza Sésamo ), que había más personas que comprendían el mundo igual que yo, y que ser auténtico conmigo mismo era mucho, muchísimo más que suficiente.
Profe Marco Tulio Aguilera de nuevo, gracias".
Melki Castillo (amigo de facebook)
En la Feria del Libro de Saltillo el próximo sábado me pidieron una conferencia sobre mi trabajo literario. He aquí (aproximadamente) lo que voy a decir. Me sucede que escribo las conferencias y termino olvidándome de ellas.Los placeres perdidos
Los
placeres perdidos ha sido la novela que menos trabajo me costó escribir.
Nació de la admiración irrestricta por una persona que vive en la ciudad de
Cali, Colombia. Era por los tiempos en que lo conocí, un muchacho de
aproximadamente dieciocho años. De apostura agradable, atlético, parecía vivir
a otro ritmo y en otro mundo, muy distante del carácter superficial y fiestero
de las calles de la ciudad por la que discurría su cuerpo. En torno a él
siempre había un grupo de personas, que formaban una especie de sociedad, no
secreta sino pública —pues no se ocultaban de nadie y no tenían nada que
ocultar, a no ser pequeños placeres sensoriales e imaginativos que
proporcionaba la hierba inofensiva, que fumaban casi sin esconderse en los
jardines de la Ciudad Universitaria del Valle o en los parques de Cali—. El
muchacho en cuestión se llamaba y sigue llamándose Adolfo Montañovivas y en él
concurrían una serie de virtudes, talentos y gracias, que lo convertían en el
centro de atención de mucha gente. Hay que hacer la salvedad de que así como
había personas que prácticamente lo adoraban y estaban pendientes de cada una
de sus palabras y de sus actos, había
otras personas que se reían abiertamente de él, que lo calificaban como loco,
trastornado, drogadicto, hippie, inmoral y cuanto la sociedad convencional
podía inventarle. El caso es que Adolfo era músico: cantaba como los ángeles,
componía romanzas medievales, tocaba la flauta, el piano y muchos otros
instrumentos. Era querido por los niños, con los que improvisaba en el término
de quince minutos, unos coros polífónicos inigualables. Adolfo era poeta, no
sólo académico o más bien muy poco académico, y lograba sacar de la nada poemas
soberanamente conmovedores y a veces muy divertidos, que dedicaba a los temas más
insólitos. Recuerdo ahora un poema dedicado a un vaquero... Adolfo tenía una
sabiduría insólita sobre las plantas y era un botánico natural, que lograba
injertos sorprendentes y hacía experimentos, tenía viveros en la azotea de su
casa, coleccionaba plantas raras y se extasiaba en los mercados oliendo hierbas
y hablando interminablemente con indígenas y viejitas conocedoras, a las que
enseñaba y de las que recibía enseñanzas. Las aventuras de Adolfo eran de lo
más insólitas y espero hablar de ellas más adelante, pero por lo pronto les
adelanto la forma en que sin tener un centavo logró ser propietario de la finca
más hermosa que se pueda imaginar en las laderas donde nace el río Pance, cerca
de Cali. Un día caminando por el campo, como lo hacía habitualmente con su
mochila a la espalda, sus tenis y su pantalón vaquero y su camiseta blanca
–nunca usó anteojos o sombrero, aunque pasaba días enteros bajo el sol
calcinante del Valle del Cauca— ... un día caminando por el campo vio cerca de
la cima de una montaña una casita rodeada de árboles frutales, bambúes y
helechos, vio a su lado una quebrada de cristal vivo bajando de la montaña, vio
grandes piedras y un cielo sin comparación alguna. Entonces, extasiado, miró
hacia arriba y se dirigió a Dios, con quien tenía coloquios frecuentes: «Mucho
te agradecería, Señor, y espero me disculpes la confianza, que me regalaras
este Paraíso». Y no, no se abrió el
cielo ni se asomó Dios entre las nubes, sino que se abrió la puerta de la
casita y salió una señora ancianita, con la que Adolfo entabló plática tan
amena sobre plantas y animales, que cuando llegó la hora de la despedida, la
viejita le dijo: “Querido Adolfo, espero que
no te vayas a ofender por lo que te voy a decir. Es que mira, yo me voy
a morir pronto y no tengo a quien heredar este territorio amoroso. Y bueno,
quiero regalártelo a ti». Fue a buscar las escrituras y le dijo: «Todo esto que
ves es tuyo. nadie podrá cuidarlo y disfrutarlo como tu». El carácter de Adolfo
es tal, su talante de persona tan
inocente, es tan confiado en Dios, que el amigo –vamos a llamarlo
frenáptero, y luego les diré por qué— ni siquiera se asombró, le pareció
perfectamente natural aquel obsequio. Solamente alzó los ojos al cielo y dijo:
«Gracias, Señor. Sabes que siempre he confiado en tu sabiduría y estaba seguro
que no me ibas a decepcionar». Luego abrazó a la viejita y listo: pasó a ser
propietario del más literal paraíso que
pueda haber —yo estuve allí hace apenas dos años y nunca he visto un sitio más
hermoso, placentero y dichoso—. Obviaremos los trámites notariales que debió
sufrir Adolfo y pasemos a otro asunto. Estábamos hablando de los talentos de
Adolfo. Antes, cumplamos una promesa. Diré por qué llamo a Adolfo «frenáptero».
Es que en aquellos tiempos yo estaba estudiando griego antiguo y una de mis
entretenciones en clase —Universidad del Valle, licenciatura en Filosofía—era
unir raíces para crear palabras. Uní la raíz “phren” y la raíz “pteros” e inventé la palabra “frenáptero. Cuyo
significado sería, más o menos, “persona de mente alada”. Eso era para mí
Adolfo: una persona de mente alada, lejos de convencionalismos, inventando a
cada instante, creando, componiendo música, haciendo poesía, escribiendo
novela. Porque no había dicho que Adolfo era un narrador excelente, que dejaba
embelesado a cualquiera con sus historias. Y por eso los niños se acercaban a
él como si fuera un San Francisco —diremos de paso que Adolfo tenía y tiene mucho de San Francisco de Asís,
incluyendo una especie de santidad difícil de definir y comprender—: Adolfo
podía mantener a los niños horas escuchando sus historias y era frecuente que
anduviera por las calles con cinco o seis chiquillos o chiquillas detrás. Había
quienes tergiversaban estas amistades y llegaban a considerar a Adolfo persona
peligrosa, particularmente porque sus ideas no siempre coincidían con las
morales al uso. Adolfo, en su famosa mochila, verdadera caja de maravillas,
portaba —a más de objetos insólitos como campanillas de acólito y frascos de
mermelada para engatusar a las hormigas, dos o tres novelas siempre en proceso.
Nunca supe que terminara una. Muestras públicas y editadas de su talento hay
pocas. Sólo sé que participó en un gran concurso de cuento y ganó, con un texto
que se llama “La rueda”. En realidad el frenáptero carecía de ambiciones
literarias, no quería figurar ni salir en las fotos, sino básicamente disfrutar
de la vida y hacer que los que lo rodeaban gozaran de ella. Al frenáptero le
parecía que la fama era una lacra y que lo mejor era pasar inadvertido, de modo
que pudiera divertirse sin suscitar
mucha curiosidad. Había un detalle que iba a contracorriente de su deseo
de no figurar: Adolfo poseía belleza física y magnetismo, que llamaban la
atención de hombres y mujeres por igual. Tales dones le acarreaban problemas,
persecusiones, seducciones de todo tipo de personas, que no siempre tenían
intenciones sanas. Adolfo con su buen carácter sabía sortear a todos los que se
le acercaban sin honestos objetivos. Lo suyo era fundamentalmente la gracia del
alma. La enumeración de sus otros dones y gracias sería interminable: pintor,
muralista, vitralista, pedagogo,
diseñador de paisajes, teórico del amor, el esoterismo, la música
medieval, botánico, explorador. Y sobre todo amigo dispuesto a perder todo el
tiempo del mundo con quienes quisieran escucharlo y seguirlo a todas partes. Yo
fui su seguidor durante varios años y con él tuve atrevimientos que no tendría
con nadie. Emprendí viajes de hongos sagrados y permanecí en el campo,
entendiendo la esencia del hombre, gracias a la guía de aquella especie de
santo. Pero mis intenciones no eran tan castas, tan sanas, tan santas: yo
quería escribir sobre él y por eso fue que siempre que estuve a su lado llevaba
una libreta en la que iba escribiendo todo lo que él decía, lo que hacía. De esas notas salió la novela que
inicialmente llamé Venturas y
desventuras de un frenáptero. Naturalmente no siempre fui fiel a las notas.
A veces dejé volar la imaginación: inventé un pianociclo, es decir, un piano
que el Adolfo de la novela acarreaba con la fuerza de sus piernas; inventé
escenas de amor, pero en general la obra se basa en las andanzas de este
personaje que todavía discurre por las calles de Cali. Envié la obra a la
Bienal de Novela José Eustasio Rivera en Colombia, en la que un amigo mío era
miembro del jurado. A Los placeres perdidos le otorgaron el premio, no sé si por
influencia de mi amigo o por la calidad de la
obra. El caso es que se publicó en Colombia y en México y que recibió
buenos comentarios en los dos países. Esta novela fue la primera que me dio la
seguridad para presentarme ante un editor en México y decirle en 1985: “Sólo si
me paga diez mil pesos autorizo su publicación”. Lo que era una insolencia,
pues yo era un autor desconocido en este país. El editor, a quien le había
gustado la obra, se atrevió a pagarme diez mil pesos, que en aquellos días era
mucho dinero. Tengo que decir, sin pena alguna, que la novela constituyó un
éxito de crítica pero un estruendoso fracaso de ventas. Y vale la pena explicar
por qué: resulta que la editorial que publicó la novela es una editorial que se
dedica a editar textos de calidad bastante pobre para un público no muy
exigente —sus títulos más taquilleros son Tú puedes ser el mejor, La
supersecretaria, La magia de Karen Lara— que no estaba dispuesto a comprar un producto
que se anunciaba como literatura. La editorial se llama Edamex y es el tipo de
empresa que coloca sus libros en supermercados y grandes almacenes. Esto no le
quita el mérito ni a la novela ni a la editorial. La novela ha sido leída por
muchas personas, que han simpatizado con el personaje y que incluso han llegado
a adoptar su lenguaje y a utilizar en su habla diaria las palabras “frenáptero”
y “frenolito” —el frenolito es la contraparte del personaje de mente alada,
es decir, es el personaje con mente petrificada.
Esta es la breve historia de Los placeres perdidos, una novela que de
alguna manera cifra la experiencia de toda una generación en Colombia: la del
poshippismo, la de los inicios de la segunda gran violencia, la del
acercamiento más respetuoso al mundo de la alucinación. Se trata de una novela
de época, pero intenta representar a un
espíritu esencial en la humanidad: el espíritu grande, creador, renacentista,
que recuerda de alguna manera al hombre del paraíso, frente al cual el hombre
actual no es sino un remedo. Aunque no sea la novela que me haya dado más
dinero, es quizás la que más me gusta, tal vez porque en ella yo no aparezco
como fuente de inspiración, fuente de datos, personaje o veta. Es una novela
que me dio la realidad casi en su pureza y en la que mi imaginación interviene
muy poco.
El juego de
las seducciones
Si Los
placeres perdidos fue una novela fácil de escribir, que terminé rápidamente
y sin dificultades de ninguna clase, El juego de las seducciones fue una
auténtica tortura que se prolongó por diecinueve años. El asunto de la
novela era espinoso, no sólo porque entraba de lleno en mi intimidad, sino
porque se ocupaba de mi familia y de mi madre. Se trataba básicamente de relatar
los orígenes de una enfermedad mental, la del protagonista, que pierde el
sentido de la realidad a los diecisiete años, cuando debe que enfrentarse a un
mundo que se le antoja terrible. La idea de la expulsión del reino, o del
paraíso del seno familiar está presente: Alejandro, un muchacho que recién
termina su bachillerato, es obligado a ir a trabajar como maestro rural a un
pueblo perdido en las montañas del sur de Costa Rica. El juego de las
seducciones tiene una estructura relativamente compleja, y constituye mi
primer verdadero experimento con diversos elementos de la novela: la
estructura, el tiempo, los personajes, el espacio. El aspecto más importante de
la novela en términos de estructura es la ruptura temporal: la novela se cuenta
en tres tiempos que avanzan de manera paralela: 1. La vida de Alejandro desde
que sale de su casa rumbo a Pueblo Nuevo, donde ha de trabajar. 2. El relato de
la recuperación de la infancia de Alejandro, en el que se involucra a su familia —varios
hermanos y una hermana, la madre viuda que tras la muerte del padre de
Alejandro se involucra en varias relaciones amorosas destructivas. 3. El
monólogo de Alejandro, recluido en la habitación de la casa familiar, ya
afectado por completo por lo que un psiquiatra califica como esquizofrenia
precoz. La novela avanza por ciclos de tres en la forma un, dos, tres, un dos
tres, de modo que el lector recupera el hilo de lo que se ha contado en el
fragmento uno, en el fragmento cuatro. El efecto que quise crear fue el de un
enriquecimiento cada vez mayor de la información que tiene el lector, de modo
que se fuera involucrando cada vez más. El capítulo final empata con el
primero. En el final se cuenta el escape de Alejandro de Pueblo Nuevo, donde ha
sufrido un proceso persecutorio, alucinaciones y ha cometido actos que los
habitantes consideran contra la moral: Alejandro pierde la conciencia y huye
rumbo a su casa. En el primer capítulo se cuenta la llegada de Alejandro a la
casa familiar, donde se desploma en llanto en los brazos de su madre y sólo
atina a decir «¡estoy loco!»
Una de las características que algunas personas han señalado de mis
novelas es que exigen en ciertas partes, regresar a fragmentos o capítulos
anteriores, o por lo menos solicitan una segunda lectura. Supongo que éste
puede ser un valor para el buen lector y un disvalor para el lector apresurado,
el que simplemente quiere divertirse.
Para escribir esta novela no solo
recurrí a experiencias personales y de mi familia, sino que —creo que como
estrategia de distracción o para no terminar una novela que me causaba
problemas de conciencia—emprendí muchos estudios sobre temas tan diversos como
mitología, psicología, psicoanálisis, estudios sobre enfermedades mentales,
particularmente sobre esquizofrenia. Estudié antropología, leí las tragedias
griegas y ya no recuerdo cuantas otras cosas. El caso es que yo de alguna forma
no podía o no quería terminar esta novela. Publicarla no fue muy difícil,
después del “exito” de otros libros míos como Cuentos para después de hacer el amor o Mujeres amadas. El caso es que yo ya tenía un editor, un
empresario que creía en mi trabajo y que estaba dispuesto a invertir en él.
La novela tuvo una suerte
paradójica: hubo algunas reseñas, no muchas, en las que destacaban que era de
nuevo, mi mejor novela, y por otro lado la obra tuvo mala distribución y pronto
cayó en el olvido. Ha habido quienes la han encomiado altamente, diciendo que
es una obra de gran ambición, en la que se nota una influencia benéfica de
Dostoievski, cosa que yo no negaría. Dostoievski me ha impresionado desde mi
adolescencia lectora: su capacidad de profundizar en el alma humana me parece
prácticamente inigualable. Sus novelas son conmovedoras, inolvidables, hay
quien dice que imperfectas —pero eso en verdad importa muy poco—: El idiota,
Crimen y castigo, La noches blancas, Los hermanos Karamazov, son cimas
inalcanzables. Solo ha habido un Dostoievsi que reina como un Himalaya en el
territorio de la literatura. Yo quise hacer lo que Dostoievski: entrar en un
espíritu humano y llegar hasta el fondo, buscar sus más profundas incitaciones,
sus resortes secretos, no guardar nada, no tener pudor alguno, hacer una
especie de harakiri o strip tease del alma: eso quiso ser El juego de las seducciones.
EL LIBRO DE LA VIDA
El
libro de la vida bien podría llamarse El libro de mi vida, porque
está basado directamente en mi existencia, desde el momento en que llegué a la
ciudad de Xalapa. En aquellos lejanos días de fines de 1979, hace ya 24 años,
llegué a esta ciudad movido por dos fuerzas muy importantes: el amor y el
dinero. (Primero hablaré del dinero: participé en un concurso literario
organizado por La Palabra y el hombre,
revista de la Universidad Veracruzana; gané el segundo premio y con ese dinero
me escapé de Monterrey para venirme a vivir a Xalapa). Hay que decir que de
alguna manera en Monterrey había fracasado en el amor, al no poder culminar una
relación amorosa, con una mujer que parecía la definitiva, y que a últimas fue
una de tantas, una de la fila de mujeres que han pasado por mi vida, algunas
dejando una huella y otras simplemente desapareciendo. Aunque habré de decir
que para un grafómano, para un
grafoadicto como yo, es difícil que pase una mujer sin que ella de alguna forma
termine convertida en literatura. En cierta forma el autor, este autor que yo
era y soy, al fijar a una mujer en el papel, la estaba matando, la estoy
borrando de mi vida activa. Ya dejan de ser mujeres para ser literatura. Hay
excepciones, pero de eso no hablaré hoy y posiblemente no hablaré durante este
taller. Tal vez en el próximo o en el que vaya a impartir dentro de cinco años
me ocupe de ese tema. Viéndome en esta ciudad en aquel tiempo (fines de la
década de los setentas) tan cerrada, tan limitada, tan cubierta de niebla y ocupada
por seres desconocidos que se ocultaban en sus casas, yo busqué alguna
ocupación o algunas ocupaciones que me impidieran volverme loco. Imaginar que
en aquellos días la ciudad de Xalapa podía estar cegada por una niebla que
tardaba 30 días en disiparse, es para volver loco a cualquiera. Yo logré
escapar del tedio y el aburrimiento —lo de la locura es una licencia poética:
el que escribe ya nunca puede volverse loco, pues tiene un interlocutor
perfecto, y ya se sabe, sólo se vuelven locos los que ya no tienen con quien
hablar—, logré escaparme del tedio gracias a la compañía de algunas mujeres que
encontraba en La Parroquia, que en aquel tiempo era el sitio de los solitarios.
Entablé relaciones con una mujer y luego con otra. Y ellas pasaban del café a la
cama y de la cama al papel, aunque también había momentos en que no estábamos
ni en la cama ni en el café. Me dediqué a vivir mi vida de soltero y a
relatarla minuciosamente en grandes libretas. Año tras año escribía todo lo que
hacía con esas mujeres y sin esas mujeres y contaba mi vida como escritor o
como aspirante a escritor.
Muchos
años después, más o menos en 1985, fue fundada la revista Línea, y recibí la invitación a colaborar
semanalmente. Se me dio absoluta libertad para tratar cualquier tema que
quisiera en el tono que más me acomodara. Se me ocurrió la idea de sacar
historias de esos cuadernillos que había escrito a lo largo de los años. Eran
en realidad mis diarios: en los que apuntaba no sólo mis relatos de aventuras
amorosas o gnoseológicas —lo fundamental era describir los comportamientos
femeninos dentro y fuera de la cama, en un intento de captar algo como el
espíritu femenino por medio de la carne; en otras palabras, era una especie de
fenomenología de la mujer. Pero no se trataba de un simple estudio de las
mujeres, sino que tras ello había un empeño personal: el de encontrar una mujer
a mi medida, una mujer que detuviera el flujo de mujeres por mi vida, por mis
cuadernos diarios y finalmente, por mis libros. A mis entregas semanales las
títulé Diario de un frenético. Pocas revistas se han leído tanto y con tal
fruición como la revista Línea. Se leía en las oficinas de la Universidad
Veracruzana, en las de gobierno, en los cafés, se hallaba en las mesas de los
consultorio y en muchos otros sitios. Evidentemente interesaba el tema erótico,
pero también la chismografía que se tejió en torno a los artículos semanales.
La curiosidad estaba motivada sobre todo por un par de razones: Xalapa era una
ciudad bastante provinciana y muchos de los personajes, particularmente de las protagonistas, eran o se pensaba que eran
personas reales, en ocasiones esposas o hermanas o hijas de políticos
encumbrados o personas de alta alcurnia intelectual o social. El diario de un frenético fue publicado durante quizás dos años, hasta
que comenzaron a haber manifestaciones de personas prestantes, que pedían que
terminara aquel aquelarre. Un periódico de la localidad, en voz de su director
– que ahora es una estatua y un centro cultural, una colonia de Xalapa y muchas
otras cosas— solicitó al rector en turno de la Universidad Veracruzana, que se
expulsara al autor. Además el honestísimo señor hizo gestiones para que
gobernación expulsara del país a quien calificó como corruptor de la sociedad y
denigrador de la mujer veracruzana. Los ataques no progresaron en aquel tiempo
porque el autor del Diario de un frenético, viéndose en apuros y sin
poder alguno, solicitó la ayuda de Gabriel García Márquez. Gabo se ocupó del
asunto y el escándalo fue acallado. Sin embargo el Diario de un frenético siguió siendo
publicado hasta que la revista Línea desapareció.
El protagonista de esta serie de
entregas semanales, que culminaría en la publicación de la novela Las noches de Ventura, es un escritor que se involucra con una
cantidad de mujeres que parece excesiva: Bárbara Bláskowitz, una frondosa
cuarentona, esposa de quien sería alcalde de la ciudad; la hija de Bárbara, una
geniecilla del violín, adolescente precoz y erudita; la Princesa de Huamantla,
una estudiante de psicología de ascendencia indígena... y muchas otras. Otra
señora, menos material, domina al protagonista, es la Señora Lujuria. Ventura,
el escritor, sin embargo lucha por elevarse de los abismos de la carne al
empíreo del espíritu: pretende ser un filósofo y un músico. Lucha denodadamente
por vencer su tendencia a acostarse con cualquier mujer y se dedica a tomar
clases de violín y a escribir una eterna novela de amor, no de sexo.
Publicar la primera novela de la serie El libro de la vida, me tomó varios años.
La envié al concurso de Novela Planeta-Joaquín Mortiz, y fue finalista. La
mandé a muchas editoriales infructuosamente y finalmente fue publicada por
editorial Planeta con una portada espantosa y tuvo una distribución casi
fantasmal. El resultado fue que la novela tuvo poca difusión y poca crítica. No
obstante, la obra se agotó y hasta el momento sigue inédita. Lo importante era
sin embargo, que la obra saliera, para que le diera espacio a las novelas
siguientes de la tetralogía El libro
de la vida, en las que seguirían las aventuras de Ventura.







