LECTURA DE FERNANDO SALMERÓN: EL HOMBRE AUTÉNTICO
agosto 16, 2013
Este es un largo ensayo sobre Fernando Salmerón, uno de los filósofos más importantes de México, protagonista de los eventos más significativos de la fundación de la Universidad Veracruzana. Lo publico aquí para ponerlo al alcance de todo el mundo. Fue publicado originalmente en La Palabra y el Hombre.
Pero,
¿cuándo es bueno el hombre y cuándo es malo? Eso ya es más complicado; porque
el hombre, visto por un lado, es un ser como el caballo, un ser natural que
recibe como herencia una limitada dotación de facultades; y visto por el otro
lado es un ser como la mesa, o sea, un producto de elaboración. Siendo esto
así, juzgaremos al hombre más humanamente si atendemos, no a la parte de su ser
que le fue dada, sino a lo que él haya logrado hacer de sí mismo, consigo
mismo, sobre la base de aquella dotación heredada. Esto es lo que queremos
decir cuando indicamos que el hombre, a diferencia del caballo y de la mesa, es
el ser de la vocación. El hombre elige él mismo “lo que va a ser”, pero no con
entera libertad, pues sus capacidades son limitadas. Su libertad es mayor
cuando decide “cómo va a ser”, dentro del campo de esa vocación elegida. La
vocación, pues, no decide sólo el oficio, sino el modo de ejercerlo. Lo cual
significa, en suma, que hay muchas maneras de ser buen hombre y, en cambio, no
hay más que una sola manera de ser buen caballo
Eduardo
Nicol, Prólogo a El problema de la
Filosofía Hispánica
1. A MANERA DE
INTRODUCCIÓN
Dice
Eduardo Nicol -y de esto no cabe la menor duda- que las ciencias positivas
siguen avanzando como si la verdad fuera posible. A su vez la filosofía, o las
filosofías, parecen irse rezagando, como si quisieran quedarse adheridas a un
tiempo -que como todos sabemos es inexorable en su avance-. En esta dialéctica
de avance y estancamiento, es donde hallamos el valor de los planteamientos de
Fernando Salmerón: el filósofo debe estar periódicamente ajustando las tuercas
para que la filosofía y las concepciones del mundo, no se queden atrás de los
avances de las ciencias positivas. La anterior idea, y la de que el filósofo
cordobés contribuyó a sentar las bases para el desarrollo de una filosofía
mexicana, servirán de tesis iniciales a este trabajo.
No
nos detendremos a considerar lo que entendemos por ciencias positivas. Bástenos
decir que son las que llevan a cabo descubrimientos comprobables que tarde o
temprano tendrán efectos en la práctica y en la aplicación tecnológica.
Tampoco
nos disculparemos por utilizar expresiones tales como “ajustar las tuercas”
-que todos, la generalidad de los cultos y la generalidad de los incultos,
entendemos-: nos refugiaremos en la amplia libertad que nos permite el género
del ensayo, al que nos permitiremos dedicar tres líneas que nos sirvan de guía
y consuelo en el trayecto de este trabajo que no es acostumbrado por el autor
de las líneas que el generoso lector tiene ante los ojos.
Afirma
Aldous Huxley que el ensayo es un artificio literario que sirve para hablar de
casi todo diciéndolo casi todo. Agrega Nicol que sirve para presentar lo
particular sobre el fondo de lo universal y que permite observaciones
subjetivas sorprendentes (y cita al ensayista por excelencia, Ortega y Gasset,
quien en el discurso más formal introduce ocurrencias graciosas y desconcertantes);
concluye Nicol que el ensayo es un género con sal y apropiado para el moralismo
y los discursos. En palabras de Gracián, “no se contenta el ingenio con la sola
verdad, sino que aspira a la hermosura”.
Con
las anteriores líneas como directriz nos permitiremos afrontar diversos
aspectos de la actividad intelectual, e incluso práctica, de Fernando Salmerón.
2. EL MAESTRO Y EL
DISCÍPULO
La
primera impresión que se tiene tras la lectura de la introducción al libro Las mocedades de Ortega y Gasset de Fernando
Salmerón es la de una admiración sin límites y un respeto exento de ditirambos.
Salmerón quiere sacar en claro, en primera instancia para sí mismo, y
ulteriormente para quien quiera interesarse, las ideas que dominaron la primera
etapa de la evolución intelectual su maestro. La palabra “maestro” es la
primera que viene a la mente, al estar ante el Salmerón que toma las obras de
Ortega con la veneración con la que se toma un libro sagrado. Allí, de alguna
manera, está la verdad de la vida, que para Ortega no es tan absoluta como para
otros filósofos, puesto que su verdad está ligada no a un absoluto y a una
trascendencia sino a una circunstancia.
Salmerón
encarna de manera puntual al discípulo, así como Ortega Gasset al maestro, un
maestro torrencial, cercano en lo posible a la omnisciencia. Y es por ello que
con humildad, sin aspavientos de grandeza, el mexicano emprende una búsqueda de
temas en sí mismo, después de haberse empeñado en la búsqueda de temas en su
maestro. Las mocedades de Ortega fue
publicado en 1959, cuando Salmerón tenía 29 años, y en esa obra se manifiesta
una voluntad de estilo, entendiéndose por ésta, la necesidad de decir bien y de
decir lo que tiene que decir con voz propia. Esta búsqueda de temas en sí
mismo, se concreta en Cuestiones
educativas y páginas de México, título en el que están explícitos los
intereses más altos del filósofo mexicano. Si se dice que en toda pregunta
inteligente está implícita la respuesta, también se puede decir que en todo
título justo, debe hallarse ese reducto final del sueño, que es la verdad
última (o por lo menos el último planteamiento) que quiso expresar el autor.
En
el prólogo a la segunda edición de Cuestiones
educativas y páginas sobre México José Gaos expresa que el espíritu de la
filosofía de Samuel Ramos, compartida por Salmerón, “es esencialmente una
filosofía de la cultura y del hombre, antropológica, existencial, por fuerza de
la naturaleza de su objeto, que es su sujeto; y una filosofía humanista,
liberal y del trabajo, por virtud de una consecuencia con esa naturaleza y su
historia que otras sólo tienen con ella por vicio de la doblez contra sí misma,
ínsita en ella misma”. Con un estilo algo imbuido de las estructuras del alemán
que hizo de Hegel y su Fenomenología del
espíritu uno de los grandes enigmas de la filosofía y del lenguaje, Gaos
nos plantea uno de los grandes problemas de la filosofía: su carácter
abstracto, absoluto, ajeno al mundo, su narcisista -por decirlo de alguna
manera post hegeliana- cerrarse sobre sí misma dejando al hombre desnudo frente
al mundo de lo inmediato y al universo de lo abstracto.
Salmerón,
en primera instancia, fue discípulo, y
por ello lector minucioso, acucioso, analítico de los maestros -Ortega y
Gasset, en primera instancia, por mediación de Gaos; Henry Bergson, los
filósofos mexicanos Ramos, Vasconcelos, Caso; la tradición prehispánica-.
Después, sin perder la humildad del discípulo, fue maestro.
Continúa
José Gaos refiriéndose a la lectura que hace Salmerón del libro clásico de
Samuel Ramos: “Y al espíritu de tal filosofía no es precisamente ajeno el
estilo de los escritos y discursos de Salmerón, cuya nobleza sencilla traduce
sin empaque, antes con fiel apego, la lucidez mental no ofuscada en un sólo
punto”. El sustantivo nobleza
-sustantivo que tiene una sombra de adjetivo- y el adjetivo sencilla, dan cuenta de una
relampagueante percepción de Gaos: Salmerón no busca el brillo propio a costa
de la sabiduría ajena, sino que intenta hacer un servicio transmitiendo,
haciendo más transparente, sometiendo a análisis, un texto -el de Samuel Ramos-
que considera importante. Su labor es eminentemente pedagógica. De ahí la
“nobleza sencilla” del estilo de Salmerón. Tal observación es reafirmada en el
mismo prólogo, en el que Gaos afirma que la de Salmerón es una “filosofía
pedagógica: pues que su reflexión redunda en educación del grupo dentro del
cual y para el cual se hace...”.
La
misma nobleza sencilla -esa humildad del discípulo que se reconoce tal y en su
primera etapa se conforma con aprender- es aplicada por Salmerón en Las mocedades de Ortega y Gasset. En la
Introducción a este libro Salmerón justifica su empresa: “¿Necesitará una tesis
mejor justificación que la de ocuparse con la obra de un pensador que resulta
ser a un tiempo el más relevante y el más problemático, de cuántos se expresan
en lengua española?”. En esta Introducción, el filósofo mexicano se autodefine
como “discípulo directo de todos
aquellos que -tal vez con algún fundamento- han sido señalados en uno de los libros antes citados como mantenedores de la
influencia viva de Ortega en México, o como neoorteguianos”[1].
El
proyecto de Salmerón al enfrentarse al primer Ortega -periodista, político y
pedagogo, gran orador y conversador insigne, pero primordialmente profesor de
filosofía- fue sacar en limpio y en claro, sin trampa alguna, las ideas que
dominaron a Ortega durante la etapa que va de su uso de la pluma y de la voz
hasta 1914, fecha en que publicó Las
mocedades del Cid. Por ello fustiga a los que podríamos llamar los
analistas al vapor, que de unas cuantas citas quieren armar todo un sistema,
para dejar diseccionado -o más bien masacrado- un cuerpo de ideas, como el de
Ortega, que constituye un universo dinámico, complejo e incluso contradictorio
en su evolución:
Este
ensayo ha nacido, más que del deseo de intervenir en la vieja disputa sobre el
valor y el alcance filosófico de la obra orteguiana, de una firme desconfianza
frente a todos aquellos estudios, hijos menos del entendimiento que de la
imaginación, que confiados a unas cuantas citas intencionadamente espigadas de
entre la obra inmensa de un filósofo, presentan una interpretación más
brillante que exacta, más elocuente que fiel. Cuando con el pretexto de
descubrir el más profundo significado de una doctrina, se arrancan de los
textos frases aisladas para bordar sobre ellas novedosas y ágiles
interpretaciones, se olvidan a menudo que un mismo concepto suele tener en un
autor sentidos diferentes y hasta opuestos, según el contexto en que se
encuentren. Estos olvidos, que se fundan, sobre todo, en una consideración
superficial de los textos sobre los que ha renunciado previamente al estricto
análisis, acaban por arrebatar toda autoridad a las más agudas
interpretaciones.
He
aquí de nuevo la paradójica humildad de Salmerón, engarzada en la tranquila
certeza de sus fuerzas, de su paciencia, de su necesidad de hacer las cosas
bien para entender correctamente a Gasset, de modo que al convertirse en el
perfecto discípulo, pueda ser también el perfecto maestro: el que entiende, el
que transmite, el que hace las cosas bien y disfruta de la sabiduría arduamente
conquistada.
Sancho
Panza en un célebre pasaje del Quijote - que viene a cuento en este ensayo,
como las perlas a la sarta, puesto que si Salmerón fue discípulo de Gaos y éste
de Ortega, Ortega lo fue de Quijote con la tranquila naturalidad con que se
organizan las afinidades de los hombres que han conformado lo que podríamos
llamar el auténtico espíritu del mundo hispánico—replica a su amo cuando este
lo manda a dormir y a soñar sueños terribles a manera de castigo: “Dónde me
manda su merced a dormir puedo aceptarlo, pero no la sustancia de mis
sueños...” Así Salmerón, que quiere entrar en las ideas de Ortega a su manera,
que es la manera de los juiciosos: paso a paso, sin brincar etapas. Por eso es
que Salmerón no se ocupa de revisar toda la obra de Ortega, sino solamente la
de sus mocedades.
Atreviéndonos
a simplificar casi hasta el absurdo podríamos decir que en México hay dos
escuelas del ensayo: la de Alfonso Reyes -en la que prima la claridad y
elegancia de la exposición en busca de conclusiones precisas; y la de Octavio
Paz, que va enlazando metáforas poéticas, en ocasiones confusas, en busca de
verdades difusas. Reyes fue afín a Ortega, pues privilegiaba el sosegado
caminar de la prosa al salto olímpico de la metáfora. Salmerón como ensayista
fue más hijo de Ortega y Reyes, que cercano a Octavio Paz.
La
intención manifiesta de Las mocedades de
Ortega es buscar “un comentario auténtico, hacer un intento de seguir con
fidelidad los conceptos fundamentales aclarando sus sentidos en cada contexto,
un intento de explicar a Ortega por sí mismo”.
De
la filosofía de Ortega, Salmerón destaca la importancia que da a lo
circunstancial, la historicidad de la filosofía, y en últimas, el carácter
práctico de la filosofía, su importancia en la educación de los pueblos. El
filósofo es un maestro de la vida, un maestro de su tiempo, no una entidad
olímpica que inventa o descubre un sistema perfecto, al cual deben obedecer
cada una de las partes y cada uno de los hombres. Ortega fue ese tipo de
maestro, y quisieron serlo también Gaos y Salmerón. De ahí que Gaos, termine su
prólogo a la segunda edición de Cuestiones
educativas y páginas sobre México, remontándose hasta Platón “quien, como
ninguna otra figura de la historia de la cultura humana, encarna la
identificación de filosofía y paideia - que pudiera servir de lema a
los trabajos y los días de Fernando Salmerón.
En
el estilo de escritura -pues hay muchos estilos en un hombre- podríamos decir
que Salmerón es hijo del Descartes del Discurso
del método. A medida que afronta un tema va apartando lo accesorio para
quedarse con lo medular. Divide el problema y lo estudia parte por parte. Son
frecuentes en sus textos filosóficos frases tales como “pero no nos ocuparemos
en este lugar del tema”, “dejemos a un lado la consideración de este asunto,
que se aparta de nuestras intenciones”, etc. No afloja la tensión, como lo
hacía su maestro Ortega y Gasset, que se permitía introducir “ocurrencias” o
generalizaciones, que aligeraban sus textos y les daban un tono coloquial.
Francisco
Miró Quesada, profesor de la Universidad de Lima, en su ensayo “Fernando
Salmerón: filósofo, racionalista y maestro”[2]
afirma que el cordobés es un filósofo no enfático, aparentemente dubitativo,
que parece que se hace autoobjeciones antes de escribir cada palabra. Y explica
las razones de esta actitud diciendo que “se debe a que Salmerón marcha
cuidadosamente”. En efecto, tal es el tacto de Salmerón al escribir que uno lo
imagina asentando con extremo cuidado un pie, meditando luego, para proceder a
asentar el otro pie, en una marcha lenta pero segura. Miró Quesada hace otra
observación bastante acertada, al compararlo con su maestro directo, José Gaos:
“Gaos, a pesar de ser un filósofo de pies a cabeza, no creía en la filosofía.
Para él la filosofía era una aventura personal. En cambio el joven Salmerón sí
creía en la filosofía y por eso quería ser filósofo”. Seriedad es una palabra
que sentaba muy bien a Salmerón. Otra, acaso, formalidad.
Pedro
Stepanenko, de la UNAM, en otro ensayo incluido en el volumen anteriormente
citado, destaca la “gran desconfianza de Salmerón ante cualquier audacia
interpretativa de los textos clásicos”. Dice que “no soportaba desviaciones del
tema” y que sus discípulos “debían ir interpretando párrafo por párrafo”.
3. SALMERÓN Y LA
UNIVERSIDAD
En
el discurso pronunciado en 1956, durante su rectorado en la Universidad
Veracruzana, Fernando Salmerón expresó su preocupación humanista en vistas a
los objetivos que debe cumplir una universidad: no se trata solamente de que la
institución solucione problemas prácticos del entorno, sino que reflexione. Usando como vehículo las palabras
de R. Hutchins[3]
Salmerón señaló que...
la
Universidad se funda en el supuesto de que en algún lugar del Estado debe
existir una organización cuyo propósito sea meditar profundamente sobre los problemas
intelectuales más importantes. Su finalidad es iluminar todo el sistema
educativo y contribuir a aclarar las grandes cuestiones que se plantean los
pensadores y los hombres de acción. No basta con transmitir, más o menos
fielmente, las experiencias y las triquiñuelas de los viejos oficios liberales;
ni siquiera es suficiente con dominar el contenido intelectual de las
profesiones: el gran problema de la Universidad es la creación intelectual, la
investigación y el progreso científico. La verdadera tarea de la Universidad es
pensar.
En
su ensayo Misión de la Universidad,
publicado en 1930, Ortega y Gasset analiza la situación en que se halla la
universidad española, destacando que se privilegia el profesionalismo y la
investigación y que se deja como aspecto secundario lo que se ha llamado la
cultura general. Tal relegación, levanta las protestas de Ortega, quien
considera que antes de preparar a los estudiantes para ejercer una profesión y
para investigar en el campo científico, se debe dar una preparación para la
vida, en la que la cultura general sea el eje fundamental. “Cultura es lo que
salva del naufragio vital”, escribe, “lo que permite al hombre vivir sin que su
vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento”. Agrega que “al
deslindarse la enseñanza de la cultura, privilegiando el profesionalismo y la
investigación científica, se ha creado el nuevo bárbaro, retrasado con respecto
a su época, arcaico y primitivo en comparación con la terrible actualidad y
fecha de sus problemas. Este nuevo bárbaro es principalmente el profesional,
más sabio que nunca, pero más inculto también -el ingeniero, el médico, el
abogado, el científico”. La conclusión a la que llega Ortega y Gasset es que
“es ineludible crear de nuevo en la universidad la enseñanza de la cultura o
sistema de las ideas vivas que el tiempo posee. Esa es la tarea universitaria
radical. Eso tiene que ser, antes y más que ninguna otra cosa, la Universidad”.
Hoy,
43 años más tarde, gracias a los privilegios del tiempo, podemos ver cuánto
calaron las palabras de Ortega y Gasset en Salmerón y cómo hallaron tierra
fértil para levantar una institución como la Universidad Veracruzana que ha
sido a lo largo de los años una especie de Academia de Atenas, en la que se
reunieron los sabios para crear la literatura, las artes, las ciencias, que han
alimentado el espíritu del estado de Veracruz y proyectarlo hacia el mundo.
Sin
buscar el refugio de la retórica oficialista y sin triunfalismos, podemos
verificar en la Facultad de Filosofía, en el trabajo editorial, en de la
Facultad de Música, en revistas como La
Palabra y el Hombre, que los ideales de Salmerón y de Ortega se han cumplido,
si no a cabalidad, en una dinámica que se acerca a la excelencia. Sin esquivar
los inevitables vicios que son una permeación de los vicios políticos del
sistema mexicano -particularmente los encarnados en un sindicalismo viciado, un
profesorado en ocasiones mal preparado y un cuerpo de investigadores no del
todo responsable- la Universidad Veracruzana ha conservado una prestigio ideal, que se basa en el trabajo
auténtico de unos cuantos.
Salmerón
trata de precisar en el discurso de inauguración de cursos de la Universidad
Veracruzana en 1956 los problemas de la Universidad, que son también los de las
otras universidades de México, y los del país en su conjunto, de la misma forma
que el Ortega trataba de precisar problemas de España -el personalismo, el misticismo,
la falta de disciplina y la incapacidad de colaboración, el individualismo y la
falta de un nacionalismo-. Salmerón saca en claro en el primer ensayo sobre las
mocedades de Ortega que ésos son los problemas básicos del España y termina
enunciando una especie de verdad universal, poética, que tiene que ver tanto
con España como con México: “No existe una ciencia, sino hombres de ciencia; la
ciencia española es indisciplinada, bárbara, mística, errabunda: es ciencia
romántica”.
Tal
vez sutilizando la categoría mística,
podríamos decir que la ciencia mexicana comparte y ha compartido los mismos
problemas, con el agravante de que a lo místico, se ha agregado un ingrediente
que la ha hecho más compleja: lo mítico, lo étnico propiamente dicho, el pasado
prehispánico, que ha dado un color local a la ciencia, al arte, a la vida en
general, más en este país que en ningún otro de las Américas.
La
idea de que existe una raza mexicana idealizada o caricaturizada por la
expresión “de bronce”, ha servido como motivo de orgullo y a veces escarnio, a
la concepción de que México es una nación bien determinada, con características
propias, a las cuales debe atender cualquier filosofía que acate las ideas de
Ortega: no se puede o no se debe hacer filosofía sin tomar en cuenta la
circunstancia. Cualquier intento de concretar una filosofía mexicana, debe
partir de un reconocimiento de las raíces culturales, geográficas y
espirituales.
4. LOS PROBLEMAS DE LA
CULTURA MEXICANA
En
su comunicación al Seminario de Cultura Mexicana, que Fernando Salmerón tituló
“Los problemas de la cultura mexicana desde el punto de la filosofía”, se
coloca una piedra angular, que puede parecer una paradoja hermética al lector
poco acucioso: “La pregunta por los problemas de la filosofía mexicana podría
responderse de la siguiente manera: los problemas fundamentales de la filosofía
mexicana actual son los problemas de la filosofía, pura y simplemente”. Para
destramar su planteamiento lapidario, Salmerón hace un recorrido fulgurante y
acertado por lo que llama “nuestra realidad”, hasta llegar a los años cuarenta,
en los que, afirma, campea una “ingenua conciencia nacionalista”. Tras la
revolución, en el tránsito hacia una nación industrializada, hubo un caudal de
producción filosófica empeñada en concretar teóricamente una filosofía del
mexicano. Sin abominar de esta corriente, más bien valorando su papel, que ha
permitido el autoconocimiento -con el desarrollo de la corriente indigenista en
la pintura mexicana, de las tendencias nacionalistas en la música sinfónica, en
el teatro, en la literatura-, Salmerón aboga por una inmersión de la filosofía
mexicana en el mundo de la filosofía a secas. “Nuestro tiempo no tiene aún una
idea clara de sí mismo, no tiene una acabada concepción del mundo”. Salmerón
plantea los peligros que acarrea una optimista y superficial imposición de un
nacionalismo a ultranza y en cierta manera a espaldas, o soslayando, la
necesaria integración que todo país y toda filosofía debe tener con el resto de
los países y de las filosofías. Hace falta que los filósofos reflexionen sobre
la necesaria integración de lo mexicano al mundo, para evitar un solipsismo
pernicioso, un aislamiento cultural e incluso económico.
Acudir a
una metafísica, a una concepción del mundo, no puede consistir en acercarse a
un cuerpo de doctrina previo a toda reflexión filosófica a partir de la cual
podamos “deducir” una idea de la cultura
o de la historia. Sino todo lo contrario, la concepción del mundo, la
filosofía de nuestra época es algo que solamente puede surgir de la reflexión
filosófica misma.
El
párrafo anterior halla su realización práctica -su normatividad- en el
siguiente, que de alguna manera, fija tareas específicas a los filósofos
mexicanos: no se trata solamente de describir una circunstancia, sino de
entenderla y elevarse hasta una metafísica, que vincule lo mexicano a lo
universal:
Y si los
mexicanos vivimos la misma historia universal que el resto de los hombres y
estamos comprometidos como ellos en la misma aventura, nuestro esfuerzo
filosófico debe contribuir a desentrañar la nueva concepción del mundo, la
filosofía de nuestra época, a partir del estudio de los fenómenos que nos son
más inmediatos. El planteamiento riguroso de los problemas concretos de nuestra
circunstancia, desde el punto de vista de la filosofía, no puede permanecer en
la pura contemplación y descripción de tales fenómenos concretos, sino que ha
de consistir en penetrarlos con tal hondura que no podamos menos que responder
a sus cuestiones con toda una metafísica, con toda una concepción del mundo,
dentro de la cual puedan integrarse la filosofía de la cultura y de la historia
de México.
Por
eso, precisamente es que la comunicación de Fernado Salmerón, se inicia con la
frase lapidaria, en la que la filosofía de México se plantea no como una
filosofía, sino como La Filosofía: “Los problemas del pensamiento mexicano
actual son los problemas de la filosofía pura y simplemente, los problemas de
la filosofía, sin más”.
5. LAS FUENTES DEL PENSAMIENTO DE
FERNANDO SALMERÓN
He
aquí dos corrientes que tiran de Fernando Salmerón, como tiraron del primer
Ortega y Gasset: la de una necesaria imbricación de la filosofía con el paisaje
nacional, y la de la integración con el mundo de la cultura universal:
nacionalismo y cosmopolitismo. El México nacionalista, romántico y en cierta
forma bárbaro, frente a la industrialización, la internacionalización y la
política trasnacional, corresponde con la España castiza, mística,
individualista, enfrentada a la ciencia y las filosofías alemana y francesa,
que son la punta de lanza de la civilización occidental en tiempos de las
mocedades de Ortega. Según Salmerón, México debe superar “la ingenua conciencia
nacionalista” para alcanzar una madurez filosófica que sitúe al país en el
mundo, no en las fronteras estrictas de su propio paisaje.
De
la misma forma que Salmerón propugna por un equilibrio entre la introspección
nacionalista y la proyección al mundo de las ideas vigentes en el exterior, ya
Ortega y Gasset señalaba al referirse a la necesaria reforma de la universidad
española:
No censuro
que nos informemos mirando al prójimo ejemplar; al contrario, hay que hacerlo;
pero sin que ello pueda eximirnos de resolver luego nosotros originalmente
nuestro propio destino. Con esto no digo que hay que ser “castizo” y demás
zarandajas. Aunque, en efecto, fuésemos todos -hombres y países- idénticos,
sería funesta la imitación. Porque al imitar eludimos aquel esfuerzo creador de
lucha con el problema que puede hacernos comprender el verdadero sentido y los
límites o defectos de la solución que imitamos. Nada pues de “casticismo” que
es, en España, pelo de la dehesa. No importa que lleguemos a las mismas
conclusiones; lo importante es que lleguemos por nuestro propio pie, tras
personal combate en la cuestión sustantiva misma.[4]
Ortega
hace énfasis en la necesidad de ser auténtico, idea que Salmerón asume
enteramente. Esa autenticidad nace de haber transitado cada nación, por su
propio paso, las vías que han de llevar a la solución de sus problemas, sin dejar
de lado aquello que pueda contribuir a su desarrollo, viniendo de otros países.
“Búsquese en el extranjero, información “, dice Ortega, “pero no modelo”. Un
ojo al gato y otro al garabato, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo
alumbre, tener el pájaro en la mano y la mira puesta en el ciento volando.
El
segundo problema que explora Salmerón en Ortega y Gasset se refiere al
europeísmo frente al casticismo, que tiene su contraparte a nivel mexicano en
el enfrentamiento entre el nacionalismo y el cosmopolitsmo. Los españoles deben
dejar su etnocentrismo, basado en una romántica consideración del mundo, de la
misma forma que los mexicanos deben abandonar su tendencia radical hacia el
nacionalismo y considerar los aportes que el resto del mundo puede dar a la
nación.
Los
aportes señalados anteriormente, que Salmerón encuentra en su maestro Ortega y
Gasset, le permiten proyectar en su patria, una universidad menos cerrada en sí
misma, que se abrió a las corrientes impetuosas de la cultura universal. La
influencia de Ortega y Gasset en el pensamiento de Fernando Salmerón fue
determinante en la filosofía que guió los cambios humanistas en la Universidad
Veracruzana y en otras instituciones. Así es como vemos que comienzan a
publicarse libros de Gaos, de Forster, de escritores polacos, norteamericanos,
españoles, de latinoamericanos, y como al fundarse y crecer la orquesta
Sinfónica, se traen músicos de diversas nacionalidades, que hacen escuela; se
funda la Facultad de Filosofía y Letras; aparecen revistas que alcanzan
repercusión internacional.
Me
parece que no se ha escrito hasta la fecha un ensayo que haya seguido la
evolución del pensamiento filosófico de Salmerón, de manera tan sintética,
efectiva y clara, como el llamado “La Filosofía de Fernando Salmerón”, cuyo
autor es Alfonso Avila del Palacio[5]. Es
por ello que me permitiré la libertad de glosarlo en sus puntos más
importantes: Salmerón se formó con discípulos de Ortega y Gasset,
particularmente con Gaos. Estudió la primera época de Ortega de manera
minuciosa y llegó a la conclusión de que la única originalidad de Ortega fue el
concepto de “circunstancia”, que no fue novedad en la historia de la filosofía,
pero sí en España e Iberoamérica. Concluye que a Ortega le preocupaba el atraso
de España, debido al poco cultivo de la ciencia y a la falta de espíritu
crítico. Salmerón buscó a partir de los anteriores puntos una filosofía ligada
a la ciencia y la encontró en Brentano y Husserl. Recogió la bandera de Ortega
convirtiéndola en una preocupación de México e Iberoamérica. Salmerón hizo una
filosofía de la cultura para entender su propia circunstancia y una filosofía
de la educación para educar a México, así como Ortega pretendía educar a
España. Pero, afirma Avila del Palacio, Salmerón no se quedó en Ortega y
Husserl, sino que recurrió a los neokantianos. El espíritu escéptico de
Salmerón lo condujo a la filosofía analítica. Mediante ella analizó diversos
problemas vinculados con la cultura, al educación y la misma filosofía en
México.
A
partir de las anteriores afirmaciones cabría preguntarnos por la identidad de
Salmerón: ¿fue un filósofo analítico? Lejos de las grandes teorizaciones, de
las especulaciones omniabarcantes; distante también de las estrictas
clasificaciones aristotélicas, podríamos concluir que en efecto: fue un
filósofo analítico, pero no un filósofo típico, profesional, ocupado en un
pequeño mundo, sino un filósofo que quiso crear una filosofía de su tiempo: su
vinculación a la educación, sus preocupaciones de orden moral, tienen que ver
con un filosofar más amplio, más importante, que intenta hacer que el hombre
viva mejor.
Pero
Salmerón estuvo atado por la camisa de fuerza de un excesivo respeto al método:
no se lanzó a grandes especulaciones, no se permitió libertades de imaginación
o literarias, como sí lo hizo Ortega y Gasset. Nos atrevemos a aventurar la
hipótesis de que la modestia le impidió lanzarse al planteamiento de un
sistema. Pero los pasos que dio, los dio sobre un terreno sólido. Con ello
contribuyó a desarrollar en México y Latinoamérica una tradición filosófica de
respeto: lo atestigua el ya citado volumen Homenaje
a Fernando Salmerón..., en el que cincuenta de los filósofos más eminentes
de lengua castellana se ocupan de estudiar su obra y sus temas.
6. FERNANDO SALMERÓN: EL HOMBRE AUTÉNTICO
Vale
la pena indagar de nuevo qué fue Salmerón. Si filósofo en el sentido estricto,
o pedagogo; si administrador o profesor, si político o divulgador de los
diversos campos que abarcó su actividad, si ensayista o mero comentador de
teorías ajenas. Si nos remitimos al mero testimonio de los actos que emprendió
durante su vida, hemos de aventurar que fue todo lo anterior y acaso algo más.
Podemos sí afirmar, porque lo expresó claramente, que quiso ser un hombre
auténtico, en el sentido en que su maestro esencial, Ortega y Gasset, lo
enunció en un artículo titulado precisamente “El hombre auténtico”.[6]
Una
nueva tesis que podemos arriesgar en este ensayo es que Fernado Salmerón logró
cumplir con su mandato interior: fue, en efecto, un hombre auténtico. Para
Ortega el hombre auténtico es el
filósofo, el que trata de crear una palabra con la cual enuncie la verdad, o
una verdad, que no había sido enunciada en el lenguaje de su tiempo o del
pasado.
Para
determinar si Salmerón fue ensayista veamos lo que uno de los filósofos más
eminentes de la filosofía hispánica escribió sobre el ensayo en su texto -que
sin duda es un ensayo, y espero se me disculpe esta reiterada reiteración de la
palabra- “Ensayo sobre el ensayo”:[7]
Eduardo Nicol afirma que las reglas generales del ensayo podrían ser: 1) que
prohibe decir algo que no se entienda enseguida; 2) que se dirige a la
generalidad de los cultos y que se ocupa de la generalidad de los temas en un
estilo de tipo general 3) que elimina los aspectos técnicos.
En
estos términos, podemos concluir que Salmerón sí fue un ensayista, y un
ensayista eminente, como lo demuestran, por ejemplo, sus trabajos sobre las
mocedades de Ortega y los que aparecen en su libro Enseñanza y filosofía. El modelo de Salmerón fue, sin duda Ortega y
Gasset, cuya perspicacia y don, fueron demostrados en una obra que no tiene
comparación si no se recurre a nombres tan irrefutables como los de Alfonso
Reyes o Jorge Luis Borges. Refiriéndose a este mismo aspecto de la relación ensayista-filósofo,
pero tomando como base a Ortega y Gasset, Eduardo Nicol escribe:
El
carácter magistral de los ensayos de Ortega no debe nadie reconocerlo como a
regañadientes -como si este mérito compensara de otras deficiencias-, sino que
debe proclamarse más bien con acentos de reivindicación. Aunque parezca
extraño, quienes están mejor dispuestos a ensalzar a Ortega propenden más bien
a señalar el valor literario de su obra y su valor filosófico (...) Pero séanos
ahora permitido, sine ira et studio,
aventurar la opinión de que Ortega, cuya mente era ciertamente muy compleja, se
inclinaba vocacionalmente hacia el ensayo, más que hacia la filosofía
teorética, y encontraba en este género la forma adecuada, la primitivamente
preferida por su genio personal, para pensar y expresar su pensamiento. Incluso
cuando trató de hacer filosofía sistemática, las incidencias de cada desarrollo
tomaban involuntariamente el carácter, la tonalidad, el estilo, el itinerario y
hasta la fraseología propia del ensayo; de suerte que el desarrollo entero de
cada obra aparece como una sucesión de breves, confinados, brillantes ensayos,
más que como el camino uniforme, regular, proseguido, de una investigación
metodológica[8].
El
arduo título de filósofo tampoco se lo podemos negar sin desdoro a Salmerón,
como se atrevió a negarlo a Ortega y Gasset, Eduardo Nicol. Aunque otras
labores distrajeron al cordobés del ejercicio estricto de la más alta de las
disciplinas humanas, Salmerón fue filósofo. Ser filósofo no implica solamente
ejercer el razonamiento sobre una serie de problemas de orden trascendental,
sino crear, sobre esos problemas un cuerpo de teorías que se organicen en un
sisetma original, cuya piedra de toque serán el tiempo y los efectos que estas
teorías tengan sobre la evolución de la humanidad. En este sentido Salmerón fue
más discípulo y divulgador, que creador de teorías, aunque no descuidó hacer
reflexiones fundamentales sobre diversos temas.
Algo
que sí tuvo Salmerón en grado superlativo, fue capacidad de análisis, que
aplicó a temas de su interés que también eran temas de interés de la nación
mexicana. Basta la lectura del ensayo
“Los filósofos mexicanos del siglo XX” para descubrir con cuánta nitidez sabe
discernir lo importante de lo accesorio, cómo tiene un control preciso sobre
las fuentes, de qué manera no trata de imponer sus ideas sobre las de los
demás y con cuánta elegancia pone su
lucidez mental al servicio del lector. No puede uno evitar el recuerdo de la
lectura de El Discurso del Método, al
ver la manera en que discurren los razonamientos, sólidamente engarzados unos
con otros y dirigidos por una idea matriz que sólo se descubrirá al final. De
forma clara y distinta el autor va delimitando el papel que, a su juicio,
cumplieron Gabino Barreda, Justo Sierra, José Vasconcelos, Alfonso Caso,
Alfonso Reyes, en la conformación de un cuerpo de ideas que, ya sea fueran
motores de los eventos o se sucedieran de ellos, fueron influyendo en los
rumbos de la política, la educación o la filosofía mexicanas.
Al
respecto vale la pena reproducir el juicio que hace a la labor y a la obra de
José Vasconcelos, tal vez el más grande, o por lo menos el más ambicioso, de
los utopistas mexicanos:
Pero
Vasconcelos piensa que ha engendrado con su vivir el sistema, como crean poemas
al cantar los poetas. Y en este asunto la lectura de sus obras parece confirmar
el pensamiento: los escritos autobiográficos pueden resultar apasionantes, pero
en ningún momento descubren la relación directa con el contenido del sistema
filosófico; de la misma manera que el sistema no parece presentar demasiados
puntos de contacto con la circunstancia histórica en que se movió Vasconcelos
el político (...) Mas en la restauración de
la libertad y el humanismo, en la búsqueda del carácter nacional y de
las raíces de la tradición perdidad, Vasconcelos, que ve en el positivismo una
filosofía expresiva del carácter anglosajón, se proponía elaborar una filosofía
propia que sea a la vez de validez universal y salvadora de la circunstancia
hispanoamericana[9]
Al
notar la debilidad del sistema de ideas que pretende fundar a la manera
hegeliana Vasconcelos en su muy pretenciosa y abultada obra, subordinándo todas
las ideas a una especie de espíritu absoluto, pero mezclando casi de manera
indiscriminada conceptos de diversas ciencias, mitologías, religiones, Salmerón
descubre las cartas ocultas con audacia y se atreve a juzgar, con entera
conciencia, sin temor a herir susceptibilidades: reconoce la monumentalidad del
proyecto vasconcelista, pero no deja de destacar sus endebles cimientos. La
nobleza, la sencilla nobleza que caracteriza el estilo literario y el estilo de
vida de Salmerón, le impide, sin embargo, descalificarlo:
No
obstante, su empresa filosófica era importante y noble, y la pasión puesta en
ella no estuvo por debajo del propósito. Esta circunstancia, y el que sus
páginas estén escritas en un tono valiente y libre de varonil desenfado, con la
apariencia de ofrecer al lector a cada paso el recinto último de la
personalidad del autor, es lo que hizo de éste, uno de los escritores más
leídos de los últimos años.
La
impresión final que se tiene tras la lectura de las páginas de Salmerón
dedicadas a Vasconcelos es que el cordobés lo consideraba un sofista, tanto en
el sentido peyorativo del términ o
como en el histórico: un hombre que supo ajustar sus teorías más a las
circunstancias personales que a las del entorno, un hombre que hizo de su
circunstancia un sistema y que quiso exaltar e inventar una raza para exaltar e
inventarse a sí mismo. De tal balumba de intenciones, teorías y actos, Salmerón
destaca la labor que Vasconcelos acometió como Ministro de Educación, el
impulso a la lectura, la vehemencia de un nacionalismo que contribuyó a dar un
perfil definido a la nación post revolucionaria e incluso la ambición
filosófica monumental que desembocó en una especie de summa sin parangón en la
filosofía latinoamericana, con su ética, su estética y política, que ocupan
ingentes espacios en los estantes de las bibliotecas y acaso mantengan (como
escribió Renato Leduc) culiatornillados a unos cuantos eruditos.
Valga
el largo circunloquio dedicado a Vasconcelos para ejemplificar la forma
apasionada, pero en uso de razón analítica, con que, paso a paso, Salmerón
coloca a un filósofo sobre su mesa de disección. El historiador de la filosofía
Patrick Romanell, coincidió con Salmerón y, años antes, supo cifrar en una
frase lo que consideraba era la más alta aspiración de Vasconcelos:
Dice:”Vasconcelos tomó tan en serio la filosofía y tan literalmente a Platón
que quería ser el rey-filósofo de México”.
Es
posible que en el mesianismo de Vasconcelos, Salmerón haya reconocido sus
propios límites, y en la intermitente sagacidad de Ortega, la sabiduría de que
se puede aspirar a decir algo valioso, sin pretender el título pomposo de
filósofo universal.
Después
de hacer un vuelo de pájaro con mirada de águila sobre las ideas, las
perspectivas y los efectos sociales, filosóficos y políticos producidos por las
obras de Vasconcelos, Antonio Caso y Samuel Ramos, Salmerón de alguna manera hace
la labor de baqueano, olfateando el rumbo que va tomando la filosofía mexicana
(lo que es una manera de expresar sus propias ideas, sus expectativas):
Pero el
breve lapso estudiado muestra los esfuerzos del pensamiento por adecuarse a una
realidad cambiante, y en esto reside su mayor excelencia. La realidad ha
permitido, sin embargo, mantener una tendencia perdurable que culmina en un nuevo humanismo, que se presenta a sí
mismo como un adecuado reflejo de las aspiraciones de la Revolución Mexicana.
El estudio del hombre de México y los esfuerzos educativos por corregir sus
vicios de carácter, manifiestan la decisión clara de ir definendo un tipo de
hombre más humano y más digno de áquel que fue posible realizar bajo el
porfirismo. Pero sobre todo, un tipo de
hombre que no es sino una entidad modificable y llena de posibilidades que
constituyen una responsabilidad común.[10]
Puesto
que el tiempo fluye de manera despiadada y las obras del tiempo son, quiérase o
no, perecederas, particularmente en lo que se refiere al hombre, no podemos
concluir de manera definitiva si se cumplieron las predicciones de Salmerón; si
están en vías de cumplirse o simplemente quedaron convertidas en letra muerta.
Podemos deducir que ese nuevo humanismo, si bien no se difundió por todo el
país, ni constituyó una escuela filosófica dominante, por lo menos dio fruto en
algunos hechos, a los que estuvo vinculado Fernando Salmerón: fundación de
escuelas y facultades, creación de grupos artísticos, planteamiento de nuevas
políticas educativas.
Esta
tendencia filosófica, la del nuevo humanismo, que surgió con el Ateneo de la
Juventud y que recibió el apoyo entusiasta de Salmerón, resulta ser
consecuencia natural de aquella reacción contra el positivismo que fuera la
filosofía oficial durante los períodos dominados por Porfirio Díaz; también fue
el resultado de la lucha entre el nacionalismo y el cosmopolitismo: es, o
quiere ser, a los ojos de Salmerón, una síntesis que incluye y de alguna manera
supera las anteriores filosofías dominantes. Como lo afirma Patrick Romanell,
en su libro La formación de la mentalidad
mexicana, la filosofía mexicana alcanzará su mayoría de edad cuando los
mexicanos vean el mundo desde el punto de vista mexicano. A esta mayoría de
edad contribuyó Fernando Salmerón, no sólo con el apoyo a este nuevo humanismo,
sino con la insistencia en la necesidad de que la filosofía asuma su papel de
método de análisis crítico de concepciones de mundo, creencias e implicaciones
de los avances de la ciencia.
[2] Ensayo incluido en un robusto
volumen de 776 páginas titulado Homenaje
a Fernando Salmerón: Filosofía moral, educación e historia, que fue editado
por León Olivé y Luis Villoro y publicado por el Instituto de Investigaciones
Filosóficas de la Universidad Autónoma de México en 1996. El volumen fue
recopilado a partir de las contribuciones que hicieron un numeroso grupo de
amigos, colaboradores y discípulos de Salmerón para celebrar los setenta años
de edad del filósofo. La obra ofrece diversas y fundamentadas perspectivas
sobre el trabajo de Salmerón y sobre los temas centrales a su investigación.
[9]
"Los filósofos mexicanos del siglo XX", en Cuestiones educativas y páginas sobre México, Editorial Universidad
Veracruzana, Serie Humanidades, Segunda Edición
aumentada, Xalapa-México, 1980.
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