Escritores y editores colombianos en la Feria del libro infantil en Xalapa 2017
Felipe Restrepo julio 23, 2017![]() |
| José Luis Martínez con el editor Jhon Naranjo presenta la biografía gráfica de García Márquez |
![]() |
| Oscar Pantoja presenta la biografía gráfica de Rulfo |
![]() |
| Felipe Restrepo presenta su novela Formas de evasión |
Triunfo Arciniegas / Caperucita Roja
![]() |
| Monica Bellucci |
E
|
se día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver.
Detuve la bicicleta y desmonté. Me sacudí el polvo del camino y la saludé con respeto y alegría. Caperucita hizo con su chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.
–¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
–Quiero regalarte una flor, niña linda.
–¿Esa flor? No veo por qué.
–Está llena de belleza –dije, lleno de emoción.
–No veo la belleza –dijo Caperucita–. Es una flor como cualquier otra.
Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
–Mira mi reguero de lágrimas.
–¿Te caíste? –dijo–. Corre a un hospital.
–No me caí.
–Así parece porque no te veo las heridas.
–Las heridas están en mi corazón –dije.
–Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala y me pareció ver en el polvo una sangrienta herida.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo del camino era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui al pueblo y me tomé unas cervezas en la primera tienda. "Bonito disfraz", me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Quise despedazarlos como pulgas pero eran más de tres.
Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
–¿Vas a la escuela? –le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
–Estoy de vacaciones, lobo feroz –dijo–. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
–¿Y qué llevas en el canasto?
–Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
–Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
–Es un experimento –dijo Caperucita–. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
–La receta funciona –dijo–. Voy a venderla, lobo feroz.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
–Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
–Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo.
Le pregunté por qué.
Es una abuela rica –explicó–. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia.
Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.
Poemas de Raúl Gómez Jattin y artículos sobre el poeta en el blog de Triunfo Arciniegas
Cereté julio 29, 2013
Hasta donde sé Triunfo Arciniegas es el mejor escritor de literatura infantil de Colombia, un experto en redes sociales y un muy buen escritor en general. Su blog De otros mundos es magnífico. Comparto una entrada y los invito a visitarlo.Primero unos poemas de Jattín y luego un excelente y sentido artículo sobre este poeta, tremendamente comovedor, que vivió una existencia feroz y terminó atropellado por un autobús en su ciudad natal, Cereté.
- Raúl Gómez Jattin
- SIETE POEMAS
- EL SUICIDA
- Airoso en su galope
Levantó la mano armada
Hasta su sien
Y disparó:
Suave derrumbe
Del caballo al suelo
Doblado sobre un muslo
Cayó
Y sin un solo gemido
Se fue a galopar
A las praderas del cielo.
.jpg)
- Gracias, señor
Por hacerme débil
Loco
Infantil
Gracias por estas cárceles
Que me liberan
Por el dolor que conmigo empezó
Y no cesa
Gracias por toda mi fragilidad tan flexible
Como tu arco
Señor amor.
.jpg)
INTENTAS SONREÍR
- Intentas sonreír
Y un soplo amargo asoma
Quieres decir amor y dices lejos
Ternura y aparecen dientes
Cansancio y saltan los tendones
Alguien dentro del pecho erige
Soledades
Clavos
Engaños
Fosos.
Alguien
Hermano de tu muerte
Te arrebata, te apresa, te desquicia,
Y tú, indefenso,
Estas cartas le escribes.
.jpg)
LOS POETAS, AMOR MÍO
- Los poetas, amor mío, son
Unos hombres horribles, unos
Monstruos de soledad, evítalos
Siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
Para leerlos. Mas no hagas caso
A lo que hagan en sus vidas.
.jpg)
PÁJARO
- Tengo en la cabeza
Un pájaro celeste
Que anida en esta prisión.
Tengo en este pájaro
Un ardiente corazón.
Tengo en ese corazón
Una frágil esperanza
De volar hacia Dios.
.jpg)
- SIENTO ESCALOFRÍOS DE TI
Siento escalofríos de ti,
Hermana muerte,
De verme en esta sala
Mirando un cuadro de David
Y súbitamente entrar en la vejez
Sin ningún diente
Y todas las arrugas
Y los vientos negros
Esparciendo mis cabellos.
Yo te conozco, hermana
Sé que eres una nube
De ojos yertos
Que busca otra de luz
Hasta convertirse en una.
Te conozco y sin embargo
Encontrarte en la sala del David
Frente a frente
Fue un gran susto
Hermana mía.
.jpg)
- Si quieres saber de Raúl
Que habita estas prisiones
Lee estos duros versos
Nacidos de la desolación
Poemas amargos
Poemas simples y soñados
Crecidos como crece la hierba
Entre el pavimento de las calles
viernes, 26 de julio de 2013
Raúl Gómez Jattin / Poemas
Raúl Gómez Jattin
POEMAS
Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas
El amor entre hombres
Fumar marihuana
Y escribir poemas
Mañana se levantará pasado el mediodía
Tendrá rotos los labios
Rojos los ojos
Y otro papel enemigo
Le dolerán los labios
Y le arderán los ojos como colillas encendidas
Y ese poema tampoco expresará su llanto
DESENCUENTOS
Ah desdichados padres
Cuánto desengaño trajo a su noble vejez
el hijo menor
el más inteligente
En vez de abogado respetable
marihuano conocido
En vez del esposo amante
un solterón precavido
En vez de hijos
unos menesterosos poemas
¿Qué pecado tremendo está purgando
ese honrado par de viejos? ¿Innombrable?
Lo cierto es que el padre le habló en su niñez de libertad
De que Honoré de Balzac era un hombre notable
De la Canción de la vida profunda
Sin darse cuenta de lo que estaba cometiendo
DESLUMBRAMIENTO POR EL DESEO
Instantáneo relámpago
tu aparición
Te asomas súbitamente
en un vértigo de fuego y música
por donde desapareces
Deslumbras mis ojos
y quedas en el aire
tu aparición
Te asomas súbitamente
en un vértigo de fuego y música
por donde desapareces
Deslumbras mis ojos
y quedas en el aire
EL AGRESOR OCULTO
Me envenenó la vida
Me sustrajo de mi movimiento natural
y me entregó a las sombras
de los amores no correspondidos
Me trastocó los sueños
metiéndose como un conspirador entre sus grietas
Desempolvó recuerdos
que hablaban de partidas y de adioses
Mientras tanto mi alma
acostumbrada a la desgracia
lo veía hacer
como un condenado que presencia
el levantamiento del patíbulo
PEQUEÑA ELEGÍA
Ya para qué seguir siendo árbol
si el verano de dos años
me arrancó las hojas y las flores
Ya para qué seguir siendo árbol
si el viento no canta en mi follaje
si mis pájaros migraron a otros lugares
Ya para qué seguir siendo árbol
sin habitantes
a no ser esos ahorcados que penden
de mis ramas
como frutas podridas en otoño
jueves, 25 de julio de 2013
Gustavo Tatis / Ahí viene Raúl Gómez Jattin
| Raúl Gómez Jattin en Cartagena de Indias |
Ahí viene Raúl Gómez Jattin
Por Gustavo Tatis Guerra
Cartagena de Indias, 9 de junio de 2013
Yo Raúl Gómez Jattin, natural de Cartagena,
portador de la Cédula de Ciudadanía No. 6.582.5623 de Cereté,
declaro que mi última voluntad es que al morir
sea incinerado en Cartagena.
Cartagena, septiembre 9 de 1995
Raúl Gómez Jattin
| Raúl Gómez Jattin |
En Cereté cerraban las puertas y las ventanas cuando veían pasar al poeta Raúl Gómez Jattin. En aquel entonces un ser genial como Raúl, no solo era incomprendido por sus contemporáneos y por la sociedad colombiana, sino por su propia familia. Casi todos, al final, sin saber qué hacer y cómo sobrellevar su enfermedad mental, decidieron huir de él. Aquella alarma convertida en susurro en la resolana del verano, fue una señal de lo que vendría: “Ahí viene Raúl”.
Dieciséis años después de su muerte, las puertas y las ventanas de Cereté, se abren al espíritu y la obra poética de Raúl. Es el poeta más famoso de Cereté y de todo su departamento, y uno de los mejores de la historia literaria de Colombia. El que más allá de su muerte trágica, convoca al mundo hasta su aldea. Las peregrinaciones a la tumba de Raúl no cesan y siempre hay alguien que lleva flores y enciende una vela para recordarlo.
Era casi un niño cuando fui a visitarlo por primera vez en su casa de Mozambique que tenía un patio infinito bajo la sombra de unos mangos. El poeta acababa de salir de una clínica mental en una de sus primeras crisis de los años setenta. Y permanecía en un cuarto casi aislado de la casa, durmiendo en una hamaca. Toqué la puerta y me abrió la señora Lola Jattin, su madre, quien me dijo que era imposible ver a su hijo, porque el día anterior había recaído y había salido desnudo por las calles de Cereté. Le dije que solo quería saludarlo. La madre me preguntó mi nombre y fue a darle la razón. El poeta se levantó de la hamaca y le pidió a su madre que me dejara entrar. Aún conservaba en aquel entonces la melena de vikingo en tierra y los dientes intactos con que se reía a carcajadas de este mundo y sus estupideces. Me saludó con un abrazo gigantesco y me llevó a la cocina de su casa. Le dijo a la niña que cocinaba: “Échale dos vasitos de agua a esa sopa que él se quedará a almorzar”. Me puso las quejas de su madre que había quemado según él lo mejor de aquel patio: las hojas amarillas del mango que habían forjado una alfombra sonora al sol. Lo que siempre me impactó de él, además de su memoria de elefante para recordar nombres de poetas y dramaturgos, eran los episodios históricos. Muchos lo recuerdan aún en Cereté como profesor de historia en el Colegio Marceliano Polo. No llevaba apuntes. Dictaba su clase guiado por su memoria. En los días de reclusión en el manicomio, hizo dibujos a mano alzada que aún recuerdo. Trazos de rostros, pájaros y espirales de luz. Detrás del alma sensible y atormentada de Raúl, había un ser exquisito y sublime, con una aristocracia de espíritu y una gran devoción por los seres de su infancia que aún le sobreviven como esa bella y bondadosa mujer que es Sara Ortega de Petro, con su piel de cobre y su alma finísima. Y la niña Isabel, su vecina de juegos de infancia, que ha visto caer en un invierno aquel mamoncillo cantado en el poema. Toda la locura de un ser maravilloso como Raúl, hoy es una escueta anécdota ante el tamaño infinito de su bella y eterna poesía. Al poco tiempo de trabajar en El Universal publiqué tres páginas del suplemento Dominical con algunos de los versos de aquel primer poemario titulado a secas Poemas, publicado en 1980. Un viernes le dije a Raúl que me permitiera publicarlos y él aceptó. Los textos iban acompañados de unas fotos singulares de Jorge Carcioffi, en la que aparecía Raúl encaramado en los altos árboles de la orilla del río Sinú. Los poemas se publicaron el domingo, y ya a primera hora del lunes, fuimos sorprendidos por una inesperada recaída de Raúl en la puerta de El Universal, buscándome para que le pagara treinta mil pesos por la publicación de las tres páginas. No hubo maneras de convencerlo de que él mismo me había autorizado publicar esas tres páginas tres días antes. Tuve a lo largo de quince días la persecución del poeta. Llegar al periódico se me convirtió en una verdadera pesadilla, porque Raúl había intentado agredir al portero y al recepcionista. Todo terminó una noche en que Edgardo Olier y yo salimos hambreados de la redacción a compartir un patacón y un jugo de zapote. Cuando nos sentamos a esperar que hicieran el jugo, sentí al instante unas manos enormes que me agarraron por el cuello. Era el poeta. Solo dijo: “Aquí me pagarás las tres páginas”. Le dijo al señor de los jugos que no hiciera nada para nosotros, y le explicamos con señas la situación. Raúl pidió dos jugos de milo y se comió la tártara de fritos. El señor de los jugos lo entendió cuando me vio el índice sobre la manzana de Adán: “Deje que se coma todo. Usted me cobra después en el periódico”. Era preferible deberle al señor de los jugos, que a Raúl Gómez Jattin.
![]() |
| Raúl Gómez Jattin |
EPÍLOGO
Poco antes de morir atropellado por un bus de Zaragocilla el 22 de mayo de 1997, le pregunté a Raúl qué quería hacer con su vida en los diez años venideros. Y me dijo que deseaba comprar un pedazo de tierra en Turbaco para sembrar berenjenas.
Raúl hizo del Sinú su paisaje emocional y a él le consagró sus poemas en las que se mezclaban la naturaleza y sus criaturas y su evocación mítica de los personajes del mundo.
Iba a cumplir en nueve días sus 52 años. Intensa y perdurable es su voz y su irradiación en la poesía de Colombia para el universo. Allí están su libros que hipnotizan a sus lectores: “Poemas” (1981), “Retratos” (1980-1989), “Amanecer en el valle del Sinú” (1983-1989), “Del Amor” (1982-1987), “Hijos del tiempo”(1992), “Esplendor de la mariposa” (1993), “Los poetas, amor mío...” (2000), es un verdadero tesoro.
Los campesinos de Cereté tenían meses esperando la llegada del invierno. El cadáver del poeta fue llevado de Cartagena hasta Cereté. Y sepultado en el cementerio de su pueblo, junto a los restos de sus padres. No había llegado el cadáver de Raúl a la plaza de Cereté, cuando se desgajó del cielo una lluvia incontenible. Los campesinos atribuyeron aquel milagro al corazón generoso e inusitado del poeta.









