Exámenes de rutina. El urólogo me dijo que tengo una próstata que pesa 20 gramos, lo que es bueno muy bueno a mi edad. Lo del antígeno también salió muy bien. Sigo alternando baloncesto y literatura. La novela Sin máscara frente al espejo ya va por las 800 páginas. No la terminaré este año pero habrá forma de seguir avanzando y tal vez terminarla el próximo año. Cuento con el apoyo de las personas adecuadas, lectores y amigos. Mientras tanto espero el resultado de la lectura de mi novela Función de melancolía en Tusquets. Se acerca el Hay Festival. Vendrán a Xalapa varios escritores importantes. Me dará gusto ver a Evelio Rosero, autor de Los ejércitos, bellísima novela, y de La carroza de Bolívar, atrevida obra muy interesante, aunque a mi juicio algo descuidada en cuanto a estilo. Solamente he visto a Rosero una vez. Nos encontramos en la Feria del Libro de Bogotá hace quizás diez años. Lo hallé serio, agradable, modesto. Muy diferente a mí. En noviembre estaré en Cali, Bogotá y Neiva. Presentaré mi Historia de todas las cosas, novela que, como ya saben los asiduos a este blog, está teniendo magníficas lecturas en varios países. No han faltado los ditirambos desmesurados como "mejor que las novelas del boom". Los agradezco. Pienso que la novela puede llegar a ser un éxito a nivel mundial, pero en ocasiones veo que la comercialización va lenta y no veo que veinte editoriales de todo el mundo me busquen con desesperación. En realidad mis sueños de gloria tumultuosa van a contracorriente de mi vida, que está bien ordenada y que me gustaría que siguiera así, sin demasiados viajes, comilonas y desvelos. Ya tengo varios años encima y lo mejor es la templanza. Aunque la verdad es que me siento bien: puedo jugar básquet dos horas seguidas bajo el sol sin sufrir más que dolores musculares. Luego duermo varias horas por la tarde. Y ya en la noche estoy con los ojos como platos y me dedico a tuitear pendejadas. Ayer vi una escena triste. Vi a mi ex jefe caminar encorvado, a paso lento, con grandes bolsas de supermercado en sus manos. Iba solo, parecía triste o deprimido. Es un hombre que ha recibido todos los honores literarios de México, está becado de por vida, tiene un sueldo del más alto nivel, ha sido parte de la mafia cultural, ha viajado por todo el mundo, es un buen poeta que canta su infancia, el río, el amor. Y ahora, allende los 60 años, se ha quedado solo. No quise saludarlo. No somos amigos. Mientras fue mi jefe mantvo una actitud distante. Supe que me bloqueó el Premio Latinoamericano de Cuento Puebla. Supongo que él fue quien siempre se opuso a mi ingreso al Sistema Nacional de Creadores. Mientras estuve enfermo dice mi máneger que el hombre se portó bien. Pienso que prefería y prefiera tenerme lejos. Nuestras personalidades son muy distantes, y quizás eso hizo que no pudiéramos congeniar. Lo vi caminar lentamente por las calles del centro. Un saco poco elegante. Unos pantalones que ya le quedan grandes. Supongo que come en restaurantes del centro. No habrá quien se ocupe de él. Lo seguí varias cuadras. Dobló en la esquina donde está la casa de Pitol. Pitol ya no me saluda. Tal vez alguien le contó de mis comentarios en este blog no muy elogiosos a algunos de sus textos o al hecho de que se preste a su edad y en sus condiciones a todo tipo de exhibiciones. O simplemente se trata de esa simple animadversión provinciana de los que nos dedicamos a lo mismo. O de la intrigas de su corte de adoradores. Tal vez alguien le comentó la frase de Samperio: "El mejor escritor residente en Veracruz no es Pitol sino Garramuño". No hace mucho Luis Fernando Macías me dijo refiriéndose a Gabo, que nunca apoyó a los nuevos escritores colombianos: "Lo que pasa es que García Márquez nunca entendió que la gloria se hizo para compartirla. Pienso: los reyes quieren reinar solos. Los grandes escritores, casi todos los grandes escritores, también. Eso lo explicó mejor Tito Monterroso cuando dijo: "Ningún escritor quiere que digan de él que es un buen escritor: todos quieren que digan que es el mejor escritor del mundo" (cito de memoria).
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