En los últimos meses he estado subiendo, es decir, publicando, en Facebook fragmentos de una novela, HISTORIA DE AMOR, que he guardado por años debido a que no me satisface del todo. Sé que en ella hay algo que tarde o temprano descubriré y que podré cristalizar una obra de algún valor. Varios "amigos" de Facebook han seguido la publicación pero ha habido pocos comentarios. De todos modos ha habido un feedback interesante que me servirá para concretar la novela que posiblemente pueda terminar a fines de este año. Para ilustrar las publicaciones en Facebook he tomado cuadros y fotos de la red. Aquí están algunos de ellos.
Chacha Grey. Al
cumplir nuestro héroe los 85 años, su mujer, es decir, mi mujer, que tenía 68 y que ya lo había vivido todo
conmigo... tooodo, y cuando digo todo es todo, me dijo, mira, viejo, esas cosas
del amor húmedo me parecen una asquerosidad, de modo que olvídate del
tradicional mete y saca, insaculación, fornicio, yogada o como quieras llamar a
esas indecentes actividades (no se acordaba, ay, mi mujercita, cuánto nos
divertíamos durante varias décadas de azotar lechos de placer pasajeros en
hoteles de todos los pelajes y a cuántas alturas de delirios llegamos y el
entusiasmo que ella ponía en hacer del delicioso ajetreo la necesaria obra de
arte que requiere el erotismo cuando va
acompañado de amor verdadero, limpio y
sin tacha) dedícate, me dijo mascando un ajo, a la natación o a bailar el trompo o a
torturar a los vecinos con el violín, peeero, conmigo no cuentes. Eso dijo, lo
juro. Y yo, que soy comprensivo y que sé que la ley básica de la felicidad es
aceptar que hay temporadas de cosecha y temporadas de sequía, aunque a mis 85,
repito con orgullo, todavía conservaba arrestos para unos cuantos revolcones,
acepté que a mi amada ya no le atraía el asunto y que lo mejor era buscar otros
rumbos, eh. Pero no, no busqué amante, ni a la vendedora de jugos de La Rotonda,
ni a la niña basquetbolista ni a alguna aspirante a escritora, todas ellas
prospectos (imaginarios, dice mi mujer: ¿quién va a querer acostarse con un
vejete cojitranco de pulso tembeleque, y tal vez tenga razón) sino que me
encerré en mis rutinas, lo que hay que decirlo, no fue suficieiente para
espantar al demonio de la concupiscencia, que comenzó a visitarme por lo menos
una vez a la semana, se me aparecía en visitaciones que me perturbaban el sueño
y que no terminaban por desaguar los naturales fluidos de mi cuerpo, un cuerpo
todavía tercamente vigoroso, sino que simplemente elevaban el nivel de mi
cobija sin llegar a mancharla. De modo que obligado por el famoso demonio, comencé
a buscar compañía en mis lap tops, las dos Mac, aclaro y presumo, una
MacBook Pro y otra MacBook Air y estuve retozando varios meses a razón de una
vez por semana con algunas amiguitas que cumplían su cometido pero que me
dejaban un agridulce sabor a pecado e insatisfacción. Me sentía, hmmm, un viejo tan verde que comenzaba a oler a
pescado conservado en salmuera. Y eso sucedió hasta que dí con la mujer de mi
vida o mejor digamos, con la amante virtual que supo recuperar para mí un aire
de inocencia que no abandonaba la dosis necesaria de indecencia que le da buen
sabor al buen caldo. Se llamaba, se llama Sasha Grey la individua.
Se llamaba o se hacía llamar Chacha Grey y
tenía, o tiene, una expresión de pureza, una mirada limpia, una simetría de
facciones que haría palidecer a la Inmaculada Concepción de Murillo y a todas las
vírgenes del virgenario. Pero, amigos,
ya en pleno ejercicio de su profesión de actriz propiciadora de los más feroces
deleites masculinos, recorrió desde su primera entrevista a los 17 años,
después de decirle a su madre cuando la donosa señora le preguntó, hija, ya es
hora de que me digas qué quieres ser en la vida y de responderle con la
seguridad de quien ya ha leído el guión entero de su destino en el famoso Libro
de la vida, mami, lo que yo quiero ser
es actriz porno, respuesta que si no le hizo reventar el corazón en el pecho a
la evangélica señora, tampoco molestó al padre de Chacha, quien le dijo sin
dejar de acunar entre las gordas piernas su Budweiser y entre sus gordos dedos su
puro cubano extralargo, mijita, si eso es lo que quieres, adelante, no voy a
ser yo quien me oponga. De modo que con buen viento (su madre sobrevivió al golpe
de la revelación y su padre le dijo, mamita, yo mismo voy a ser tu primer
cliente) zarpó rumbo a Los Ángeles donde tuvo su primer casting frente a un hombre
maduro, macizo y bonachón que quiso abordarla con delicadeza pero que ella
tergiversó llegándole directamente a la bragueta con un arte de sabiduría
prenatal que comenzaría a fincar su leyenda, la leyenda que la llevaría a ser
la primera actriz del sórdido mundo del que ella sería diosa indiscutida. Tenía
17 años pero dijo tener 18, los necesarios 18 para ser legalmente aceptada como
profesional del placer inducido, compartido y lucrativo. A partir de entonces
lo hizo todo, y cuando digo todo es todo, cualquiera puede verificarlo
escribiendo su nombre en un buscador, decente (es decir, artístico) o indecente
(lo más escalofriante que se puede hallar en la deep web lo hizo Chacha):
con uno, con dos o con diez, con un batallón asediándola con todo tipo de armas
de los más desaforados calibres, con negros portentosos, con mulatos bellos,
con mujeres, con simuladores mecánicos (particularmente impresionante es su
enfrentamiento con un émbolo movido por un pequeño generador eléctrico). Y
contra esos ejércitos usó básicamente su boca, las profundidades de su
garganta, que harían pensar (cómo no
hacerlo) en una depravada que aventajaría a Mesalina y a todo el rosario de
mujeres perverasas que ha sufrido la humanidad y disfrutado la masculina laya,
si no fuera por sus ojos tan cristalinos, que miraban desde abajo a la
estatuaria presencia de los machos, que siempre terminaron derrotados,
desaguados, humillados por aquella santa. Y es que, amigos, Chacha Grey no fue
(no es) simplemente una actriz de la industria pornográfica, sino una alta
novelista, una compositora de rock de altos vuelos, una filósofa que fundamentaba
con razones dignas de un Kant o un Wittgenstein sus peregrinas actividades. Y,
el colmo, una hermosa promotora de lecturas edificantes que ella misma
administra a niños de todas las escuelas primarias de Estados Unidos.
Eso es lo que
ha llegado a saber y a pensar el autor de la páginas de estas Memorias
indiscretas, que no soy yo sino otro, como sabe cualquiera que haya comprendido
el sabio apotegma de Heráclito, es decir, el cuento ese de que nadie se mete
dos veces en el mismo río y que por ende nadie es sí mismo en dos momentos de
su vida. El que pueda entender que entienda. En este caso no es correcto decir
que nadie peca en cabeza ajena. Según Kierkegaard sólo hay dos formas de vivir
esta vida: de manera ética y de manera estética. Quien escoja la primera vía,
la de la virtud absoluta, no debe desviarse un ápice del camino hacia Dios:
camino sin duda difícil y, por qué no decirlo, tedioso. Quien escoja la vida
estética puede permitirse cuantas desviaciones, llámense sin tapujo, pecados,
le ofrezca su ruta. Yo, amigos, sobra decirlo pero insisto, escogí la vía
estética ycon ello, paradójicamente, cumplir con el mandato subterráneo del
creador: hijo mío, peca, peca sin piedad, que tal es la naturaleza que cree y,
no debes avergonzarte de gozar de aqullo que yo no me avergoncé en crear. Ya lo
dijo Clemente de Alejandría.
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| Edición colombiana de Plaza y Janés. |
Por Alexander Quirós
Marco Tulio Aguilera es bogotano de
nacimiento, caleño por sus estudios, mexicano por adopción. Vive en México hace
30 años. A la fecha ha recibido los más importantes premios literarios de ese
país, así como otros, de semejante importancia en Colombia, Costa Rica y
España. Ha publicado 25 libros en varios países. Entre sus obras más destacadas
están Cuentos para después de hacer el amor, Cuentos para ANTES de
hacer el amor. Las novelas El amor y la muerte, Mujeres
amadas, Los placeres perdidos. Alfaguara literaria publicó
recientemente en Colombia El pollo que no quiso ser gallo, Premio
Nacional de Literatura Infantil en México. Plaza y Janés publicará próximamente
en Colombia la edición número 12 de Cuentos para después de hacer el amor, obra
que fue clasificada como uno de los libros de cuentos más importantes del siglo
pasado. La crítica internacional lo tiene en muy alta estima y sus libros son
apreciados en muchos países.
Usted ha vivido gran parte de su vida fuera del país ¿Qué ha representado para usted ese auto-exilio?
Salir de Colombia me abrió las puertas del mundo pero no fue eso lo que hizo mi carrera, sino mi voluntad de trabajar. Antes de salir de Colombia ya había publicado una novela en Buenos Aires y quedado finalista en uno de los concursos de cuento más importantes de lengua castellana, el de La Felguera, en España. Tenía entonces 24 años. En Estados Unidos, donde estudié y trabajé, no escribí. Ya en México tuve una especie de explosión creativa. En 1979 recibí cinco premios, de diversos tamaños. He mantenido un ritmo constante de trabajo que me ha llevado a la fecha a tener 25 libros publicados y me atrevo a pensar que ninguno de ellos es desechable. Como nunca he pertenecido a mafias ni a grupos, he ganado mi independencia y lugar en editoriales importantes por medio de premios. Entre los premios que más valoro están el Nacional de Libros de Cuentos de San Luis Potosí y el Nacional de Literatura Infantil y el Latinoamericano de Cuento de Plural y Excélsior, los tres en México. En Colombia he recibido los premios de cuento de las universidades de Cauca, de la Universidad Libre en Cali y de novela el José Eustasio Rivera. En España fui finalista en el Alfaguara de Novela. Y otros.
¿Qué tan colombiano se siente?
Me siento colombiano de la planta de los pies a la coronilla. Nunca he renunciado a mi nacionalidad. Gran parte de lo que he escrito se desarrolla en Colombia: en Cali, en el Amazonas, en Bogotá, en Araracuara. Mis compañeros de basquetbol me llaman “El Colombias”. Defiendo a mi patria en donde sea y la disfruto cada vez que la visito, lo que hago con frecuencia, no siempre en plan de escritor. Me parece asqueroso lo que hizo Fernando Vallejo de promocionarse dizque renunciando a la nacionalidad para después arrepentirse. Hablar mal de la patria cuando está en problemas es como escupirle en la cara a la madre. Quiero no ser nacionalista pero es inevitable serlo.
¿Qué significa México para usted?
México es un país muy complejo, con muchos problemas, pero sin duda más vivible que Colombia. Tiene una mitología popular riquísima que ha alimentado a Colombia: el Santo, Pedro Infante, María Félix, forman parte de lo que llaman “el imaginario” que formó a las pasadas generaciones. Hoy eso ha cambiado. Hay mucha retórica con el cuento de que México es la segunda patria, especialmente entre los grandes como Gabo y Mutis. La verdad es que uno aquí y en todas partes sigue siendo extranjero. Lo que pasa es que cuando ya un escritor llega arriba, los países tienden a capitalizarlo. Pero antes el camino es duro. Por otra parte debo decir que aunque la mafia de la cultura me ha vedado todas sus prebendas, becas, reconocimientos, mi nombre ya ha sido integrado a la mayor parte de los diccionarios literarios de este país. Viajo por todo el país dando conferencias y talleres. Me leen en toda la república. Pero en los momentos decisivos uno sigue siendo extranjero. De todos modos hay que reconocer que en México hay una sociedad más abierta, menos provinciana que la colombiana.
¿Cuál es su relación con los escritores colombianos? Al parecer tiene una buena relación García Márquez.
Todo ese cuento con García Márquez ha sido un invento. Yo nunca lo he visto en mi vida. Nunca he hablado con él. No conoce mis libros ni los valora. Las entrevistas que he tenido con él son imaginarias. Lo divertido es que todo el mundo se las ha tragado. Las publiqué en El Espectador en Colombia, en Excélsior¸ en México, después publiqué las cuatro o cinco entrevistas completas en la revista Crítica de Puebla y finalmente en un libro que salió recientemente en México: se llamaPoéticas y obsesiones. Encuentros con García Márquez.
¿Y García Márquez no lo ha desmentido?
Al contrario: está convencido de que le hice las entrevistas. Estoy seguro que si le preguntan por ellas va decir que sí le hice las entrevistas y que me conoce perfectamente bien. Incluso le dijo a Fabio Jurado que yo le he dedicado todos mis libros y que en uno de ellos escribí que lo voy a matar… literariamente.
¿Y qué relaciones tiene con los otros escritores colombianos?
Quiero, aprecio y respeto a varios: mi maestro Gustavo Álvarez, Tomás González, William Ospina. No conozco la obra de los demás y sé que muchos me ignoran, a veces a propósito. Recientemente nos reunimos muchos escritores colombianos en la Feria de Guadalajara y con poca elegancia ni siquiera me saludaron, como si yo fuera su enemigo. Hay varios buenos escritores publicando en Europa y Colombia, cuya obra no conozco. De todos modos hay que entender que la publicidad crea muchos fantasmas y hay muchos lectores que dicen poder ver fantasmas.
¿Por qué cree que su literatura no ha tenido en Colombia la difusión y el impacto que ha tenido en países como México y España?
Porque la literatura, como todo, se alimenta hoy en día de imagen. Y yo me aparezco en Colombia cada cinco o seis años con un libro. Eso no basta. El público es insaciable y quiere acción constante. Además no he sido amigo de los capos de la literatura colombiana y gordos críticos como Cobo Borda al hablar de literatura colombiana ni se acuerdan que yo existo. El mundo de la literatura es un mundo de mezquindades. Eso hay que aceptarlo. Yo tengo todos los defectos del mundo menos eso: cuando encuentro mérito en los demás lo pregono. A la fecha he escrito sobre la mayoría de los buenos escritores colombianos, he difundido su obra. Y muy pocos han reciprocado. La gloria se hizo para compartirla. En general los colombianos que la han alcanzado se han portado como nuevos ricos.
¿Qué opinión tiene de los premios a la literatura? Tengo entendido que ha ganado usted 26 y ha sido finalista en los premios Planeta y Alfaguara.
Aclaro que fui finalista en el Planeta de México, no de España. En el Alfaguara de España sí finalista y le dieron el premio a una novela infame. Desde los tiempos en que era corredor de fondo y semi fondo en la Universidad del Valle le tomé afición a los concursos y carreras. Son un trampolín: le permite a uno saltar por encima de un montón de enanos. El hecho es que ningún premio me ha maleado. Pienso. Yo no escribo para los premios. Los premios se hicieron para algunos de mis libros. Una de las razones por las que me he visto obligado a recurrir a los premios es que no soy diplomático sino más bien agresivo, intolerante con la mediocridad que quiere disfrazarse de talento. No le hago la corte a nadie sino a mí mismo. Me amo sobre todas las cosas. Soy un ególatra autosatisfecho y si no le gusto a algunas personas eso no es problema mío.
Sus obras vienen cargadas siempre de una buena dosis de erotismo ¿Qué significa esa palabra para usted?
A mí me han tildado de pornógrafo algunos ignorantes. En realidad soy una persona que escribe sobre las relaciones entre hombres y mujeres con absoluta sinceridad y sin represiones. Muchos de mis libros han chocado con la censura, han sido acusados de ser muy fuertes. Las que más han disfrutado de mis libros son las mujeres. Me han dicho que no creían que un hombre pudiera conocerlas tan a fondo. El erotismo es para mí una de las razones fundamentales para encontrarle sentido a la vida.
Usted a escrito sobre muchos temas, tiene historias como “El suave olor de la sangre”, que tiene un discurso fuerte y bastante crítico, y algunas como “El juego de los tiempos prestados” que alcanza una armonía poética intensa, erótica y picaresca, pero ¿cuáles son temas preferidos en la literatura?
El amor y el erotismo son mis temas, pero nada de lo humano me es ajeno. He escrito ciencia ficción, literatura infantil, teatro, ensayos académicos, conferencias…
Y en todos esos campos ha recibido premios importantes…
Así es. Soy corredor de 5000 metros planos pero me gusta correr los 400 y los 800.
En una entrevista con Edgar Onfore en México usted afirma que “es posible que se acabe la raza humana, incluso deseable…” ¿piensa usted que ha fracasado nuestro proyecto de humanidad a tal punto?
No pienso que ha fracasado. Todavía, mientras haya lugar con aire limpio, agua clara y vida, hay esperanza.
¿Qué concepto tiene de eso que han llamado post- boom?
Es una pendejada crítica, un invento académico, en el que me metieron a mí desde el principio. En literatura hay buenas o malas novelas o cuentos, no manadas o grupos o piaras. Lo que llamaron el boom fue un grupo de buenos escritores que además de buenos escritores eran amigos. Se apoyaron unos a otros y coparon las editoriales y los titulares. Hoy en general los escritores son egoístas, casi caníbales, y si alcanzan algo, se lo guardan para sí. Yo reitero que soy generoso. Es quizás la única virtud que tengo, además de la terquedad. Recuerdo que una vez Gardeazábal me definió como un mediocre que trabaja. No me ofendió. Al buen escritor que se acerque a mí, lo ayudo si puedo.
Usted ha escrito novela, cuento, ensayo, un lector juicioso se daría cuenta que tiene un gusto especial por la narrativa, el cuento en especial, ¿podría darnos su concepto de cuento?
Sobre el tema he publicado un libro que se llama Poéticas y obsesiones. Juan Villoro, al presentarlo en la Feria del Libro del Palacio de Minería dijo que era un libro de primeros auxilios literarios. Incluyo en él conferencias dictadas en varios países sobre el cuento. Me parece que para definir al cuento bastaría decir que es algo que pasa, que se cuenta y que impresiona al lector. Si no pasa nada... no pasa nada. Eso no es un cuento.
Para finalizar, una difícil, ¿cinco obras latinoamericanas que no hay que dejar de leer?
Todo Borges, El Túnel, Cien años de soledad, La otra raya del Tigre, Al filo del agua e Historia de todas las cosas.
Usted ha vivido gran parte de su vida fuera del país ¿Qué ha representado para usted ese auto-exilio?
Salir de Colombia me abrió las puertas del mundo pero no fue eso lo que hizo mi carrera, sino mi voluntad de trabajar. Antes de salir de Colombia ya había publicado una novela en Buenos Aires y quedado finalista en uno de los concursos de cuento más importantes de lengua castellana, el de La Felguera, en España. Tenía entonces 24 años. En Estados Unidos, donde estudié y trabajé, no escribí. Ya en México tuve una especie de explosión creativa. En 1979 recibí cinco premios, de diversos tamaños. He mantenido un ritmo constante de trabajo que me ha llevado a la fecha a tener 25 libros publicados y me atrevo a pensar que ninguno de ellos es desechable. Como nunca he pertenecido a mafias ni a grupos, he ganado mi independencia y lugar en editoriales importantes por medio de premios. Entre los premios que más valoro están el Nacional de Libros de Cuentos de San Luis Potosí y el Nacional de Literatura Infantil y el Latinoamericano de Cuento de Plural y Excélsior, los tres en México. En Colombia he recibido los premios de cuento de las universidades de Cauca, de la Universidad Libre en Cali y de novela el José Eustasio Rivera. En España fui finalista en el Alfaguara de Novela. Y otros.
¿Qué tan colombiano se siente?
Me siento colombiano de la planta de los pies a la coronilla. Nunca he renunciado a mi nacionalidad. Gran parte de lo que he escrito se desarrolla en Colombia: en Cali, en el Amazonas, en Bogotá, en Araracuara. Mis compañeros de basquetbol me llaman “El Colombias”. Defiendo a mi patria en donde sea y la disfruto cada vez que la visito, lo que hago con frecuencia, no siempre en plan de escritor. Me parece asqueroso lo que hizo Fernando Vallejo de promocionarse dizque renunciando a la nacionalidad para después arrepentirse. Hablar mal de la patria cuando está en problemas es como escupirle en la cara a la madre. Quiero no ser nacionalista pero es inevitable serlo.
¿Qué significa México para usted?
México es un país muy complejo, con muchos problemas, pero sin duda más vivible que Colombia. Tiene una mitología popular riquísima que ha alimentado a Colombia: el Santo, Pedro Infante, María Félix, forman parte de lo que llaman “el imaginario” que formó a las pasadas generaciones. Hoy eso ha cambiado. Hay mucha retórica con el cuento de que México es la segunda patria, especialmente entre los grandes como Gabo y Mutis. La verdad es que uno aquí y en todas partes sigue siendo extranjero. Lo que pasa es que cuando ya un escritor llega arriba, los países tienden a capitalizarlo. Pero antes el camino es duro. Por otra parte debo decir que aunque la mafia de la cultura me ha vedado todas sus prebendas, becas, reconocimientos, mi nombre ya ha sido integrado a la mayor parte de los diccionarios literarios de este país. Viajo por todo el país dando conferencias y talleres. Me leen en toda la república. Pero en los momentos decisivos uno sigue siendo extranjero. De todos modos hay que reconocer que en México hay una sociedad más abierta, menos provinciana que la colombiana.
¿Cuál es su relación con los escritores colombianos? Al parecer tiene una buena relación García Márquez.
Todo ese cuento con García Márquez ha sido un invento. Yo nunca lo he visto en mi vida. Nunca he hablado con él. No conoce mis libros ni los valora. Las entrevistas que he tenido con él son imaginarias. Lo divertido es que todo el mundo se las ha tragado. Las publiqué en El Espectador en Colombia, en Excélsior¸ en México, después publiqué las cuatro o cinco entrevistas completas en la revista Crítica de Puebla y finalmente en un libro que salió recientemente en México: se llamaPoéticas y obsesiones. Encuentros con García Márquez.
¿Y García Márquez no lo ha desmentido?
Al contrario: está convencido de que le hice las entrevistas. Estoy seguro que si le preguntan por ellas va decir que sí le hice las entrevistas y que me conoce perfectamente bien. Incluso le dijo a Fabio Jurado que yo le he dedicado todos mis libros y que en uno de ellos escribí que lo voy a matar… literariamente.
¿Y qué relaciones tiene con los otros escritores colombianos?
Quiero, aprecio y respeto a varios: mi maestro Gustavo Álvarez, Tomás González, William Ospina. No conozco la obra de los demás y sé que muchos me ignoran, a veces a propósito. Recientemente nos reunimos muchos escritores colombianos en la Feria de Guadalajara y con poca elegancia ni siquiera me saludaron, como si yo fuera su enemigo. Hay varios buenos escritores publicando en Europa y Colombia, cuya obra no conozco. De todos modos hay que entender que la publicidad crea muchos fantasmas y hay muchos lectores que dicen poder ver fantasmas.
¿Por qué cree que su literatura no ha tenido en Colombia la difusión y el impacto que ha tenido en países como México y España?
Porque la literatura, como todo, se alimenta hoy en día de imagen. Y yo me aparezco en Colombia cada cinco o seis años con un libro. Eso no basta. El público es insaciable y quiere acción constante. Además no he sido amigo de los capos de la literatura colombiana y gordos críticos como Cobo Borda al hablar de literatura colombiana ni se acuerdan que yo existo. El mundo de la literatura es un mundo de mezquindades. Eso hay que aceptarlo. Yo tengo todos los defectos del mundo menos eso: cuando encuentro mérito en los demás lo pregono. A la fecha he escrito sobre la mayoría de los buenos escritores colombianos, he difundido su obra. Y muy pocos han reciprocado. La gloria se hizo para compartirla. En general los colombianos que la han alcanzado se han portado como nuevos ricos.
¿Qué opinión tiene de los premios a la literatura? Tengo entendido que ha ganado usted 26 y ha sido finalista en los premios Planeta y Alfaguara.
Aclaro que fui finalista en el Planeta de México, no de España. En el Alfaguara de España sí finalista y le dieron el premio a una novela infame. Desde los tiempos en que era corredor de fondo y semi fondo en la Universidad del Valle le tomé afición a los concursos y carreras. Son un trampolín: le permite a uno saltar por encima de un montón de enanos. El hecho es que ningún premio me ha maleado. Pienso. Yo no escribo para los premios. Los premios se hicieron para algunos de mis libros. Una de las razones por las que me he visto obligado a recurrir a los premios es que no soy diplomático sino más bien agresivo, intolerante con la mediocridad que quiere disfrazarse de talento. No le hago la corte a nadie sino a mí mismo. Me amo sobre todas las cosas. Soy un ególatra autosatisfecho y si no le gusto a algunas personas eso no es problema mío.
Sus obras vienen cargadas siempre de una buena dosis de erotismo ¿Qué significa esa palabra para usted?
A mí me han tildado de pornógrafo algunos ignorantes. En realidad soy una persona que escribe sobre las relaciones entre hombres y mujeres con absoluta sinceridad y sin represiones. Muchos de mis libros han chocado con la censura, han sido acusados de ser muy fuertes. Las que más han disfrutado de mis libros son las mujeres. Me han dicho que no creían que un hombre pudiera conocerlas tan a fondo. El erotismo es para mí una de las razones fundamentales para encontrarle sentido a la vida.
Usted a escrito sobre muchos temas, tiene historias como “El suave olor de la sangre”, que tiene un discurso fuerte y bastante crítico, y algunas como “El juego de los tiempos prestados” que alcanza una armonía poética intensa, erótica y picaresca, pero ¿cuáles son temas preferidos en la literatura?
El amor y el erotismo son mis temas, pero nada de lo humano me es ajeno. He escrito ciencia ficción, literatura infantil, teatro, ensayos académicos, conferencias…
Y en todos esos campos ha recibido premios importantes…
Así es. Soy corredor de 5000 metros planos pero me gusta correr los 400 y los 800.
En una entrevista con Edgar Onfore en México usted afirma que “es posible que se acabe la raza humana, incluso deseable…” ¿piensa usted que ha fracasado nuestro proyecto de humanidad a tal punto?
No pienso que ha fracasado. Todavía, mientras haya lugar con aire limpio, agua clara y vida, hay esperanza.
¿Qué concepto tiene de eso que han llamado post- boom?
Es una pendejada crítica, un invento académico, en el que me metieron a mí desde el principio. En literatura hay buenas o malas novelas o cuentos, no manadas o grupos o piaras. Lo que llamaron el boom fue un grupo de buenos escritores que además de buenos escritores eran amigos. Se apoyaron unos a otros y coparon las editoriales y los titulares. Hoy en general los escritores son egoístas, casi caníbales, y si alcanzan algo, se lo guardan para sí. Yo reitero que soy generoso. Es quizás la única virtud que tengo, además de la terquedad. Recuerdo que una vez Gardeazábal me definió como un mediocre que trabaja. No me ofendió. Al buen escritor que se acerque a mí, lo ayudo si puedo.
Usted ha escrito novela, cuento, ensayo, un lector juicioso se daría cuenta que tiene un gusto especial por la narrativa, el cuento en especial, ¿podría darnos su concepto de cuento?
Sobre el tema he publicado un libro que se llama Poéticas y obsesiones. Juan Villoro, al presentarlo en la Feria del Libro del Palacio de Minería dijo que era un libro de primeros auxilios literarios. Incluyo en él conferencias dictadas en varios países sobre el cuento. Me parece que para definir al cuento bastaría decir que es algo que pasa, que se cuenta y que impresiona al lector. Si no pasa nada... no pasa nada. Eso no es un cuento.
Para finalizar, una difícil, ¿cinco obras latinoamericanas que no hay que dejar de leer?
Todo Borges, El Túnel, Cien años de soledad, La otra raya del Tigre, Al filo del agua e Historia de todas las cosas.
Xalapa, 14 de agosto de 2008
Revista Hispanoamericana de Cultura
#32
Abril 2014 -
Año 8 PORTADA OTROLUNES
Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental (I)
Novela por entregas MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO
Para visualizar correctamente favor ir a ....
http://otrolunes.com/32/en-la-misma-orilla/doctor-amoribus-i/
Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tenemos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño retome el batón de relevo y comience a proponer a nuestros lectores, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental. Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy. Agradecemos la gentileza que Aguilera Garramuño ha tenido con nosotros y la confianza de la que nos hace partícipes. Comencemos entonces esta aventura: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este primer capítulo “recién acabadito de sacar del horno”. Redacción de OtroLunes *****
I. Ranita y sus ardores
Amado de los Santos Dionisio Luna decidió, orillado por las deplorables circunstancias de su vida y la poco común suerte que creía tener en asuntos de mujeres, fundar el primer consultorio erótico y sentimental de la región. La idea surgió de la fortuita oferta que le hiciera Francisca Irigoyen, su amiga de muchos años, y de un larguísimo período de ayuno … — ¿quién iba a querer darle empleo en esos tiempos de penuria (pero acaso no todos los tiempos son de penuria para los eternamente heridos por la saeta del ángel vengador por excelencia: don Cupido) a un violinista que era demasiado fino para acompañar mariachis, excesivamente mediocre para ocultarse en la Sinfónica y muy orgulloso para tocar en las calles y pedir monedas a cambio, aunque, por otra parte, fuera un sólido macho de estampa garbosa y tuviera o creyera tener el encanto de la simpatía universal? ¿Quién iba a comprar sus viejas composiciones, mezcla de florituras demasiado complejas para sus dedos de albañil y con reminiscencias mozartianas obvias y hasta vulgares? Además, ya llevaba años sin inventar una sola armonía satisfactoria y comiendo carne blanca (la de su ya encallecida amante y vecina, la periodista) apenas una vez a la semana y probando unos cuantos gramos de pescado en cuaresma, tortillas, sal y chile en el mejor de los casos. Dionisio conoció hace muchos años a una mujer espléndida y tímida, durante los días que trabajó como musicalizador en una emisora radiofónica cuyas ondas piadosas no iban más allá del edificio que alojaba sus instalaciones. Radio Ubre, la llamaban los empleados de la benemérita institución, y sería un insulto rascar en detalles. Siendo Francisca Irigoyen una persona en extremo reservada, tenía sin embargo una gran curiosidad y un deseo de comunicación más allá de lo explicable, que no habían podido ser sosegados por su esposo, sobre el que, sin embargo, se negó a hablar en los primeros tiempos (in illio tempore, época mítica, irrepetible y por ello, quizás, imaginaria) por temor o reverencia. Durante muchos años, en los cortos momentos que pasaron juntos — De los Santos Dionisio Luna andaba siempre corriendo de un lado a otro, seguro de que la vida lo esperaba más allá del presente y cuando pasaba al lado de Francisca (Chica, la llamaban: era espigada, notable entre la multitud, vestía como para una cita de amor, tenía un cuerpo gallardo y en su caminar estaba su inconsciente pecado: nadie que la contemplara más de un instante podía permanecer en el umbral de la inocencia) sólo se daba tiempo para suspirar ruidosamente: “Lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera”, le decía, demasiado en público para ser tomado en serio– conversaban con gran reserva sobre aspectos de la intimidad. Por varios años hablaron, siempre sigilosa y sinceramente sobre el tema lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera, pero ni uno ni otro parecían interesados en llevar el asunto más allá. Hubo uno o dos bailes, en los que se dieron acercamientos relativamente presagiosos, que morían cuando estaba terminando la fiesta. En tales casos Chica, acaso al calor de las copas, se tornaba en una mujer extremadamente sensible de sus propias gracias y su forma de bailar pasaba de lo socialmente sospechoso a lo francamente fornicular. Tenía una manera de marcar el paso del mambo y de emprender los quiebras de cintura en la cumbia acercándose en reversa, que enloquecía Dionisio, ya de por sí bastante delicado en todo lo referente a tafanarios. Por respeto a su trabajo y por una especie de fraternidad sindical o de reverancia ante lo inefable, ni uno ni otra insinuaron jamás llegar a los agridulces deleites de la bestia, aunque entre ellos se hablara en términos crudos y luminosos sobre los gozos y tormentos que pueden proporcionarse las parejas en tantos lechos posibles que depara el azar, algo flaco por cierto en ciudades como la que transita el destino de nuestros personajes. Amado de los Santos Dionisio Luna … -ruego de rodillas disculpar este nombre excesivo y muy propio de cierta literatura muy en boga que no quiero juzgar, tal vez por complejo de inferioridad o todo lo contrario-…Amado de los Santos Dionisio Luna -ése era y es su nombre y no tengo licencia ni interés de cambiarlo- entró en la vida de Chica Irigoyen de la forma más honesta, y vio crecer a sus hijas, las tres de belleza extrema, pero ninguna con el encanto de Ranita –se llamaba Renata, pero habían dado en llamarla Ranita, y ello la satisfizo–. La vio crecer. La tuvo en sus brazos cuando tenía dos años, luego la llevó al parque cuando cumplió los seis; a los siete la acompañó a la playa y pudo verla casi desnuda, lo que guardó en su memoria como la imagen más perfecta de la belleza que acaso vería en su vida; a los diez –cuando su belleza y su frutescencia comenzaban a ser muchedumbre en el espíritu deleznable de De los Santos– asistió a su cumpleaños; a los doce ya la miraba obsesivamente, y cuando la vio a los trece no pudo dejar de pensar en ella. Convencido por completo de la inocencia de sus impulsos y la castidad absoluta de las fantasías que comenzó a bordar en el tapiz de su vida con la nena, y de que con ello no hacía mal a nadie, comenzó a pensar en la niña dejando deslizar su imaginación hacia territorios vedados por la santa curia y las sanas costumbres: veía a la nena en cueritos sobre su cama haciendo cabriolas de gimnasia o fingiendo estampas de candor mientras se mordía el dedo gordo del pie derecho. Que fuera precisamente el del pie derecho tiene su razón de ser y su fundamento teológico, cosa que cualquier curioso podrá consultar en el Antiguo Testamento. Para mayor abundancia habría que agregar que Lucifer fue sin duda el primer izquierdista y a partir de ese punto podríamos hilar delgado hasta llegar a los conceptos contemporáneos de bien y mal. A ver… ¿por que se llama al Derecho “derecho” y no “izquierdo”? ¿Conclusión? La Ranita de sueños hacía bien -hacía el bien- al morderse el dedo gordo del pie derecho. Y pasemos a otro asunto sin lastimarnos en divagaciones. En los cortos trechos de conversación con Chica Irigoyen, Amado Etcétera le reveló a la bizarra dama sus fantasías. No la escandalizaron ni llegó a preocuparse. De los Santos y Francisca habían arribado a una conclusión que los hacía sentirse bien con sus conciencias: las fantasías son quizás lo mejor de la vida, y no hay por qué negarse a ellas. En el caso en que una fantasía se realizara, habría que dar gracias a Dios y permanecer con la boca cerrada. Mientras eso no sucediera, bastaba con el valor etéreo de las situaciones, que sólo existían en la intimidad de los solitarios. Habría que agregar en beneficio de la duda siempre presente en algunos lectores, que el esposo de Francisca Irigoyen era para ella menos que un cerdo a la izquierda: beodo consuetudinario, ventripotente, soberbio, tacaño y, lo mejor de todo, ausente en un alto porcentaje, dato que favorecía todas las apuestas por una infidelidad que, como se verá en lo subsiguiente, nunca llegó. Pero éste es dato que en cierta medida favorece la intriga y ya se conocerán razones.
Año 8 PORTADA OTROLUNES
Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental (I)
Novela por entregas MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO
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http://otrolunes.com/32/en-la-misma-orilla/doctor-amoribus-i/
Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tenemos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño retome el batón de relevo y comience a proponer a nuestros lectores, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental. Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy. Agradecemos la gentileza que Aguilera Garramuño ha tenido con nosotros y la confianza de la que nos hace partícipes. Comencemos entonces esta aventura: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este primer capítulo “recién acabadito de sacar del horno”. Redacción de OtroLunes *****
I. Ranita y sus ardores
Amado de los Santos Dionisio Luna decidió, orillado por las deplorables circunstancias de su vida y la poco común suerte que creía tener en asuntos de mujeres, fundar el primer consultorio erótico y sentimental de la región. La idea surgió de la fortuita oferta que le hiciera Francisca Irigoyen, su amiga de muchos años, y de un larguísimo período de ayuno … — ¿quién iba a querer darle empleo en esos tiempos de penuria (pero acaso no todos los tiempos son de penuria para los eternamente heridos por la saeta del ángel vengador por excelencia: don Cupido) a un violinista que era demasiado fino para acompañar mariachis, excesivamente mediocre para ocultarse en la Sinfónica y muy orgulloso para tocar en las calles y pedir monedas a cambio, aunque, por otra parte, fuera un sólido macho de estampa garbosa y tuviera o creyera tener el encanto de la simpatía universal? ¿Quién iba a comprar sus viejas composiciones, mezcla de florituras demasiado complejas para sus dedos de albañil y con reminiscencias mozartianas obvias y hasta vulgares? Además, ya llevaba años sin inventar una sola armonía satisfactoria y comiendo carne blanca (la de su ya encallecida amante y vecina, la periodista) apenas una vez a la semana y probando unos cuantos gramos de pescado en cuaresma, tortillas, sal y chile en el mejor de los casos. Dionisio conoció hace muchos años a una mujer espléndida y tímida, durante los días que trabajó como musicalizador en una emisora radiofónica cuyas ondas piadosas no iban más allá del edificio que alojaba sus instalaciones. Radio Ubre, la llamaban los empleados de la benemérita institución, y sería un insulto rascar en detalles. Siendo Francisca Irigoyen una persona en extremo reservada, tenía sin embargo una gran curiosidad y un deseo de comunicación más allá de lo explicable, que no habían podido ser sosegados por su esposo, sobre el que, sin embargo, se negó a hablar en los primeros tiempos (in illio tempore, época mítica, irrepetible y por ello, quizás, imaginaria) por temor o reverencia. Durante muchos años, en los cortos momentos que pasaron juntos — De los Santos Dionisio Luna andaba siempre corriendo de un lado a otro, seguro de que la vida lo esperaba más allá del presente y cuando pasaba al lado de Francisca (Chica, la llamaban: era espigada, notable entre la multitud, vestía como para una cita de amor, tenía un cuerpo gallardo y en su caminar estaba su inconsciente pecado: nadie que la contemplara más de un instante podía permanecer en el umbral de la inocencia) sólo se daba tiempo para suspirar ruidosamente: “Lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera”, le decía, demasiado en público para ser tomado en serio– conversaban con gran reserva sobre aspectos de la intimidad. Por varios años hablaron, siempre sigilosa y sinceramente sobre el tema lo que tú y yo haríamos si la vida nos lo permitiera, pero ni uno ni otro parecían interesados en llevar el asunto más allá. Hubo uno o dos bailes, en los que se dieron acercamientos relativamente presagiosos, que morían cuando estaba terminando la fiesta. En tales casos Chica, acaso al calor de las copas, se tornaba en una mujer extremadamente sensible de sus propias gracias y su forma de bailar pasaba de lo socialmente sospechoso a lo francamente fornicular. Tenía una manera de marcar el paso del mambo y de emprender los quiebras de cintura en la cumbia acercándose en reversa, que enloquecía Dionisio, ya de por sí bastante delicado en todo lo referente a tafanarios. Por respeto a su trabajo y por una especie de fraternidad sindical o de reverancia ante lo inefable, ni uno ni otra insinuaron jamás llegar a los agridulces deleites de la bestia, aunque entre ellos se hablara en términos crudos y luminosos sobre los gozos y tormentos que pueden proporcionarse las parejas en tantos lechos posibles que depara el azar, algo flaco por cierto en ciudades como la que transita el destino de nuestros personajes. Amado de los Santos Dionisio Luna … -ruego de rodillas disculpar este nombre excesivo y muy propio de cierta literatura muy en boga que no quiero juzgar, tal vez por complejo de inferioridad o todo lo contrario-…Amado de los Santos Dionisio Luna -ése era y es su nombre y no tengo licencia ni interés de cambiarlo- entró en la vida de Chica Irigoyen de la forma más honesta, y vio crecer a sus hijas, las tres de belleza extrema, pero ninguna con el encanto de Ranita –se llamaba Renata, pero habían dado en llamarla Ranita, y ello la satisfizo–. La vio crecer. La tuvo en sus brazos cuando tenía dos años, luego la llevó al parque cuando cumplió los seis; a los siete la acompañó a la playa y pudo verla casi desnuda, lo que guardó en su memoria como la imagen más perfecta de la belleza que acaso vería en su vida; a los diez –cuando su belleza y su frutescencia comenzaban a ser muchedumbre en el espíritu deleznable de De los Santos– asistió a su cumpleaños; a los doce ya la miraba obsesivamente, y cuando la vio a los trece no pudo dejar de pensar en ella. Convencido por completo de la inocencia de sus impulsos y la castidad absoluta de las fantasías que comenzó a bordar en el tapiz de su vida con la nena, y de que con ello no hacía mal a nadie, comenzó a pensar en la niña dejando deslizar su imaginación hacia territorios vedados por la santa curia y las sanas costumbres: veía a la nena en cueritos sobre su cama haciendo cabriolas de gimnasia o fingiendo estampas de candor mientras se mordía el dedo gordo del pie derecho. Que fuera precisamente el del pie derecho tiene su razón de ser y su fundamento teológico, cosa que cualquier curioso podrá consultar en el Antiguo Testamento. Para mayor abundancia habría que agregar que Lucifer fue sin duda el primer izquierdista y a partir de ese punto podríamos hilar delgado hasta llegar a los conceptos contemporáneos de bien y mal. A ver… ¿por que se llama al Derecho “derecho” y no “izquierdo”? ¿Conclusión? La Ranita de sueños hacía bien -hacía el bien- al morderse el dedo gordo del pie derecho. Y pasemos a otro asunto sin lastimarnos en divagaciones. En los cortos trechos de conversación con Chica Irigoyen, Amado Etcétera le reveló a la bizarra dama sus fantasías. No la escandalizaron ni llegó a preocuparse. De los Santos y Francisca habían arribado a una conclusión que los hacía sentirse bien con sus conciencias: las fantasías son quizás lo mejor de la vida, y no hay por qué negarse a ellas. En el caso en que una fantasía se realizara, habría que dar gracias a Dios y permanecer con la boca cerrada. Mientras eso no sucediera, bastaba con el valor etéreo de las situaciones, que sólo existían en la intimidad de los solitarios. Habría que agregar en beneficio de la duda siempre presente en algunos lectores, que el esposo de Francisca Irigoyen era para ella menos que un cerdo a la izquierda: beodo consuetudinario, ventripotente, soberbio, tacaño y, lo mejor de todo, ausente en un alto porcentaje, dato que favorecía todas las apuestas por una infidelidad que, como se verá en lo subsiguiente, nunca llegó. Pero éste es dato que en cierta medida favorece la intriga y ya se conocerán razones.
No lo niego: en mi vida hay tres o cuatro escenas (unas completamente
reales, otras imaginadas tal vez y otras que conozco porque me las han contado)
que regresan a mí de manera recurrente, como olas de brea que oscurecen esta
deportiva, irresponsable forma de vida que llevo (según mi mujer). El recuerdo
de mi iniciación en la vida sexual no es algo que me moleste. Fue desagradable
o más bien patética o grotesca. La conté en una de mis novelas (se la atribuí
al sargento Robustiano, personaje secundario de Breve historia de todas las cosas). Si yo lograra investigar con precisión la fecha, podría
eliminar la posibilidad de que X sea en efecto hijo mío.
Explorar en Lacan: la estimulación del lado psicótico o suicida y el papel de los cortes como formas de entrar en el problema. Vivir trágicamente. No puedo precisar si fue antes de mi viaje a la locura (Pueblo Nuevo, Efraín persiguiéndome con sus epístolas homosexuales, MT cantando con mis niños sobre el lomo de la cordillera, la niña indígena –en El juego de las seducciones la llamé Itzel, creo--, acercamiento, beber hasta perder el sentido, laguna mental, regreso a casa, año de visiones—o después. Creo firmemente que yo fui virgen durante mi etapa como maestro rural (me era insoportable el peso del misterio de la carne), sé que sufrí por ello y que esa sobrecarga de poder genésico motivó que yo me atreviera a tender la mano hacia la niña indígena Itzel. Porque eso fue lo que hice: tender la mano, nada más, como esa mano que tiende a Dios Adán en la Capilla Sixtina: Dios no toca al hombre. Así yo no toqué a Itzel y sin embargo sufrí las consecuencias. El lugar sí lo tengo claro: El Bar Tico(sólo había un prostíbulo más infame en San Isidro: El Bar Rojo). Los dos estaban en plena Calle del Comercio, a dos cuadras de la catedral. ¿Quién? Una putica muy joven. No recuerdo su rostro ni su cuerpo. Sí su falda: una falda amplia con chaquiras que tenían motivos mexicanos. De verdad-verdad no puedo decir cómo fue: tengo que recurrir a Breve historia de todas las cosas, obra que guarda más verdades de las que creo: lo que suponía inventado resultó ser histórico y de eso me enteré en el viaje a San Isidro hace un par de años. Dije que el negro Vladimiro, uno de los personajes fundamentales, era invención mía. Y no, el negro existió. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas. “La muy expedita”, comentaría el sargento, “ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo”. Esta escena, en el tono burlesco constante y despiadado de esa primera novela mía, de alguna forma conserva el sedimento de lo que me sucedió con la putica. Fue un acto triste, yo estaba asustado, ella me estaba urgiendo, el cuarto era como una vitrina hecha de tablas, llena de grietas y orificios, donde se fornicaba casi públicamente y a destajo y se escuchaban los gemidos, interjecciones y vulgaridades de los vecinos formicantes. Imaginarlo: yo, 17 años, tembeleque, fingiendo hombría, fui prácticamente forzado por aquella hembra que me succionó con su bajo vientre y del puro terror no experimenté placer alguno. Hablando de este tema con LL ella sugirió: Tal vez esa prosti sea la madre de tu hijo perdido. ¿Cuándo fue? Durante los ocho meses como maestro no pudo ser: yo estaba lejos. Antes, quizás, pero lo dudo: yo estaba bajo el imperio de mi madre y jamás habría osado entrar al Bar Tico (el sólo entrar era una hazaña: era imposible que todo el pueblo no se enterara: en San Isidro todo se sabía… y todo se sabía al instante). Después de mi regreso de Pueblo Nuevo, después de mi año de reclusión, tal vez, tal vez. No lo he dicho: cuando logré escapar del mundo de las alucinaciones y los delirios de persecución, psiquiatras, drogas, comencé a desarrollar un extrañísimo deliro de don Juan. De alguna parte conseguí un sombrero texano y salía, ¡por fin salía!, solo a la calle, caminaba arriba y abajo bajo el sol imaginando que seducía a una y a otra, a todas las mujeres de San Isidro, y en un cuadernito apuntaba la lista completa de mis novias, que podían ser cincuenta o cien. Esa fue mi curación: de loco melancólico a loco eufórico, de minusválido mental a megalómano. A veces mi sufrida esposa ha llegado a verbalizar mi situación actual: Querido Garrik, la verdad es que nunca te curaste, sigues siendo el loco de antes, sólo que ahora has canalizado tus locuras hacia la literatura. ¡Corte! Una de las claves de las curaciones lacanianas es la utilización de cortes súbitos de los parlamentos: ellos permiten, según Jacques Lacan, entrar directamente en la interpretación de los casos.
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Explorar en Lacan: la estimulación del lado psicótico o suicida y el papel de los cortes como formas de entrar en el problema. Vivir trágicamente. No puedo precisar si fue antes de mi viaje a la locura (Pueblo Nuevo, Efraín persiguiéndome con sus epístolas homosexuales, MT cantando con mis niños sobre el lomo de la cordillera, la niña indígena –en El juego de las seducciones la llamé Itzel, creo--, acercamiento, beber hasta perder el sentido, laguna mental, regreso a casa, año de visiones—o después. Creo firmemente que yo fui virgen durante mi etapa como maestro rural (me era insoportable el peso del misterio de la carne), sé que sufrí por ello y que esa sobrecarga de poder genésico motivó que yo me atreviera a tender la mano hacia la niña indígena Itzel. Porque eso fue lo que hice: tender la mano, nada más, como esa mano que tiende a Dios Adán en la Capilla Sixtina: Dios no toca al hombre. Así yo no toqué a Itzel y sin embargo sufrí las consecuencias. El lugar sí lo tengo claro: El Bar Tico(sólo había un prostíbulo más infame en San Isidro: El Bar Rojo). Los dos estaban en plena Calle del Comercio, a dos cuadras de la catedral. ¿Quién? Una putica muy joven. No recuerdo su rostro ni su cuerpo. Sí su falda: una falda amplia con chaquiras que tenían motivos mexicanos. De verdad-verdad no puedo decir cómo fue: tengo que recurrir a Breve historia de todas las cosas, obra que guarda más verdades de las que creo: lo que suponía inventado resultó ser histórico y de eso me enteré en el viaje a San Isidro hace un par de años. Dije que el negro Vladimiro, uno de los personajes fundamentales, era invención mía. Y no, el negro existió. Ella se tendió en la cama después de sacudir las sábanas y espantar las pulgas. Con un movimiento brusco de las piernas y los músculos del atlético y sano vientre hizo que la falda de abundantes pliegues de percalina se le viniera a la cara descubriendo su secreto muchiqui, veterano de tantas batallas. “La muy expedita”, comentaría el sargento, “ni siquiera tuvo la decencia de utilizar sus calzones color orinado. La vil se vino a pelo para facilitar el ajetreo”. Esta escena, en el tono burlesco constante y despiadado de esa primera novela mía, de alguna forma conserva el sedimento de lo que me sucedió con la putica. Fue un acto triste, yo estaba asustado, ella me estaba urgiendo, el cuarto era como una vitrina hecha de tablas, llena de grietas y orificios, donde se fornicaba casi públicamente y a destajo y se escuchaban los gemidos, interjecciones y vulgaridades de los vecinos formicantes. Imaginarlo: yo, 17 años, tembeleque, fingiendo hombría, fui prácticamente forzado por aquella hembra que me succionó con su bajo vientre y del puro terror no experimenté placer alguno. Hablando de este tema con LL ella sugirió: Tal vez esa prosti sea la madre de tu hijo perdido. ¿Cuándo fue? Durante los ocho meses como maestro no pudo ser: yo estaba lejos. Antes, quizás, pero lo dudo: yo estaba bajo el imperio de mi madre y jamás habría osado entrar al Bar Tico (el sólo entrar era una hazaña: era imposible que todo el pueblo no se enterara: en San Isidro todo se sabía… y todo se sabía al instante). Después de mi regreso de Pueblo Nuevo, después de mi año de reclusión, tal vez, tal vez. No lo he dicho: cuando logré escapar del mundo de las alucinaciones y los delirios de persecución, psiquiatras, drogas, comencé a desarrollar un extrañísimo deliro de don Juan. De alguna parte conseguí un sombrero texano y salía, ¡por fin salía!, solo a la calle, caminaba arriba y abajo bajo el sol imaginando que seducía a una y a otra, a todas las mujeres de San Isidro, y en un cuadernito apuntaba la lista completa de mis novias, que podían ser cincuenta o cien. Esa fue mi curación: de loco melancólico a loco eufórico, de minusválido mental a megalómano. A veces mi sufrida esposa ha llegado a verbalizar mi situación actual: Querido Garrik, la verdad es que nunca te curaste, sigues siendo el loco de antes, sólo que ahora has canalizado tus locuras hacia la literatura. ¡Corte! Una de las claves de las curaciones lacanianas es la utilización de cortes súbitos de los parlamentos: ellos permiten, según Jacques Lacan, entrar directamente en la interpretación de los casos.
Una conferencia pronunciada en la Universidad de Indiana en Pensylvania
Definir erotismo y definir literatura y luego vincularlos podría parecer una buena pregunta para un examen de filosofía. Reducir la respuesta a cuatro cuartillas es un buen reto que se puede aceptar sin incurrir en optimismo alguno. Primero que todo será importante huir de los lugares comunes, de las citas manoseadas extraidas del Cantar de los cantares o de las sinrazones tendenciosas de Bataille o el Marqués de Sade. Hay un bello poema de amor, o tal vez mejor, de soledad, escrito por uno de esos extravagantes que nunca faltan en Colombia y que de alguna manera tiene que ver con el erotismo colombiano. El poema comienza con las siguientes líneas : “Te quiero burrita”. El poema es de un hermoso loco que terminó suicidándose, salida bastante digna al desastre que hoy es Colombia. Tenemos en esta burrita amada un primer acercamiento, que nos ofrece un vislumbre quizas no del erotismo, sino de un erotismo: el que se practica sin compañía racional, con una pollina. Baudelaire escribió que el supremo placer reside en hacer el mal. A mí eso no me convence. Supongo que a algunos les gusta hacer al mal en la cama. Morderle una nalga a la compañera o jalarle las orejas. Yo prefiero hacerle cosquillas en el anito y sentir como la compañera se frunce y exclama “ay, cómo eres”... aunque de todos modos se acomode para que siga con las cosquillas y algo más. ¿Han probado ustedes meterle el dedito en el hoyuelo que queda al sur del coxis —con salivita, claro, porque lo cotrés no quita lo caliente— a la amiguita en el momento en que la raíz fundamental llega al fondo de la tierra? Pruébenlo, es garantizado. El consejo lo doy gratuitamente, aunque si lo quieren las señoras de Cosmopolitan se los vendo gustoso. Y aquí una disculpa: cuando hablo de erotismo, llamo al tálamo de esta mesa redonda, a una criatura del sexo femenino, porque yo tengo esa malhadada debilidad y limitación: no me gusta tener en mi cama de amor ni a una pollina, ni a un ganso, y menos a una gansa, tampoco a un hombre o un hembro, sino a una mujer, y no sólo con los orificios pertinentes, sino con la inteligencia, la imaginación, la disposición al juego y por lo tanto a la transgresión. Valdría la pena intentar definir a la palabra «mujer», lo que implica hoy en día un riesgo grande. Si afirmamos que definir a una mujer es definir a todas, incurriremos en un pecado grandote. Cuando yo era adolescente hice una lista de mis novias. Listé a 30: 29 eran novias imagiarias; a una le había dado un beso con los fríos labios apretados y las manos atrás. Las treinta mujeres de mi lista eran diferentes. Andando el tiempo he conocido, mejor, me he acercado, a unas cuarenta mujeres y sobre todas ellas he escrito, hasta casi convertirme en un especialista en el tema, de modo que he dictado aproximadamente 20 conferencias con el mismo título: Literatura y erotismo. Hasta el momento no he repetido razones ni anécdotas, pues me gusta probarme a mí mismo y ver si el paso de los años me ha enseñado algo. Confieso que creo que no he aprendido nada. Todas las mujeres que conocí fueron difíciles, conflictivas, enigmáticas. Unas más peluditas que otras. Unas gritonas, otras silenciosas. Una quiso suicidarse desde un piso alto del Hotel Tequendama; otra se entregó la primera noche, me juró amor eterno, le presté mi coche, y cuando me lo devolvió, el triste volkswagen estaba convertido en chatarra y ella ya tenía otro amor al que le había jurado amor eterno. Pero vayamos al tema central de estas cuatro páginas: ¿qué es el erotismo? Si me lo preguntan no lo sé, si lo practico, tampoco lo sé. No lo sé de cierto, lo intuyo y lo invento, nada más. Todo el mundo lo sabe: después del acto consabido no queda teoría alguna como sedimento. Todo se borra. En erotismo como en filosofía no hay progreso. Vamos a plantear una hipótesis. Supongamos que vemos una montaña, señalamos la cima y nos decimos: allá voy a llegar. Pues el erotismo es esa cima que siempre queremos alcanzar y a menudo creemos alcanzar. Al intentar racionalizar la experiencia del erotismo todo se desvanece. Y por eso, porque como de Dios y de la muerte no se puede pregonar sino nuestra ignorancia y nuestra fe, lo mejor es seguir dando palos una y otra vez, a ver si afinamos la puntería, y si no logramos la perfección y el conocimiento, por lo menos habremos bailado, y como dice el dicho, lo bailado quién nos lo quita... o más bien, palo dado ni Dios lo quita. Sigamos adelante con esta tendenciosa y falsa teoría del erotismo: Que vengamos con los palos contados no es más que un lugar común adoptado por nuestro maestro del lugar común. Yo hasta el momento no he hecho ciencia de nada, ni he defendido causa alguna, y me he dediado a ser un cantor de palos, lo que es divertido y creo no le hace mal a nadie. Y como cantor de palos, he sido un estudioso de las mujeres y he planteado el asunto del coito impune como una de las bellas artes, aunque sé, esto sí, que no hay coito impune. Todas las mujeres nos lo cobran y especialmente nuestras mujeres de planta... que si se enteran del coito, ya tendrán para cantar el resto de la vida. De muchacho yo tenía la idea romántica, es decir bobalicona, de que a la mujer amada hay que contarle todo. Craso y grasiento error. Con cada mujer hay que hacer una mónada —no una monada, sino una mónada leibnitziana—: cada mujer, como cada obra literaria, debe ser un universo cerrado, clausurado, con siete candados. Sólo así podremos habitar en la relación de pareja un mundo sin recriminaciones, un topos urano del erotismo, y, por qué no del amor. ¡Ah, ese es otro detalle que se me olvidaba apuntar! Yo soy de esos inocentes que creen que el auténtico erotismo incluye el amor. Y esta idea es sin duda una paradoja del tamaño de la paradoja de Zenón de Elea, pues como se sabe, el erotismo es acérrimo enemigo de la costumbre. Afortunadamente la mayor parte de las mujeres —de las mujeres con las que nos casamos los anticuados que somos hombres de una sola mujer y de muchos sueños— tienen un mecanismo que hace que rechacen el acto amoroso de manera sistemática, a menos que estén dadas todas las circunstancias propicias. El acto erótico —es decir, el acto amoroso pleno— supone e impone tantas condiciones, que es flor desértica. Intentemos enumerar las condiciones del acto erótico pleno: 1. Seleccionar el sitio correcto y darle estatus de sagrado; 2. Que la mujer esté propicia, descansada, amorosa, contenta, satisfecha con su hombre; 3, Que haya un sentimiento de juego y de aventura; 4, Que haya sensación de que lo que se va a emprender es algo prohibido y de que, esta noche sí va a suceder algo diferente; 4, Que haya habido una preparación. Vayamos un poco a la literatura. Qué autores nos han enseñado a los colombianos un poco de erotismo. Principiemos por Vargas Vila, que enseñó a nuestros abuelos en público y a nuestras abuelas en privado algo sobre el tema. Vargas Vila dijo que una vez que un hombre ha tenido los pechos de una mujer en sus manos, puede dar por hecho que la tendrá por completo. García Márquez en general ha pintado una especie de erotismo exótico, primitivo, mítico y cataclísmico, en el que el hombre toma a la mujer como un vendaval que la deja mirando las estrellas y preguntándose a qué hora comienza la función. Alvaro Mutis ha rozado el tema con pudor de diplomático que no quiere comprometer a nadie. A nivel de la gran literatura, muchos de los colombianos aprendieron de Las mil y una noches y de Henry Miller, lo que no pude dar sino resultados verdaderamente traumáticos. No conozco ningún texto colombiano en el que el tema del erotismo sea abordado a plenitud y con sus matices, pero supongo que sí lo hay. En cuanto a las relaciones entre el erotismo y la literatura me atrevería a decir que ambos son asuntos íntimos, con la diferencia que la literatura es una especie de intimidad hecha pública, mientras que el erotismo de pareja es una intimidad sellada. Hablo en términos generales, es decir, convencionales. No incluyo conceptos como perversión, que dan tanto de qué hablar y que designan las tendencias naturales que tenemos todos los seres humanos, pero llevadas a su extremo. El erotismo es un ejercicio sensorial y afectivo, tal vez también gnoseológico, en el que confluyen muchas ciencias manejadas de manera intuitiva: la arqueología, la psicología, la anatomía, la dinámica de los fluidos, la endorcrinología, la semiología, la acrobacia, la cronología. Desgraciadamente la civilización occidental ha prestado poca atención a los estudios académicos del erotismo en términos prácticos. Las mujeres occidentales no tienen la opción de graduarse, como en la antigua China, con el título de celestiales flautistas del emperador, sino que tienen que aprender en la oscuridad de los cines o en la incomodidad de los autos. No es extraño, entonces, que abominen del beso fundamental y que terminan aprendiendo a regañadientes. Los hombres, por su parte, conservan la tradición de servirse de la mujer como objeto de placer. Y gran parte de la culpa de esto la tienen la religión y los literatos. La religión por razones bien conocidas; los literatos, por el tradicional temor a tratar el tema con amplitud y libertad. Si los sueños colectivos de una cultura son objetivados por los escritores en sus obras, nosotros, los colombianos, tenemos sueños con censura. Sólo el arte puede dar —fuera de las camas y los sitios del acto en cuestión— las dimensiones del erotismo pleno y hasta ahora este artre colombiano no lo ha alcanzado. Otros erotismos truncos flotan en el aire y tergiversan ese weltanscahuung maltrecho que es el que campea en la vida amorosa de los colombianos y de los latinoamericanos en general. Estos seudoerotismos son los promovidos por la exhibición de la carne y los de la pornografía en todas sus expresiones. Y aquí vale la pena hacer una distinción elemental entre erotismo y pornografía: el erotismo es labor de altura e incluye la cristiana vocación de servicio, incluso el amor; la pornografía supone la existencia de una víctima y un victimario. El erotismo busca el bien; la pornografía busca el mal. Sé que esto suena esquemático, pero fundamentar tales asertos rebasaría los límites de las cuatro cuartillas. El objetivo del erotismo es la exaltación del ser humano por medio del afecto, la sensibilidad y el conocimiento mutuo; los objetivos ulteriores son la paz, el sueño tranquilo, la sensación boyscutiana de que se está haciendo la buena obra de la noche; el objetivo de la pornografía es deshacerse del semen retentum, escupirle a la compañera de lecho, y a otra cosa. Hay muchos matices que podrían explorarse en lo que estoy diciendo, pero los eludiré en aras de la obligada síntesis. Vale la pena aquí recordar las declaraciones del más reciente premio Nobel, el señor Naipaul: según él las prostitutas jugaron un papel muy importante en su matrimonio, pues lo mantuvieron a flote mientras la esposa de Naipaul no estaba disponible. A esto hay que agregar el papel fundamental de la masturbación y la pornografía, que son las salidas de emergencia de los esposos y las esposas insatisfechos y solitarios. Creo que esto es indudable y también es indudable de que en la literatura colombiana poco se ha atendido a estos temas. En general se ha dado un tratamiento idílico o por el contrario, cataclísmico, al erotismo, soslayando las zonas oscuras o por lo menos aparentemente inconfesables. Yo particularmente me he dedicado a escribir sobre lo inconfesable, y ello ha llevado a algunos medios de prensa y a algunos lectores a una etiquetación de mi trabajo como “literatura erótica”, lo que es un reduccionismo bastante desagradable. Para terminar voy a contar una pequeña fábula en la que creo se ejemplifica la diferencia entre el erotismo femenino y el masculino: Dos turistas, hombre y mujer, inexpertos en labores fluviales, hacen canotaje en la quebrada Matamata en el Amazonas y compiten con otros turistas que avanzan remando en sus respectivas canoas. Hombre y mujer llegan en último lugar. La mujer, que era la encargada de darle dirección a la canoa, en lugar de ir en línea recta hacia la meta, había ido de orilla a orilla. El hombre reclama: “Así nunca íbamos a ganar”. La mujer sonríe y responde: “Es que a mí no me interesaba ganar, sino ver el paisaje”. Muchos hombres son como ese turista: toman el erotismo como una competencia que deben ganar. Y muchas mujeres son como esa turista que quería ir de un lado a otro, con pausa, con deleite, mirando las orillas. Esta pequeña fábula, que viví hace algunos meses en el Amazonas me sirvió para reconfirmar la idea de la superioridad erótica de la mujer, su formación de saúde, de ser hecho particularmente para el amor. A los hombres no nos queda otra alternativa que tratar de aprender de estas maestras del amor. Lo demás es literatura.
Definir erotismo y definir literatura y luego vincularlos podría parecer una buena pregunta para un examen de filosofía. Reducir la respuesta a cuatro cuartillas es un buen reto que se puede aceptar sin incurrir en optimismo alguno. Primero que todo será importante huir de los lugares comunes, de las citas manoseadas extraidas del Cantar de los cantares o de las sinrazones tendenciosas de Bataille o el Marqués de Sade. Hay un bello poema de amor, o tal vez mejor, de soledad, escrito por uno de esos extravagantes que nunca faltan en Colombia y que de alguna manera tiene que ver con el erotismo colombiano. El poema comienza con las siguientes líneas : “Te quiero burrita”. El poema es de un hermoso loco que terminó suicidándose, salida bastante digna al desastre que hoy es Colombia. Tenemos en esta burrita amada un primer acercamiento, que nos ofrece un vislumbre quizas no del erotismo, sino de un erotismo: el que se practica sin compañía racional, con una pollina. Baudelaire escribió que el supremo placer reside en hacer el mal. A mí eso no me convence. Supongo que a algunos les gusta hacer al mal en la cama. Morderle una nalga a la compañera o jalarle las orejas. Yo prefiero hacerle cosquillas en el anito y sentir como la compañera se frunce y exclama “ay, cómo eres”... aunque de todos modos se acomode para que siga con las cosquillas y algo más. ¿Han probado ustedes meterle el dedito en el hoyuelo que queda al sur del coxis —con salivita, claro, porque lo cotrés no quita lo caliente— a la amiguita en el momento en que la raíz fundamental llega al fondo de la tierra? Pruébenlo, es garantizado. El consejo lo doy gratuitamente, aunque si lo quieren las señoras de Cosmopolitan se los vendo gustoso. Y aquí una disculpa: cuando hablo de erotismo, llamo al tálamo de esta mesa redonda, a una criatura del sexo femenino, porque yo tengo esa malhadada debilidad y limitación: no me gusta tener en mi cama de amor ni a una pollina, ni a un ganso, y menos a una gansa, tampoco a un hombre o un hembro, sino a una mujer, y no sólo con los orificios pertinentes, sino con la inteligencia, la imaginación, la disposición al juego y por lo tanto a la transgresión. Valdría la pena intentar definir a la palabra «mujer», lo que implica hoy en día un riesgo grande. Si afirmamos que definir a una mujer es definir a todas, incurriremos en un pecado grandote. Cuando yo era adolescente hice una lista de mis novias. Listé a 30: 29 eran novias imagiarias; a una le había dado un beso con los fríos labios apretados y las manos atrás. Las treinta mujeres de mi lista eran diferentes. Andando el tiempo he conocido, mejor, me he acercado, a unas cuarenta mujeres y sobre todas ellas he escrito, hasta casi convertirme en un especialista en el tema, de modo que he dictado aproximadamente 20 conferencias con el mismo título: Literatura y erotismo. Hasta el momento no he repetido razones ni anécdotas, pues me gusta probarme a mí mismo y ver si el paso de los años me ha enseñado algo. Confieso que creo que no he aprendido nada. Todas las mujeres que conocí fueron difíciles, conflictivas, enigmáticas. Unas más peluditas que otras. Unas gritonas, otras silenciosas. Una quiso suicidarse desde un piso alto del Hotel Tequendama; otra se entregó la primera noche, me juró amor eterno, le presté mi coche, y cuando me lo devolvió, el triste volkswagen estaba convertido en chatarra y ella ya tenía otro amor al que le había jurado amor eterno. Pero vayamos al tema central de estas cuatro páginas: ¿qué es el erotismo? Si me lo preguntan no lo sé, si lo practico, tampoco lo sé. No lo sé de cierto, lo intuyo y lo invento, nada más. Todo el mundo lo sabe: después del acto consabido no queda teoría alguna como sedimento. Todo se borra. En erotismo como en filosofía no hay progreso. Vamos a plantear una hipótesis. Supongamos que vemos una montaña, señalamos la cima y nos decimos: allá voy a llegar. Pues el erotismo es esa cima que siempre queremos alcanzar y a menudo creemos alcanzar. Al intentar racionalizar la experiencia del erotismo todo se desvanece. Y por eso, porque como de Dios y de la muerte no se puede pregonar sino nuestra ignorancia y nuestra fe, lo mejor es seguir dando palos una y otra vez, a ver si afinamos la puntería, y si no logramos la perfección y el conocimiento, por lo menos habremos bailado, y como dice el dicho, lo bailado quién nos lo quita... o más bien, palo dado ni Dios lo quita. Sigamos adelante con esta tendenciosa y falsa teoría del erotismo: Que vengamos con los palos contados no es más que un lugar común adoptado por nuestro maestro del lugar común. Yo hasta el momento no he hecho ciencia de nada, ni he defendido causa alguna, y me he dediado a ser un cantor de palos, lo que es divertido y creo no le hace mal a nadie. Y como cantor de palos, he sido un estudioso de las mujeres y he planteado el asunto del coito impune como una de las bellas artes, aunque sé, esto sí, que no hay coito impune. Todas las mujeres nos lo cobran y especialmente nuestras mujeres de planta... que si se enteran del coito, ya tendrán para cantar el resto de la vida. De muchacho yo tenía la idea romántica, es decir bobalicona, de que a la mujer amada hay que contarle todo. Craso y grasiento error. Con cada mujer hay que hacer una mónada —no una monada, sino una mónada leibnitziana—: cada mujer, como cada obra literaria, debe ser un universo cerrado, clausurado, con siete candados. Sólo así podremos habitar en la relación de pareja un mundo sin recriminaciones, un topos urano del erotismo, y, por qué no del amor. ¡Ah, ese es otro detalle que se me olvidaba apuntar! Yo soy de esos inocentes que creen que el auténtico erotismo incluye el amor. Y esta idea es sin duda una paradoja del tamaño de la paradoja de Zenón de Elea, pues como se sabe, el erotismo es acérrimo enemigo de la costumbre. Afortunadamente la mayor parte de las mujeres —de las mujeres con las que nos casamos los anticuados que somos hombres de una sola mujer y de muchos sueños— tienen un mecanismo que hace que rechacen el acto amoroso de manera sistemática, a menos que estén dadas todas las circunstancias propicias. El acto erótico —es decir, el acto amoroso pleno— supone e impone tantas condiciones, que es flor desértica. Intentemos enumerar las condiciones del acto erótico pleno: 1. Seleccionar el sitio correcto y darle estatus de sagrado; 2. Que la mujer esté propicia, descansada, amorosa, contenta, satisfecha con su hombre; 3, Que haya un sentimiento de juego y de aventura; 4, Que haya sensación de que lo que se va a emprender es algo prohibido y de que, esta noche sí va a suceder algo diferente; 4, Que haya habido una preparación. Vayamos un poco a la literatura. Qué autores nos han enseñado a los colombianos un poco de erotismo. Principiemos por Vargas Vila, que enseñó a nuestros abuelos en público y a nuestras abuelas en privado algo sobre el tema. Vargas Vila dijo que una vez que un hombre ha tenido los pechos de una mujer en sus manos, puede dar por hecho que la tendrá por completo. García Márquez en general ha pintado una especie de erotismo exótico, primitivo, mítico y cataclísmico, en el que el hombre toma a la mujer como un vendaval que la deja mirando las estrellas y preguntándose a qué hora comienza la función. Alvaro Mutis ha rozado el tema con pudor de diplomático que no quiere comprometer a nadie. A nivel de la gran literatura, muchos de los colombianos aprendieron de Las mil y una noches y de Henry Miller, lo que no pude dar sino resultados verdaderamente traumáticos. No conozco ningún texto colombiano en el que el tema del erotismo sea abordado a plenitud y con sus matices, pero supongo que sí lo hay. En cuanto a las relaciones entre el erotismo y la literatura me atrevería a decir que ambos son asuntos íntimos, con la diferencia que la literatura es una especie de intimidad hecha pública, mientras que el erotismo de pareja es una intimidad sellada. Hablo en términos generales, es decir, convencionales. No incluyo conceptos como perversión, que dan tanto de qué hablar y que designan las tendencias naturales que tenemos todos los seres humanos, pero llevadas a su extremo. El erotismo es un ejercicio sensorial y afectivo, tal vez también gnoseológico, en el que confluyen muchas ciencias manejadas de manera intuitiva: la arqueología, la psicología, la anatomía, la dinámica de los fluidos, la endorcrinología, la semiología, la acrobacia, la cronología. Desgraciadamente la civilización occidental ha prestado poca atención a los estudios académicos del erotismo en términos prácticos. Las mujeres occidentales no tienen la opción de graduarse, como en la antigua China, con el título de celestiales flautistas del emperador, sino que tienen que aprender en la oscuridad de los cines o en la incomodidad de los autos. No es extraño, entonces, que abominen del beso fundamental y que terminan aprendiendo a regañadientes. Los hombres, por su parte, conservan la tradición de servirse de la mujer como objeto de placer. Y gran parte de la culpa de esto la tienen la religión y los literatos. La religión por razones bien conocidas; los literatos, por el tradicional temor a tratar el tema con amplitud y libertad. Si los sueños colectivos de una cultura son objetivados por los escritores en sus obras, nosotros, los colombianos, tenemos sueños con censura. Sólo el arte puede dar —fuera de las camas y los sitios del acto en cuestión— las dimensiones del erotismo pleno y hasta ahora este artre colombiano no lo ha alcanzado. Otros erotismos truncos flotan en el aire y tergiversan ese weltanscahuung maltrecho que es el que campea en la vida amorosa de los colombianos y de los latinoamericanos en general. Estos seudoerotismos son los promovidos por la exhibición de la carne y los de la pornografía en todas sus expresiones. Y aquí vale la pena hacer una distinción elemental entre erotismo y pornografía: el erotismo es labor de altura e incluye la cristiana vocación de servicio, incluso el amor; la pornografía supone la existencia de una víctima y un victimario. El erotismo busca el bien; la pornografía busca el mal. Sé que esto suena esquemático, pero fundamentar tales asertos rebasaría los límites de las cuatro cuartillas. El objetivo del erotismo es la exaltación del ser humano por medio del afecto, la sensibilidad y el conocimiento mutuo; los objetivos ulteriores son la paz, el sueño tranquilo, la sensación boyscutiana de que se está haciendo la buena obra de la noche; el objetivo de la pornografía es deshacerse del semen retentum, escupirle a la compañera de lecho, y a otra cosa. Hay muchos matices que podrían explorarse en lo que estoy diciendo, pero los eludiré en aras de la obligada síntesis. Vale la pena aquí recordar las declaraciones del más reciente premio Nobel, el señor Naipaul: según él las prostitutas jugaron un papel muy importante en su matrimonio, pues lo mantuvieron a flote mientras la esposa de Naipaul no estaba disponible. A esto hay que agregar el papel fundamental de la masturbación y la pornografía, que son las salidas de emergencia de los esposos y las esposas insatisfechos y solitarios. Creo que esto es indudable y también es indudable de que en la literatura colombiana poco se ha atendido a estos temas. En general se ha dado un tratamiento idílico o por el contrario, cataclísmico, al erotismo, soslayando las zonas oscuras o por lo menos aparentemente inconfesables. Yo particularmente me he dedicado a escribir sobre lo inconfesable, y ello ha llevado a algunos medios de prensa y a algunos lectores a una etiquetación de mi trabajo como “literatura erótica”, lo que es un reduccionismo bastante desagradable. Para terminar voy a contar una pequeña fábula en la que creo se ejemplifica la diferencia entre el erotismo femenino y el masculino: Dos turistas, hombre y mujer, inexpertos en labores fluviales, hacen canotaje en la quebrada Matamata en el Amazonas y compiten con otros turistas que avanzan remando en sus respectivas canoas. Hombre y mujer llegan en último lugar. La mujer, que era la encargada de darle dirección a la canoa, en lugar de ir en línea recta hacia la meta, había ido de orilla a orilla. El hombre reclama: “Así nunca íbamos a ganar”. La mujer sonríe y responde: “Es que a mí no me interesaba ganar, sino ver el paisaje”. Muchos hombres son como ese turista: toman el erotismo como una competencia que deben ganar. Y muchas mujeres son como esa turista que quería ir de un lado a otro, con pausa, con deleite, mirando las orillas. Esta pequeña fábula, que viví hace algunos meses en el Amazonas me sirvió para reconfirmar la idea de la superioridad erótica de la mujer, su formación de saúde, de ser hecho particularmente para el amor. A los hombres no nos queda otra alternativa que tratar de aprender de estas maestras del amor. Lo demás es literatura.
La insaciabilidad
(Adelanto de la novela homónima
que publicará la Editorial de la Universidad Veracruzana a fines del 2014.
Exclusivo para OtroLunes)
MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO
Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empinándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas; que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo desmesurado, lo particular; que disfruta gozosamente de los dones de la tierra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e insoportable soledad.
Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo trago, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuencias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escurriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos momentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movimiento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.
Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calentar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.
Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía horrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el puro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad tomar tanto tequila de forma tan continua y despiadada. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desaparecerá en cuanto amanezca. Entonces todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala o en el corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letrina… Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.
Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual. No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a evaluar las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañarse iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuerza de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido latente, agazapada, y reventó gracias al tequila.
La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y cómo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la mañana. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasija de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no tengo sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la tensión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo semejante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al parque y congregar a una multitud para leerlo a gritos.
A las cinco de la mañana escupió una masa informe de diversos y escabrosos colores, de los que no estaba excluido el rojo tísico. Su habitación tenía un insoportable olor a tabaco, a magma femenino, papel higiénico húmedo y orines. Qué asco de vida, se dijo Ventura, sabiendo que era apenas una pose. La verdad es que le encantaba su existencia desastrosa, caótica, a la que en el fondo consideraba profundamente optimista: sabía que de algún lado saldrían un orden y un sentido. El grano sería separado de la paja. A las siete de la mañana vio que un rayo de luz trazaba una línea en la pared. Fue una sensación extraña. No la de ver la luz, no la de percibirla cuando es un hecho, sino la de sentir el impacto, como si súbitamente sus ojos hubieran alcanzado la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, o como si el rayo se hubiera retardado para hacerse más visible y evidente. En lugar de cobijarse y cerrar los ojos, corrió a la puerta. Se apoyó en ella y a través de una gota que caía en chorro intermitente pudo ver el sol. Era un sol partido en dos, sostenido por un hilo de agua. Un sol que taladraba violentamente la armadura de las nubes y lanzaba un rayo. Un rayo único que caía formando una línea delgada como de vidrio. Pronto las nubes volvieron a cerrarse y el amanecer se hizo opaco. Ventura regresó a la cama. Pero no durmió. Se revolvió entre las sábanas. Era necesario hacer algo con urgencia. El suicidio pasó por su mente. Le dio risa. Los rudos no se suicidan. Aunque Ventura no fuera un rudo, sí quería serlo, y ello bastaba para que jamás cayera en sensiblerías estúpidas y chantajes bastardos como el suicidio. Eso quedaba para los sentimentales, para los fracasados, para los imbéciles. Dejó a un lado esos pensamientos negros. Tenía que hacer algo que lo salvara … ¿Tocar violín? ¿Cómo hacerlo después de haberlo visto diluyéndose en el polvo del abandono? Cómo atreverse siquiera a mirarlo después de haber alcanzado la gloria de tocar un Amati. El trasto sonaría como una guitarra de ciego. ¿Salir a correr? Eso, salir a correr, derrotar al espíritu enfermo fatigando el cuerpo cómplice.
El frenético se puso su traje de luces para correr. Subió hasta la entrada del Parque Macuiltépetl y emprendió el ascenso.
El sol, ya luciendo totalmente desnudo, se astillaba en mil haces que, surgiendo diminutos entre los rendijas del verdor, iban creciendo hasta formar grandes manchas de luz sobre las sombras. Desde la cima del Cerro, de pie sobre la pirámide que domina toda la extensión de la ciudad, respiró hasta que el aire le inflamó todas las células. Un vigor verdaderamente satánico lo animaba. O estoy loco, se dijo Ventura, o estoy conectado a una central de energía. A las diez de la mañana se bañó. Luego fue a desayunar a La Parroquia. Allí vio a una mujer espléndida y solitaria, como una estatua de marfil, con la morbidez y la suavidad de la Danae pintada por Correggio. No intentó acercarse. Quien ha tocado un Amati no debe prostituirse con instrumentos de fabricación en serie.
Almorzó con Bárbara Blaskowitz. Ella no mencionó a Trilce, lo que Ventura halló sorprendente e incluso perverso.
Regresó a casa y escribió treinta páginas en las que contó el primer encuentro con Irgla, el asunto de su mística sensualista, sus fachas de Ladi Di, las poses de hija dilecta de lo mejor de la sociedad regiomontana. También hizo el inventario casi bíblico de sus mujeres adI (antes de Irgla) y los recorridos de escritor famoso y relegado. Al final dijo bravo, se aplaudió a sí mismo y decidió salir a ver el mundo.
En el mundo (en La Parroquia, ¿dónde más? En el año de gracia de 1983, en la ciudad de Xalapa, no había otro sitio para los solitarios) se encontró de nuevo con Bárbara Blaskowitz.
-Te tengo una noticia -dijo tan fresca, tan parecida a su futuro-. No sé si buena o mala. Me voy a Europa en diciembre. Y cuando regrese…
Lo obvio, lo diplomático, hubiera sido preguntarle con quién y a qué. No lo hizo. La prudencia nunca echa raíces en tierra bronca. Ventura permaneció en silencio. En efecto: no sabía si era buena o mala noticia. Meditó un instante. Le fue imposible armar un gesto de aflicción. Sonrió de una manera que quiso ser triste. Lanzó el último suspiro de sus vacaciones. La vida era generosa. Se renovaba constantemente.
Los buenos violines
Pero no viajó a Europa. Permaneció en Xalapa cumpliendo con su papel de Venus de Milo animada y con brazos. ¿Crees que puedo irme sabiendo que andas olfateando los huesos de mi Trilce?, dijo. Ventura frunció el duro ceño y prefirió callarse lo que pensaba: se peleó con el millonario de turno y éste retiró la invitación a visitar museos de Florencia y lugares de escándalo en Hamburgo. Se despidieron con un beso fraterno. Ventura regresó a su cueva y releyó sus notas iniciales en el cuaderno de contabilidad: Me sucede con las mujeres lo que me pasa con los buenos violines: no puedo ver uno sin desear tenerlo entre mis manos, observar el tipo de madera, sentir la textura y gozar el brillo del barniz, oler su cuello, su superficie, su interior, buscar la marca, indagar el origen, mirar en su intimidad, tocarlo si es posible, titubeante al principio, luego conmayor confianza y reverencia, afinarlo teniendo cuidado de no reventar las cuerdas, lanzarme a la aventura de emprender una escala elemental, después notas difíciles, golpes de arco intrincados, agresivos o acariciantes, para sentir el disfrute que proporciona la vibración extendiéndose del brazo a la mano, de la mano al arco, del arco a las cuerdas, de las cuerdas al puente, del puente a la base, de la base al alma, del alma a todo el cuerpo del violín y al resto del mundo. Cada violín tiene su gracia y su arcano. Mi violín poco placer puede darme. Es un humilde instrumento firmado por F. Heberlein, que a lo más tiene 150 años y fue fabricado en serie en Markneukirchen, pueblito poco mencionado de Alemania. Tiene un gran clavo en el gaznate, un trozo de lápiz en lugar de alma y la cuerda de sol vibra de manera antinatural. Aparte de ello padece de grietas en el cuerpo y de un puente demasiado bajo. Estoy seguro, puesto que la experiencia me lo ha enseñado, que con un buen instrumento puedo interpretar música amable. Y con una buena mujer cultivar un buen amor. ¡Palabras, palabras! El sentido estaba en otra parte. Se rascó el occipucio, le dio su lechita a Atenea y se dispuso a regresar a la vida real. Llegó a la oficina a las doce. Llovía a cántaros, como si desde arriba un millón de orates villanos se entretuvieran meando helado sobre el mundo. Escribió una carta a su madre anunciándole que tal vez decidiera mudar su cuerpo a Managua. Siempre le prometía lo mismo. Leyó un par de capítulos de la novela de un novato que aspira a ganarse un concurso chico. El amigo tímido -su jefe en la oficina: otro pariente de Kafka- es jurado y quiere auxilio. ¿Valdrá la pena darle el premio a esa novela, que es, por decir algo decente, bastante mediocre? Es que, según parece, no hay otra mejor. El dilema de siempre: no se premia lo mejor, sino lo menos malo. El amigo tímido es poco hablador, puede ser ingenioso. Parece carecer por completo de don de mando, pero la verdad es que no le interesa ejercerlo. Es afectuoso, sencillo, de modo que sus subordinados le obedecen incluso si no da órdenes: generalmente apenas sugiere. La mitad del tiempo de oficina la pasa escondido, acomodándose los huevos, mirándole las piernas a la secretaria Chío, tramando sus novelas, buscando sinónimos en su gran diccionario y haciendo gestos de desesperación cada vez que lo llama el rector de nuestra universidad. No quiere atender al batallón de ociosos que lo visitan para hacerle perder el tiempoo pedirle que les publique sus textos engolados, llenos de mayúsculas municipales y plagios desvergonzado. En Xalapa, que se ha llamado la Atenas Veracruzana se ha perdido la tradición de los siete sabios; ahora lo que existe son los siete farsantes, un grupo de ancianos retóricos que están en todas las fotos y celebraciones. Cada uno de ellos ha escrito más de diez libros, en los que se retratan ellos mismos y repiten hasta la náusea sus hazañas intelectuales, que les sirven para deslumbrar a los políticos iletrados y cobrar sueldos de magnates, sin hacer otra cosa que rascarse el ombligo y posar para las fotos. Todos han mandado esculpir sus estatuasy están esperando la oportunidad de agraviar las calles de la ciudad con sus ignominias, escribió.
El amigo tímido todo lo pide por favor, de manera indirecta, como si temiera ofender. Detesta los horarios y se hace el de la vista gorda para que cada quien tenga las libertades que no hay en otras dependencias de la Universidad. Es el jefe ideal. Respeta las ausencias y las debilidades de cada uno de sus empleados. Sabe que Venturaes disciplinado y cumplidor, aunque vive metido en sus escritos y enfangado en problemas de faldas y anuncia una nueva obra maestra cada seis meses. Aparte de todas las virtudes del amigo tímido, Ventura reconoce en él a un buen escritor.
Rocío
Con el lecho todavía húmedo por el rocío, Venturaescribe lo que considera líneas trágicas. Amanece. Anoche, al calor de lo que parecía, de nuevo, el amor (conciencia e inconsciencia estuvieron hablando cara a cara, sin agredirse, y parece que llegaron a un acuerdo provisional) el osado le dijo a la señora Blaskowitz, clara y sucintamente, que la quería. Se lo dijo, y dos veces, para que no hubiera dudas: Estoy seguro de que te quiero y sospecho que te amo. Su reacción fue normal. Se vistió y se fue, no sin antes decir que los delirios literarios y la borrachera mortal le habían ocasionado fiebre cerebral. Espera que pase una semana y comenzarás a estudiarme como si fuera uno de tus horribles personajes literarios, dijo: Ya me han dicho que uno de los fantoches de tu novelucha por entregas se parece a mí. Bárbara llegó a sus conclusiones tras escuchar la lectura del cuento más reciente, el de McClue. Ese McClue es un depredador, dijo. A mí me parece un personaje bello, la exaltación del desaforado de la imaginación que todos llevamos dentro. Cómo no va a parecerte bello, si es tu retrato. McClue eres tú, depredador, Ventura, eres un Calígula. Sólo puedes amar con los sentidos. Destruyes a la gente para ser feliz. La utilizas, la haces pedazos. Conmigo no has podido porque soy demasiado fuerte. Mientras más impíos y destructivos sean los escritores, más éxito tienen. Es la moda de la literatura contemporánea. Ser optimista es un pecado, dijo Ventura. Duele tener fe, contestó Bárbara.
Los sueños son el moralista hipócrita que todos llevamosdentro. Hay que asumirlos como productos estéticos y reírnos de sus mensajes, pensó escribir Ventura. El parlamento de la señora Blaskowitz no lo sorprendió en lo más mínimo: la misma escena, las mismas palabras,, los había vivido cinco o seis veces, no sólo con Bárbara y con la Princesa, sino con Irgla. Incluso la pensaba usar en la novela que algún día tenía proyectado escribir sobre el-gran-amor-de-su-vida. Podría ser un buen final.¡Irgla, Irgla!, el mejor violín de Cremona que nunca llegué a tocar con deleite. Lo tuve en mis manos temblorosas y no fui capaz de extraer las armonías sobrehumanas que podría alcanzar. Leyó de un libro que le había prestado Trilce: Un violín no tiene menos de cincuenta y ocho partes y lleva más de un siglo para que alcancen un acuerdo, de modo que el instrumento se convierta en una suma orgánica y dé lo mejor de sí, cuando su madera haya secado y la vibración corra por su cuerpo con la libertad del viento sobre el desierto. ¡Cómo iba yo a poder interpretar a mi esposa, mi violín de Cremona, ‘si apenas estaba comenzando a vibrar su alma cuando escapé de ella como un endemoniado.
Cuando Bárbara terminó su espectáculo e hizo su salida marcial, Ventura consideró la situación. Habían hablado como nunca antes y llegaron a sentirse a fondo, casi a entenderse. En un momento pudo sentir con claridad y evidencia, que Bárbara se ablandaba y lo bañaba al con una ambrosía cálida y agradecida. Antes hubo una discusión, un deslinde de territorios, un ataque sin cuartel, de parte del macho, que ocultaba acaso que iba a terminar rindiendo sus banderas (Comprobado: los mejores orgasmos son los que se alcanzan después de las riñas más encarnizadas. Bien decía Heráclito que el hambre es condición de la saciedad y que si no sufriéramos el frío no podríamos apreciar el calor). Eres una mujer inflable y desinflable, le dijo; eres un conflicto bípedo, agregó; eres bella por cualquier extremo, pero hay algo en tu comportamiento que no me inspira confianza; nuestro amor sólo podrá sobrevivir en la oscuridad, en el anonimato (lo que era verdad en dos sentidos: Bárbara exigía que antes de cualquier acercamiento erótico se apagara la luz, y siempre negaba en público que existiera alguna relación entre ella y Ventura). La señora Blaskowitz contraatacó: dijo que bajo la aparente capa de indiferencia que él usaba como atuendo cotidiano, había otra capa, de amante oficioso, y más allá, otra, de hipócrita, bajo la cual estaban la de calculador, la de falso erudito, la de cosmopolita de la miseria. (Asombro: no deja de ser ingeniosa la combinación; por lo menos la Princesa la aprobaría), y en el puro fondo, allá donde no podía mentirle a nadie, lo que en realidad se ocultaba era una necesidad de experimentar con la gente, de usarla no sólo para los deleites de la cama, sino como fuente de inspiración-“intspiración”, pronuncia Etelvina”- literaria y, lo peor de todo, como máscara para ocultar un vacío, un abismo, una incapacidad de apasionarse por nada. Declaró tétricamente: Estás solo, Ventura, completamente solo, y nadie te va a salvar de eso, porque tu soledad se basa en el convencimiento de que no existe una sola persona en el mundo que alcance tu estatura. Señaló que la vanidad era el motor de todos sus actos, y que bajo sus escritos no había ni una sola verdad, ni una sola indagación auténtica, pues lo único que perseguía eraimpresionar al lector, deslumbrarlo, para que no buscara nada, ya que en verdad no había nada que hallar, en su literatura, claro, pues en la realidad había signos a granel, manantiales inmensos de esencias y sustancias. Su conclusión fue que Ventura era radicalmente perverso, pero con una perversidad ligth, diferente a la del Marqués de Sade, puesto que era menos sincera y estaba basada en un puro instinto que carecía de fundamentos teóricos. Y súbitamente preguntó:
-¿Te gustaría que en lugar de ser esta mujer casada y divorciada, con hijas, grande, tonta y sentimental que soy, me hubieras conocido casta y hubiéramos llegado al altar escuchando un coro de ángeles?
Ventura sintió al responder que estaba a punto de apretar el gatillo de una pistola que apuntaba justo en medio de su bóveda palatina, con trayectoria rumbo al corazón del cerebro.
-A mí, sí. Y ¿a ti?
-No.
Dijo que no. Ventura entendió: sus hijas -la imagen de La Primavera de Botticelli, ¡Trilce, Trilce!, pasó aleteando y fue como una densa sombra de luz que le bañara los ojos-, el respetable ex marido, sus amigos, sus ex amantes que creía secretos, el prestigio de mujer conocida por todos, su rostro adorado por el público que la seguía en todos sus programas de televisión aunque le importara un sacrosanto rábano lo que dijera, su leyenda de dama fatal, voluble, y paradójicamente intacta, pesaban como una lápida, como la gran Torre Eiffel de Xalapa, y ella no estaba dispuesta a renunciar a su leyenda. La señora Blaskowitz esa noche se había transformado en una esfinge. Como la primera vez, fue definitiva y abiertamente dominante. A horcajadas sobre el cuerpo de Ventura, que yacía de espaldas, levantó su torso alto y sus senos de maravilla. Y allá en la semi penumbra, su rostro bellísimo, orlado por el arcano de su cabello de un color rojo intenso que aun en la oscuridad lanzaba destellos, configuró la imagen viva del animal hembra que cabalgaba sobre la humilde y servicial bestia macho, en una carrera desenfrenada en contra de la verdad que tanto había pregonado segundos atrás y a favor del placer, en contra de la trascendencia y a favor del instante. Ventura arriesga la suposición de que ella gozó a fondo (Uno no sabe a ciencia cierta lo que se mueve en las entrañas del abismo de las mujeres: generalmente dicen haber alcanzado el orgasmo para no sentirse humilladas, y en ocasiones, cuando lo alcanzan, niegan, por la misma razón, o para no dar armas al enemigo, que les haya pasado algo que no sea el vapuleo corporal. Para la mayoría de las mujeres el logro del resplandor es más difícil, puesto que tienen que sentir un amor vehemente en el momento de entregarse; para los hombres muchas veces el impulso bestial es suficiente y por eso la carne nueva nos proporciona mayor deleite. He aquí la gran paradoja de la condición humana: mientras para el macho la novedad es indispensable, para la mujer lo fundamental es la costumbre, la certeza, el arraigo. Por ello es que el amor, en el hombre, más allá del enamoramiento inicial, es una falacia, mientras que en la mujer es una realidad superior a cualquier quimera. De ahí que el amor de los hombres, como sentimiento raigal, sostenido y a largo plazo, sea la más grande impostura, escribió. Luego, tras meditar un instante, concluyó: Y sin embargo el buen músico no se prueba con cualquier instrumento. Solamente con el que le corresponde en el concierto de los mares del tiempo, con el suyo esencial, al que ha sometido a los rigores de los mortales ensayos y las escalas infinitas, solamente con ése alcanza la brillantez más cercana a la perfección, pues llega a conocerlo de tal manera, que resulta ser una prolongación de su cuerpo y de su espíritu, y tanto es así, que muchos intérpretes han comenzado su declive hacia la muerte tras perder sus instrumentos favoritos).
No hay duda. Anoche Bárbara Blaskowitz gozó por primera vez con Ventura. Y ello la aterrorizó. Por eso salió corriendo.
-Todo menos enamorarme de un animal como tú.
Aunque lo dijera en broma, estaba hablando en serio, pensó Ventura.
La señora salió sin prisa, convencida, como de costumbre, que ése sería el último encuentro. Dejó en la oscuridad perfilada su esfinge de león con las manos como garras sobre el pecho de Ventura.
El amoroso permaneció acostado, sonriendo, mientras acariciaba a Atenea. Ni siquiera intentó pensar. Esperó unos minutos y salió a llamarla por el teléfono de monedas cerca del DIF.
-Tengo algo urgente que decirte -tomó aliento, escuchó su respiración furiosa-. No cuelgues. Es sobre Einstein. Resulta que el demonio va a llevarse a Einstein y éste le pide un plazo para terminar sus investigaciones. Le solicita un mes. El diablo, irónico, le responde: “Pobre hombre: pides un mes. ¡Si supieras que un mes, un año o un siglo de tu vida o de la vida de cualquier ser humano, pesa lo que pesaría un grano de arena en el volumen indecible de las playas y desiertos de los billones de cuerpos celestes!”
—Apura, que ya va a amanecer -dijo Bárbara, aunque era notable que estaba interesada en el desenlace de esa pequeña historia.
—Einstein responde: “Entiendo lo que dices pero no lo comparto. Tu lógica, la lógica de Dios, es la lógica del infinito; mi lógica es la de lo limitado. Un mes de mi vida, ante mis propios ojos y ante los de mis semejantes, importa tanto como toda la existencia de Dios”.
-¿Y?
-Así, para mí el instante que acabamos de vivir importa tanto como una vida. Yo no pienso en el infinito; sólo en el presente. No pienso en los instantes como posibilidades de ahorrar dicha para gastarla en el momento en que pueda comprar una gran casa: la del verdadero, absoluto y definitivo amor. Todo amor debe ser el más grande. Sólo existe el presente.
A su discurso, que Ventura sintió profundo, sincero y conmovedor, Bárbara respondió con cansada y fría indignación:
-Eso se llamavenderse al menor precio y al primer postor.
Luego hiló un rosario de insultos que sólo concluyeron cuando Ventura colgó el auricular.
¡Cómo no recordar a Irgla, maestra sin par de las ofensas!










