Censura al escritor e intervención de García Márquez
septiembre 11, 2013
Los tiempos de Batis en Sábado de unomásuno (VI y última)
1994. Eliminé de El Libro de la Vida casi todas las consideraciones
políticas, los personajes locales pintorescos (Las noches de Ventura y
todo El libro de la vida se
desarrollan en Xalapa, con ocasionales salidas a Colombia, Cuba, Nicaragua, el
D.F.).
De todos modos como
los borradores de El Libro de la Vida han ido publicándose a lo largo de
los años en diversos medios, no me han faltado problemas. Uno de ellos, muy
grave, que tuve a causa de la novela, fue el hecho de que el cronista de la
ciudad de Xalapa promovió un movimiento
para echarme de la Universidad Veracruzana, de Xalapa y del País.
Reconocido como un
xenófobo rabioso que ha utilizado el periódico de su propiedad para calumniar a
varios extranjeros (entre sus víctimas se cuentan Emmanuel Carballo, Jorge
Ruffinelli, a quien sacó en la nota roja como ladrón de niños y tal vez algo
más grave) el actual cronista de la ciudad comenzó a publicar editoriales
instando al rector a expulsarme de la universidad y utilizando una serie de
insultos verdaderamente floridos. Llegó incluso a comprometer su palabra de que
iba a hacer que me expulsaran no sólo de la universidad y de Xalapa, sino del
país.
Para medir el poder
de este señor basta saber que el primer acto de los gobernadores recién electos
en este Estado, es visitar al director del Diario y Cronista de la Ciudad (es
tal la dimensión de la vanidad satisfecha que este señor ya tiene estatua en la
avenida más concurrida de la ciudad, el archivo de la ciudad lleva su nombre,
hay calles con su nombre, escuelas, colonias, camiones de basura). Y es tal la
cobardía de los intelectuales jalapeños que nadie ha protestado por el hecho de
que se haya nombrado cronista de la ciudad a una persona que no tiene la altura
intelectual necesaria. Este señor llegó a cronista porque un alcalde tuvo la
puntada de nombrarlo por decreto.
Pues este es el
enemigo que encontré sin andarlo buscando, solamente porque me atreví a
publicar mis textos eróticos y a ambientarlos en los espacios jalapeños.
Supe que el cronista
no se había limitado a publicar sus editoriales llamándome lo innombrable, sino
que había intrigado con el gobernador para que le pidiera al secretario de
gobernación intercediera ante el presidente, quien sería el único capaz de
emitir el fulminante 33. Me sentí muy honrado de semejantes gestiones, pero
también preocupado. Si hubiera estado soltero por esos días y sin hijos, habría
aceptado jubilosamente el 33, pero con Sebastián recién nacido, debía ocuparme
del asunto.
Inicialmente busqué
el apoyo de varios medios de prensa. Excélsior, Siempre, El Universal, unomásuno estuvieron dispuestos a defenderme.
Luego se me ocurrió que había una mano poderosa que podía frenar
fulminantemente el proceso: Gabriel García Márquez, el papá grande. Como sé que
don Gabo es de difícil acceso, le dije a su secretaria que el asunto era de
vida o muerte y que si no se comunicaba fulminantemente él sería culpable de la
desaparición física del segundo genio que quedaría una vez que los dos hubiéramos desaparecido.
Dos minutos más tarde
escuché su voz.
-¿Ahora qué pasa?
Le conté el asunto
paso a paso, le leí los editoriales del cronista de la ciudad. Le parecieron
espléndidos. "Es un maestro del insulto", dijo. Luego me pidió que le
enviara copia de mis textos para ver si en efecto eran tan violentos y si
podían servir como motivo de expulsión. Pidió que me calmara, dijo que nadie me iba
a linchar ni a expulsatr del país. Dijo que él se encargaría de todo, con una
condición: que me quedara callado, que no divulgara su intervención en el
asunto. Cumplí, la verdad es que cumplí. Han pasado cuatro años y sólo hasta
hoy me decido a contar la historia de una censura fracasada.
García Márquez
también cumplió. Llamó al director de Derechos Humanos, Ortiz Monasterio, quien se comunicó con el secretario de gobernación.
La conexión llegó
justo a tiempo, porque el asunto ya estaba en proceso acelerado rumbo a mi
expulsión. Pronto recibí llamada del director de Derechos Dumanos quien me
apoyó grandemente, no sólo porque G.G.M. se lo hubiera pedido, sino porque
había leído todos mis libros, y era, milagros de la literatura, un admirador
irredento y un aficionado acérrimo a la literatura erótica.
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