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El oficio de escribir novelas

julio 14, 2011

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Conferencia en la Universidad de Costa Rica, sede Heredia, agosto 2010, basada en el viejo sistema de la asociación libre

Con Alexis, el Príncipe de Mónaco, personaje de Historia de todas las cosas
Con el viejo método de lavar la arena e ir decantando el oro, recurriendo al irresponsable y eficiente método de la asociación libre, voy a intentar llegar a algunas concusiones sobre la novela y el oficio de novelas. ¿Qué es escribir una novela? Primero hay que preguntarse qué es una novela. Veamos algunas respuestas. La novela es algo que posee una realidad propia, ajena a la realidad objetiva, si es que tal cosa existe; es una realidad propia que sin embargo depende de algo exterior a ella. En cada novela hay un planteamiento y una lógica. Lo primero que se me ocurre decir es que hay en ella un intento de entender y explicar el mundo, sin resolverlo, claro está. El mundo es un enigma indescifrable por completo, pero que exige ser descifrado.  Es una suma de enigmas. El novelista es o debe ser un curioso impertinente, un ser extremadamente ambicioso. Dice el científico Carl Sagan que existen en el universo tantas estrellas como la suma de todos los granos de arena que hay en todas las playas del mundo. Cada novela es un grano de arena, pero paradójicamente, debe ser el universo. El universo que conocemos, es decir, el universo que no conocemos, muy posiblemente sea un universo, uno de tantos universos posibles. Así, cualquier novela que haga honor al género, es un universo. El creador de este universo, hay que decirlo, es el novelista. Un pequeño diosecillo que se ocupa de su jardín imaginario. Vayamos al más célebre referente de la lengua castellana: Cervantes y el Quijote. ¿Cuál es la clave de esta novela que lleva siglos de vigencia? La ambigüedad, la ironía, el descrédito de las instituciones y certezas. Pariente cercano sin duda del Tristam Shandy, obra de la que dijo Samuel Johnson Nada extravagante puede perdurar. Tristram Shandy;  más que una novela humorística, como anota la inefable Wikipedia, es una especie de tratado sobre todo y sobre nada. Temas tan variados como las prácticas íntimas y las sociales, los agravios, la influencia de los nombres propios en las personas, las narices (forma eufemística con la que se ocupa de los penes), la obstetricia, la ingeniería militar, la filosofía, la psicología... Se afirma que no tiene rigor ni argumento alguno, y alguien podría afirmar que obedece solamente a las leyes completamente arbitrarias de la asociación libre. Tal vez Sterne de alguna forma por completo inexplicable, pudo leer los 25 tomos de Freud, lo que me parece improbable, pues Sterne vivió muchos años antes de que el padre de psicoanálisis tratara de comprender el mapa de los sueños y  el territorio aleatorio de la imaginación. El que sí leyó a Freud fue Marcel Proust, el más serio, dispendioso y farragoso rastreador de una intimidad, la suya.   En busca del tiempo perdido  es la novela de la memoria y de los vínculos insospechables que establece. Tenemos aquí anotadas tres lógicas: la de Cervantes, el primero que se salió del camino de las leyes artistotélicas, que exigían un sistema, una redondez, una sensatez, a la obra literaria; la de Sterne, que llevó esta misma osadía hasta rebalsar los límites de la cordura y de la paciencia de sus contemporáneos; y la de Proust, que quiso poner en novela la vieja idea de que el hombre es la medida de todas las cosas. Es célebre la imprecación que Gabo lanzó o dijo haber lanzado cuando leyó la primera frase de  La metamorfosis: “Ah, carajo, no sabía que se podía hacer eso”. Este descubrimiento de un novelista tan lúcido nos lleva a establecer una especie de apodicto —no sé si  la palabra existe pero de todos modos vale la pena acuñarla—, apodicto o apotegma o certeza inconmovible: en novela es lícito todo, excepto aburrir al lector o engañarlo. Veamos: novela es un intercambio de cartas como  Las relaciones peligrosas, novela es un estudio minucioso e investigación de un crimen, como  A sangre fría, novela es la crónica de un día de pesca, como  El viejo y el mar,  novela es una enumeración enciclopédica de eventos como de Fernando del Paso en Cristóbal nonato, novela es  Al filo del agua, que cuenta recurriendo a la forma episódica y al retrato psicológico la vida de un pueblo de México. Según García Márquez hay dos formas de escribir una novela: como él lo hace y como lo hace Vargas Llosa. García Márquez afirma que él no avanza a la segunda página si no tiene solucionada la primera y que no inicia una novela si no sabe cómo terminar. Y agrega que no inicia una novela si no sabe de antemano el final. Y dice que el método de Vargas Llosa es escribir torrencialmente de principio a fin novelas infinitas, que vuelve a escribir de principio a fin una y otra vez hasta que está satisfecho. Sergio Pitol, reciente Premio Cervantes afirma: Al organizar una novela lo que me interesa es construir una composición que pueda permitirme utilizar algunos efectos que de antemano imagino. La estructura es lo que decide la suerte de la novela. Y en toda la obra mi construcción es la misma, con mínimas e insignificantes variantes. En el centro de todas mis tramas establezco una oquedad, un enigma, en cuyo torno se mueven los personajes. También afirma que toda novela es una “impresión sobre el mundo”. Creo que fue Flaubert el que dijo que “la novela es un espejo del camino”. La teoría de  la relatividad afirma que cada vez que se observa un fenómeno, ese fenómeno es modificado. Hay, para terminar de construir este edificio de citas, una frase del filósofo Henry Bergson. Afirma que la función básica del sistema nervioso central es básicamente eliminativa y que si fuéramos a cada instante de nuestras vidas perfectamente conscientes del alud de sensaciones, recuerdos, impresiones y vivencias, nos volveríamos irremediablemente locos. Eso también es  la novela: un sistema perfectamente ordenado de omisiones, de síntesis, de paréntesis, que nos deja con un trozo de existencia que sin embargo cobra una vida inusitada. La novela es un sistema de interpretaciones. Es una versión personal del mundo. Onetti tiene su versión, la tiene Kafka y la tiene Joyce. De la riqueza y particularidad de esta versión, depende la trascendencia de la obra. Y por eso es que, de alguna manera, el novelista tiene que ser superior a su entorno: no debe mimetizarse como los insectos sino que tiene que destacar con un color propio, aun a costa de algunas incomodidades como el juicio adverso de su familia, su entorno, su país, su tiempo. El novelista tiene que enfrentarse a lo establecido y crear otro tipo de establishment: el de su imaginación, es decir, el de su visión del mundo. Y aquí es donde se vincula la novela con la filosofía. ¿Qué tiene que ver el llamado realismo mágico con al filosofía? En gran parte de sus obras García Márquez nos enseña a vivir de otra forma, considerando la posibilidad de que la magia y la poesía sean parte cotidiana de nuestras vidas. Las novelas de García Márquez y las novelas en general son una especie de “suspensión del juicio”, una escapatoria a otra dimensión. El que escribe una novela ya no vive en el mundo de todos los demás seres humanos, sino en un mundo propio, está en una situación semejante a la del famoso átomo original. Incluso en su vida personal el novelista esencial, aquel que se encierra a piedra y lodo a solucionar su novela, llega a convertirse en un ermitaño, un ser huraño, irresponsable, que deja familia y trabajo para entregarse de lleno a ese agujero negro. Para incurrir en el inefable placer de hablar de mí mismo contaré, de nuevo, el génesis de mi novela Breve historia de todas las cosas,  que escribí hace 35 años, cuando yo contaba apenas con 24 años y era un estudiante de filosofía en la Universidad del Valle, en Cali, Colombia. Tenía yo por entonces encerrada en mi cuerpo, en mi memoria y en mis secretas sensaciones todo un mundo que había vivido en Costa Rica: San Isidro de El General era para mí una especie de aleph borgiano (antes de avanzar quiero registrar otra característica que debe tener una buena novela: debe ser inolvidable): el polvo rojo de la bauxita, las encantadoras oficiantes del cuerpo caminando a pleno sol por la Calle del Comercio, Tribilín, el sano y ocurrente comunista y músico hijo de don Juan Violinista, los vagos del parque, comandados por el paticorvo Palomo, las cuatro mujeres hermosas y despectivas que tenían enamorados a todos los machos del pueblo, la construcción de la Carretera Panamericana y la invasión de gringos borrachos, insulentes, simpáticos, locos, las niñas el colegio de monjas ebrias de represión y deseo, acosadas por los muchachos del Liceo Unesco, el Coro de las Doscientas Voces que un día llegó en una caravana de buses de la Musoc… Tenía yo en esa especie de subconsciente explosivo  que caracteriza a los que han de ser novelistas todo ese mundo sometido a presión…y un día explotó. Con mis recuerdos coemnce a escribir febrilmente en un cuadernote mientras un profesor batracio se paseaba arrastrando al pobre de Emmanuel Kant frente a un atajo de estudiantes en la Universidad del Valle.
No hace mucho vi un video en internet de una conferencia de la escritora africana Chimananda Ngozi, una criatura digna de representar lo mejor de la nueva África. Su conferencia se llamaba “Los peligros de una sola historia”. Básicamente decía: The problem with stereotypes is not that they are untrue, but that they are incomplete. … Stories have been used to dispossess and to malign. But stories can also be used to empower, and to humanize. El problema con los estereotipos no es que no sean verdaderos, sino que son incompletos… Mi novela Breve historia de todas las cosas causó desazón en muchas personas, habitantes del pueblo de San Isidro de El General. Muchos se vieron retratados o casi caricaturizados como arquetipos de belleza, de depravación, de tontería, de locura. La novela se leyó como una sátira y una burla. Como una copia de  Cien años de soledad.  El mismo García Márquez manifestó su rechazo a esta idea.      La novela tuvo buenos aires. Navegó rápido, aunque había sido escrita por un muchacho de 23 años. Tuvo una carrera meteórica: fue publicada en Buenos Aires por una editorial de gran prestigio, La Flor, editora de Quino y su inefable Mafalda. En Costa Rica le otorgaron el Premio Nacional de Novela Aquileo J Echeverría, lo que constituyó un escándalo, pues se decía que había sido escrita por un extranjero… Lo que era falso, pues yo por los años de la publicación me había naturalizado tico. Hubo crítica favorable en muchos países de América y España. Los libros de historia de la literatura hispanoamericana la incluyeron como la máxima representante del post boom…etc. Lo que el crítico norteamericano John Brushwood destacó en la obra es lo que llamó “el derecho a la invención”. Básicamente eso es lo que constituyó el motor de esa novela: yo no intenté reflejar ,o que era San Isidro, sino que permití que mi imaginación construyera otro pueblo por encima del real.

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4 comentarios

  1. Excelente, MT, pero parece que te quedaste a medio palo. Las dos formas de escribir novelas las había estado cavilando yo hace un tiempo porque resultan evidentes para cualquier escritor y creo que secretamente uno siempre envidia el proceder de los del otro bando, que tiene siempre que ver con el temperamento más que con la voluntad.

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  2. Diste en el blanco: lo que reproduje fue la mitad de la conferencia. La otra no la encontré. Te comento: hay una amiga tica que quiere ponerse en contacto contigo para tratar asuntos literarios. Si me autorizas le daré tu dirección. Se llama Cuca Coniglio y vive en NY

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  3. Lástima, si la encontrás ponela porque está muy buena. Dale mis datos a Coniglio y que me escriba, por supuesto.

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  4. Voy a buscar el resto de la conferencia para subirla.

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