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Unas páginas en las que aparece Gustavito

febrero 07, 2013


Recibí la noticia de que mi sobrino Gustavo Aguilera Franky acababa de adelantarse en el viaje inevitable. Llamé a mis hermanos. Casi no pude hablar. Lloré, lo que he hecho apenas dos veces en la vida. Rescaté estás páginas de las notas que tomé en Colombia en mi pasado viaje...

Hemos venido la Nena, mi hermano Gustavo, la novia de Gustavito,  y yo (a última hora me convencieron de acompañarlos) a rescatar Gustavito de su encierro. Gustavito, el sobrino, hijo de mi hermano Gustavo, está deprimido, débil y ya casi no puede hablar. Ahora la novia de Gustavito (Gustavito tiene comido el pecho por una metástasis salvaje, Gustavito estuvo varios años en los lugares más infectos de China y se trajo de regreso a Colombia una metástasis que le está royendo el corazón) le está leyendo mientras le acaricia la calva producto de las salvajes quimioterapias, La tía Julia y el escribidor.  Le digo a Guatavito:  "Escribe, escribe, yo sé que tienes mucho que decir, escribe unas páginas cada día, me las mandas a México y yo te las comento, podemos escribir un libro juntos". Me contesta con voz pedregosa, baja e incomprensible. No le entiendo. Lo que entiendo es que se niega a escribir. Le digo que practique mi regla número uno para salir de la depresión. "Eso vale verga". Eso dijo. Su novia aprueba. Gustavito tiene su propio ritmo, dice Diana. Explota bellísima la risa de la novia de Gustavito. Tiene un hombro descubierto y luce un hermoso vestido blanco. El vestido deja descubierto su hombro derecho y parte de sus senos de diosa griega. Me cuesta trabajo despegar la mirada de su bellísima figura. Todo el tiempo está  acariciando a Gustavito.  Hoy es 24 de noviembre de 2012. Fui el primero en levantarme. Salí a la sala, me instalé en una especie de  sillón recamier y me dispuse a leer  La luz difícil, de mi amigo Tomás González, en cuyo apartamento en Nueva York estuve en 1988. Salió la prima Susana, chiquita, seca, me dijo qué haces ahí en ese frío. Leyendo, le dije. Fue a traerme una cobija. Hay que cuidar al viejito, ironicé. Sin una sonrisa se alejó. Ella me rinde tributo porque me llamo Marco Tulio Aguilera, como mi padre, a quien ella (y toda la familia vieja) reverenciaba como a un dios. Terminé de leer la “novela” de Tomás. ¿Novela? No. Yo, que conozco a Tomás, sé que es un libro en el que ha cifrado su existencia de melancólico, de hombre que tuvo la fortuna de encontrar en el amor y en la literatura esplendores suficientes para justificar su vida y al que luego le cayó la malaventura como una lluvia de brea ardiente. ¡Cómo me gustaría ver a Tomás! Mirarnos a los ojos y saber que cada cual por su camino avanza hacia la muerte tratando de entender, o por lo menos de disfrutar lo que nos ha tocado vivir. Un gato y un perro que compiten por las caricias de los que hemos llegado a esta casa de campo, se acercan a mí. Quieren afecto y se los doy. Ahora estoy en Colombia, bastante relajado,  en este otro paraíso de la finca en el Tequendama.
Son las 12 del día. Hace un calor infernal en esta casita prefabricada de las primas Susana y Pam, la casa de campo de nuestras primas hermanas. Yo estoy tendido en un sillón recamier. Ya leí El Tiempo y El Espectador. Los periódicos en Colombia son magros, secos, con muchos avisos clasificados y algunas columnas de opinión en las que se repiten los mismos temas. Poco hay legible, aparte de un largo reportaje sobre la explotación del cortran en el Guainía. El conrtan es un mineral siete veces más  valioso que el oro y la marihuana y la coca. Las FARC controla la explotación. Los periódicos siguen machacando con cualquier noticia resobada sobre García Márquez. La Nena y Pam cocinan como alquimistas. Los demás están en la piscina jugando voleibol.  Gustavito se ha animado a jugar. Luego echamos competencias mi hermano Gustavo y yo. Le pedimos a Gustavito que nos sirva de juez. Dice secamente que no, que competir es una estupidez. 
Hoy por la tarde regresaré a Bogotá para descansar y estar listo para las conferencias y talleres en la Nacional. En la piscina estuve hablando con la novia de Gustavito: ella está dispuesta a rescatar a su amor, Gustavito,  del cáncer. Le comenté que ese amor me hacía recordar el de von Aschenbachh y Tadzio en  Muerte en Venecia. Mi hermana intervino: ya no hables con MT: todo lo que digas puede aparecer en su próxima novela.
Ha desaparecido Gustavito de este plano. Murió en brazos de su novia Diana. Murió con una sonrisa en los labios, después de decirle a su padre: "Papá, ya me voy".  
En el Puente Aéreo en Bogotá después de estar a punto de perder el vuelo rumbo a Neiva: en mi prisa por salir del apartamento de Nena rompí una de las tres llaves que lo aseguran por dentro. Tuve que llamar a Susi, amiga de mi hermana, para que consiguiera un cerrajero que me abriera la puerta para poder salir. No pude llevar la maleta llena de libros para regalar (LL detesta que yo regale libros, dice que no es digno), solamente un maletín de mano. Tomé un taxi y le dije al joven conductor, rápido, que estoy a punto de perder un vuelo. El pequeño auto voló zigzagueante y llegamos a tiempo. Me siento ya tranquilo, leo unas páginas de  La serpiente sin ojos y comienzo a arrepentirme de mi primera impresión: dos o tres capítulos me habían hecho pensar que William había bajado la guardia y creado una novelita casi desechable, tras haber escrito sus antecedentes:  Ursúa y  El país de la canela, novelas maestras que me impulsaron a decir en el programa radial de Señal Colombia que eran dignas de un Premio Nobel. 49 000 pesos me costó el libro, casi 35 dólares, un escándalo, quién tendrá tanto dinero en Colombia para comprarla. Conjeturo que William ya no me quiere desde que leyó la entrevista que inventé de un encuentro ficticio con García Márquez y que publiqué sin hacer la aclaración pertinente. Debo estar pendiente de lo que anuncian por los altavoces. Nunca olvido que LL y yo perdimoes el vuelo rumbo a San Luis Potosí porque yo me puse a leer el periódico y a cada observación de mi esposa le decía, calma, calma, es temprano. Con el importe del premio compramos el lote donde hoy tenemos nuestra casa. Recuerdo que tuvimos que atravesar el DF en un taxi de emergencia, tomar un autobús, tardar varias horas, llegamos al hotel un par de horas antes de la entrega del premio y LL me dijo descansa, duerme un ratito. No, no podía descansar, comencé a acariciarla y terminamos haciendo un amor  mal hecho, mal escrito y mal terminado. Luego, cuando el gobernador me entregó la medalla y un sobre con el cheque, cometí uno de esos actos poco diplomáticos que acostumbro: emití un encendido discurso en el que aseguré que para ser gobernante de un país como México había que ser corrupto y mediocre. El gobernador ni se mosqueó: me llamó aparte y me dijo sabes qué, escritor, pienso que tienes razón, yo hubiera preferido se pescador en Baja California o agricultor en Chiapas que gobernador, esto es espantoso, te felicito, escritor. Sobra decir que el hombre me desarmó y no pude menos que darle un abrazo. LL estaba en primera fila y a su lado una señora  de sociedad la miraba de reojo asombrada: no podía creer que esa niña tan pequeña, tan discreta y linda, fuera la esposa del  maestro  Garramuño. Eran tiempos felices en los que almidonábamos las sábanas de los mejores hoteles del país con nuestros entusiasmos de amor. Ya estamos a punto de embarcar. En este instante estoy llegando al final de la página 975 de este documento. Un tremendo avión de Avianca se estaciona a veinte metros de donde estoy atronando el aire. Otro Star Alliance sale en reversa.

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1 comentarios

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