Hace
tanto calor y brilla el sol de tal manera en este "destino turístico" que preferimos
estar encerrados en la habitación del Hotel casi todo el día. Ayer me levanté a
las cinco de la mañana y fui a nadar. Nadé desde el embarcadero hasta el primer
muelle, aproximadamente cuatro kilómetros, bordeando la playa. Cadúmenes de
peces azules y de peces casi transparentes vi y traté de perseguirlos. Como
sobraron bastantes libros de la presentación en Mérida decidí convertirme en
vendedor ambulante por la Calle Quinta de esta Babilonia. Vendí pocos pero gané
experiencia. Fui echado con poca diplomacia de un restaurante por el que parecía
ser el dueño del sitio. Aquí no aceptamos vendedores ambulantes, me dijo. Yo no
soy vendedor ambulante, le respondí, soy escritor. Y eso lo dije como si
dijera: Soy el rey de Francia y cuando yo hablo Dios me escucha. Antes de salir
le dije al individuo: ¡analfabeta!, él me respondió ¡pobre! Lo que me hizo
mucha gracia. Entendí: le gente viene a este paraíso a tomar sol, a beber, a echar
panza y ver pellejos sublimes. No a leer. Algunos recibieron mi oferta de
libros casi como un insulto. La experiencia de vender personalmente mis libros
la he repetido no sólo en la Feria del
Libro Universitario, donde agoté casi media edición de Mujeres
amadas sino en
la Feria de Minería, hace varios años, con Cuentos para después de hacer el amor. Me promovía ante un público curioso e
interesado como un merolico. La gente,
los escritores mexicanos pasaban cerca y me miraban con desprecio como diciendo
quién es este orate. Hasta el mismo editor Marco Antonio Jiménez Higuera estaba
avergonzado. La experiencia de cambiar de hotel de nuevo sucedió: a mi
máneger simplemente no le agradó la poca amabilidad del recepcionista del
Paraíso Hotel. No le agradó que las dos piscinas estuvieran muy lejos: una en la
azotea al lado de un abismo y otra muy lejos de la habitación: a ese
vil chapoteadero se llegaba tras recorrer un laberinto selvático. No le
agradaba el ulular de un búho y el maullar de un gato por la noche. No le
agradaba tampoco el precio: 1000 pesos. Por ese precio podríamos habernos
quedado en un NH o en un Holyday Inn, dijo. De modo que de nuevo a hacer
maletas y a regresar al Hotel MX, donde estuvimos antes de ir a Mérida. Un
gordo sin camisa (un naco, dijo mi máneger
y patrona LL) nos hizo esperar casi dos horas hasta que limpiaran el
cuarto. Mientras eso sucedía salí a hacer mi primera incursión como vendedor.
Vendí dos libros: 250 pesos. Suficiente para un desayuno de los tres. Terminé
la lectura de Lejos de Veracruz. Novela ligera, de aeropuerto,
graciosa, en la que el escritor-protagonista trata de ganarse la simpatía del
lector… y lo logra. Estoy escribiendo esto sentado en una silla en el baño, con
la lap top sobre una almohada que he colocado sobre mis rodillas, haciéndolo de
la misma forma que lo hice en el Hotel en San Isidro de El General.
Antes que salga el sol mi máneger va
a trotar a la playa. Cuando ella regresa voy yo a nadar. Hoy nadé 400 metros
cien metros mar adentro, desde el embarcadero hasta el Rofa. Nos alternamos por
razones familiares. Hoy mi máneger hizo pereza y cuando quiso ir a trotar el
sol ya estaba achicharrando pieles y conciencias. A pesar de que nos hemos
cuidado como beduinos ya estamos cambiando de color. Me parece que ya casi
somos mulatos y si seguimos aquí vamos a terminar siendo negros. Mis relaciones
con mi máneger han sufrido menoscabo desde que me vio hablando con una
adolescente rusa en el Hotel XX. ¡Pero si yo sólo le pregunté la nacionalidad!
Poco faltó para que me llamara pederasta. Que la verdad algo debo tener de eso
porque me encantan, me chiflan, me trastornan las adolescentes y
preadolescentes cuando son sublimemente bellas como Sonia (así la bauticé como
al personaje desventurado de Crimen y
castigo). Pero más allá de la admiración obsecuente, obnubilada y a veces
francamente descarada, nunca me atrevería a aventurar algún tipo de movimiento
peligroso. Me pasa lo que a von Aschenbach con Tadzio (creo disculpable este
vicio de remitirlo todo a la literatura: si fuera carnicero posiblemente
pensaría en términos de filetes, cuadriles y lomos). Pienso que he llegado a la
edad en la que debo aceptar la inocencia de mi imaginación, como decía Buñuel.
La gran diversión de mi máneger (que es mujer, lo digo para quienes no conocen
el juego) aparte de trotar y nadar, es ir a centros comerciales a poner en
peligro no sólo sus finanzas sino las mías. Yo he declarado lapidariamente, ¡ni
una compra más!, pero caigo. Ayer vi un reloj con cronómetro y otros mil
artilugios y estuve a punto de comprarlo. Casi 200 dólares. Sigo la lectura de Lejos de Veracruz. Me seduce y me hace pensar
en que lo que yo escribo es diferente. Lo mío es fraccionado como un espejo que
tiro al suelo y después vuelvo a pegar organizándolo más por medio del azar que
manejado por mi mano demiúrgica y maestra (sick). La idea es que todo lo que
escribo tiene un centro: yo. Libro de un ególatra, narciso y self centerd
presumido. ¿Qué tanto interés puede tener esto para ese fantasma llamado
lector? Pienso que suficiente. Por lo pronto en el blog tengo mínimo 55
lectores diarios. Tanto tira y afloje emocional con mi máneger me ha hecho
pensar que lo mejor es que mi próximo regreso a la caverna del león debo
hacerlo en íngrima compañía. Se va armando poco a poco el paquete de mi
estancia en Colombia. Dos conferencias en Cali, presentación de Historia de todas las cosas en Bogotá y
otra ciudad. Pronto iremos a Mérida.