WILLIAM STYRON: LA DEPRESIÓN
mayo 24, 2009MAS ALLA DEL INFIERNO
por Christopher Lehman-Haupt
William Styron, el novelista del sur de Estados Unidos cuyas exploraciones de difíciles preguntas históricas y morales le ganaron un lugar prominente entre las principales figuras literarias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, falleció el jueves en Martha's Vineyard, Massachussets, donde tenía su hogar. Tenía 81 años. Su hija, Alexandra Styron, dijo que la causa de la muerte fue una pulmonía, aunada a que durante muchos años había estado enfermo de otros males.
Las obras de juventud de Styron, entre las que se encuentra Tendidos en la oscuridad, le ganaron amplio reconocimiento como un notable autor del sur estadounidense y como heredero de William Faulkner. Con sus novelas subsecuentes, como Las confesiones de Nat Turner y La decisión de Sophie, Styron pudo trascender el mundo que lo rodeaba para moverse a través de numerosas fronteras históricas y culturales.
Críticos y lectores por igual lo alinearon entre lo mejor de la generación que seguía a la de Hemingway y Faulkner. Entre sus contemporáneos se puede encontrar a James Jones, Gore Vidal y Norman Mailer.
“Pienso que, durante años, su trabajo será reconocido por su energía única”, dijo Norman Mailer acerca de Styron en una entrevista telefónica hace algunos años. “Ningún otro escritor estadounidense de mi generación ha tenido un sentido de la elegía tan omnipresente y exquisito”.
Para Styron, el éxito llegó temprano. Tenía sólo 26 años cuando, en 1951, fue publicada Tendidos en la oscuridad, su primera novela. Ésta es una pujante meditación lírica acerca del suicidio de una joven muchacha sureña, narrada desde el punto de vista de los miembros de su familia y sus amigos durante el funeral. En la novela el lenguaje desempeña un papel tan importante como la caracterización, y la deuda que tiene hacia la obra de Faulkner, en general, y en particular hacia El sonido y la furia, es obvia. Muchos críticos elogiaron la novela por su energía y devenir melódico —aunque algunos se quejaron de su morbosidad y de la carente estatura moral de sus personajes— y el libro estableció a Styron como un escritor al que merecía la pena tener en mente.
Aunque estaba exaltado por la respuesta a su novela, Styron se resistió a ser catalogado como el heredero de Faulkner. “No me considero a mí mismo como un escritor sureño, sea lo que sea lo que ello signifique”, dijo a The Paris Review en la primavera de 1953, en una de las primeras y muy famosas entrevistas de “Escritores trabajando” que realizara la publicación. “Solo ciertas cosas en el libro son particularmente sureñas”. La muchacha, Peyton, por ejemplo, “no tenía que haber sido de Virginia”, dijo Styron. “Ella habría terminado por saltar de una ventana sin importar dónde hubiera nacido”.
Además, habría podido agregar, él había sido criado en Newport News, Virginia, una ciudad del llamado Nuevo Sur, cuya industria principal era el astillero en donde el padre de Styron trabajaba. Y esa era la región de la que William deseó siempre huir, pero cuya rica historia añoraba recrear desde la lejanía.
Al norte y a Europa
Así que después de mudarse al norte de Estados Unidos y escribir Tendidos en la oscuridad, dentro, y en los alrededores de Nueva York, Styron viajó a París en 1952 y allí escribió una novela corta basada en sus experiencias con los infantes de marina. Publicada en 1953 en el primer número de la revista Discovery, bajo el título de Larga marcha, apareció posteriormente como libro, publicado por Vintage en 1955, intitulado La larga marcha.
Después de vivir un año en Italia, en 1954 se trasladó a Roxbury, Connecticut, para dedicarse a terminar su segunda novela, Esta casa en llamas. La novela, en cuestión de técnica, muestra progresos con respecto a Tendidos en la oscuridad, además de ser más rica en cuanto a trama y, como está llena de lo que en aquel entonces era el furor europeo del existencialismo, es notablemente no-sureña.
Esta casa en llamas se vendió bien. Pero seguía siendo un retrato algo melodramático de un grupo de americanos en Italia, y mientras que fue admirada en Francia, obtuvo críticas negativas en gran parte de los Estados Unidos.
En 1960, Styron volvió a casa, metafóricamente y en su imaginación, emprendiendo un proyecto que había contemplado desde su juventud: el recuento ficticio de una violenta rebelión de esclavos que condujo Nat Turner en 1831 y que aconteció no muy lejos de donde Styron había nacido.
El momento de aparición de la novela no pudo ser mejor; fue en 1967 en la cresta del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Styron se había preparado para escribir el libro sumergiéndose en la literatura existente acerca de la esclavitud.
La reacción a Las confesiones de Nat Turner fue entusiasta en un principio. Los críticos fueron condescendientes con el derecho de Styron a habitar la mente de su sujeto novelado: a hablar con la voz de Nat Turner y a tejer un mundo alrededor de los pocos datos conocidos sobre la sublevación. George Steiner, en The New Yorker, llamó al libro “una ficción sobre la compleja relación entre el hombre blanco actual, de raíces sureñas profundas, y el hombre negro, envuelto en el torbellino del presente”.
El libro se vendió bien en el mundo entero. Con él, Styron ganó el premio Pulitzer en 1968 y, en 1970, la medalla William Dean Howells de la Academia Americana de Artes y de Letras. Pero, mientras crecía el descontento social de 1968, surgió una reacción negativa con respecto a la novela. Los lectores negros influyentes comenzaron a cuestionar si la narración tenía algún mérito y Hollywood, como reacción al descontento, decidió en contra de la realización de una versión cinematográfica. En agosto del mismo año, algunas de las críticas más fuertes fueron publicadas en el libro Nat Turner de William Styron: Diez escritores negros responden, el volumen fue editado por el reconocido estudioso de historia africana John Henrik Clarke.
Styron fue acusado de malentender la lengua, la religión y la psicología de la comunidad negra, y de producir una “apropiación blanqueada de nuestra historia”. En medio del furioso debate que se desató, varios admiradores de Nat Turner abjuraron de la novela, y se planteó la pregunta de si acaso la gente blanca podría incluso entender la historia negra —una posición que a más de uno le parecía racista por sí sola.
Amargado, Styron se retiró del debate y comenzó a dedicarse a su proyecto siguiente, La decisión de Sophie, una novela sobre una mujer polaca católica, completamente ficticia, llamada Sophie Zawistowska, que lucha por sobrevivir a las consecuencias de haber sido internada en Auschwitz durante la guerra.
Investigación meticulosa
Una vez más, Styron comenzó por leer extensivamente, comenzando con el recuento de Olga Lengyel del tiempo que internaron a su familia en Auschwitz, titulado Cinco chimeneas, cuyo recuerdo de lectura lo había perseguido por décadas. La lectura de Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt le sugirió el desarrollo central de la trama. Después de leer las memorias de Rudolf Höss, el comandante real a cargo de Auschwitz, Styron lo convirtió en un personaje central de la novela.
Trabajando lenta y deliberadamente, Styron desarrolló una compleja voz narrativa en la novela, una que era mucho más sureña y trivial que cualquiera que hubiera utilizado antes. Esta voz se extendió tanto que Styron pudo, al mismo tiempo y de una buena vez, acallar a los críticos de Nat Turner y documentar su extensa lectura de la literatura sobre el Holocausto, al tiempo que se distanciaba, irónico, de una versión joven e inmadura de sí mismo, a través de un personaje central que, en la novela, mezcla de alguna manera su revelación de la tragedia de Sophie con la comicidad de su propia iniciación sexual.
De nuevo, Styron alcanzó el éxito comercial y ganó varios premios. La decisión de Sophie alcanzó la punta de la lista del best-sellers del New York Times, ganó el American Book Award de 1980 y fue convertida en una exitosa película, estelarizada por Meryl Streep y Kevin Kline, y en una ópera del compositor inglés Nicholas Maw. Y, una vez más, un proyecto de Styron provocó controversia.
En un principio, las críticas estaban divididas. Algunos críticos encontraban preocupante la complejidad de la trama. Pero, con el tiempo, los críticos se centraron en dos objeciones particulares. Una era que el Holocausto sobrepasaba de tal modo la comprensión moral que simplemente no se podía escribir acerca de ello; la única respuesta apropiada era el silencio. La otra era que, aun cuando los no judíos también habían sido víctimas de los campos de exterminio Nazi, el que Styron escribiera acerca de uno de ellos, un católico polaco, era equivalente a menospreciar el verdadero horror del acontecimiento, cuyo propósito primario, precisaban aquellos críticos, había sido la eliminación de todos los judíos europeos.
Styron se mantuvo inamovible. A la crítica de que el Holocausto estaba más allá del arte, le dijo a un entrevistador que por más malos que hubieran sido los Nazis, no eran ni demonios ni extraterrestres, sino hombres ordinarios que cometieron actos bárbaros monumentales. Al comentario de que estaba mal escribir sobre un no judío en los campos de concentración, su respuesta, en una columna de opinión de Times, fue que el Holocausto había trascendido el anti-semitismo; “su última depravación está en el hecho de que fue anti-humana”, escribió. “Anti-vida”.
William Clark Styron Jr. nació el 11 de junio de 1925, en Newport News, hijo único de William Clark Styron —ingeniero de astillero con raíces tan profundas en el viejo sur que su madre había poseído dos esclavos—, y Pauline Margaret Abraham Styron, cuyos antepasados eran de Pennsylvania.
La niñez de William Styron fue cercana a lo idílico. Mimado por su familia, fue un lector precoz fascinado con las palabras, hacía amigos fácilmente y exploraba felizmente la costa y los alrededores de Newport News. En 1940, su padre lo envió a Christchurch, una pequeña escuela preparatoria episcopal en West Point, Virginia, donde pasó dos años antes de ir a la universidad. Se graduó en 1942.
La Segunda Guerra Mundial le dio forma a su carrera de universitario. Se alistó en el entrenamiento de la reserva de oficiales de los infantes de marina; comenzó el entrenamiento en la Universidad de Davidson, una escuela cristiana conservadora. Pero estaba descontento con los rígidos estándares religiosos y académicos de la escuela, por lo que la marina lo transfirió a la Universidad de Duke en junio de 1943.
Ingresó al servicio activo en octubre de 1944 y, después de casi un año de duro entrenamiento, lo comisionaron como segundo teniente en julio de 1945, siendo designado para participar en la invasión de Japón. Tan solo un mes más tarde la bomba atómica obligaba a los japoneses a rendirse, y en diciembre la marina dio de baja a un Styron aliviado y a la vez frustrado por no haber participado en combate.
Durante el siguiente otoño volvió a Duke, donde renovó su amistad con William Blackburn, quien se había convertido en su mentor literario. Después de graduarse en la primavera de 1947, se desencantó de la crítica académica y tomó la determinación de ser novelista.
Se trasladó a Nueva York. “Simplemente encontré, aquí, una vida intelectual más agradable”, le dijo a un entrevistador años más tarde. Después de terminar Tendidos en la oscuridad ingresó por segunda vez, en el verano de 1951, a los infantes de marina, esta vez por tres meses. Lo dejó cuando la novela ganó el Prix de Roma y un año, con todos los gastos pagados en la academia americana en Roma, que comenzaba en octubre de 1952. Styron pasó el verano precedente en París.
Este interludio lo implicó en la fundación de The Paris Review; también hizo amigos de por vida entre los escritores expatriados allí, entre ellos Peter Matthiessen, George Plimpton e Irwin Shaw; y se dio el tiempo de escribir La larga marcha. El año en Italia lo proveyó del material para escribir Esta casa en llamas, y fue en Roma, en la academia americana, que se reencontró con Rose Burgunder después de haber sido presentados el otoño anterior en Baltimore, la ciudad natal de ella.
Se casaron en Roma en mayo de 1953. Ella le sobrevive, al igual que Alexandra Styron, de Brooklyn, y otros dos hijos: Susanna Styron de Nyack, de Nueva York, y un hijo, Thomas, de New Haven. También deja atrás a ocho nietos.
Cuando los Styron se asentaron en su granja de Connecticut y comenzaron una familia, su vida se convirtió en el ideal de cualquier aspirante a escritor: productiva pero relajada, sociable pero protegida. En el marco de la puerta de su taller, Styron clavó con tachuelas un pedazo de cartulina con esta cita de Flaubert: “Sé regular y ordenado en tu vida, como un buen burgués, de modo que puedas ser violento y original en tu trabajo”.
Un régimen inusual
Este precepto parecía funcionarle, aunque estaba apegado a una rutina poco convencional: dormía hasta el mediodía; luego leía y meditaba en la cama durante una hora; almorzaba con Rose a eso de la 1:30; se ocupaba de las diligencias y del correo, escuchaba música, soñaba despierto y gradualmente se asentaba para comenzar a trabajar a eso de las 4. Entonces iba hasta el taller a escribir durante cuatro horas, perfeccionando cada párrafo hasta que completaba 200 o 300 palabras; cenaba y tomaba cócteles con la familia y los amigos a las 8 o 9; luego estaba despierto hasta las 2 o 3 de la mañana, bebiendo, leyendo, fumando y escuchando música.
Con la ayuda de Rose para cuidar la casa y hacerla funcionar, organizar su vida social y ocuparse de los niños, Styron pudo seguir esta rutina durante 30 años. Trabajaba lentamente en sus novelas al tiempo que redactaba cuentos, novelas cortas, un guión de película y una obra de teatro acerca de un susto que se llevó en sus tiempos de guerra con una enfermedad venérea; al igual que ensayos, reseñas, críticas y otros textos ocasionales, de los cuales los mejores fueron recopilados en Este polvo silencioso y otros textos (1982).
Su vida parecía ampliarse también fuera de su taller. En 1966 compró una casa en el muelle de Martha's Vineyard, en donde la familia vacacionaba con regularidad y donde él comenzó a vivir cada año de mayo a octubre. Su círculo de amigos creció con los años, y llegó a incluir a Lillian Hellman, Art Buchwald, Philip Roth, James Jones, James Baldwin, E.L. Doctorow, Candice Bergen, Carly Simon, John F. y Jacqueline Kennedy, Bill y Hillary Clinton, Mike Wallace e incluso Norman Mailer, con quien se había enfrentado ferozmente cuando acababan de conocerse.
Styron viajaba con frecuencia, especialmente a Francia, donde continuaba siendo admirado. Con todo, si el aura de su vida era dorada, también tenía su parte de sombras oscuras. Cuando sólo tenía 13 años, sufrió el trauma de la muerte de su madre, a quien, quizás debido al lugar y tiempo en el que vivió, nunca le fue permitido guardarle luto correctamente. Una predisposición a la depresión es evidente en la historia emocional de su familia. Por cualesquiera razones, el suicidio es un tema recurrente en su ficción. Styron siempre admitió que bebía mucho, para alejar esos fantasmas.
En el verano de 1985, cuando cumplió 60 años, Styron se encontró repentinamente con que ya no podía seguir bebiendo. Sin embargo, el dejar de beber le provocó severos desajustes en su forma de ser y tuvo que ser medicado. Estos medicamentos le produjeron destructivos efectos secundarios, y lo arrastraron hacia una depresión suicida, profunda y prolongada, de la que no se recuperó hasta que lo hospitalizaron desde principios de diciembre de 1985 y hasta febrero de 1986.
Styron se recuperó y escribió un muy doloroso recuento de su experiencia, que comenzó como conferencia y se convirtió el best-seller: Esa visible oscuridad (1990). Tres años más tarde recopiló tres historias publicadas previamente en la revista Esquire en un volumen titulado Una mañana de Tidewater: Tres relatos de juventud (1993). Cada uno trata sobre la confrontación de la mortalidad, y la historia que da título al libro se ocupa de la muerte de su madre.
La depresión continuó acechándolo, y por ello fue hospitalizado varias veces más. En Esa visible oscuridad concluyó, haciendo referencia a Dante: “Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta, subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como ‘el claro mundo'. Allí todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación”.
Lehmann-Haupt . Crítico literario de The New York Times. Autor de A Crooked Man y Me and Dimaggio .
© The New York Times , 2 de noviembre de 2006.
Traducción: Omegar Martínez.
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La venganza del Halción
por WILLIAM STYRON
En la primavera de 1991 me invitaron a dar el discurso de apertura en un simposio que se celebraría en Washington D.C. con el propósito de analizar la depresión y los modos de enfrentar esa enfermedad. Me dijeron que la reunión estaría compuesta de lo que en términos muy amplios podían llamarse semiprofesionales, es decir, personas que aunque no fueran psiquiatras ni terapistas, tenían interés en conocer mejor la enfermedad depresiva; también habría trabajadores sociales y comunitarios, administradores de hospitales, funcionarios de salud pública y de la policía, paramédicos y afines. A consecuencia de mi libro Esa visible oscuridad, en el que describo mi fructífera lucha contra una grave depresión clínica, recibí muchas invitaciones de ese estilo y acepté unas cuantas (tal vez más de las debidas) en una especie de apremio misionero. Muchos de los que finalmente vencen los abominables demonios de la melancolía tienen el impulso caritativo de decirles a otros afligidos por algo similar que no depongan la esperanza, que pueden recobrarse. Los apoyos de este tipo tienen una importancia crucial para alguien derrumbado por la depresión. Como innumerables personas creen que no pueden hacerla y juegan seriamente con la idea del suicidio, la víctima que se recupera es un testimonio vivo del deslumbrante hecho de que muchos de los dolientes, a pesar de la prueba casi insoportable por la que pasan, llegan con seguridad a recuperarse. La presencia misma del sobreviviente y sus palabras de aliento pueden ser salvadoras.
Este mensaje de esperanza era un punto central de mi librito; su carácter invicto —sin ser falsamente optimista, sino arraigado en la simple realidad de que se dispone de tratamiento y de que éste suele ser eficaz— sería el fundamento del discurso de apertura que se me había pedido. Pero empecé a cavilar sobre el asunto; y aunque no dejé de sentir que la nota de ánimo era importante y decidí iniciar en ese tono, me pareció que podía ser un momento oportuno para lanzar una advertencia. Y la advertencia tenía que ser de especial importancia para los que participaban en el simposio, a quienes sentí que había que poner en guardia sobre algo que, tengo la sensación, se descuida o deliberadamente se deja de lado en muchos de los foros sobre el tratamiento de la depresión, y es el uso indebido de medicinas, sobre todo de los tranquilizantes. No hay que confundir tranquilizantes y antidepresivos, aunque los tranquilizantes muchas veces se recetan para sedar a personas con depresión. Yo quería destacar que mi propia y sombría experiencia me convenció de que casi todos los tranquilizantes menores que se suelen recetar (conocidos también como benzodiazepinas) son sospechosos incluso para personas sanas. Los que sufren de depresión deberían evitarlos como si fueran cianuro. El más monstruoso de los tranquilizantes es sin duda alguna uno diminuto y ovalado, color gris verdoso, llamado triazolam, más conocido como Halción, el nombre de marca.
El Halción se ha convertido en una especie de famosa bufonada nacional, en parte pesadilla y en parte chiste. Hay personas que no han oído hablar del Listerine y conocen el nombre de Halción. ¿No fue el Halción el somnífero que tomó Bush cuando vomitó en el regazo del Primer Ministro japonés? Las caricaturas de televisión lo han convertido en un deporte. Pero el Halción no es una píldora muy divertida que digamos, como descubrí por experiencia propia. Tomé este tranquilizante como remedio para el insomnio que con tanta frecuencia acompaña a la depresión. Aunque la depresión que describo en mi libro no fue provocada directamente por el Halción, y eso fue lo que dije en sustancia, llegué a convencerme de que la píldora aumentó una enormidad mi trastorno, intensificó mis impulsos suicidas y por último me obligó a hospitalizarme. Entonces yo no caí en la cuenta de esa causa y efecto, porque cuando me enfermé en 1985 aún no se relacionaba al Halción con el origen de ese horrendo mal y yo tampoco hice las conexiones.
Pero cinco años después, cuando escribía Esa terrible oscuridad, retrospectivamente percibí la conexión, con ayuda de la cantidad de informaciones que de un día para otro salieron a la luz pública sobre los efectos malignos del Halción. Cuando se publicó el libro, me sorprendió la cantidad de correspondencia que recibí, pero nada me impresionó tanto como el gran número de lectores —calculo que entre un 15 y un 20%— que hablaban de los horrores, las fantasías homicidas, los casi suicidios y otras convulsiones psíquicas inducidas por el Halción. Todo esto me concedió una perspectiva poco frecuente de todos los aspectos de la enfermedad depresiva, incluido el efecto (o no efecto) de la medicación. Se mencionaban otras píldoras, sobre todo el Prozac, un antidepresivo que por lo visto beneficia a muchos. Los testimonios espontáneos a favor de esa medicación me convencieron de que, si el grueso archivo de correspondencia que poseo es un corte transversal revelador, el medicamento que ha hecho la bonanza de los laboratorios Eli Lilly no se puede descartar a la ligera. Pero el Prozac, que no es una medicina milagrosa para todo, consiste simplemente en el perfeccionamiento de una antigua fórmula. Lo inquietante es que un número significativo de personas reaccionan muy mal al Prozac, sobre todo con impulsos suicidas (las cartas que recibí lo ilustran), y los esfuerzos concertados de Lilly se dirigen a minimizar esos siniestros efectos colaterales que incluso ahora siguen siendo indefendibles.
En una columna que se publicó hace unos meses en The Nation (“Beat the Devil”), Alexander Cockburn cuenta que los laboratorios Lilly, molestos por las pruebas de que su medicamento podía provocar reacciones tan nocivas (aunque ya eran objeto de un proceso legal de 150 millones de dólares basado en esta acusación), y más molestos aún por los ataques que la Iglesia de la Cienciología había lanzado a su producto, dieron la vuelta al asunto y consiguieron que la prensa emprendiera una campaña que acabó en furiosas y extravagantes embestidas contra esa iglesia en The Wall Street Journal y en Time, que le dedicó un artículo anunciado en la portada. Hubo otras conexiones astutamente orquestadas, pero todo se trató del viejo asunto de una corporación avasalladora y que hace una exitosa campaña de silenciamiento mientras el comité asesor de la Food and Drug Administration que se organizó para estudiar el Prozac —cinco de cuyos ocho miembros, según Cockburn, estaban financiados por Lilly— dictaminó que la medicación era correcta.
Me temo que, a diferencia de Cockburn, el aprecio que le tengo a la Iglesia de la Cienciología es todavía inferior al que le tengo al Time. Los ataques indiscriminados de esa iglesia a prácticamente todas las medicinas psiquiátricas no es más que fanatismo medieval, y uno desearía que las opiniones adversas a Lilly estuvieran respaldadas por credenciales más solventes que las que derivan de la teología lunática de L. Ron Hubbard. Aunque es válido el intento de Cockburn por incriminar a Lilly y sus lastimosos excesos, nunca aborda la naturaleza del Prozac, que para muchas personas es un antidepresivo muy eficaz. No es un medicamento maravilloso, pero de ningún modo carece de valor y, como digo, mi correspondencia ilustra este hecho. Lo erróneo por parte de Lilly no proviene tanto de su producto como de un mercachiflismo que no admite ninguna deficiencia.
Sin embargo, todas las personas que me escribieron no tenían sino historias atroces sobre el Halción, y en mi plática en Washington me pareció necesario centrarme en mis propias experiencias devastadoras con esta píldora, fabricada por The Upjohn Company. Hace muchos años hizo su aparición la frase “fabricantes éticos de medicamentos” por un deseo justificable de la industria por diferenciar a sus miembros de los productores de remedios de patente, de manifiesto cretinismo ético, que vendían de puerta en puerta Lydia Pinkham's Compound, aceite de serpiente, el Bálsamo de Amor del doctor Moog, cuentas de cristal mágicas, mosca española, Peruna y otras sospechosas panaceas. Pero hasta la ética más noble se desgasta, y es definitivo que varias corporaciones han acabado por ser menos éticas que otras, algunas hasta la canallada. Si existen los Tiffanys de este comercio —he oído a personas informadas sobre esos temas susurrar el nombre de los laboratorios Merck con veneración—, también existen los que se encuentran en lo más bajo, y entre ellos no cabe duda de que los laboratorios Upjohn son el “Crazy Eddie” de la industria. No hace mucho The Nation publicó un artículo sobre la lamentable oleada publicitaria de Upjohn para anunciar uno de sus productos, el potente ansiolítico Xanax —otro ganador de muchos millones de dólares y que, como todas las benzodiazepinas es potencialmente peligroso—, tratando de que cualquier precaución frente a este medicamento pareciera tan innecesaria como con el Gatorade (véase Cynthia Cotts, “The Pushers in the Suites”, 31 de agosto - 7 de septiembre). Está aún más cerca del aceite de serpiente la última campaña de Upjohn para el Rogaine líquido, un tratamiento para la calvicie sólo marginalmente eficaz cuyas propiedades, según Consumer Reports, la empresa trató de inflar, y que metió en un champú ineficaz llamado Progaine.
Pero más allá de esta ramplonería relativamente común, Upjohn se negó a enfrentar al Frankenstein que sus laboratorios Kalamazoo soltaron en forma de Halción. La conciencia pública de los peligros de la píldora se remonta a 1979, cuando un psiquiatra holandés, el doctor C. van der Kroef, preocupado por los síntomas psicóticos que reportaron muchos pacientes que tomaban Halción, llevó a cabo una investigación a fondo y prendió la alarma. En Holanda la píldora se prohibió categóricamente y de inmediato. Es vergonzoso, pero Upjohn conoce el grave riesgo que tiene su medicamento desde principios de los setenta, cuando los experimentos que realizó con un grupo de voluntarios presos en la cárcel estatal de Jackson en Michigan arrojaron resultados inquietantes. Los conejillos de indias humanos desarrollaron todo tipo de reacciones aberrantes —pérdida de la memoria, sensaciones paranoicas— que no concordaban con el producto hipnótico, seguro y de fácil tolerancia, que pregonaban los fabricantes del Halción.
Hace como un año, en el programa 60 Minutes y en un documental de la BBC (en el que tuve un papel de camafeo como víctima lesionada pero recuperada), pruebas que sólo se pueden calificar de repugnantes revelaban que Upjohn tenía pleno conocimiento de la naturaleza nociva de su producto, pero de todos modos lo lanzó al mercado. Después de eso, las ventas de Halción, que fueron una veta de ganancias durante años, bajaron gracias a la publicidad adversa que recibió; se relacionó a la píldora con numerosos suicidios y actos de violencia, incluidos varios asesinatos, el más reciente en Dallas County, Texas, y que tuvo por resultado que un jurado decidiera que el medicamento había causado en parte el asesinato.
Halción está prohibido en Inglaterra y en otros cuatro países. A pesar de eso, de su apabullante historial, y del hecho obvio de que otros tranquilizantes de fácil obtención no producen esos calamitosos efectos colaterales, la primavera pasada el Halción fue aprobado una vez más por la Food and Drug Administration, tan indolente que sólo insistió en que Upjohn reforzara su advertencia en cuanto a la dosis. En rigor, era necesario indicar que la mayoría de las veces las reacciones perniciosas se producen con una sobredosis accidental —la mayoría de las veces una sobredosis ínfima, equivalente a una fracción de miligramo. Aun así, la dosis normalmente recetada desata con frecuencia comportamientos desastrosos. De todos modos, al ver la desenfadada decisión de la FDA uno se pregunta cuánto tiempo seguiría la aspirina en el mercado si una pequeña sobredosis de una más de las dos tabletas que por lo general se recomiendan provocara el resbalón de algunas personas hacia la paranoia y la violencia.
Al comienzo de su nueva novela, Operación Shylock, que leí en manuscrito y que se publicará este año, Philip Roth hace una espléndida y desgarradora descripción de la locura inducida por el Halción basada en su propia experiencia en 1988, cuando inocentemente tomó la píldora para dormir después de una cirugía menor en la rodilla. “Pasaba todo el tiempo pensando en matarme. Por lo general, pensaba en ahogarme: en el pequeño estanque que estaba enfrente de la casa... si no me produjeran tanto horror las serpientes de agua que después mordisquearían mi cadáver; en el pintoresco gran lago a sólo unas cuantas millas... si no me aterrorizara tanto la idea de manejar solo hasta allí. Cuando aquel mayo fuimos a Nueva York... abrí la ventana de la habitación del hotel que ocupábamos en el catorceavo piso... y asomándome lo más que pude al patio interior mientras me agarraba firmemente del alféizar, me dije, ‘Hazlo. Ahora no hay serpientes que te detengan'”.
Cuando uno deja de tomar Halción los síntomas invariablemente desaparecen, y por supuesto que Roth sobrevivió, lo mismo que yo. Pero esa prueba extrema raya en lo indescriptible por su angustia casi sin atenuantes. Lo mismo que Roth, yo pensé en ahogarme. Y como el de Roth, mi calvario comenzó con un problema quirúrgico: una vieja lesión en el cuello desde el tiempo en que fui marine en la guerra de Corea provocó una compresión del nervio que resultó en la pérdida de mucha fuerza en el brazo derecho. Era necesaria una operación en Boston, pero se retrasó y en las dos semanas de espera tuve tiempo para cavilar y para que la angustia me arrasara. La angustia comenzó a quitarme el sueño y para vencer la falta de sueño empecé a tomar Halción, sin la serenidad aún para percatarme de la cercana relación de esa píldora con la crisis nerviosa que padecí cuatro años antes y que describo en Esa visible oscuridad. Había ido a California para impartir un curso en Claremont College. Allí, en aquel paisaje bañado por el sol, me invadieron por completo pensamientos suicidas que eran como una forma de lujuria. Me las arreglé para cumplir con mis deberes de enseñanza, pero mi mente no se libró jamás de un dolor exquisito, un dolor que sólo tenía una salida: la autoextinción. Una noche, en una visita a la casa de mi hija en Santa Mónica, me quedé horas despierto pensando únicamente en salir y meterme en el océano hasta que las olas me cubrieran. En Claremont hacía planes constantes para lograr que mi mujer se fuera, esconderme en un armario y poner fin a todo con una bolsa de plástico.
Me aferré a mi cordura el tiempo suficiente para volar de regreso a Boston y operarme. Aunque la cirugía fue un éxito, en la convalescencia persistió la violenta depresión. Pensé muchas veces en la posibilidad de escabullirme del hospital y saltar al Charles River del puente que veía desde la ventana. Entonces, de repente, ocurrió algo muy curioso. Yo estaba en consulta con un psiquiatra de planta en el hospital y él me preguntó sobre mis hábitos de sueño. Le dije que dormía muy mal pero que el sueño que conseguía era cortesía de Halción. La mirada del doctor, un hombre por lo visto bien enterado de las últimas alarmas farmacéutica, se afiló y sólo tardó unos instantes en decirme que de inmediato me iba a cambiar de medicación. Uno o días después, mientras me afeitaba ante el espejo, me di cuenta de que esa extraña figura alrededor de mis labios era una sonrisa. Así comenzó mi aprendizaje del funesto remedio de Upjohn y mi recuperación vacilante y cruzada de obsesiones, pero definitiva a fin de cuentas.
Esta es la historia que conté al público del auditorio en Washington, no el sermón animoso que tal vez se esperaba de mí, sino un cuento de advertencia que yo sentí necesario contar. Pero retrocedo un momento. Apenas unos días antes de mi plática, el encargado de que yo asistiera a la conferencia me llamó para darme algunas noticias alentadoras aunque para nada sorprendentes. Me dijo que los honorarios de mi conferencia los pagaba Eli Lilly and Company, fabricante del Prozac y que financiaba el simposio. ¿Tenía yo alguna objeción a este vínculo con un laboratorio farmacéutico? No, en realidad ninguna, dije, aunque eso dependía de la empresa; yo no aceptaría ni un centavo de Upjohn. Es frecuente que las empresas médicas financien conferencias psiquiátricas. No era una costumbre que me entusiasmara mucho, y quizá si yo fuera de la profesión me causaría incomodidad; pero como lego, sólo sentiría en entredicho mi dignidad si se hacía algún intento de censura o si se demoraba mucho mi entrada en materia. Le dije al encargado de la conferencia que pensaba hacer un fuerte ataque al Halción. El agente recobró el aliento y me dijo que estaba encantado de que Lilly no fuera el fabricante de ese medicamento. Es probable que de antemano se filtrara información sobre las animadversiones que yo haría expresas. Minutos antes de la conferencia me abordó un caballero que se identificó como el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental. Aunque bastante amigable, parecía algo desconcertado y nervioso. Después de mi charla, que fue en el salón de baile de un hotel, hubo una conferencia de prensa que anunciaron como “Conferencia con William Styron”. En la conferencia, en la que había un micrófono y un estrado, hice frente a veinticinco o treinta periodistas, muchos de ellos reporteros de publicaciones médicas y científicas. Cuando me dirigía al estrado, parecían estar atentos y con ánimo generoso, y tuve la sensación de que habían reaccionado con bastante interés a mi charla. Percibí que el director en funciones rondaba por allí. La primera pregunta fue: “Señor Styron, es impresionante lo que contó usted sobre el Halción. ¿Pero qué opina del Prozac?”. Respondí que tenía sentimientos muy encontrados sobre el Prozac. Aunque yo nunca lo había tomado, tenía pruebas contradictorias: era bastante benéfico para muchas personas, mientras que para otras no tenía ningún efecto. En una minoría significativa producía reacciones siniestras, sobre todo fantasías de suicidio. El gran número de cartas que había recibido, continué... Pero no pude seguir. Cortésmente, el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental me fue apartando del micrófono. Todo medicamento tiene efectos colaterales impredecibles, dijo, en un tono de “yo-sí-sé-lo-que-digo”, pero se ha llegado a la clara conclusión de que el Prozac prácticamente no produce las graves reacciones que infestaron los antidepresivos en el pasado. Los terapistas y médicos nunca habían dispuesto de un tratamiento más seguro y más confiable para la depresión, era un descubrimiento extraordinario en psicofarmacología. ¿Más preguntas?
En efecto, había otras cuantas preguntas, pero no dirigidas a mí —ni se podía— porque, hasta donde me enteré, se apropiaron del micrófono sin dubitaciones y en exclusiva. A medida que pasaban los minutos me fui trasladando furtiva y tristemente a un lado del estrado. La reunión se convirtió en una conferencia con el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental. Ya no se habló más del Halción y sí mucho del Prozac, sobre todo por parte del director en funciones, y todo consistió en alabanzas y encomios. Después de quince minutos, bruscamente, el director en funciones declaró clausurada la reunión. Cuando caminaba hacia la salida, me sentí tan ridículo y desconcertado que apenas oí la voz oportuna y simpática de uno de los periodistas, que me decía con acento sureño: “Oye socio, el gobierno te calló la boca, ¿uh?”.
por Christopher Lehman-Haupt
William Styron, el novelista del sur de Estados Unidos cuyas exploraciones de difíciles preguntas históricas y morales le ganaron un lugar prominente entre las principales figuras literarias posteriores a la Segunda Guerra Mundial, falleció el jueves en Martha's Vineyard, Massachussets, donde tenía su hogar. Tenía 81 años. Su hija, Alexandra Styron, dijo que la causa de la muerte fue una pulmonía, aunada a que durante muchos años había estado enfermo de otros males.
Las obras de juventud de Styron, entre las que se encuentra Tendidos en la oscuridad, le ganaron amplio reconocimiento como un notable autor del sur estadounidense y como heredero de William Faulkner. Con sus novelas subsecuentes, como Las confesiones de Nat Turner y La decisión de Sophie, Styron pudo trascender el mundo que lo rodeaba para moverse a través de numerosas fronteras históricas y culturales.
Críticos y lectores por igual lo alinearon entre lo mejor de la generación que seguía a la de Hemingway y Faulkner. Entre sus contemporáneos se puede encontrar a James Jones, Gore Vidal y Norman Mailer.
“Pienso que, durante años, su trabajo será reconocido por su energía única”, dijo Norman Mailer acerca de Styron en una entrevista telefónica hace algunos años. “Ningún otro escritor estadounidense de mi generación ha tenido un sentido de la elegía tan omnipresente y exquisito”.
Para Styron, el éxito llegó temprano. Tenía sólo 26 años cuando, en 1951, fue publicada Tendidos en la oscuridad, su primera novela. Ésta es una pujante meditación lírica acerca del suicidio de una joven muchacha sureña, narrada desde el punto de vista de los miembros de su familia y sus amigos durante el funeral. En la novela el lenguaje desempeña un papel tan importante como la caracterización, y la deuda que tiene hacia la obra de Faulkner, en general, y en particular hacia El sonido y la furia, es obvia. Muchos críticos elogiaron la novela por su energía y devenir melódico —aunque algunos se quejaron de su morbosidad y de la carente estatura moral de sus personajes— y el libro estableció a Styron como un escritor al que merecía la pena tener en mente.
Aunque estaba exaltado por la respuesta a su novela, Styron se resistió a ser catalogado como el heredero de Faulkner. “No me considero a mí mismo como un escritor sureño, sea lo que sea lo que ello signifique”, dijo a The Paris Review en la primavera de 1953, en una de las primeras y muy famosas entrevistas de “Escritores trabajando” que realizara la publicación. “Solo ciertas cosas en el libro son particularmente sureñas”. La muchacha, Peyton, por ejemplo, “no tenía que haber sido de Virginia”, dijo Styron. “Ella habría terminado por saltar de una ventana sin importar dónde hubiera nacido”.
Además, habría podido agregar, él había sido criado en Newport News, Virginia, una ciudad del llamado Nuevo Sur, cuya industria principal era el astillero en donde el padre de Styron trabajaba. Y esa era la región de la que William deseó siempre huir, pero cuya rica historia añoraba recrear desde la lejanía.
Al norte y a Europa
Así que después de mudarse al norte de Estados Unidos y escribir Tendidos en la oscuridad, dentro, y en los alrededores de Nueva York, Styron viajó a París en 1952 y allí escribió una novela corta basada en sus experiencias con los infantes de marina. Publicada en 1953 en el primer número de la revista Discovery, bajo el título de Larga marcha, apareció posteriormente como libro, publicado por Vintage en 1955, intitulado La larga marcha.
Después de vivir un año en Italia, en 1954 se trasladó a Roxbury, Connecticut, para dedicarse a terminar su segunda novela, Esta casa en llamas. La novela, en cuestión de técnica, muestra progresos con respecto a Tendidos en la oscuridad, además de ser más rica en cuanto a trama y, como está llena de lo que en aquel entonces era el furor europeo del existencialismo, es notablemente no-sureña.
Esta casa en llamas se vendió bien. Pero seguía siendo un retrato algo melodramático de un grupo de americanos en Italia, y mientras que fue admirada en Francia, obtuvo críticas negativas en gran parte de los Estados Unidos.
En 1960, Styron volvió a casa, metafóricamente y en su imaginación, emprendiendo un proyecto que había contemplado desde su juventud: el recuento ficticio de una violenta rebelión de esclavos que condujo Nat Turner en 1831 y que aconteció no muy lejos de donde Styron había nacido.
El momento de aparición de la novela no pudo ser mejor; fue en 1967 en la cresta del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Styron se había preparado para escribir el libro sumergiéndose en la literatura existente acerca de la esclavitud.
La reacción a Las confesiones de Nat Turner fue entusiasta en un principio. Los críticos fueron condescendientes con el derecho de Styron a habitar la mente de su sujeto novelado: a hablar con la voz de Nat Turner y a tejer un mundo alrededor de los pocos datos conocidos sobre la sublevación. George Steiner, en The New Yorker, llamó al libro “una ficción sobre la compleja relación entre el hombre blanco actual, de raíces sureñas profundas, y el hombre negro, envuelto en el torbellino del presente”.
El libro se vendió bien en el mundo entero. Con él, Styron ganó el premio Pulitzer en 1968 y, en 1970, la medalla William Dean Howells de la Academia Americana de Artes y de Letras. Pero, mientras crecía el descontento social de 1968, surgió una reacción negativa con respecto a la novela. Los lectores negros influyentes comenzaron a cuestionar si la narración tenía algún mérito y Hollywood, como reacción al descontento, decidió en contra de la realización de una versión cinematográfica. En agosto del mismo año, algunas de las críticas más fuertes fueron publicadas en el libro Nat Turner de William Styron: Diez escritores negros responden, el volumen fue editado por el reconocido estudioso de historia africana John Henrik Clarke.
Styron fue acusado de malentender la lengua, la religión y la psicología de la comunidad negra, y de producir una “apropiación blanqueada de nuestra historia”. En medio del furioso debate que se desató, varios admiradores de Nat Turner abjuraron de la novela, y se planteó la pregunta de si acaso la gente blanca podría incluso entender la historia negra —una posición que a más de uno le parecía racista por sí sola.
Amargado, Styron se retiró del debate y comenzó a dedicarse a su proyecto siguiente, La decisión de Sophie, una novela sobre una mujer polaca católica, completamente ficticia, llamada Sophie Zawistowska, que lucha por sobrevivir a las consecuencias de haber sido internada en Auschwitz durante la guerra.
Investigación meticulosa
Una vez más, Styron comenzó por leer extensivamente, comenzando con el recuento de Olga Lengyel del tiempo que internaron a su familia en Auschwitz, titulado Cinco chimeneas, cuyo recuerdo de lectura lo había perseguido por décadas. La lectura de Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt le sugirió el desarrollo central de la trama. Después de leer las memorias de Rudolf Höss, el comandante real a cargo de Auschwitz, Styron lo convirtió en un personaje central de la novela.
Trabajando lenta y deliberadamente, Styron desarrolló una compleja voz narrativa en la novela, una que era mucho más sureña y trivial que cualquiera que hubiera utilizado antes. Esta voz se extendió tanto que Styron pudo, al mismo tiempo y de una buena vez, acallar a los críticos de Nat Turner y documentar su extensa lectura de la literatura sobre el Holocausto, al tiempo que se distanciaba, irónico, de una versión joven e inmadura de sí mismo, a través de un personaje central que, en la novela, mezcla de alguna manera su revelación de la tragedia de Sophie con la comicidad de su propia iniciación sexual.
De nuevo, Styron alcanzó el éxito comercial y ganó varios premios. La decisión de Sophie alcanzó la punta de la lista del best-sellers del New York Times, ganó el American Book Award de 1980 y fue convertida en una exitosa película, estelarizada por Meryl Streep y Kevin Kline, y en una ópera del compositor inglés Nicholas Maw. Y, una vez más, un proyecto de Styron provocó controversia.
En un principio, las críticas estaban divididas. Algunos críticos encontraban preocupante la complejidad de la trama. Pero, con el tiempo, los críticos se centraron en dos objeciones particulares. Una era que el Holocausto sobrepasaba de tal modo la comprensión moral que simplemente no se podía escribir acerca de ello; la única respuesta apropiada era el silencio. La otra era que, aun cuando los no judíos también habían sido víctimas de los campos de exterminio Nazi, el que Styron escribiera acerca de uno de ellos, un católico polaco, era equivalente a menospreciar el verdadero horror del acontecimiento, cuyo propósito primario, precisaban aquellos críticos, había sido la eliminación de todos los judíos europeos.
Styron se mantuvo inamovible. A la crítica de que el Holocausto estaba más allá del arte, le dijo a un entrevistador que por más malos que hubieran sido los Nazis, no eran ni demonios ni extraterrestres, sino hombres ordinarios que cometieron actos bárbaros monumentales. Al comentario de que estaba mal escribir sobre un no judío en los campos de concentración, su respuesta, en una columna de opinión de Times, fue que el Holocausto había trascendido el anti-semitismo; “su última depravación está en el hecho de que fue anti-humana”, escribió. “Anti-vida”.
William Clark Styron Jr. nació el 11 de junio de 1925, en Newport News, hijo único de William Clark Styron —ingeniero de astillero con raíces tan profundas en el viejo sur que su madre había poseído dos esclavos—, y Pauline Margaret Abraham Styron, cuyos antepasados eran de Pennsylvania.
La niñez de William Styron fue cercana a lo idílico. Mimado por su familia, fue un lector precoz fascinado con las palabras, hacía amigos fácilmente y exploraba felizmente la costa y los alrededores de Newport News. En 1940, su padre lo envió a Christchurch, una pequeña escuela preparatoria episcopal en West Point, Virginia, donde pasó dos años antes de ir a la universidad. Se graduó en 1942.
La Segunda Guerra Mundial le dio forma a su carrera de universitario. Se alistó en el entrenamiento de la reserva de oficiales de los infantes de marina; comenzó el entrenamiento en la Universidad de Davidson, una escuela cristiana conservadora. Pero estaba descontento con los rígidos estándares religiosos y académicos de la escuela, por lo que la marina lo transfirió a la Universidad de Duke en junio de 1943.
Ingresó al servicio activo en octubre de 1944 y, después de casi un año de duro entrenamiento, lo comisionaron como segundo teniente en julio de 1945, siendo designado para participar en la invasión de Japón. Tan solo un mes más tarde la bomba atómica obligaba a los japoneses a rendirse, y en diciembre la marina dio de baja a un Styron aliviado y a la vez frustrado por no haber participado en combate.
Durante el siguiente otoño volvió a Duke, donde renovó su amistad con William Blackburn, quien se había convertido en su mentor literario. Después de graduarse en la primavera de 1947, se desencantó de la crítica académica y tomó la determinación de ser novelista.
Se trasladó a Nueva York. “Simplemente encontré, aquí, una vida intelectual más agradable”, le dijo a un entrevistador años más tarde. Después de terminar Tendidos en la oscuridad ingresó por segunda vez, en el verano de 1951, a los infantes de marina, esta vez por tres meses. Lo dejó cuando la novela ganó el Prix de Roma y un año, con todos los gastos pagados en la academia americana en Roma, que comenzaba en octubre de 1952. Styron pasó el verano precedente en París.
Este interludio lo implicó en la fundación de The Paris Review; también hizo amigos de por vida entre los escritores expatriados allí, entre ellos Peter Matthiessen, George Plimpton e Irwin Shaw; y se dio el tiempo de escribir La larga marcha. El año en Italia lo proveyó del material para escribir Esta casa en llamas, y fue en Roma, en la academia americana, que se reencontró con Rose Burgunder después de haber sido presentados el otoño anterior en Baltimore, la ciudad natal de ella.
Se casaron en Roma en mayo de 1953. Ella le sobrevive, al igual que Alexandra Styron, de Brooklyn, y otros dos hijos: Susanna Styron de Nyack, de Nueva York, y un hijo, Thomas, de New Haven. También deja atrás a ocho nietos.
Cuando los Styron se asentaron en su granja de Connecticut y comenzaron una familia, su vida se convirtió en el ideal de cualquier aspirante a escritor: productiva pero relajada, sociable pero protegida. En el marco de la puerta de su taller, Styron clavó con tachuelas un pedazo de cartulina con esta cita de Flaubert: “Sé regular y ordenado en tu vida, como un buen burgués, de modo que puedas ser violento y original en tu trabajo”.
Un régimen inusual
Este precepto parecía funcionarle, aunque estaba apegado a una rutina poco convencional: dormía hasta el mediodía; luego leía y meditaba en la cama durante una hora; almorzaba con Rose a eso de la 1:30; se ocupaba de las diligencias y del correo, escuchaba música, soñaba despierto y gradualmente se asentaba para comenzar a trabajar a eso de las 4. Entonces iba hasta el taller a escribir durante cuatro horas, perfeccionando cada párrafo hasta que completaba 200 o 300 palabras; cenaba y tomaba cócteles con la familia y los amigos a las 8 o 9; luego estaba despierto hasta las 2 o 3 de la mañana, bebiendo, leyendo, fumando y escuchando música.
Con la ayuda de Rose para cuidar la casa y hacerla funcionar, organizar su vida social y ocuparse de los niños, Styron pudo seguir esta rutina durante 30 años. Trabajaba lentamente en sus novelas al tiempo que redactaba cuentos, novelas cortas, un guión de película y una obra de teatro acerca de un susto que se llevó en sus tiempos de guerra con una enfermedad venérea; al igual que ensayos, reseñas, críticas y otros textos ocasionales, de los cuales los mejores fueron recopilados en Este polvo silencioso y otros textos (1982).
Su vida parecía ampliarse también fuera de su taller. En 1966 compró una casa en el muelle de Martha's Vineyard, en donde la familia vacacionaba con regularidad y donde él comenzó a vivir cada año de mayo a octubre. Su círculo de amigos creció con los años, y llegó a incluir a Lillian Hellman, Art Buchwald, Philip Roth, James Jones, James Baldwin, E.L. Doctorow, Candice Bergen, Carly Simon, John F. y Jacqueline Kennedy, Bill y Hillary Clinton, Mike Wallace e incluso Norman Mailer, con quien se había enfrentado ferozmente cuando acababan de conocerse.
Styron viajaba con frecuencia, especialmente a Francia, donde continuaba siendo admirado. Con todo, si el aura de su vida era dorada, también tenía su parte de sombras oscuras. Cuando sólo tenía 13 años, sufrió el trauma de la muerte de su madre, a quien, quizás debido al lugar y tiempo en el que vivió, nunca le fue permitido guardarle luto correctamente. Una predisposición a la depresión es evidente en la historia emocional de su familia. Por cualesquiera razones, el suicidio es un tema recurrente en su ficción. Styron siempre admitió que bebía mucho, para alejar esos fantasmas.
En el verano de 1985, cuando cumplió 60 años, Styron se encontró repentinamente con que ya no podía seguir bebiendo. Sin embargo, el dejar de beber le provocó severos desajustes en su forma de ser y tuvo que ser medicado. Estos medicamentos le produjeron destructivos efectos secundarios, y lo arrastraron hacia una depresión suicida, profunda y prolongada, de la que no se recuperó hasta que lo hospitalizaron desde principios de diciembre de 1985 y hasta febrero de 1986.
Styron se recuperó y escribió un muy doloroso recuento de su experiencia, que comenzó como conferencia y se convirtió el best-seller: Esa visible oscuridad (1990). Tres años más tarde recopiló tres historias publicadas previamente en la revista Esquire en un volumen titulado Una mañana de Tidewater: Tres relatos de juventud (1993). Cada uno trata sobre la confrontación de la mortalidad, y la historia que da título al libro se ocupa de la muerte de su madre.
La depresión continuó acechándolo, y por ello fue hospitalizado varias veces más. En Esa visible oscuridad concluyó, haciendo referencia a Dante: “Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta, subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como ‘el claro mundo'. Allí todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación”.
Lehmann-Haupt . Crítico literario de The New York Times. Autor de A Crooked Man y Me and Dimaggio .
© The New York Times , 2 de noviembre de 2006.
Traducción: Omegar Martínez.
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La venganza del Halción
por WILLIAM STYRON
En la primavera de 1991 me invitaron a dar el discurso de apertura en un simposio que se celebraría en Washington D.C. con el propósito de analizar la depresión y los modos de enfrentar esa enfermedad. Me dijeron que la reunión estaría compuesta de lo que en términos muy amplios podían llamarse semiprofesionales, es decir, personas que aunque no fueran psiquiatras ni terapistas, tenían interés en conocer mejor la enfermedad depresiva; también habría trabajadores sociales y comunitarios, administradores de hospitales, funcionarios de salud pública y de la policía, paramédicos y afines. A consecuencia de mi libro Esa visible oscuridad, en el que describo mi fructífera lucha contra una grave depresión clínica, recibí muchas invitaciones de ese estilo y acepté unas cuantas (tal vez más de las debidas) en una especie de apremio misionero. Muchos de los que finalmente vencen los abominables demonios de la melancolía tienen el impulso caritativo de decirles a otros afligidos por algo similar que no depongan la esperanza, que pueden recobrarse. Los apoyos de este tipo tienen una importancia crucial para alguien derrumbado por la depresión. Como innumerables personas creen que no pueden hacerla y juegan seriamente con la idea del suicidio, la víctima que se recupera es un testimonio vivo del deslumbrante hecho de que muchos de los dolientes, a pesar de la prueba casi insoportable por la que pasan, llegan con seguridad a recuperarse. La presencia misma del sobreviviente y sus palabras de aliento pueden ser salvadoras.
Este mensaje de esperanza era un punto central de mi librito; su carácter invicto —sin ser falsamente optimista, sino arraigado en la simple realidad de que se dispone de tratamiento y de que éste suele ser eficaz— sería el fundamento del discurso de apertura que se me había pedido. Pero empecé a cavilar sobre el asunto; y aunque no dejé de sentir que la nota de ánimo era importante y decidí iniciar en ese tono, me pareció que podía ser un momento oportuno para lanzar una advertencia. Y la advertencia tenía que ser de especial importancia para los que participaban en el simposio, a quienes sentí que había que poner en guardia sobre algo que, tengo la sensación, se descuida o deliberadamente se deja de lado en muchos de los foros sobre el tratamiento de la depresión, y es el uso indebido de medicinas, sobre todo de los tranquilizantes. No hay que confundir tranquilizantes y antidepresivos, aunque los tranquilizantes muchas veces se recetan para sedar a personas con depresión. Yo quería destacar que mi propia y sombría experiencia me convenció de que casi todos los tranquilizantes menores que se suelen recetar (conocidos también como benzodiazepinas) son sospechosos incluso para personas sanas. Los que sufren de depresión deberían evitarlos como si fueran cianuro. El más monstruoso de los tranquilizantes es sin duda alguna uno diminuto y ovalado, color gris verdoso, llamado triazolam, más conocido como Halción, el nombre de marca.
El Halción se ha convertido en una especie de famosa bufonada nacional, en parte pesadilla y en parte chiste. Hay personas que no han oído hablar del Listerine y conocen el nombre de Halción. ¿No fue el Halción el somnífero que tomó Bush cuando vomitó en el regazo del Primer Ministro japonés? Las caricaturas de televisión lo han convertido en un deporte. Pero el Halción no es una píldora muy divertida que digamos, como descubrí por experiencia propia. Tomé este tranquilizante como remedio para el insomnio que con tanta frecuencia acompaña a la depresión. Aunque la depresión que describo en mi libro no fue provocada directamente por el Halción, y eso fue lo que dije en sustancia, llegué a convencerme de que la píldora aumentó una enormidad mi trastorno, intensificó mis impulsos suicidas y por último me obligó a hospitalizarme. Entonces yo no caí en la cuenta de esa causa y efecto, porque cuando me enfermé en 1985 aún no se relacionaba al Halción con el origen de ese horrendo mal y yo tampoco hice las conexiones.
Pero cinco años después, cuando escribía Esa terrible oscuridad, retrospectivamente percibí la conexión, con ayuda de la cantidad de informaciones que de un día para otro salieron a la luz pública sobre los efectos malignos del Halción. Cuando se publicó el libro, me sorprendió la cantidad de correspondencia que recibí, pero nada me impresionó tanto como el gran número de lectores —calculo que entre un 15 y un 20%— que hablaban de los horrores, las fantasías homicidas, los casi suicidios y otras convulsiones psíquicas inducidas por el Halción. Todo esto me concedió una perspectiva poco frecuente de todos los aspectos de la enfermedad depresiva, incluido el efecto (o no efecto) de la medicación. Se mencionaban otras píldoras, sobre todo el Prozac, un antidepresivo que por lo visto beneficia a muchos. Los testimonios espontáneos a favor de esa medicación me convencieron de que, si el grueso archivo de correspondencia que poseo es un corte transversal revelador, el medicamento que ha hecho la bonanza de los laboratorios Eli Lilly no se puede descartar a la ligera. Pero el Prozac, que no es una medicina milagrosa para todo, consiste simplemente en el perfeccionamiento de una antigua fórmula. Lo inquietante es que un número significativo de personas reaccionan muy mal al Prozac, sobre todo con impulsos suicidas (las cartas que recibí lo ilustran), y los esfuerzos concertados de Lilly se dirigen a minimizar esos siniestros efectos colaterales que incluso ahora siguen siendo indefendibles.
En una columna que se publicó hace unos meses en The Nation (“Beat the Devil”), Alexander Cockburn cuenta que los laboratorios Lilly, molestos por las pruebas de que su medicamento podía provocar reacciones tan nocivas (aunque ya eran objeto de un proceso legal de 150 millones de dólares basado en esta acusación), y más molestos aún por los ataques que la Iglesia de la Cienciología había lanzado a su producto, dieron la vuelta al asunto y consiguieron que la prensa emprendiera una campaña que acabó en furiosas y extravagantes embestidas contra esa iglesia en The Wall Street Journal y en Time, que le dedicó un artículo anunciado en la portada. Hubo otras conexiones astutamente orquestadas, pero todo se trató del viejo asunto de una corporación avasalladora y que hace una exitosa campaña de silenciamiento mientras el comité asesor de la Food and Drug Administration que se organizó para estudiar el Prozac —cinco de cuyos ocho miembros, según Cockburn, estaban financiados por Lilly— dictaminó que la medicación era correcta.
Me temo que, a diferencia de Cockburn, el aprecio que le tengo a la Iglesia de la Cienciología es todavía inferior al que le tengo al Time. Los ataques indiscriminados de esa iglesia a prácticamente todas las medicinas psiquiátricas no es más que fanatismo medieval, y uno desearía que las opiniones adversas a Lilly estuvieran respaldadas por credenciales más solventes que las que derivan de la teología lunática de L. Ron Hubbard. Aunque es válido el intento de Cockburn por incriminar a Lilly y sus lastimosos excesos, nunca aborda la naturaleza del Prozac, que para muchas personas es un antidepresivo muy eficaz. No es un medicamento maravilloso, pero de ningún modo carece de valor y, como digo, mi correspondencia ilustra este hecho. Lo erróneo por parte de Lilly no proviene tanto de su producto como de un mercachiflismo que no admite ninguna deficiencia.
Sin embargo, todas las personas que me escribieron no tenían sino historias atroces sobre el Halción, y en mi plática en Washington me pareció necesario centrarme en mis propias experiencias devastadoras con esta píldora, fabricada por The Upjohn Company. Hace muchos años hizo su aparición la frase “fabricantes éticos de medicamentos” por un deseo justificable de la industria por diferenciar a sus miembros de los productores de remedios de patente, de manifiesto cretinismo ético, que vendían de puerta en puerta Lydia Pinkham's Compound, aceite de serpiente, el Bálsamo de Amor del doctor Moog, cuentas de cristal mágicas, mosca española, Peruna y otras sospechosas panaceas. Pero hasta la ética más noble se desgasta, y es definitivo que varias corporaciones han acabado por ser menos éticas que otras, algunas hasta la canallada. Si existen los Tiffanys de este comercio —he oído a personas informadas sobre esos temas susurrar el nombre de los laboratorios Merck con veneración—, también existen los que se encuentran en lo más bajo, y entre ellos no cabe duda de que los laboratorios Upjohn son el “Crazy Eddie” de la industria. No hace mucho The Nation publicó un artículo sobre la lamentable oleada publicitaria de Upjohn para anunciar uno de sus productos, el potente ansiolítico Xanax —otro ganador de muchos millones de dólares y que, como todas las benzodiazepinas es potencialmente peligroso—, tratando de que cualquier precaución frente a este medicamento pareciera tan innecesaria como con el Gatorade (véase Cynthia Cotts, “The Pushers in the Suites”, 31 de agosto - 7 de septiembre). Está aún más cerca del aceite de serpiente la última campaña de Upjohn para el Rogaine líquido, un tratamiento para la calvicie sólo marginalmente eficaz cuyas propiedades, según Consumer Reports, la empresa trató de inflar, y que metió en un champú ineficaz llamado Progaine.
Pero más allá de esta ramplonería relativamente común, Upjohn se negó a enfrentar al Frankenstein que sus laboratorios Kalamazoo soltaron en forma de Halción. La conciencia pública de los peligros de la píldora se remonta a 1979, cuando un psiquiatra holandés, el doctor C. van der Kroef, preocupado por los síntomas psicóticos que reportaron muchos pacientes que tomaban Halción, llevó a cabo una investigación a fondo y prendió la alarma. En Holanda la píldora se prohibió categóricamente y de inmediato. Es vergonzoso, pero Upjohn conoce el grave riesgo que tiene su medicamento desde principios de los setenta, cuando los experimentos que realizó con un grupo de voluntarios presos en la cárcel estatal de Jackson en Michigan arrojaron resultados inquietantes. Los conejillos de indias humanos desarrollaron todo tipo de reacciones aberrantes —pérdida de la memoria, sensaciones paranoicas— que no concordaban con el producto hipnótico, seguro y de fácil tolerancia, que pregonaban los fabricantes del Halción.
Hace como un año, en el programa 60 Minutes y en un documental de la BBC (en el que tuve un papel de camafeo como víctima lesionada pero recuperada), pruebas que sólo se pueden calificar de repugnantes revelaban que Upjohn tenía pleno conocimiento de la naturaleza nociva de su producto, pero de todos modos lo lanzó al mercado. Después de eso, las ventas de Halción, que fueron una veta de ganancias durante años, bajaron gracias a la publicidad adversa que recibió; se relacionó a la píldora con numerosos suicidios y actos de violencia, incluidos varios asesinatos, el más reciente en Dallas County, Texas, y que tuvo por resultado que un jurado decidiera que el medicamento había causado en parte el asesinato.
Halción está prohibido en Inglaterra y en otros cuatro países. A pesar de eso, de su apabullante historial, y del hecho obvio de que otros tranquilizantes de fácil obtención no producen esos calamitosos efectos colaterales, la primavera pasada el Halción fue aprobado una vez más por la Food and Drug Administration, tan indolente que sólo insistió en que Upjohn reforzara su advertencia en cuanto a la dosis. En rigor, era necesario indicar que la mayoría de las veces las reacciones perniciosas se producen con una sobredosis accidental —la mayoría de las veces una sobredosis ínfima, equivalente a una fracción de miligramo. Aun así, la dosis normalmente recetada desata con frecuencia comportamientos desastrosos. De todos modos, al ver la desenfadada decisión de la FDA uno se pregunta cuánto tiempo seguiría la aspirina en el mercado si una pequeña sobredosis de una más de las dos tabletas que por lo general se recomiendan provocara el resbalón de algunas personas hacia la paranoia y la violencia.
Al comienzo de su nueva novela, Operación Shylock, que leí en manuscrito y que se publicará este año, Philip Roth hace una espléndida y desgarradora descripción de la locura inducida por el Halción basada en su propia experiencia en 1988, cuando inocentemente tomó la píldora para dormir después de una cirugía menor en la rodilla. “Pasaba todo el tiempo pensando en matarme. Por lo general, pensaba en ahogarme: en el pequeño estanque que estaba enfrente de la casa... si no me produjeran tanto horror las serpientes de agua que después mordisquearían mi cadáver; en el pintoresco gran lago a sólo unas cuantas millas... si no me aterrorizara tanto la idea de manejar solo hasta allí. Cuando aquel mayo fuimos a Nueva York... abrí la ventana de la habitación del hotel que ocupábamos en el catorceavo piso... y asomándome lo más que pude al patio interior mientras me agarraba firmemente del alféizar, me dije, ‘Hazlo. Ahora no hay serpientes que te detengan'”.
Cuando uno deja de tomar Halción los síntomas invariablemente desaparecen, y por supuesto que Roth sobrevivió, lo mismo que yo. Pero esa prueba extrema raya en lo indescriptible por su angustia casi sin atenuantes. Lo mismo que Roth, yo pensé en ahogarme. Y como el de Roth, mi calvario comenzó con un problema quirúrgico: una vieja lesión en el cuello desde el tiempo en que fui marine en la guerra de Corea provocó una compresión del nervio que resultó en la pérdida de mucha fuerza en el brazo derecho. Era necesaria una operación en Boston, pero se retrasó y en las dos semanas de espera tuve tiempo para cavilar y para que la angustia me arrasara. La angustia comenzó a quitarme el sueño y para vencer la falta de sueño empecé a tomar Halción, sin la serenidad aún para percatarme de la cercana relación de esa píldora con la crisis nerviosa que padecí cuatro años antes y que describo en Esa visible oscuridad. Había ido a California para impartir un curso en Claremont College. Allí, en aquel paisaje bañado por el sol, me invadieron por completo pensamientos suicidas que eran como una forma de lujuria. Me las arreglé para cumplir con mis deberes de enseñanza, pero mi mente no se libró jamás de un dolor exquisito, un dolor que sólo tenía una salida: la autoextinción. Una noche, en una visita a la casa de mi hija en Santa Mónica, me quedé horas despierto pensando únicamente en salir y meterme en el océano hasta que las olas me cubrieran. En Claremont hacía planes constantes para lograr que mi mujer se fuera, esconderme en un armario y poner fin a todo con una bolsa de plástico.
Me aferré a mi cordura el tiempo suficiente para volar de regreso a Boston y operarme. Aunque la cirugía fue un éxito, en la convalescencia persistió la violenta depresión. Pensé muchas veces en la posibilidad de escabullirme del hospital y saltar al Charles River del puente que veía desde la ventana. Entonces, de repente, ocurrió algo muy curioso. Yo estaba en consulta con un psiquiatra de planta en el hospital y él me preguntó sobre mis hábitos de sueño. Le dije que dormía muy mal pero que el sueño que conseguía era cortesía de Halción. La mirada del doctor, un hombre por lo visto bien enterado de las últimas alarmas farmacéutica, se afiló y sólo tardó unos instantes en decirme que de inmediato me iba a cambiar de medicación. Uno o días después, mientras me afeitaba ante el espejo, me di cuenta de que esa extraña figura alrededor de mis labios era una sonrisa. Así comenzó mi aprendizaje del funesto remedio de Upjohn y mi recuperación vacilante y cruzada de obsesiones, pero definitiva a fin de cuentas.
Esta es la historia que conté al público del auditorio en Washington, no el sermón animoso que tal vez se esperaba de mí, sino un cuento de advertencia que yo sentí necesario contar. Pero retrocedo un momento. Apenas unos días antes de mi plática, el encargado de que yo asistiera a la conferencia me llamó para darme algunas noticias alentadoras aunque para nada sorprendentes. Me dijo que los honorarios de mi conferencia los pagaba Eli Lilly and Company, fabricante del Prozac y que financiaba el simposio. ¿Tenía yo alguna objeción a este vínculo con un laboratorio farmacéutico? No, en realidad ninguna, dije, aunque eso dependía de la empresa; yo no aceptaría ni un centavo de Upjohn. Es frecuente que las empresas médicas financien conferencias psiquiátricas. No era una costumbre que me entusiasmara mucho, y quizá si yo fuera de la profesión me causaría incomodidad; pero como lego, sólo sentiría en entredicho mi dignidad si se hacía algún intento de censura o si se demoraba mucho mi entrada en materia. Le dije al encargado de la conferencia que pensaba hacer un fuerte ataque al Halción. El agente recobró el aliento y me dijo que estaba encantado de que Lilly no fuera el fabricante de ese medicamento. Es probable que de antemano se filtrara información sobre las animadversiones que yo haría expresas. Minutos antes de la conferencia me abordó un caballero que se identificó como el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental. Aunque bastante amigable, parecía algo desconcertado y nervioso. Después de mi charla, que fue en el salón de baile de un hotel, hubo una conferencia de prensa que anunciaron como “Conferencia con William Styron”. En la conferencia, en la que había un micrófono y un estrado, hice frente a veinticinco o treinta periodistas, muchos de ellos reporteros de publicaciones médicas y científicas. Cuando me dirigía al estrado, parecían estar atentos y con ánimo generoso, y tuve la sensación de que habían reaccionado con bastante interés a mi charla. Percibí que el director en funciones rondaba por allí. La primera pregunta fue: “Señor Styron, es impresionante lo que contó usted sobre el Halción. ¿Pero qué opina del Prozac?”. Respondí que tenía sentimientos muy encontrados sobre el Prozac. Aunque yo nunca lo había tomado, tenía pruebas contradictorias: era bastante benéfico para muchas personas, mientras que para otras no tenía ningún efecto. En una minoría significativa producía reacciones siniestras, sobre todo fantasías de suicidio. El gran número de cartas que había recibido, continué... Pero no pude seguir. Cortésmente, el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental me fue apartando del micrófono. Todo medicamento tiene efectos colaterales impredecibles, dijo, en un tono de “yo-sí-sé-lo-que-digo”, pero se ha llegado a la clara conclusión de que el Prozac prácticamente no produce las graves reacciones que infestaron los antidepresivos en el pasado. Los terapistas y médicos nunca habían dispuesto de un tratamiento más seguro y más confiable para la depresión, era un descubrimiento extraordinario en psicofarmacología. ¿Más preguntas?
En efecto, había otras cuantas preguntas, pero no dirigidas a mí —ni se podía— porque, hasta donde me enteré, se apropiaron del micrófono sin dubitaciones y en exclusiva. A medida que pasaban los minutos me fui trasladando furtiva y tristemente a un lado del estrado. La reunión se convirtió en una conferencia con el director en funciones del Instituto Nacional de Salud Mental. Ya no se habló más del Halción y sí mucho del Prozac, sobre todo por parte del director en funciones, y todo consistió en alabanzas y encomios. Después de quince minutos, bruscamente, el director en funciones declaró clausurada la reunión. Cuando caminaba hacia la salida, me sentí tan ridículo y desconcertado que apenas oí la voz oportuna y simpática de uno de los periodistas, que me decía con acento sureño: “Oye socio, el gobierno te calló la boca, ¿uh?”.
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