Viaje al interior de una gota de sangre, novela de Daniel Ferreira
septiembre 06, 2014
Varios aspectos sorprenden, agradan,
asombran, sirven de disculpa a los pequeños errores salpicados aquí y allá en
la novela Viaje al interior de una gota de sangre
del colombiano Daniel Ferreira. Estos aspectos son de tan disímil calaña o
circunstancia que es necesario tratarlos en apartados y en orden a la
categoría.
Primero que todo debo decir que se trata de
una novela estructurada con tan aceitada precisión, que fluye armoniosamente
(amorosamente) aunque cada capítulo se ocupe fundamentalmente de un personaje o
una circunstancia diferentes, que, a medida que va avanzando la trama, se van
integrando con deleite de joya de orfebre maestro. Todo fluye (confluye) hacia
un centro: la masacre que es perpetrada en un pueblo aislado de Santander.
Los personajes centrales son memorables,
densamente humanos, bella, conmovedora, feroz o repulsivmente humanos: las candidatas
a reinas de belleza, el cerdo narcotraficante que abusa de todos, el sacerdote
revolucionario, todos son personajes dignos de afecto, desprecio o conmiseración, pero particularmente el niño,
un niño que es testigo de matanzas feroces, degüellos, violaciones: a los que
asiste con una frialdad, con una impavidez, a la que sólo puede llegar quien ya
se haya acostumbrado a semejantes desafueros.
Hay una especie de perspectiva
cinematográfica gracias a la cual asistimos a hechos (en general atroces y en
ocasiones delicadamente celebratorios de la vida y la belleza del mundo) pero
sin la mediación de un narrador o testigo que juzgue: las cosas son como son:
no hay más destino que el destino: se asume, se sufre, a veces se disfruta,
pero no se juzga. Ni el autor ni el narrador toman partido alguno. No se
menciona la palabra Colombia, pero se sabe, se presupone: lo que nos lleva a
enmarcar esta historia de terror metafísico en un territorio reconocible: la
Colombia asolada por violencias intermitentes, interminables, despiadadas, inexplicables.
Irigna Delfina, la adolescente que se
sacrifica en el altar de matarife del narco Urbano Frías, es un personaje de
gran belleza, que contrasta con la inhumana sordidez del narco: una especie de
Heliogábalo, que se alimenta de la virginidad de las doncellas del rumbo y que
va construyendo su imperio con enormes extensiones de tierra mal habida, con un
lago y una isla de sacrificios de doncellas, incluidos en
su reino de pacotilla.
Principia la novela: tras una presentación
netamente paisajista que hace pensar que estamos ante una obra serena, pausada,
bucólica (“La carretera es plana,
amarilla, polvorienta, paralela al río, y el sol se pone en la distancia”)
vemos avanzar a dos vehículos erizados de fusiles hacia el pueblo que, en medio
de la feria, la fiesta, el licor, el jolgorio, está a punto de elegir reina de
belleza.
“Búsquenlos y mátenlos a todos, erre; la orden
es buscarlos y matarlos, cambio”, se escucha en la radio.
Así se inicia la novela. A partir de entonces
el tiempo avanza, retrocede, el narrador recapitula: vemos al pueblo a través
de los ojos de las candidatas a reina, de las madres de ellas, del cura pro-guerrillero,
del niño que observa a la mujeres bañarse en el río, el narco.
Esta novela ganó el Premio Latinoamericano de
Novela Alba Narrativa 2011 en Cuba. Otra novela suya, La balada de los bandoleros
baladíes, obtuvo el Premio
Latinoamericano de Primera Novela Sergio
Galindo en México. Las dos pertenecen a lo que Ferreira ha anunciado como Pentalogía Colombia. El éxito de las dos primeras, y el anuncio de
las que vienen hablan elocuentemente de la ambición de este nuevo novelista
colombiano del que (abusando del lugar común) podemos esperar grandes cosas.
1 comentarios
Es casi ilegible el blanco sobre fondo negro.
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