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ADOLFO Y EL APOCALIPSIS, HONGOS ALUCINÓGENOS (DOS)

julio 28, 2010

Diario del 2002

Me sorprende que tras haber tomado la misma cantidad del brebaje con honguitos de boñiga que Adolfo, yo no haya sentido efecto alguno. La verdad es que lo bebí con cautela, con miedo. La última vez que comí hongos con Adolfo yo tenía 25 años, era casi un atleta; hoy soy un hombre de 53 años, reblandecido por la vida, las rutinas familiares, la falta de vicios, la falta de costumbre de trasgredir umbrales, que era en aquellos tiempos asunto casi mensual. En aquel tiempo yo era visitante de otros planos. No había en mí temor alguno. Hoy consulto con un pie mi siguiente paso. Hoy de regreso al Paraíso no encuentro nada diferente, estoy desilusionado. Ya perdí la llave. Pongo mis dos manos al frente mío. Las veo pálidas. Sigo mirándolas. Es una palidez rojiza, como la piel de una gallina. Una piel reseca, que apenas sirve para recubrir los huesos, las venas, el sistema venoso, no es piel, sino una especie de pergamino reseco, en el que se pueden ver nítidamente las resquebrajaduras, el imbricarse de las células, sin la capa de brillo opaco que da la vida, la grasa ha desaparecido. Son las manos de una momia, de un hemobre muerto hace siglos. Estoy aterrorizado. No salgo de mi asombro. Permanezco una eternidad viendo que a mi cuerpo vivo hay pegadas dos manos de muerto. Trato de moverlas y no lo logro. Trato de articular palabra y me es imposible. Lo vuelvo a intentar con todas mis fuerzas. Hago un esfuerzo sobrehumano y logro que mis dedos se muevan. Son movimientos de autómata, pero movimientos. Aparto mis ojos de las manos. Estoy vivo. Estoy vivo, gracias a Dios.
“Mi papá ha estado hospitalizado tres veces “, dice Adolfo, “cuando llega la hostia y el sacerdote está dispuesto a darle la extramaunción, el viejo se recupera. ¿Qué energía hay en la hostia? En una oportunidad mi padre estaba ya con un pie del otro lado, con los labios apretados y el cuerpo rígido. Llegó una monja y le forzó con una cuchara una hostia en la boca. Inmediatamente se recuperó. Hay cosas que brillan en la oscuridad. Lo que yo hago en el día es asombroso. Durante las primeras horas del día hay perfección para escribir... pero en el momento en que me siento ante la compuitadora, pasa la basura y tengo que apresurarme. Dice.
Salimos a mirar el cielo. Adolfo avanza adelante por un prado que se corta en el horizonte. Veo que mi sombra se proyecta a su lado, a su altura y pienso que mi sombra es la sombra de su cuerpo, pienso que él y yo somos uno solo. Miramos la luna. La veo como una gran bola luminosa colgando del infinito. El cielo es un lienzo solo roto por la bola de la luna, a la que vemos solo la mitad inferior de su volumen.
Estar frente al demonio tranquilamente. Cada cosa que uno escribe tiene su momento. Adolfo habla de un guión cinematrografico que escribió: Vemos a una mujer que vive en una casa campestre, con pinos y campos pulidos como de golf, lagos enormes, palomas. Ella va a hacer una fiesata con doce personas. Van a celebrar y uno de los invitados soy yo. Lo que se va a comer son flores e insectos, un banquete horrendo. Ella desde su cama da instrucciones. “Necesito que me traigan diez libras de cochinillas”, gritaba, y ahí iban sus empleados a buscarlas. Va a un parque sin límites, que incluye pozo de la dicha y todo. Y en una banca está una mujer vestida de novia, muy triste, comiendo crispetas. En otra hay un periódico abandonado. Más allá se va a celebrar una boda en el parque. Es un campo que no tiene límites, como Pance en aquellos tiempos. El hombre comienza a juntar cochinillas y en la parte de atrás de la bici tiene cámaras. Se va y luego descubre que le falta una bolsa de cochinillas. Se regresa y encuentra que el novio tiene roto el corazón. Lo culpan a él de esa ruptura cordial. El hombre se defiende. Y todo se resuelve de una manera muy rara: el robot trae una flor (se refiere al robot que encontró al verdadero asesino) y en el fondo de la flor hay un cupido borracho cagado de la risa. En eso alguien dice: “Se terminó el ensayo”.
Adolfo es el rey del anacoluto. Pasa de un tema a otro diametralmente opuesto sin hacer uso de los tradicionales puentes que proporciona la razón. Yo, si no lo entiendo, por lo menos lo disfruto. Tiene conexión directa con planos que un ni imagina que existen.

Una explosión nuclear destrozó una tercera parte del planeta. La radiación va sancochando todo y la gente no sabe a dónde ir. Esta es la segunda parte,Y la tercera parte de la película es la fiesta: los invitados dicen que el desastre no es motivo para dejar la fiesta. Hay una jirafa sentada a la mesa y varios obispos. Las jirafas se inyectan y los obispos las miran reprobadores. La jirafas se ríen de los obispos. Todo es terrible en aquella celebración. Hay un momento en que todos se mueren en la fiesta menos el que está hablando. Este pasa a la trastienda, una especie de horrible desván. Allí hay un monje que ha echado raíces. Hay un aire de fin de mundo, en el que suceden las cosas más extrañas. Vemos a una zorra cenando con la pierna cruzada, al lado de una cigüeña. Están hablando de política internacional. En esa trastienda están los desechos de la civilización. El narrador sale por una puerta y desemboca en el barrio San Nicolás, dobla una esquina y la película se acaba. Todo es muy dantesco. La cara de Shakespeare se asoma mientras están pasando las letras de los créditos y dice “Se los dije, y no me quisieron creer”. Luego lanza una carcajada y se despide ondeando la mano.
No sé por qué se me ocurre decirle a Adolfo que soy completamente despiadado. A cambio de esta afirmación Adolfo pregunta: ¿Me dejarías tus manuscritos?
Le digo que sí. Estoy pensando mucho en mi pater, conectado a mil alambres que lo mantienen vivo. Mi estadía en el Paraiso va a ser muy criticada por todos. A veces me siento como si yo fuera Cristo y mi madre María. A veces me parece un abuso que Cristo se muera y deje a su madre sufriendo. Ana Milena Puerta es una poeta que se come todo lo que encuentra, todo lo que se le presenta. No sólo viandas, sino jóvenes de toda laya y condición. Ella me mandó un mail preguntándose por qué se vestían de negro. ¿Quiénes?, pregunto.Los asesinos, por qué prefieren vestirse de negro? Eso preguntaba. Y tú, ¿qué le respondiste? Porque con el negro se nota menos la mugre, el pecado, la suciedad del alma. Y, ¿sabes por qué se preocupan los poetas por la situación del país mientras se los ve tan felices en los bares? ¿Por qué se los ve tan felices? Porque generalmente son otros los que pagan las cuentas. Suspira, mira el cielo. Tan raro el mundo. A lo que se va. Informaciones nefastas todo el tiempo. La guerra nuclear cercana. China apoya a Pakistán y Rusia a India.
(Continuará).

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