En 1988, cuando ese personaje indefinible que se llama Marco Tulio Aguilera y que soy yo tenía treinta y nueve años, vio publicada su novela Mujeres amadas en la Editorial de la Universidad Veracruzana. Hoy, 15 de junio de 2016, veintiocho años después, a la edad considerable (escribiría Borges) de sesenta y siete años y noventa días, he hecho la última corrección y lectura de El sentido de la melancolía, sexta novela de la serie que he llamado El libro de la vida. Lejos estaba MT de imaginar en 1988 que Mujeres amadas sería la primera de una serie de novelas que seguirían a Ventura, el mismo protagonista (mujeriego, deportista, estudiante de violín y de la vida, excesivo e irresponsable en casi todo), a lo largo de varias décadas, y que estaría ocupado tantos años (¡veintiocho!) en un solo proyecto novelístico que llegaría a comprender Las noches de Ventura, Buenabestia, La pequeña maestra de violín, La hermosa vida, La insaciabilidad, Doctor Amóribus, La plenitud del amor, El sentido de la melancolía y Sin máscara frente al espejo, además de la que anoté en el primer párrafo. Anoto nueve títulos, pero en realidad son siete los que merecen ser citados, pues La plenitud del amor aunque está escrita, no me satisface y (por ahora) no pienso publicarla. Solamente a partir de la segunda, Las noches de Ventura (Editorial Planeta en México; Plaza y Janés en Colombia , bajo el título de Buenabestia) publicada en 1995, siete años después de la primera, fue que cobré conciencia de lo que estaba haciendo y de lo que pensaba hacer y ello lo registré en un pequeño prólogo que decía: No oculto desde ahora el tamaño de mi ambición. Aspiro a narrar sin pudor alguno, a mi placer y en mi estilo, la historia de una sensibilidad exaltada. Si no alcanzo la calidad, por lo menos aspiro a las dimensiones de El Cuarteto de Alejandría, La crucifixión rosada o En busca del tiempo perdido. Y aventuro que haré cualquier cosa menos aburrir al paciente lector. Me ampara en mi osadía la sentencia de san Pablo: “El Señor no juzgará al hombre por sus sueños”. Por lo menos en términos estadísticos puedo decir que he cumplido. Las ocho novelas están escritas; cinco publicadas en un archipiélago de editoriales (CONACULTA, Universidad de Puebla, Plaza, Planeta, Universidad Veracruzana, Incunábula); una al borde de la publicación (espero); las otras tres terminadas (en busca de editor dos de ellas; una sufriendo el insulto del polvo o la luz de la resurrección). En lo que respecta a la calidad y a la pregunta de si están a la altura de sus modelos y de sus autores (Durrel, Miller y Proust), me reservo (obviamente) el juicio. Si es difícil lograr un record mundial (en natación, deporte de senectud por excelencia, que practico desde hace cinco años con buen éxito y algunas medallas máster) más difícil es estar a la altura de las obras maestras de la literatura universal. Pero hay que intentarlo sin dudar un instante: si cuando te sientas ante la máquina de escribir y el papel en blanco no piensas que vas a escribir una obra de arte, mejor dedícate a algo más productivo como cosechar legumbres o construir casas. Los más frecuentes acercamientos críticos (los más cómodos) han insistido en el bastón fácil del alter ego: Ventura es Marco Tulio (y/o a la inversa). Mi protagonista comparte mis gustos: las mujeres, el violín, el deporte, los libros, la filosofía, algunos autores (Miller, Dostoievski, García Márquez, Rubem Fonseca, Thomas Mann). En mi descargo he de decir que inventé bastante, estudié mucho, tergiversé, exageré, sutilicé, edité, corté, mejoré o empeoré la realidad, le busqué un sentido y quise hacer que cada novela fuera completamente independiente de las demás… y de mi vida real. Y básicamente no quise hacer autobiografía (como Vivir para contarla, un largo “canto a mí mismo”) sino una obra en la que estuviera cifrada, si no descifrada, una existencia que debería (de) tener (de alguna forma) un sentido, un fin. Y sobre todo, que no se ocupara solo de los éxitos sino fundamentalmente de los fracasos y las sombras. Más que héroe, Ventura es antihéroe, por lo tanto mi anverso: lo que yo siempre he querido ser es superhéroe. Si me preguntaran en un examen de tesis de grado cuál es el tema de la serie de novelas, yo respondería sin dudarlo otro instante: la búsqueda del amor, del placer y de la virtud (en ese orden), además investigar (como Freud) qué diablos quieren las mujeres; y en últimas lo que intento es alcanzar el perdón de las personas a las que he ofendido y… sí, la salvación de mi alma (o de lo que sea). Hay algo de patético en el proyecto: compréndanme, así soy yo. De estas novelas se han hecho toda clase de juicios, algunos propicios, otros adversos, otros más condescendientes. El mayor elogio me lo hizo la poeta mexicana Silvia Sigüenza (persona de juicios en general feroces): “No entiendo cómo un hombre puede saber tantos asuntos secretos sobre las mujeres”. Un escritor mexicano cuyo nombre no puedo recuperar ahora calificó una de las obras como “sex fiction”. Otro dijo que Mujeres amadas podía ser la novela amorosa de la década. Un tercero dijo que esa novela era aburridora hasta la página 100 y que después se arreglaba. De La insaciabilidad hubo grandísimos elogios en varios países (muchos de ellos emitidos por amigos del autor). El sentido de la melancolía fue descalificada por el lector de una prestigiosa y caprichosa editorial y arguyendo que estaba mal escrita, llena de lugares comunes y obviedades (puñalada trapera a un autor que se trabaja sus obras con esmero y que considera buen estilista). Como curiosidad voy a reproducir el comentario reciente de mi amiga de Twitter Gabriela Humphrey a La insaciabildad: “Hola maestro…sigo leyendo, lenta pero segura su libro; he de decir que su libro es como un rollo de cajeta: no me lo puedo acabar de una sentada porque nunca volvería a comer cajeta, que es mi dulce favorito de todos. Lo gozo como a mí me gusta…Pero temo a dónde me va a llevar la historia o si no me va a llevar a ningún lado, solo al miembro de Ventura, o a su cabezota, que, insisto, la tiene abajo del ombligo como todos los hombres… Ventura, el protagonista, me enseñó lo que la gente no está ni dispuesta a pensar sobre sí misma… Me habla de que Ventura hubiese hecho el amor hasta con su gatita… Hay hombres así. En fin, me encantó el humor, la narrativa y sí le digo que sus personajes causan shock, su grado de conciencia es apenas el indispensable para que no los apedreen por donde van. En fin. Yo me di cuenta con su libro que todos mis personajes hacen cosas malas, pero siempre la conciencia los corroe, todos están muy conscientes de lo que pueden perder… No me vaya a entender mal, solo quiero decir que su libro me pareció fuerte en cuanto a la conciencia corpórea de sus personajes. Ventura es un misógino, mujeriego, pedófilo, vigoréxico, antipático a veces, narcisista, atrevido, simpático, erudito, alcohólico, un pecador sin redención posible. Eso hace que atraiga personalidades iguales y pues esa carga de su forma de ser hace la lectura muy interesante y uno se da cuenta que de algún modo todos tenemos algo de esas cosas y no nos atrevemos ni a pensarlo. Así que, ¡bendita escritura!, porque puede uno decir de mil formas lo que no está permitido ni pensar. Ya no sé si me estoy explicando, pero no se mortifique pensando que he dicho algo malo de su libro, al contrario, disfruté mucho la disección (que es la mía también, tal vez)”. Espero que algún día una editorial publique los siete (u ocho) libros juntos. Mientras tanto sigo puliendo los dos últimos y preguntándome si habrá un octavo (o noveno) o si simplemente me dedicaré a entrenar natación, a ser feliz y a reunirme con un grupo de jóvenes escritores que me ayuden a navegar los años que me faltan a cambio de acompañar sus proyectos.
1.
Ningún acto de posesión debería ejercerse sobre un alma libre.
2. El
cuerpo es el templo donde la naturaleza pide ser venerada.
3. La
felicidad es ideal y utópica, es obra de nuestra imaginación.
4. La
posesión de una mujer es tan injusta como la posesión de esclavos.
5.
Mátame o acéptame tal y como soy, porque jamás cambiaré.
6. La
verdad suscita menos imaginación que la ficción.
7. El
amor es más fuerte que el orgullo.
8. No
está en mi poder cambiar como soy. Y si lo estuviera, no lo haría.
9. La
conciencia no es la voz de la naturaleza, sino del prejuicio.
10. La
persona más afortunada es aquella que posee más medios para satisfacer sus
antojos.
11. El
orden social a cambio de la libertad no es un buen trato.
12. Las
religiones son la cuna del despotismo.
13. La
idea de Dios es el único mal que no puedo perdonar a la humanidad.
14. La
ignorancia y el miedo son las bases de toda religión.
15. No
perdáis de vista que la felicidad del hombre yace en su imaginación, y que no
podrá conseguirla si no satisface sus caprichos.
16. El
ser humano es tan culpable de seguir sus impulsos como el Nilo lo es de las
inundaciones o el mar de las olas.
17. La
destrucción, y por ende la creación, es uno de los mandatos de la naturaleza.
18. La
mayoría de las personas militan en contra de las pasiones sin pararse a pensar
que es su filosofía retrógrada lo que las aviva.
19. ¿Hay
algo más inmoral que la guerra?
20. La
crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que la naturaleza nos
infunde.
21. El
sexo es tan importante como comer o beber, y debemos satisfacer este apetito
con tan pocas restricciones y falso decoro como los otros.
22. A
juzgar por el conocimiento expuesto por teólogos, solo podemos concluir que
Dios creó a la mayoría de los hombres simplemente para abarrotar el infierno.
23. Los
principios morales universales no son más que caprichos inútiles.
24. El
pasado me motiva, el presente me excita y no tengo miedo al futuro.
25. El
sexo sin dolor es como la comida sin sabor.
26. No
es mi manera de pensar lo que me ha traído mis desgracias, sino la manera de
pensar de otros.
28. Las
pasiones de la lujuria son inexorables. La lujuria exige, provoca y tiraniza.
29. Para
conocer la virtud, primero debemos familiarizarnos con el vicio.
30.
¿Acaso podemos convertirnos en alguien diferente de quien somos?
31. El
único camino para conquistar el corazón de una mujer es a través del tormento.
No conozco otro tan seguro.
32. Si
Dios mató a su propio hijo como a un ternero, me estremece pensar lo que haría
conmigo.
33.
Solamente a través del dolor puede alcanzarse el placer.
34. El
placer sexual es la pasión que gobierna al resto, pero en la que todas se unen.
35. La
lujuria es al resto de pasiones lo que el fluido nervioso a la vida. La
ambición, la crueldad, la avaricia, la venganza… todas se basan en la lujuria.
36. Si
las leyes permanecen como hasta ahora, seamos discretos; las opiniones fuertes
nos obligan a serlo. Pero en la privacidad y el silencio, seamos nosotros
mismos para compensar la cruel castidad que nos vemos obligados a manifestar en
público.
37. El
carácter natural del hombre lo lleva a imitar a sus seres queridos tan bien
como sea posible. Así ha sido como yo me he ganado mis propias desgracias.
38.
Cualquier gozo disminuye cuando se comparte con otras personas.
39.
¿Acaso no son peligrosas las leyes que inhiben las pasiones? Compare los siglos
de anarquía con los de mayor legalismo de cualquier país. Así verá cómo las
mayores acciones aparecen únicamente cuando las leyes perecen.
40. La
felicidad no se consigue con el vicio ni con la virtud, sino con la manera en
que entendamos el uno y la otra, y con las decisiones que tomemos en pos de la
conformación de nuestro propio ser.
41. La
imaginación es el detonante de todos los placeres. Todo depende de la
imaginación. ¿Acaso no es de la imaginación de donde nacen la felicidad y los
placeres más intensos?
42. No
existe una sensación más verdadera que el dolor. Su efecto es certero y fiable,
nunca engaña, como lo hace el placer que las mujeres fingen y rara vez sienten.
43. ¿Son
las guerras algo más que el medio por el que una nación se nutre, se fortalece
y se protege?
44. La
variedad y la multitud son los vehículos más poderosos de la lujuria.
45.
Ningún hombre, si es de buena fe y sincero, negaría que prefiere que su amante
muera a que le sea infiel.
46. El
exceso de sensualidad hace que la pena abandone al hombre.
47. No existe
ningún dios, la naturaleza se basta sin necesidad de un autor.
48. El
mayor triunfo de la filosofía sería poder esclarecer la manera en que la
Providencia pretende acabar los planes que tiene para el hombre.
49.
Hasta que alguien me demuestre la infabilidad de los juicios humanos, exigiré
la abolición de la pena de muerte.
50. La
naturaleza, que para mantener las leyes de su equilibrio requiere a veces de
vicios y de virtudes, nos impulsa de acuerdo con sus demandas.
51. Las
conversaciones, como ciertas partes de la anatomía, siempre fluyen mejor cuando
se lubrican.
52. Mi
forma de pensar, según dicen, es absolutamente reprobable. ¿Acaso creen que me
importa?
53. No
hay mayor desgraciado que el que cambia su forma de pensar para complacer al
resto.
54.
¡Joder! ¿También se espera que un hombre sea un caballero cuando está excitado
sexualmente?
55.
Algunas personas parecen crueles con otras, pero a veces es simplemente la
única manera que conocen para cuidar de otros y sentir más fuertemente.
56. Si
es lo obsceno lo que otorga placer a la lujuria, entonces cuanta más
obscenidad, más placer debe haber.
57. No
sé lo que es el corazón. Solo utilizo tal palabra para referirme a las
flaquezas de la mente.
68.
Debemos aplicar violencia al objeto de nuestro deseo. Así, cuando se rinda, el
placer será mayor.
69. La
verdadera felicidad yace en los sentidos, y la virtud no satisface ninguno de
ellos.
60. Yo
he estado en el infierno. Ustedes solamente han leído acerca de él.
61. La
naturaleza ha otorgado a cada humano sentimientos bondadosos que no se deben
malgastar en otros.
62.
Supuse que todo debía ceder a mis deseos, que el universo entero debía
responder a mis caprichos y que tenía el derecho de satisfacerlos a mi
voluntad.
63.
Espero que el resto de mi vida supere las extravagancias de mi juventud.
63. La
imposibilidad de enfurecer a la naturaleza es la mayor angustia que el ser
humano puede sentir.
64.
Cuando alguien ha tenido suficiente de algo es porque ya ha tenido demasiado.
65.
Entreguémonos indiscriminadamente a lo que piden nuestras pasiones, y así
siempre seremos felices.
66. Mis
pasiones, concentradas en un solo punto, se asemejan a los rayos del sol
concentrados gracias a una lupa: los dos prenden fuego inmediatamente a
cualquier objeto a su paso.
67. En
una era de absoluta corrupción, la mejor actitud es hacer lo que hacen otros.
68. La
belleza es algo simple, mientras que la fealdad es algo excepcional.
69. Está
comprobado que la crueldad, el horror y el miedo es lo que procura el placer al
fornicar.
70. El
sexo debe ser un equilibrio perfecto entre dolor y placer. Sin esa simetría, el
sexo se convierte en una rutina más que en un deleite.
71. Los
monstruos también son necesarios en la naturaleza.
72. Cada
principio es un juicio, cada juicio el resultado de una experiencia, y la
experiencia solo se consigue a través del ejercicio de los sentidos.
73. No
son las opiniones ni los vicios del individuo lo que daña a un Estado, sino el
comportamiento de las figuras públicas.
74. El
crimen es el alma de la lujuria. ¿Qué sería del placer sin el crimen? No es el
desenfreno lo que nos excita, sino el mal.
75. Las
mujeres bellas solo deberían preocuparse por el placer, no por la procreación.
Moral a Nicómaco, Aristóteles
Volvamos ahora a nuestra primera afirmación; y puesto que todo conocimiento y toda resolución de nuestro espíritu tienen [7] necesariamente en cuenta un bien de cierta especie, expliquemos cuál es el bien que en nuestra opinión es objeto de la política, y por consiguiente el bien supremo que podemos proseguir en todos los actos de nuestra vida{5}. La palabra que le designa es aceptada por todo el mundo; el vulgo, como las personas ilustradas, llaman a este bien supremo felicidad, y, según esta opinión común, vivir bien, obrar bien es sinónimo de ser dichoso. Pero en lo que se dividen las opiniones es sobre la naturaleza y la esencia de la felicidad, y en este punto el vulgo está muy lejos de estar de acuerdo con los sabios. Unos la colocan en las cosas visibles y que resaltan a los ojos, como el placer, la riqueza, los honores; mientras que otros la colocan en otra parte. Añadid a esto, que la opinión de un mismo individuo varia muchas veces sobre este punto; enfermo, cree que la felicidad es la salud; pobre, que es la riqueza; o bien cuando uno tiene conciencia de su ignorancia, se limita a admirar a los que hablan de la felicidad en términos pomposos, y trazan de ella una imagen superior a la que aquel se había formado. A veces se ha creído, que por encima de todos estos bienes particulares existe otro bien en sí, que es la causa única de que todas estas cosas secundarias sean igualmente bienes. Indagar todas las opiniones sobre esta materia, sería un trabajo bastante inútil; y así nos limitaremos a las más conocidas y divulgadas, es decir, a las que al parecer tienen alguna verdad y alguna razón.
Por lo demás, no perdamos de vista, que hay mucha diferencia entre las teorías que parten de los principios, y las que se elevan a los mismos. Platón tuvo mucha razón para preguntar y para indagar, si el verdadero método consiste en partir desde los principios o en subir hasta ellos, a la manera que en el estadio se puede ir de los jueces a la meta, o, a la inversa, de la meta a los jueces. Pero siempre es preciso comenzar por cosas muy notorias y muy claras. Las cosas pueden ser notorias de dos maneras: o con relación a nosotros o de una manera absoluta. Quizá deberemos comenzar por las que son notorias a nosotros, y he aquí por qué las costumbres y los sentimientos honrosos son una preparación necesaria para todo el que quiera [8] hacer un estudio fecundo de los principios de la virtud, de la justicia, en una palabra, de los principios de la política.
El verdadero principio de todas las cosas es el hecho, y si el hecho mismo fuese siempre conocido con suficiente claridad, no habría nunca necesidad de remontarse a su causa. Una vez que se tiene un conocimiento completo del hecho, ya se está en posesión de los principios del mismo, o por lo menos se pueden fácilmente adquirir. Pero cuando uno no está en posición de conocer, ni el hecho, ni la causa, debe aplicarse esta máxima de Hesiodo:{6}
«Lo primero es poderse dirigir a sí mismo,
Sabiendo lo que se hace en vista del fin.
también es bueno seguir el sabio consejo de otro;
Pero no poder pensar y no escuchar a nadie
Es una acción propia de un tonto de todos abandonado.»
Pero volvamos al punto de que nos hemos separado. Sabiendo lo que se hace en vista del fin.
también es bueno seguir el sabio consejo de otro;
Pero no poder pensar y no escuchar a nadie
Es una acción propia de un tonto de todos abandonado.»
No es, en nuestra opinión, un error completo formarse una idea del bien y de la felicidad en vista de lo que pasa a cada uno en su vida propia. Y así las naturalezas vulgares y groseras creen que la felicidad es el placer, y he aquí por qué sólo aman la vida de los goces materiales. Efectivamente no hay más que tres géneros de vida que se puedan particularmente distinguir: la vida de que acabamos de hablar; después la vida política o pública; y por último, la vida contemplativa e intelectual. La mayor parte de los hombres, si hemos de juzgarlos tales como se muestran, son verdaderos esclavos, que escogen por gusto una vida propia de brutos, y lo que les da alguna razón y parece justificarles es, que los más de los que están en el poder sólo se aprovechan de este para entregarse a excesos dignos de un Sardanápalo{7}. Por lo contrario, los espíritus distinguidos y verdaderamente activos ponen la felicidad en la gloria, porque es el fin más habitual de la vida política. Pero la felicidad comprendida de esta manera es una cosa más superficial y menos sólida que la que pretendemos buscar aquí. La gloria y los honores pertenecen más bien a los que los dispensan que al que [9] los recibe, mientras que el bien, tal como nosotros le proclamamos, es una cosa por completo personal, y que muy difícilmente se puede arrancar al hombre que le posee. Y además, muchas veces no busca uno la gloria sino para confirmarse en la idea que tiene de su propia virtud; y procura granjearse la estimación de los sabios y del mundo, de que es uno conocido, porque se considera a aquella como un justo homenaje al mérito que se atribuye. De aquí concluyo que la virtud, a los ojos mismos de los que se guían por estos motivos, tiene la preeminencia sobre la gloria que ellos buscan. Fácilmente podría por tanto creerse, como consecuencia de lo que va dicho, que la virtud es el verdadero fin del hombre más bien que la vida política. Pero la virtud misma es evidentemente incompleta cuando es sola, porque no sería imposible que la vida de un hombre, lleno de virtudes, fuese un largo sueño y una perpetua inacción. Hasta podría suceder que un hombre semejante sintiese los más vivos dolores y los mayores infortunios, y a no ser en interés de una opinión personal nadie puede sostener, que el hombre entregado a tales infortunios sea feliz.
Pero basta de esta materia, de que hemos hablado ya ampliamente en nuestras obras Encíclicas{8}.
El tercer género de vida, después de los dos de que acabamos de hablar, es la vida contemplativa e intelectual, que estudiaremos luego. En cuanto a la vida que sólo tiene por fin el enriquecerse, es una especie de violencia y de lucha continuas; pero evidentemente no es la riqueza el bien que nosotros buscamos; la riqueza no es más que una cosa útil a que aspiramos con la mira de otras cosas que no son ella. Y así los diversos géneros de vida, de que anteriormente hemos hablado, deberían considerarse con más razón que la riqueza como los verdaderos fines de la vida humana, porque sólo se les quiere por sí mismos absolutamente; y, sin embargo, estos fines no son los verdaderos, a pesar de todas las discusiones a que han dado lugar. Pero dejemos todo esto a un lado.
———
{5} Esto se funda en las preocupaciones de la antigüedad, que sólo consideraba al ciudadano como miembro del Estado. Véase la Política de Aristóteles y la República de Platón.
{6} Las Obras y los Días, verso 293, edición de Heinsius. El segundo verso, que se cita aquí por Aristóteles, no es de Hesiodo a lo que parece, y Heinsius, aun admitiéndole, le indica como apócrifo. La interpolación era muy antigua y remonta por lo menos al tiempo de Aristóteles.
{8} Estas obras Encíclicas no se han conservado.
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