Cuento incluido en Cuentos para antes, después y en
lugar de hacer el amor, próxima edición en la Editorial de la Universidad
Autónoma de Nuevo León. Este cuento es muy parecido a "Diatriba de amor contra un hombre sentado", monólogo escrito por García Márquez. El mío fue publicado en 1983; el de don Gabo en 1992.
Antes, les ofrezco en link con el video del monólogo escrito por García Márquez, para que compare y saque conclusiones.
https://www.youtube.com/watch?v=cDjJyepkBNM
https://www.youtube.com/watch?v=cDjJyepkBNM
Sí, dos veces nada más. ¿Quién
te lo contó? La que está más fresca es la de ayer. Y no porque yo quisiera,
sino simplemente porque salí de la casa dispuesto a ver una buena película.
Premiada en Cannes, nacional, curiosamente. Tú no estabas, supongo que habías
dejado a los niños en casa de mamá y decidiste visitar a Lolita. Cuando entré
en la sala y vi las luces apagadas supe que te habías ido y que yo solo no
podría soportar un hueco de dos horas sin hacer nada. Ni la música ni la
televisión alcanzan a llenar el vacío que tú dejas. Tomé el periódico y lo abrí
en la sección de espectáculos. Entre tanta piel brillante alcancé a vislumbrar
un pequeño recuadro, unas palmas de olivo y un escudo. Ésta debe ser una buena
película, me dije, lo malo es que el
sitio no debe ser de primera si se anuncia en caracteres tan microscópicos.
Sea por Dios!, esta soledad simplemente no puedo soportarla. El garage
semivacío reafirmó mi necesidad de asistir a un buen espectáculo. Puse el
motor en marcha y busqué la dirección en el mapa.
!Mi amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amoroso!
Cántico Espiritual
Un
enorme cacto, cuyas ramas, como de árbol, se extendían a lado y lado de la
barda. La piel de un verde casto apenas si podía tocarse, con mucho cuidado,
introduciendo la mano de canto, entre las espinas largas, filosas y
resistentes. Con un cuidado infinito, ayudado por el cuchillo de la cocina,
fui limpiando la superficie. Al inicio fue difícil porque no existía espacio
suficiente entre las espinas. Luego, después de sufrir varias punzadas, el
espacio devastado fue creciendo hasta que ya no hubo mayor problema. La savia
de un blanco lechoso hacía su aparición cuando arrancaba cada espina. La
cicatrización duraba varios días y finalmente terminaba por integrarse el verde
delicado, hasta hacer casi imperceptible la herida. Una vez que hube concluido
la operación, pude acariciar sin riesgo la piel. Entonces, con el mismo
cuchillo, dibujé un corazón, escribí mi nombre y dejé un espacio en blanco.
Esperé. Una semana más tarde leí: Paty.
Para
quien está acostumbrado a la sagrada rutina del trabajo, la iglesia y el
hogar, un mapa no basta. Y por eso me extravié entre calles tortuosas,
fábricas obscuras y señales contradictorias. Di dos o tres vueltas. Y
finalmente lo hallé. Pero, qué encuentro?... Las luces están apagadas, no hay
público, la taquilla está cerrada. Casi contento retorno al auto y emprendo el
retorno a casa. Me digo, Paty ya debe estar esperándome, enciendo la radio,
avanzo a tientas y con mucha paciencia logro salir del laberinto. Debo confesar
que a pesar de todo me sentía un poco contrariado. Si hay algo que me caiga mal
es hacer planes y que después no me resulten. Iba bajando por Madero para luego
tomar Avenida Universidad, cuando veo las luces, veo la marquesina luminosa y
me acuerdo de que aquel es el Blanquita,
un sitio al que fui hace ya tanto tiempo con los compañeros del seminario. No
es un lugar muy recomendable, pero es que me sentía, no sé cómo decirte, con
ganas de hacer algo diferente. No escandaloso, claro está, sino diferente,
entrar en contacto con otro tipo de personas. Pensé por un momento en las
palabras del Padre Ruvalcaba: "Vivimos en nuestro mundo, pero olvidamos
que somos compañeros de otros mil mundos". Y creo que el Padre Ruvalcaba
tiene razón. Es cierto que somos felices, que glorificamos a Dios, que
pertenecemos a la Sociedad de la Purísima Hostia y que hacemos lo posible por
no contrariar Sus mandamientos. Pero, y los demás? Qué hacemos por siquiera
conocer a los compañeros de viaje? Fue ese pensamiento el que me impulsó a
detenerme en medio del camino. No encontré un estacionamiento cercano y por
ello decidí dejar el auto en una calle adyacente. Le puse las dos alarmas,
desconecté el flujo de electricidad, no vaya a ser que me robaran por andar de
piadoso. Pregunté, a qué hora comienza
la función? Me dijeron, comenzó hace dos horas; dije, ah, bueno, qué lástima.
Un poco reconciliado con mi propia conciencia llegué a la conclusión de que
era más prudente regresar a casa. Paty ya debía estar esperándome. De salida no
pude evitar mirar las fotografías de la cartelera. Jesús!, muchachas en
posiciones impúdicas, muchachas con ropa interior negra, vestidas con ropajes
de fantasía o sin vestido, simplemente sin vestido, con las manos cubriendo las
partes indecorosas de sus anatomías. Tuve un movimiento de repulsión y me sentí
feliz de que la función estuviera a punto de concluir. Discúlpame, voy a
prender un cigarrillo. El primero que me atrevo a quemar en este sagrado
recinto. Puedo explicártelo. El hecho es que casi iluminado por una luz nueva y
desconocida emprendí el regreso al auto, convencido que había estado al borde
del abismo y que el enemigo malo me había llevado por malos pasos. Claro!,
había malinterpretado las palabras del Padre Ruvalcaba, me pesa, me pesa.
Yo
estaba con la cabeza baja mientras papá hablaba sobre mí. Tu madre y mi madre me miraban orgullosas.
Estábamos sentados todos en la sala de tu casa. La lámpara de cristales parecía
un árbol invertido cargado de piedras preciosas colgando del techo. Un cuadro
con los pecadores aullando entre las llamas y con la Virgen flotando sobre
ellos, presidía la escena. Cuando tu padre llamó, Paty, yo levanté la cabeza.
Tardaste un momento en aparecer y yo supuse que te estabas peinando los rizos
o que estabas acostando a tus muñecos o que tenías vergüenza, como yo. Tócanos Para Elisa, pidió orgullosamente tu
padre. Pusiste las manos a tu espalda y casi con miedo dijiste, Papi, todavía
no me sale bien. Hubo un instante de silencio tenso, una mirada imperativa y
finalmente te sentaste al piano. Los primeros compases fueron indecisos, luego
la música fluyó gloriosa y cristalina y cuando bajaste la cabeza y pusiste las
manos sobre el regazo ya había comenzado a amarte.
Ya
llevaba unos cien metros caminados cuando pienso: y por qué voy a echar a
perder la buena intención? Pues simplemente aquí traigo un librito pío, me
siento en la antesala y espero a que comience la próxima función.
Efectivamente, volví al auto, me percaté de que todo estuviera en su sitio: las
alarmas conectadas, el distribuidor sin contacto, las puertas completamente
selladas, y tomé mi libro de la guarda, uno que me había prestado el padre
Ruvalcaba y que me ha ayudado mucho, es un gran auxiliar en esos momentos en
los cuales hay que esperar en una fila en el banco, o hacer antesala,
cualquiera de esas circunstancias imprevistas que se tornan en una tortura si
uno no tiene algo que hacer, algo en qué entretenerse. Entonces sí, bueno,
fui, me senté. Naturalmente que me veía un poco fuera de sitio en aquel lugar,
con mi traje High Life y mi corbata Oxford. Me la quité rápidamente. Me
desaliñé la camisa. El aspecto de los que me rodeaban no era muy tranquilizador:
muchachos greñudos de pelo reseco como la paja, campesinos de pata al suelo,
algún individuo con facha de carnicero, unas manos de indudable mecánico,
rostros de cualquier cosa, pero no gente de mi nivel, naturalmente. Me senté a
esperar y me subí un poco la bufanda. No, no porque tratara de impedir que me
reconociera alguien; tú sabes que a veces uno se puede encontrar en los sitios
más insospechados con la gente que va, gente que... A propósito, quién te
contó? Recuerdas lo que se dice de Poncho Rumayor sentado en un bar de mala
muerte en Nueva York? Te digo, la vida es extraña, los caminos de Dios son...
Les
molestaba que yo no quisiera participar en sus conversaciones, que evitara los
secretos que para todos eran un misterio apasionante. Y por eso me llevaron al
Blanquita. Ni siquiera me dejaron
mirar los fotografías de la entrada e impidieron que protestara porque sólo
veía a gente mayor a mi alrededor y escuchaba risas insolentes y malas
palabras. Claro que tenía un poco de curiosidad, pero el miedo era mucho mayor.
Me temblaban las piernas y tenía unas ganas horribles de hacer pis. Ellos se
sentaron a lado y lado y me hacían cosquillas y trataban de tranquilizarme. En
el seminario mis compañeros comentaban que yo iba a ser sacerdote de verdad y
eso los molestaba. Todos estaban ahí por obligación y trataban de violar las
reglas y quien más lo hiciera resultaba el más admirado. Apenas si tuve tiempo
de ver a la primera bailarina cuando eché a correr.
...gente
que uno realmente no piensa que puede ir a uno de esos lugares, pero que
efectivamente de pronto resulta la casualidad de que allá se encuentre con el
gerente del banco donde uno tiene la cuenta, que se tropiece con el médico
familiar, con el abogado, y bueno, es embarazoso y uno tiene que dar explicaciones,
y ellos también, pero el caso es que yo no me subí la bufanda porque quisiera
ocultarme, sino simplemente porque estaba haciendo frío, bastante frío. Comencé
a leer. Eran bellas páginas, selecciones de la Biblia, hasta me aprendí de
memoria algunos paisajes: Contemplad los
lirios del campo: ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de
ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo que hoy florece y mañana se
marchita, no tendrá mucho más cuidado de vosotros, hombres de poca fe?
Imagínate si con ese tipo de pensamientos me podía sentir mal aunque estuviera
haciendo antesala a las puertas del infierno. Todos somos criaturas de Dios.
No
recuerdo con precisión qué fue primero. Si nuestros nombres sobre la piel del
cacto o la velada en casa de tus padres. Lo que sí recuerdo con exactitud es
que tu nombre apareció, todavía adornado con gotas frescas de savia, cuando
estaba perdiendo las esperanzas. Y aunque tú jures que jamás escribiste en el
espacio en blanco yo sé que lo hiciste porque ninguna otra persona pudo
hacerlo. Ni el jardinero que cortaba la hierba una vez por semana, ni Petra,
que ya estaba muy vieja para andarse subiendo en las bardas, y mucho menos tu
padre o tu madre, que ignoraban nuestros juegos infantiles. Fue algo hermoso y
no entiendo porque te empeñas en negarlo, si no tiene nada de malo. O es que
crees que yo estoy inventando. Apuesto que si volvemos a la vieja casa y el
cacto está en su sitio, podremos ver las huellas.
Por eso
me senté bien adelante, bien adelante. En la fila E-10, me acuerdo con
perfección. Sonó la primera llamada, como en los conciertos, imagínate. Los
hombres se frotaban las manos, había que verlos, fumaban nerviosamente, leían
revistas escandalosas, crónicas sobre crímenes, hablaban con toda desfachatez
sobre temas bastante apropiados para el sitio. Otro mundo, absolutamente otro
mundo, te digo, compañeros de viaje totalmente extraños a nosotros. Yo
naturalmente seguía leyendo mi respetable libro, puesto que no era asunto de
mezclarme con ese tipo de gente. Lo mío llevaba una intención piadosa, tú
sabes. Sonó la tercera llamada. Me atreví a pedirle a mi vecino, un muchacho
con la piel más desastrosa que haya visto en mi vida, el primer cigarrillo de
mi vida y cerré el libro, todavía repitiendo de memoria las palabras
consoladoras: No tendrá mucho más
cuidado de vosotros, que de los lirios, hombres de poca fe? Los primeros
acordes coincidieron con mi ataque de tos. Cuando logré sobreponerme pude
escuchar una especie de guaracha, o mambo, algo de esa clase, no sé. Se abrió
el telón y el escenario estaba vacío. Por los altavoces se anunció la
presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita. Aparecieron cinco
muchachas, naturalmente...con poca ropa. Cuatro de ellas bastante torpes. Y una
muy experimentada. Se movía de forma bastante graciosa...No,
"graciosa" no es la palabra. Seductora, envolvente, sugestiva.
Cuando
regresaba del seminario los fines de semana, lo primero que hacía, antes de
desempacar la ropa sucia y los libros, era ir al patio, subirme a la barda y
sentir con mis dedos las letras en la obscuridad. Desde mi puesto de
observación trataba de adivinarte tras las cortinas de la sala o en las luces
prendidas de tu habitación. Y en algunas ocasiones tuve la suerte de ser recibido por la música del
piano. Hablar, verdaderamente hablar, nunca lo hicimos en esos tiempos. Todo
se limitaba a indicios, señas, ecos, sombras, sonidos, papelitos volando. Y
así como yo comencé a vivir para descubrirte tras cualquier movimiento que se
produjera en tu casa, tú permanecerías en el balcón del frente esperando el instante
en que, siendo sábado por la noche, escucharas el cláxon del auto pidiendo que
abrieran el garage. Entonces, después lo supe, te peinabas los bucles apresuradamente
y corrías a sentarte frente al piano. Y por eso, desde que aprendiste horas y
fechas de mis llegadas, la música me recibió.
Sí, era
una morena a la que se le notaba la experiencia, que dominaba con su actuación
todos los matices de los rostros provocadores, de los gestos lascivos, sin que
dejara de tener su arte, por supuesto. Y las otras cuatro eran una chica
bastante obesa y torpe cuyos movimientos estaban en desacuerdo con los de las
demás bailarinas; otra era más bien tímida, una joven inexperta, daba la
impresión de que era su debut; de las dos restantes, no me acuerdo. Terminó la
presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita y luego vino una comedia
con Fufurufo, un gordo que se ha
dedicado a difundir la pornografía, la desnudez, la entretención barata
y perniciosa entre las clases populares de Monterrey. Además de Fufurufo
estaban una señora ya mayor, una jovencita extremadamente bien formada,
simpática, y... un galán, el típico macho engominado. El argumento consistía en
que Fufurufo compraba unos anteojos mágicos con los que podía ver desnuda a la
gente. Al final descubre que el novio de su hija, cómo decirte...pues,
tiene...pocos atributos masculinos, no sé si me entiendes. Que no
tiene...cierta parte del cuerpo bien desarrollada. Esa fue la primera comedia
en la cual todo se desenvolvía dentro de un ambiente de procacidad que no
carecía de cierto ingenio, que he de confesarlo, me hizo reír a pesar de mi
actitud eminentemente piadosa.
Avanzabas
por el pasillo central, la primera en la fila de tu colegio. Tu madre dejaba
escurrir lágrimas silenciosas. Tu padre musitaba oraciones en voz baja. La
música del órgano hacía estremecer las paredes de la Catedral y mi alma se
agitaba como una sábana tendida en un viento ciclónico: giraba enloquecida con
una ebriedad mística que estaba a punto de hacerme desfallecer. Cuando te arrodillaste
y separaste una mano de la otra para apartar el velo que obstruía el camino de
la hostia hacia tu boca, creí que no lo iba a soportar, que iba a ponerme a
berrear de emoción. Aspiré profundamente tres veces y recuperé la compostura.
Viniste con la cabeza baja y te arrodillaste a mi lado. Al salir de la iglesia,
mi padre me hizo el gesto convenido. Me acerqué a ti y te entregué, sin decir
una palabra, la Biblia con letras de oro y separador de seda que te había
comprado en Barcelona. Tú tampoco levantaste los ojos. Ni dijiste gracias. Los
cuatro caminamos juntos hacia el auto.
Ah,
bueno, se me olvidaba: durante la comedia, apenas aparecía una mujer, el
público gritaba oso, oso, oso. Yo realmente no comprendía que querían decir
con esa expresión. Es posible que formara parte de un lenguaje cómplice que
allí se estilaba, o alguna expresión de doble sentido, no había que ser muy
agudo para adivinar la existencia de una significación impía. Más tarde vino
la presencia de la juvenil Bety Jiménez, Bety Rodríguez, no recuerdo: una
muchachita de aspecto bastante decente, muy bien cuidada en cuanto a su aspecto
físico, y comenzó a bailar de forma interesante. Lo interesante era que... No,
no lo interesante... Lo curioso era que el vestido, totalmente dorado por el
frente... en cuanto se dio la vuelta... tuve que bajar los ojos. Tenía
descubiertos los omóplatos y la parte donde la espalda se vuelve obscena... y
los glúteos, vamos, tenía descubiertos los glúteos. En ese instante tuve la
tentación de salir, pero veinte o treinta piernas lo impedían y estaba seguro
que en cuanto me pusiera de pie me harían una silbatina terrible. Me resigné
pues a seguir en mi sitio. Y cuando daba la espalda la muchacha, el público se
enardecía y gritaba oso, oso, oso. La muchacha no se inmutaba... O sí, sí se
inmutaba. La que no se inmutó fue Norma Lee, al final. Ya te contaré. Permíteme
prender otro cigarrillo. Disculpa. No sé. Es algo como una lavativa espiritual,
como un lubricante, me permite hablar con libertad. Ah, se me olvidaba
mencionar, esta muchacha, Bety Rodríguez, Bety Jiménez, como quiera que se
llame, era... blanca, blanquísima y tenía el pelo rubio. Naturalmente se
notaba que el pelo era de un rubio artificial. No, bonita no, de ninguna
manera: su rostro redondo, los ojos invisibles en la obscuridad de unas ojeras
espantosas, la boca grande y vulgar; sin embargo, sus manos, sus piernas, su
cuerpo en general eran de una claridad, de una diafanidad que no inspiraba
ningún mal pensamiento. Bueno, como decía, terminó la primera parte. Yo
naturalmente volví a mi libro. Y fue san Pablo quien me tomó de la mano: La caridad es longánime, es benigna; no es
envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha... Las palabras me envolvieron
de tal manera que me olvidé de todo: ...no
es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la
injusticia, se complace en la verdad, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
tolera. Las palabras me elevaron por
sobre lo temporal y solamente regresé al salón cuando se dieron las tres
llamadas de ley.
Como
todo saleciano de corazón yo invocaba a Don Bosco en mis actividades, lo
imitaba en su fe y lo seguía en su ejemplo. Cuántas veces su imagen preciosa me
salvó de la tentación durante la peligrosa época de la adolescencia, cuántas
veces estuve al borde del pecado mortal, cuántas veces estuve a punto de
romper, aunque fuera en la imaginación, el irrecuperable voto de castidad con
que había santificado mi vida. Y no es que yo tuviera la vocación sacerdotal.
Nunca la tuve. Me arrastraba, como a San Agustín, la necesidad de conocer el
mundo. Sospechaba mis debilidades y por ello la lucha era más tenaz. Tú eras
mi objetivo, y yo, como San Antonio, que forjó una gran santidad viviendo en el
desierto, quería acrisolar mi voluntad de llegar puro al matrimonio, aunque
viviera rodeado de alimañas. Y eso que jamás se había hablado de matrimonio o
cosas semejantes entre tu familia y la mía. Todo sucedía aquí, en mi cabeza. Y
lo que son las afinidades: también en la tuya. El nuestro fue un auténtico
matrimonio de almas, un matrimonio espiritual.
Llega
el momento estelar de la noche y se anuncia la presencia de Norma Lee.
Naturalmente todo el mundo aplaude, todo mundo se acomoda en sus sillas, la
mayor parte saca sus cigarrillos y los enciende nerviosamente, hay
comentarios; parece que algunos ya la han visto, a la Norma Lee, me refiero.
Pedí otro cigarrillo entre disculpas. Mi vecino me regaló esta cajetilla,
imagínate. Y aparece Norma Lee. Imposible negar que Norma Lee es una mujer
hermosa. En el pelo intensamente negro luce una cinta así como griega
recogiéndolo.
Dios
siempre premia a las almas que confían en Él, las llena de dones y yo no tenía por qué ser la excepción a la
regla divina. Siempre esperé confiado el cumplimiento de mis propósitos y
cuando nuestras relaciones pasaron del jardín a la sala de tu casa, no me
asombré en lo absoluto. Fueron mis oraciones y supongo que las tuyas las que
formalizaron un compromiso del cual jamás se habló. No recuerdo una primera vez
sino la mezcla compleja y a la vez
invariable de mil tardes, sentados en los incómodos sillones, uno al lado del
otro y tu madre al frente, bordando incansablemente mantelitos blancos de
crochet para vender en las ferias de la
parroquia y de paso para llenar el tiempo de su vida. La suma de las palabras
que cruzamos durante diez o doce años de noviazgo no alcanzaría a componer un
libro de poemas. Siempre hubo algo que se interpuso entre tú y yo. Un juego de
damas chinas, un tablero de ajedez, el piano. Pero nos bastaba. Alcanzamos la
comunión espiritual a través de los objetos.
Apenas
hubo cantado la primera canción, se quitó esa cinta y el pelo cayó hacia atrás
formando un diluvio negro que la envolvía toda, y cuando giraba era un
remolino hermosísimo, especialmente porque, tal como la primera, Norma Lee era
intensamente blanca, intensamente blanca, con una piel deliciosa, bellísima,
indescriptible... Entonces bailó, volvió a cantar, con una voz lo suficientemente
educada como para no causar mala impresión, pero no con la maestría que haría
exclamar a un conocedor; y una vez que hubo cantado desapareció por un segundo.
Se levantó otro telón y apareció un hombre ya mayor, con corbata, de aspecto
respetable, y comenzó a tocar en la batería una música de estilo africano, tú
sabes ese ritmo acelerado de los tambores resonantes, sí, de estilo africano,
porque hay algo de esos estilos primitivos africanos que tiene que ver con lo
que me atrevería a calificar como el
llamado de la bestia, algo que pone en ebullición la sangre, como que todos
escondemos bajo la piel a otra criatura menos temperada y cuando uno escucha
esos tambores sabe que algo diferente va a suceder, que algo... no común está a
punto de iniciarse y que tanto uno como el mundo somos diferentes, no sé si me
entiendes; el sonido fue elevándose gradualmente hasta que apareció Norma
Lee... Norma Lee apareció y ahora estaba mucho más ataviada, vestida de pies a
cabeza con una especie de túnica árabe hecha con muchos velos y llena de
cintas, cantidades de cintas, por todos lados, de modo que cuando giraba
parecía un trompo al que se le hubieran amarrado una serie de... no sabría cómo
definirlo ... Parecía un rehilete, una visión, un trozo de sueño que no
alcanzaba a definir.
Un
pedacito de cielo lo arregla todo, decía Domingo Sabio, y yo no tuve un
pedacito, sino el infinito en mis manos, cuando avanzaba por el pasillo central
de la Catedral hacia el altar mayor, ante el cual tú serías, finalmente, la
esposa con la que compartiría penas y alegrías hasta que la muerte nos separe.
Creo que por primera vez, tras recibir el anillo de mis manos, me miraste fija
y sostenidamente a los ojos. Entonces no
supe que hacer y ni siquiera escuché las palabras del oficiante cuando dijo, si
el cónyuge lo desea, puede besar a su esposa. Estaba totalmente anonadado y
poco faltó para que echara a correr. Sólo cumplí con mi deber cuando mi padre
empujándome disimuladamente me susurró al oído, bésala, atarantado. Tú
retiraste los labios y me ofreciste, sonrojada hasta el último pelo, la
mejilla.
Un
trompo en movimiento, y ella en el centro girando, girando, entre colores, la
mayor parte de los colores luminosos, que hacían contraste con su pelo negro y
armonizaban con su piel intensamente blanca. Comenzó a bailar y lo hacía
bastante bien y se notaba que tenía rudimentos de ballet. Se notaba que era una
profesional y no simplemente una aficionada. Y curiosamente no se escuchaban
los gritos de oso, oso, oso!, que se
habían escuchado a lo largo de toda la función. Bailó muy hermosamente, con
placer y seducción, y comenzó a destrenzar cintas, una cinta aquí y otra cinta
allá, y parecía que estaba envuelta en ropajes, inmensamente envuelta en
ropajes y que jamás iba a terminar de desenvolverse. Pero eso en vez de apagar
la emoción hacía que ésta creciera, y, bueno... su vestido quedó reducido a un
par de piezas y surgió aquella escultura clásica, perfecta, perfecta, sin la
más pequeña fisura, sus manos eran alas de paloma en un aire manso y su cuerpo
se estremecía de una forma intensamente artística y yo me dije, en realidad no
he perdido mi tiempo: esto es arte. Pero, después de esta danza que podría
llamarse de odalisca o ritual o esotérica, quizás de vestal, una vez que quedó
en prendas menores, comenzaron las voces a gritar desde atrás oso, oso, oso!
Ni tú
ni yo queríamos ser el primero en salir del baño. Yo me duché tan
minuciosamente como pude, me afeité hasta que la piel se me puso encarnada, leí
el reglamento del hotel, me senté en la taza y traté de escuchar. El agua de la
regadera en tu baño seguía sonando y a lo lejos se podía oír la música de la
orquesta en el salón, recuerdas? Alegrías
y tristezas del amor sonaba en el primer piso. Supuse que te estaba
sucediendo lo mismo que a mí, pero no tuve el valor de abrir la puerta primero.
Miré el reloj. Era la una de la mañana cuando por fin escuché el sonido de tu
puerta. Y ni siquiera entonces salí. Por el siseo de las sábanas y el ruido del
apagador imaginé que te habías acostado y tomé el pomo de la puerta. Pero no
pude. A la una y media unos golpecitos modestos me hicieron despertar. No
tienes sueño?, preguntaste, y no me quedó más remedio que salir. Al día siguiente
fuimos a pasear en góndola y le dimos de comer a las palomas en la Plaza de San
Marcos.
Y esta
mujer ni se inmutaba como la primera joven sino que estoicamente seguía su
rutina. La música bajó hasta un nivel casi inaudible. No. Antes de eso ella
formó figuras perfectamente geométricas con su cuerpo, había momentos en que
solamente se podía percibir su anatomía de la cintura para abajo. Sus partes se
destacaban de una forma desasosegante y aquello era como una manzana perfilada
contra el horizonte morado de la cortina. Se acostó, se abrió de piernas y
formó una "V" impecable, y
todo el mundo gritaba oso, oso, oso!, y ella se acariciaba sin ninguna
morbosidad, simplemente como un ritual, me perdonarás la comparación, como
podría ser la Santa Misa, era algo perfectamente artístico, y después que hubo
formado todas estas figuras, hermosas, sin lugar a dudas, puesto que el cuerpo
humano no tiene nada de pecaminoso, descendió el ritmo, descendió el sonido
hasta un nivel bajísimo... y apareció un hombre, un macho, un héroe griego, una
estatua de Apolo... No me queda bien decirlo, pero era, quizás... el hombre más
bello que he visto en mi vida. Apareció ante el público bailando en impecables
puntas de pies con su cuerpo que estaba formado por dos intachables triángulos
unidos por una cintura imposible. Traía un ademán de dominio y comenzó a bailar
en torno a ella, la envolvió, la colocó en cuantas posiciones quiso y simulaba
lo que era inconfundiblemente el acto de amor en tantas formas distintas que yo no pude menos que sorprenderme.
Otras
veces sucedió lo mismo. Entramos en el baño y ninguno de los dos quería ser el
primero en salir. Durante la tercera noche en Venecia, mientras el agua
caliente corría por mi cuerpo sentí una agradable y quizás incómoda sensación.
Te juro que era la primera vez que sucedía. En el seminario menor el agua fría
calmaba cualquier ardor. Una parte que hasta entonces había sido accesoria en
mi anatomía, comenzó a adquirir vida propia y a exigir con apremio algo de lo
que, puedo decirlo con la mano sobre la Biblia, hasta entonces no había tenido
la más leve idea. Fui yo entonces quien inauguré la cama y quien toqué a tu
puerta. Me coloqué de espaldas y esperé a que estuvieras a mi lado. Toda la
fuerza de voluntad que puse para vencer el temor de abrazarte, me robó la
energía extraña que en el baño había
sentido. Luego fuiste tú quien me abrazó y sintió mi cuerpo rígido y mi ánimo
pasmado y quien finalmente me dio la espalda cuando te percataste de que no
había más. Los dos estábamos esperando, pero no sabíamos qué.
Y yo me
dije, esto es cosa de otro mundo, cuánto he perdido, cuánto he perdido: la
clásica posición de la mujer mirando al cielo no está mal y es la que
recomiendan los doctores de la iglesia, pero aburre; imaginando pues un poco
todas las posibilidades que podríamos, Paty, discúlpame, ensayar, si tú
accedieras a este tipo de cosas. Y este hombre, en actitud de soberano dominio,
la colocaba de espaldas, de frente, de cabeza... se cruzaba de brazos y abría
las piernas y le ordenaba aquí! aquí! bésame!, y ella no quería aquí! a
mis pies! de rodillas! bésame!, y ella no quería y ella estaba en el suelo
tirada con el pelo sobre el rostro y ella no quería y el hombre la tomó del
pelo y la atrajo hacia su cuerpo y ella lo golpeaba y lo golpeaba hasta que por
fin rendida ante lo imponente de aquel macho tuvo que hacer lo que éste le
exigía y ni te digo lo que era porque no me lo vas a creer. Y yo sentí una
cierta emoción contraria a mi actitud eminentemente piadosa, puesto que si
estaba allí era para compartir el viaje con los compañeros de este mundo a los
cuales tenemos tan olvidados. Sin embargo, me contuve, cerré los ojos y con la
ayuda de Don Bosco recuperé la compostura. Había sido una debilidad humana,
simplemente humana. Somos seres finitos, criaturas de Dios y estamos sujetos a
los azares del mundo. Tras echar una mirada al público seguí contemplando a
aquella mujer, quien después de que fue poseída, simbólicamente, claro está,
puesto que tanto el hombre como la mujer conservaban sus taparrabos y lo que
alguien llamó las pezoneras, después que la mujer fue poseída simbólicamente,
llegó el momento en que el macho desapareció y el furor de la multitud se elevó
unánime: oso, oso, oso! Y luego los gritos se transformaron en súplicas,
madrecita, danos oso!
Tras
una semana en el Hotel del Gran Canal seguíamos siendo los mismos novios
candorosos de siempre. Caminábamos por las calles tomados de los dedos meñiques
e incluso en los momentos de dicha suprema llegábamos a darnos besos siempre
púdicos. Retornamos a la casa que nos tenían lista nuestros padres siempre
provisores. Nos ocupamos de las minucias domésticas y pretendimos olvidar el asunto. Pero sabíamos
que había algo inconcluso porque nuestros cuerpos pedían la consumación de un
acto que estábamos lejos de imaginar. El viaje a la playa fue un pretexto velado.
Comer mariscos fue una sugerencia que deslizó mi padre casi al azar, en medio
de una conversación intrascendente. Pero yo adiviné sus intenciones y si no le
pregunté directamente fue porque había algo de vergonzoso en el tema. Hay
cuestiones que no se deben tratar y de las cuales sólo la naturaleza puede ser
maestra. Tú dolor y mi sorpresa fueron mayúsculos cuando se abrió la herida.
Oso,
oso, oso, ese es mi oso, oso salvaje, oso animal, oso delicioso, oso precioso,
oso escandaloso, oso goloso, aquí te tengo lo sabroso!, gritos indecentes, lo
supe, lo descubrí fulminantemente, porque vi a un individuo ponerse las manos
entre las piernas cuando gritaba su majadería, entonces comprendí toda la
bajeza, todo el primitivismo, pero no pude escapar, me sentía llevado por el
río desbordado de lo que allí estaba sucediendo y la revelación se hizo aún más
espantosa cuando la mujer, obedeciendo a los gritos, con un movimiento rápido,
elegante y orgulloso:
-Si no saben apreciar mi arte, les voy
a dar su oso, hijitos, pa que se calmen!
Se despojó de la prenda inferior y
descubrió... al oso, lo que hizo rugir
al público. Ni el mismo Don Bosco pudo ayudarme a superar la emoción y
aunque quise cerrar los ojos seguí mirando como hipnotizado... porque... la
función seguía adelante... La mujer, retadora, se acercó sonriente,
enigmática, maravillosa.
-Quieren oso, hijitos? Lo van a
tener.
Se sentó en le borde del escenario...
abrió sus piernas y comenzó a moverse y yo sentí que aquella masa humana, yo
incluido en ella, iba penetrando en esa mujer... y conocí... el oso... supe que
allí estaba la esencia de lo que tú y yo hemos ignorado todo el tiempo por
culpa de la prisa y la vergüenza, entendí, cuando ella dio el grito final que
el viaje debía ser compartido, y que aquella mujer con sus vestidos brillantes
era como una...
Dejamos
de hablarnos por un tiempo y volvimos a comunicarnos por medio de objetos.
Cuando me oías llegar, tú tocabas el piano y yo recuperaba la emoción y el
desencanto de aquella primera noche en la playa. Volvimos a intentarlo varias
veces. Era inútil, tu te resignabas estoicamente, como una santa mujer.
CUENTO PARA DESPUÉS DE HACER EL AMOR CON UNA MUJER QUE POSIBLEMENTE NO VOLVAMOS A VER JAMÁS
Cuentos de MT abril 25, 2012
Uno de los cuentos más leídos de Minis del Cuento blog de minificciones en español...
http://minisdelcuento.wordpress.com/2012/01/31/un-cuento-para-despues-de-hacer-el-amor-con-una-mujer-a-la-que-posiblemente-no-volvamos-a-ver/
http://minisdelcuento.wordpress.com/2012/01/31/un-cuento-para-despues-de-hacer-el-amor-con-una-mujer-a-la-que-posiblemente-no-volvamos-a-ver/
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| Portada que nunca veremos en libro. Es de "Cunetos", no de cuentos |

LA NOCHE DE AQUILES Y VIRGEN
Relato tomado de Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura México y España). Fue antologado en el volumen Veinte ante el milenio, recopilada por Eduardo García Aguilar (UNAM, México).
Amor mío, mi boca será
un ejército contra ti.
Apollinaire
Aquiles quiere todas las noches, antes de dormirse, un polvito no muy elaborado, apenas para dar fin a las reservas de vigilia que el trabajo en la oficina, las rutinas del café, los amigos y el periódico, no logran agotar. Su esposa, tres de cada cuatro noches, cansada e inapetente, derrotada por los afanes hogareños, la ansiedad de la espera y la tensión que suscitan en ella las telenovelas caprichosas e interminables, se derrumba sobre la cama, no sin haber cumplido con los rituales que el terco Mamuma se empeña en repetir antes de conciliar el sueño. Vestida a veces o con la piyama a medio camino, su cuerpo hecho una bella e inútil madeja, enternece y molesta, despierta el deseo y lo apaga con la inocencia de los indefensos. Lo que tiene de niña le salta entonces como un duende al rostro, allí se instala e ilumina la expresión sosegada y risueña de sus labios, los rasgos de muñeca vagamente oriental, las largas y densas pestañas, el pelo negrísimo felizmente desordenado en contraste con la palidez rosácea de las mejillas. La muy puta, piensa cariñosamente Aquiles, sabe desarmarme con su mejor pose. Pero no. No es ésa la mejor. Basta que abra los ojos para que la obra de arte de su rostro alcance la plenitud, el equilibrio magnífico, la turbadora belleza que no han logrado opacar los años ni soslayar la costumbre.
Una vez que coloca la cabeza en la almohada, basta contar hasta diez para saber que ya con Virgen no se puede tratar ningún asunto, menos que cualquier otro el de aliviar a su esposo de las urgencias que le quitan el sueño. Y no es que a ella no le guste; al contrario, la apasiona, la divierte, es su mejor recuerdo y su más socorrida expectativa, la mantiene en movimiento y risueña en el tráfago sin fin del día: la radio a todo volumen, Virgen cantando sin respiro y sin público (no lo hace mal, imita asombrosamente bien a dos o tres baladistas, tiene un alto sentido del ritmo y un instinto diríase visceral para inventar coreografías de las que sólo el espejo, las paredes y los muebles son testigos), barre, arregla la casa, tiende las camas, va al mercado, regresa, mira el reloj, cocina, lava, revisa el guisado, plancha, todo ello sin olvidar por un instante lo que le tiene reservada la noche (si el sueño no la vence, si Mamuma cae antes de las nueve, si el espíritu o el humor o las ganas o el deseo son propicios). Virgen recuerda, planea, inventa, sonríe, gira sobre las puntas de los pies y sigue adelante: recoger los juguetes del brujo Mamuma, ordenar la ropa planchada, sacudir los muebles, entablar una lucha campal contra las pelusas que invaden la alfombra.
Y no sólo le apasiona como actividad romántica —para ella lo del polvito es únicamente sub-producto del cariño, una parte prescindible e incluso antihigiénica del amor— sino que está dotada de las virtudes indispensables o acaso sólo del entusiasmo de la amante perfecta: hay en ella un extrañísimo equilibrio entre una ausencia de malicia, algo como una inocencia sin grietas, y una morbosidad minuciosa, extremista (Aquiles entiende que tal maridaje es absurdo, pero no tiene otra forma de explicar los comportamientos de su mujer), que la incita a pedir a su marido que prenda la luz de la lamparita y la obliga a querer rebasar todos los límites: siempre quiere esperar otro ratito, aplazar la solución inapelable y somera del alivio, y en sus transportes termina por echarlo a veces todo a perder. Aquiles, que no se concentra más allá de cierto umbral de tolerancia, comienza a pensar que debe levantarse temprano y llegar lúcido a la oficina para evitar confusiones, disputas, vergüenzas y sin querer pero deseándolo grita con fingida pesadumbre su derrota, que ya viene el polvito, mija, y en un gemido, apúrate, y el veloz negocio del amor termina con un enfurruñamiento de Virgen, quien afortunadamente se duerme pronto, no tiene tiempo para protestar y al día siguiente perdona y olvida.
Nunca, nunca, ni en los tiempos del febril noviazgo (la conoció en la oficina, le gustaron sus ojos y el mohín de chiquilla con el que respondió a su sonrisa de cuarentón con debilidades, la invitó al cine, la besó en una esquina oscura, la llevó a su casa, se hicieron polvito y un mes más tarde se casaron), cuando Virgen se escapaba de su casa para pasar los fines de semana encerrada en el desastroso apartamento de Aquiles, ha quedado satisfecha. Sus proyectos eróticos son alocados, sin medida y todas las noches en que está dispuesta al goce, descansada y hecha toda ella un alboroto de perfumes y perifollos, dice que quiere ver la aurora después de haberse hecho polvito diez o doce veces. Ella supone que tal empresa es posible y estaría dispuesta a jurar que en los fecundos días previos al matrimonio, más que una hazaña, fue un hábito devastador y feliz.
Aquiles se dirige al baño, se lava los dientes —lo que es casi un vicio por la frecuencia y el cuidado con que lo hace—; se mira de frente y de perfil, menos movido por la vanidad que por el deseo de verificar los efectos del tiempo sobre un cutis que nunca ha sido benévolo; se da un duchazo de pájaro en la fuente, se aplica desodorante antes de secarse, hace ejercicios respiratorios y suspira.
Ya terminó, la telenovela. Mamuma cayó con los primeros comerciales. Aquiles escucha allá a lo lejos —la estancia es una inexplicable sucesión de cuartos todos semejantes, separados por puertas, el baño queda al final del rústico laberinto— que Virgen apaga la televisión. Las condiciones están dadas. Sólo falta que no la derrote el sueño, que llegue a la cama, como a un puerto, evitando los escollos de tantas labores que hay pendientes en la casa.
Aquiles, con el oído atento, avanza hacia la recámara. Va cerrando puertas y apagando luces. Entra en puntas de pies. Se pone la piyama. Una prenda poco erógena, sostiene Aquiles, a la que se ha resignado sin dificultad, como se resignó a los diminutivos ridículos, a la misma pregunta repetida año tras año, noche a noche, a poner las cosas más o menos en su lugar e incluso a ir a misa y a cumplir unas prácticas en las que dejó de creer cuando el cura de la parroquia le puso una mano en el alto muslo. Y no le compró una piyama semejante por crueldad o mal gusto sino por una razón menos que inescrutable: Virgen concibe una pasión doméstica por las diferentes partes del cuerpo de su esposo, pero por sus piernas tiene una debilidad rayana en lo enfermizo. Verlas desnudas y abalanzarse a besarlas es a menudo parte del mismo impulso. Comprensible entonces es que Aquiles haya convertido su disfraz de nocturno boy scout en piyama preferida o anzuelo.
Aquiles cubre bien al brujo Mamuma con la cobija. Afirma el cubrelecho prensándolo con el colchón. Siempre lucha por destaparse. Es como Virgen: Se acuesta bien abrigada, hasta con suéter y calcetines, si es necesario con una bufanda. Encima se echa dos o tres cobijas. Horas después entredormida, comienza a patear las sábanas, luego, sin despertar del todo, se despoja del suéter. Si éste le opone resistencia, Virgen es capaz de desgarrarlo. Finalmente, merced a contorsiones y entre protestas, se deshace del portabustos y la pantaleta, que lanza furiosamente lejos. Entonces si se entrega al sueño, orlada por una desnudez beatífica que despierta en su marido ternezas y arrebatos incontrolables dejándolo al arbitrio de la tierra estéril del insomnio.
Virgen parece no ocuparse de Aquiles. Se despoja con poco arte del vestido, del fondo y del sostén. Ahora viene el asunto delicadísimo de la selección de la piyama. Virgen escoge precisamente la menos propicia. Lo dicho: no quiere, se dice contrariado Aquiles, pero luego recuerda que la más socorrida estrategia de su mujercita es ocultar su aquiescencia hasta el último instante. Hay que seguirle el juego. Todo está en que no se duerma.
Es tan menudo el cuerpo de Virgen que cabe en la piyama de un niño de catorce años. Vista de lejos y con el cabello recogido se la puede confundir con un adolescente magnífico, lánguido y turbador. Su cuerpo destella inundado por la suave luz de la lámpara de diez voltios. La pieza superior de la piyama cubre fugazmente la cabeza, se desliza a lo largo de los brazos en alto, se detiene un segundo en sus cántaros de agua fresca y se instala como una cascada de cristal líquido en la curvatura del inicio de unas ancas de yegua niña.
Virgen se tambalea. El ave rapaz del sueño comienza a rondarla. recupera el equilibrio. Para ponerse el pantalón (hay veces en que la somnolencia le impide terminar el proceso y es entonces cuando Aquiles debe concluir lo iniciado).
¿Me quieres?, pregunta Virgen. Ya sabes que sí. Dilo. Te quiero. No te oí. Te quiero. ¿Cuánto? Lo suficiente. ¡Ah!
Así no van a funcionar las cosas, piensa Aquiles. Me faltó convicción y una pizca de fantasía. Tendría que haberme arrojado a sus pies y decirle por ejemplo te quiero más que a mi vida, más que a mi madre y a mis diez hermanos, por ti sería capaz de caminar descalzo cien kilómetros en pleno desierto del Sahara y de nadar desde América hasta Europa quince veces ida y vuelta.
Ah, las incomprensibles sutilezas del amor: entonces Virgen hubiera dicho: Me basta con que digas “te quiero” con sencillez y sinceridad. Y Aquiles habría replicado, ¿otra vez?, lo que iniciaría una discusión inacabable.
Aquiles lo intenta de nuevo. No son las palabras lo que cuenta, sino el torrente interior: Claro que te quiero, piojita.
Eso estuvo mejor.
Aquiles aparta las cobijas y se coloca en posición de recibir a Virgen en brazos. Generalmente se acomoda colocando su cabecita de pájaro sobre el pecho amplio y ligeramente mullido de su esposo. Luego entrevera sus piernas con las de Aquiles después de levantarse las enaguas de su bata hasta la cintura. Pero ahora la piyama de niño de catorce años obstaculiza el roce de los muslos (Virgen es prácticamente una puritana: no soporta las fiestas ni las reuniones de familia lleva a todas partes su tejido —tiene treinta o cuarenta suéteres, todos de su orgullosa creación— y en medio de las multitudes encuentra refugio en las agujas; llama a su esposo y le dice: Quiles, te propongo una travesura: vámonos volando a casa, nos quitamos los calzones y nos metemos en la tienda de campaña. Que es, claro, el amparo de las sábanas, todas las noches limpias, recién planchadas. Tal es su más alto paraíso).
Desde que lo conoció sin zapatos y sin pantalones —dos días después de verlo por primera vez en la oficina— Virgen vive impresionada por el tamaño de los dedos de los pies de su esposo: “Quisiera tener unos dedos gordos como los tuyos. ¿Crees que si me inyecto siliconas podré conseguirlos?”.
Virgen se estira. El buitre del sueño está a punto de acogotarla. No hay remedio. Se tiende con poca gracia sobre la cama. Le da la espalda a su esposo. Abraza su almohada.
Aquiles comienza a contar. Cuando llega a nueve Virgen gira sobre los muslos de su marido, la cabeza en el pecho. Posición clásica. Mete una mano bajo la camisa de Aquiles y la deja divagar. Si súbitamente se inmoviliza a la altura del ombligo, es señal cierta de que ya los pájaros de la noche le están royendo los pensamientos. Si desciende hasta las entrepiernas, una de dos posibilidades: o está obedeciendo al instinto de cada noche y después de alterar la paz del yacente se entrega, la muy irresponsable, a la clausura de las imágenes privadas, o de veras quiere hacerse polvito con su esposo. También puede ser, piensa Aquiles, que Virgen utilice la carnada del deseo para lograr la dosis necesaria y adormecedora de caricias y arrumacos.
Dada la segunda alternativa, Aquiles puede proceder. Introduce una mano a espaldas de Virgen y la dirige rumbo al cauce de sus nalgas, descendiendo por la vertiente de la columna vertebral, al tiempo que su esposa se estremece como un perrito de aguas que mueve la cola.
Dos actitudes de Virgen sacan de quicio a Aquiles: la de descubrirse los pechos con aires de diva fatal y ofrecerlos a los labios diligentes de su marido, y la de recoger las piernas bajo las sábanas para despojarse de las pantaletas. Sólo en esos momentos puede descansar Aquiles en la certeza de que el camino hacia el polvito es irrevocable.
Virgen toma la gran cabeza de su marido y la conduce con pericia hacia los lugares que debe visitar. Dama delicada y experta, guía a su dragón doméstico a pastar en campos plagados de visiones y encantamientos, le permite el vislumbre y el goce fugaz de los nichos aromados y lo deja abrevar en su manantial más profundo.
Si Aquiles quiere sacarla de los sueños de opio del amor (¡hay tantos papeles estúpidos y quisquillosos que revisar en la oficina!; un solo error ocasionaría una ominosa convocatoria a la guarida del director, desfilar entre las sonrisas de los compañeros), tiene que recurrir a pequeñas traiciones, omitir ciertas visitas ineludibles e inventarse arrebatos que lo lleven a transgredir los ritmos habituales de la ceremonia.
Como la criatura silvestre que ya siente silbar la flecha, Virgen se escabulle. Voy a prender la luz, dice, ¿no te molesta? Ni responder es conveniente. Ella misma sitúa una almohada bajo la cabeza de su amante y éste comprende sin dificultad alguna lo que se espera de él.
Aquiles recuerda que antes no le gustaba llegar a tales extremos, pues le molestaban los humores, el olor indiscernible, terriblemente orgánico, la textura deleznable, el sabor pastoso, y que luego la necesidad, la costumbre, el saber que el camino estaría allanado, le hicieron reconocer y disfrutar de un cierto aromoso saborcillo a yerbabuena.
Ahora reconoce que sin ello no puede pasarse.
El brujo Mamuma se revuelve en la cama. Alarma.
Una mano de Virgen se tiende rumbo a la fuente de luz y Aquiles puede contemplar, antes que la oscuridad tranquilizadora torne a sumergir a Mamuma en el sueño, la frutal firmeza de un seno y el perfil de luna en cuarto menguante del otro.
Una vez segura de que Mamuma no volverá a despertar, Virgen retoma el mando. Dispone del cuerpo de su marido, lo distribuye equitativamente en la cama, le murmura fórmulas de paz y relajamiento y después comienza a ramonearlo aquí y allá, con algo de calculada brusquedad, como una nerviosa cabrita de montaña en lo más agreste de su territorio, más jugueteando que en su ejercicio de una pasión tonta, y su esposo sabe jubiloso y en medio del temblor, a dónde conducirá todo aquello, a la más noble y deleitosa, deleitable labor que convertirá la parte más sensible de su naturaleza en una temible, vibrante escultura. Baila Virgen una danza de guerra llena de estruendo y relámpagos y promesas en torno a su victoria.
No más, pide Aquiles, no más. Y la terca supone siempre que es falsa alarma y se empecina en recibir con descaro la medida más generosa de su marido en lo más profundo del foso de los suspiros, y en ocasiones, ya Aquiles tiene que recurrir a una especie de violento salto atrás y apartar la cabeza de su esposa y suplicarle que permanezca tranquila un instante. Entonces es cuando ella se da cuenta de las dimensiones de la posible tragedia y busca formas de evitarla: ¡Piensa en la crisis! ¡En la deuda externa! ¡hay que mandar el coche al taller!
A veces la estrategia de distracción da resultado y la carga de caballería se detiene justo antes de caer al fondo de la nada. Entonces, aliviados pero todavía en peligro, pueden hacer una pausa, fumar (Virgen sólo fuma en el lecho y lo hace torpemente, tomando el cigarrillo con más de dos dedos) y hablar del kínder del brujo Mamuma, de sus últimas ocurrencias (pintar una raya con tiza en el patio para que las hormigas no se atrevan a rebasarla; pretender abrir la puerta con una llave de plastilina), y los gastados chismes de la oficina (sólo hay una secretaria, una tipa que quizás veinte años atrás fuera atractiva, pero que hoy es correosa, presumida, regañona y desmañada y a quien, en broma, se le atribuyen toda clase de amoríos absurdos).
Pero si el desastre es inevitable, Virgen se desilusiona y observa cómo su marido se deshace en leves estertores (nunca comparables a los tremendos bramidos que lanza cuando se manosean cerca del lavadero, movidos por la soledad del patio, un arranque romántico de Virgen o el capricho de Aquiles que la sorprende a deshoras y con la insinuación de los senos al aire y el culito sublime embalado en un ir y venir sin piedad ni redención). Lo poco de placer entonces se diluye en una anémica llovizna ante la presencia burlona de Virgen que acepta lo irremediable y da la espalda.
¿Verdad que me quieres mucho?, pregunta. ¿Por qué negarlo? Aquiles no hubiera podido soportar la vida al lado de cualquier otra mujer. Todas sus anteriores amantes fueron tan seriamente lujuriosas, tan formales, tan faltas de frescura. Muchísimo, responde Aquiles. ¿Cuánto? De aquí a la China. Pues yo te quiero de aquí a Saturno, ida y vuelta quince veces.
Cualquier cantidad que mencione Aquiles será superada con creces por Virgen. Tiene una magnífica imaginación numérica.
¿Verdad que hay hombres que le meten la cosa a las mujeres por el anito? Sí, corazón. ¿Te gustaría hacerme eso a mí? No sé, quizá, pero mejor no: tienes tu rosita demasiado chica; te dolería.
¿Lo has hecho con alguien?
Aquiles opta por no responder. Recuerda su vergonzosa relación con una estudiante de medicina, sus protestas, su aceptación y contradictorio placer, sus vengazas.
Virgen es muy rencorosa, detesta el pasado de su esposo.
Lo sabe todo, pero insiste en solicitar detalles. Nunca le perdona que no haya llegado puro al matrimonio.
—¿Ya quieres tu polvito?
—Cuando quieras quiero.
Virgen se retracta: Mejor hagamos dos o tres estampas divertidas antes de hacernos papilla.
¿Cuál primero?, pregunta Aquiles. ¿Qué te parece la barca sobre la mar y sobre la barca el amor?
Virgen toma su posición de gaviera mayor y comienza a cantar para darle ritmo a su cuerpo: Chocolate, milinillo, que recoja en el membrillo, estirar, estirar, que el niñito va a pasar.
De nuevo Aquiles se ve en la necesidad de reprimir el entusiasmo de su mujer. Ella, terca, se niega a abandonar el palco de honor y para evitar el desliz incurre en una caricia vedada, en una cosquilla artera, que es un trago de agua helada. Una vez que Virgen se encarrera no hay poder sobre la tierra que le haga dar marcha atrás.
Si fuera posible ligar diez o doce estampas sin perder su conexión a la raíz del mundo, ello la haría muy feliz.
Aquiles intenta complacerla. Si va a desvelarse y a echar todo a perder mañana en la oficina, por lo menos que sea con provecho. Mientras Virgen se esmera en cumplir con las fantasías que la acompañaron durante el día, su marido piensa en cualquier cosa menos en lo que está sucediendo. Lo más efectivo es traer a escena al detestable Figuerosa, que sustituyó, después de veinte años de lucha, el cigarrillo por los chicles, y que no deja de proclamarlo con aires de superioridad y que ahora abandona sus basuras en los sitios más insospechados de la oficina.
Cada vez que la secretaria lanza un graznido es porque ha tropezado con un chicle viejo y oculto.
Virgen le dice: Ven acá, calzonudo. Impulsa a su marido a que se siente y la abrace de modo que ella pueda sentir sobre su busto dulcemente oprimido los cuatro pelos del pecho de Aquiles. Soy una naranja dulce, dice, llévame al borde de la cama y ponte de pie.
Ah, briboncilla, quieres volar.
Aquiles se pone de pie con algo de dificultad. Virgen pesa apenas 44 kilos, es una típica alfeñica de las que con tanto desprecio habló Charles Atlas, y aunque su marido pese exactamente el doble (quiso ser pesista y luchador en sus años mozos, practicó tozudamente la natación y el atletismo hasta que las responsabilidades familiares y la desidia instalaron un colchón de grasa que ahora rebasa los límites del cinturón heroico), cuando se trata de pasar de la posición horizontal a la vertical con las piernas de su esposita adheridas al centro de gravedad, tiene que hacer esfuerzos ingentes, como si en lugar de sacar a una mujer de la cama estuviera tratando de extraer del mar un bacalao ebrio de poder. Y es que Virgen no cesa de revolotear, más divertida y escandalosa que trastornada por los latigazos de la pasión.
Dime que me quieres, dice Virgen, y intentemos (su educación es deficiente, terminó a empujones el bachillerato después de problemas innumerables, ponía en duda las afirmaciones de sus profesores, era caprichosa, despreciaba los exámenes, se portaba como una adolescente, si su marido la corrige ella se empeña en cometer los mismos errores, sólo por molestarlo) la Flor que se Abre a Espaldas del Sol de Medianoche.
En un tratado que pretendía ser de sexología hindú, Virgen descubrió una posición estrambótica que desde hace meses intenta llevar a su alcoba. Consiste en convertir el centro del hombre en eje de rotación del cuerpo de la mujer.
El resultado es que los dos quedan adoloridos y risueños. Caen en la cama ya separados.
Aquiles piensa que está bien trasnocharse, pero no tanto. Se dice que hará todo lo posible por abreviar. Mañana estará durmiéndose sobre los papeles. Jamás quiere volver a despertarse con el jefe de pie a su lado y la oficina en pleno riéndose, las sagradas facturas de la Maralt arrugadas bajo su rostro que quizás incluso tuviera algunas cifras impresas.
Dime que me amas, insiste Virgen señalando con un dedo índice su mejilla. Aquiles suspira, besa, dice como en una letanía “te quiero”. Repite que me adoras, contraataca Virgen, y luego entras como el ladrón por la puerta de atrás. Quieto, grita Virgen, cerremos los ojos y pensemos en la playita solitaria de Palma Sola, en el perro blanco, en las monjas, en Mamuma desnudo persiguiendo a los cangrejos.
Terminada esta actividad, Virgen decidió que era hora de una nueva pausa.
Se tendió de espaldas. Con la sábana cubrió exactamente la mitad de su cuerpo alineando la tela para que pasara por el canal de su pecho, el centro de su ombligo lunar y la porción correspondiente de la leve penumbra que se refugia en su bajo vientre. Una pierna quedó flexionada, balanceándose a lado y lado, de modo que ofrecía y vedaba alternativamente la visión de la mitad desnuda de Virgen y era como si un viento cómplice jugueteara con una cortina caprichosa.
Virgen estaba sonriendo. Sabía de la desesperación de su esposo. De su ansia y de su prisa. Pero consideraba sus razones y paciencia dignas de respeto, soñaba en su cuerpo paisajes que exigían pausa y reverencia, cursos de agua incomprensibles y profundos, y por ello, cuando tenía ánimo y entusiasmo, sometía a su esposo a los tormentos que toda felicidad auténtica reclama.
Cuéntame el cuento, pidió Virgen, abandonada al deleite que le proporcionaba el sentirse diosa bañada en polvo de oro.
Lo del cuento era asunto viejo. Y hasta agradable.
Aquiles lo había estado fantaseando desde hacía meses en sus ratos de ocio en la oficina. El argumento del relato ya estaba prácticamente listo. Por primera vez se sentía capaz de entregarlo de un solo tirón. A Virgen le iba a gustar:
La señora Pelapapas, mujer madura pero hermosa, escuchó que tocaban a la puerta. Se lavó las manos, se las secó en el delantal y suspirando se dirigió a abrir ¿Sería el lechero? El necio y soso del lechero. Quizás no. Se pasó las manos por el cabello, se quitó el delantal y se miró de pasada en el espejo. Abrió. Era un joven alto y no del todo digno de olvido, de facciones entre indígenas y europeas. Vendía aspiradoras. Inexperto, principiante, sin duda. Casi como súplica pidió que lo dejara hacer una demostración. Pase, dijo la señora Pelapapas. Se sentó en un sillón y cruzó una pierna con descuido. Vio que el muchacho la miraba de reojo y sonrió. Levantó el borde de la falda y se desabotonó un poco la blusa. Uf, qué calor. El vendedor, que no se había perdido un solo movimiento y que intentaba conciliar su interés en la mujer con el deseo de armar bien su aparato, carraspeó como quien se dispone a emprender un largo y estudiado discurso. Luego pareció arrepentirse y enchufó el aparato en el tomacorriente, cuyo paradero descubrió con gran dificultad, sin que la mujer se apiadara de su visitante. Al regresar al centro de la sala, no pudo ocultar su horripilante y antisocial erección. La señora Pelapapas vio que él había notado que ella se había dado cuenta, y quiso aliviar la congoja: “Desde hace siglos le vengo diciendo a mi marido: ¡trabaja tanto el pobre!, nunca llega antes de las ocho de la noche y es tan olvidadizo, que me compre una aspiradora”.
La mujer se acarició el cabello, descruzó la pierna que ya tenía casi dormida y cruzó la otra. Lo hizo con alevosa lentitud, sin dejar de mirar a los ojos del muchacho. Lo vio trabajar de espaldas y escuchó sus palabras que, memorizadas y mil veces repetidas, ahora le salían incoherentes, desarticuladas. Cumplió con lo básico de la demostración y se dispuso a guardar sus aparejos.
“¿Quieres tomar un café?” La erección crecía al tiempo que la desazón del muchacho. La mujer quiso hacerse la desentendida. El vendedor, azorado, se dejó conducir. La señora Pelapapas se movió ágilmente por la cocina sin descuidar ni un momento la exhibición de sus maduros encantos. En un dos por tres tuvo el café servido. Se sentó a la mesa a una prudencial distancia del vendedor.
“¿Has vendido muchas hoy?”, preguntó, con la naturalidad de una vieja y entrañable amiga. “Ni una”, respondió el muchacho tras luchar contra la intransigencia de su garganta, que sentía acogotada por una garra de muerte. La mujer colocó una mano sobre la del muchacho, que descansaba en la mesa. Este intentó retirarla pero ella la retuvo con fuerza y autoritaria dulzura.
“En realidad tengo que irme, discúlpeme”. La señora Pelapapas abrió los ojos. Su desolación era auténtica, insoportable. Hubiera sido inhumano salir de aquella casa sin prestar el hombro. El vendedor era cristiano, lector asiduo de la Biblia y nunca le faltaba una palabra de consuelo o un acto caritativo para ofrecérselo a su prójimo en tribulación. Permaneció mirándola unos minutos. La señora Pelapapas volvió a suspirar, esta vez profunda y doloridamente, y dijo: “Tómese su café y vuelva a las tres. Le aseguro que convencerá a mi esposo de que compre una aspiradora”.
Levantó los ojos y tropezó con los del vendedor, que la miraba por primera vez valientemente, decidido a todo. Perma-necieron estudiándose con serenidad. Luego se derrumbaron en un beso de entrega irresponsable. Más tarde se pusieron de pie, se trenzaron con todo el cuerpo, entreveraron manos, piernas, lenguas y retrocedieron hasta apoyarse en la pared. Una mano de la mujer descendió, sin apartarse un instante de la carne conquistada, rumbo el centro de la fuerza y la debilidad del vendedor. Consideró el artefacto del macho desde la base hasta el extremo. Bajó con diabólica habilidad el cierre y extrajo un objeto largo y cálido, tenso, vibrante y sentimental.
“Ah”, musitó el hombre echando la cabeza hacia atrás.
“Oh”, respondió la mujer poniéndose de rodillas. Con dedos fervorosos y bruscos echó el gorrito hacia atrás y comenzó a succionar. Chupaba primero ansiosamente introduciéndose la verga todo lo posible en la boca y luego la extraía y se dedicaba a girar con sus labios en torno a la cabeza del glande y a hacerle cosquillas con la punta de la lengua. El muchacho tenía los ojos clavados en el techo. La señora Pelapapas suspiró de nuevo y el aire espeso de su aliento barrió la devastada superficie del pepino del vendedor. En Africa el amor debe ser una experiencia terrorífica y suprema, pensó la señora, recordando la foto de un negrito pícaro que sonreía desde las páginas de una revista: el muchacho ostentaba entre las piernas una trompa de oso hormiguero que llegaba casi hasta el suelo.
La señora Pelapapas se puso de pie. Se bajó los calzones, los colgó del gancho de las cacerolas. Colocó descuidadamente los platos, que estaban sobre la mesa, en el lavaplatos. Se acostó encima de la superficie arrasada.
“Ven acá”, le dijo ofreciéndole el coño que parecía un pollo recién horneado, oloroso y humeante. El muchacho hundió su rostro sin vacilaciones en el abismo de las entrepiernas de su generosa anfitriona, no sin antes decir incauto que al tocar a la puerta había imaginado exactamente lo que estaba sucediendo. Y hubiera dicho más (que en realidad ante todas las puertas padecía de la misma debilidad de la imaginación) si la mujer no lo agarra del pelo y le zambulle la boca en el vórtice mismo de su ansiedad. El vendedor hizo lo que pudo, se debatió entre la asfixia y la recién descubierta osadía, hasta que la mujer, dando un empujón poco sutil con la pelvis, gritó. ¡No más! Con las manos crispadas se ayudó a apartar la cabeza del solícito joven y le dijo: “¡Ahora, fornícame!” “¿Resistirá la mesa?”, preguntó el muchacho asumiendo un tono profesoral. “Estoy segura. Mi marido la reforzó la última vez.” El muchacho no se detuvo en suspicacias. Procedió. Haciendo equilibrios y en puntas de pies logró concluir su deleite al tiempo que la mujer lanzaba un grito libertario, hondamente sentido y mejor expresado. Permanecieron encoñados, las piernas y los brazos de la mujer formando un candado de pasión que quería prolongarse más allá del instante.
El encanto fue roto por el timbre. Ahora sí es el lechero, dijo la mujer casi con cariño, y le pidió permiso al muchacho para deshacer el embrollo. Descolgó los calzones y se los puso.
Cuando la señora Pelapapas regresó con las botellas de leche, el vendedor ya estaba vestido, peinado y tenía la aspiradora empacada. La señora suspiró por quinta vez. Eres el primer vendedor que se acerca a mi puerta en tres semanas, dijo. El muchacho fingió no entender. Se contempló con el rabillo del ojo en el espejo oval de la sala y sonrió. Era un triunfador, sin duda, un supervendedor.
La puerta que daba a la calle estaba abierta. La mujer se abotonó el botón superior de la blusa. La presión del cuello de la prenda sobre la piel de la dama creaba un puente colgante que iba desde los huesos de la clavícula hasta el mentón. La papada era extraordinaria. ¿Cómo no lo había notado antes? Y sin embargo, quiso ser cortés, pobre mujer.
¿Vuelvo a las tres? preguntó el vendedor con voz profesional casi impositiva. “Por favor, no”, respondió la mujer haciendo un gesto de horror, llevándose una mano a la boca y colocando la otra en su cabeza, a la altura de la sien derecha, como si súbitamente hubiera recordado algo. “Se me había olvidado que ya tenemos aspiradora”.
Virgen abrió los ojos como despertando de un agradable sueño de placer aéreo.
—¿Verdad que me quieres, piojito?
—Más que a nadie nunca jamás desde el principio de los tiempos —dijo Aquiles sintiendo que, bien consideradas las cosas, no mentía.
—Entonces hazme polvo —dijo Virgen y se ofreció en la tradicional y cómoda posición que sólo los humanos pueden disfrutar.
Aquiles entró como un emperador arrogante, vitoreado por cien mil vasallos, entre descargas de fusilería y fuegos artificiales, mientras Virgen lanzaba sus patitas al aire y luego las cerraba sobre el cuerpo de su felicidad. Colocó sus talones en las nalgas de su esposo y presionó con la fuerza de sus amores acumulados.
Un solo envión del macho lo entregó a ella.
Aquiles sintió que lo habían desnudado de su piel desde la cabeza a los pies y gritó un ¡te amo! que le nació ronco, libre por completo de amor propio, definitivo. Sintió que toda la extensión de la flecha de su vida era bañada por un río de luz y supo que había hecho honor a su esposa en el instante en que ella se relajó.
Aquiles meditó, a medida que limpiaba, vestía y abrigaba a su esposa, que el disfraz del boy scout le quedaba justo y que mañana —¡hoy!— sería un día difícil, pero ello no le preocupó en lo más mínimo. No tuvo tiempo.
Relato tomado de Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura México y España). Fue antologado en el volumen Veinte ante el milenio, recopilada por Eduardo García Aguilar (UNAM, México).
Amor mío, mi boca será
un ejército contra ti.
Apollinaire
Aquiles quiere todas las noches, antes de dormirse, un polvito no muy elaborado, apenas para dar fin a las reservas de vigilia que el trabajo en la oficina, las rutinas del café, los amigos y el periódico, no logran agotar. Su esposa, tres de cada cuatro noches, cansada e inapetente, derrotada por los afanes hogareños, la ansiedad de la espera y la tensión que suscitan en ella las telenovelas caprichosas e interminables, se derrumba sobre la cama, no sin haber cumplido con los rituales que el terco Mamuma se empeña en repetir antes de conciliar el sueño. Vestida a veces o con la piyama a medio camino, su cuerpo hecho una bella e inútil madeja, enternece y molesta, despierta el deseo y lo apaga con la inocencia de los indefensos. Lo que tiene de niña le salta entonces como un duende al rostro, allí se instala e ilumina la expresión sosegada y risueña de sus labios, los rasgos de muñeca vagamente oriental, las largas y densas pestañas, el pelo negrísimo felizmente desordenado en contraste con la palidez rosácea de las mejillas. La muy puta, piensa cariñosamente Aquiles, sabe desarmarme con su mejor pose. Pero no. No es ésa la mejor. Basta que abra los ojos para que la obra de arte de su rostro alcance la plenitud, el equilibrio magnífico, la turbadora belleza que no han logrado opacar los años ni soslayar la costumbre.
Una vez que coloca la cabeza en la almohada, basta contar hasta diez para saber que ya con Virgen no se puede tratar ningún asunto, menos que cualquier otro el de aliviar a su esposo de las urgencias que le quitan el sueño. Y no es que a ella no le guste; al contrario, la apasiona, la divierte, es su mejor recuerdo y su más socorrida expectativa, la mantiene en movimiento y risueña en el tráfago sin fin del día: la radio a todo volumen, Virgen cantando sin respiro y sin público (no lo hace mal, imita asombrosamente bien a dos o tres baladistas, tiene un alto sentido del ritmo y un instinto diríase visceral para inventar coreografías de las que sólo el espejo, las paredes y los muebles son testigos), barre, arregla la casa, tiende las camas, va al mercado, regresa, mira el reloj, cocina, lava, revisa el guisado, plancha, todo ello sin olvidar por un instante lo que le tiene reservada la noche (si el sueño no la vence, si Mamuma cae antes de las nueve, si el espíritu o el humor o las ganas o el deseo son propicios). Virgen recuerda, planea, inventa, sonríe, gira sobre las puntas de los pies y sigue adelante: recoger los juguetes del brujo Mamuma, ordenar la ropa planchada, sacudir los muebles, entablar una lucha campal contra las pelusas que invaden la alfombra.
Y no sólo le apasiona como actividad romántica —para ella lo del polvito es únicamente sub-producto del cariño, una parte prescindible e incluso antihigiénica del amor— sino que está dotada de las virtudes indispensables o acaso sólo del entusiasmo de la amante perfecta: hay en ella un extrañísimo equilibrio entre una ausencia de malicia, algo como una inocencia sin grietas, y una morbosidad minuciosa, extremista (Aquiles entiende que tal maridaje es absurdo, pero no tiene otra forma de explicar los comportamientos de su mujer), que la incita a pedir a su marido que prenda la luz de la lamparita y la obliga a querer rebasar todos los límites: siempre quiere esperar otro ratito, aplazar la solución inapelable y somera del alivio, y en sus transportes termina por echarlo a veces todo a perder. Aquiles, que no se concentra más allá de cierto umbral de tolerancia, comienza a pensar que debe levantarse temprano y llegar lúcido a la oficina para evitar confusiones, disputas, vergüenzas y sin querer pero deseándolo grita con fingida pesadumbre su derrota, que ya viene el polvito, mija, y en un gemido, apúrate, y el veloz negocio del amor termina con un enfurruñamiento de Virgen, quien afortunadamente se duerme pronto, no tiene tiempo para protestar y al día siguiente perdona y olvida.
Nunca, nunca, ni en los tiempos del febril noviazgo (la conoció en la oficina, le gustaron sus ojos y el mohín de chiquilla con el que respondió a su sonrisa de cuarentón con debilidades, la invitó al cine, la besó en una esquina oscura, la llevó a su casa, se hicieron polvito y un mes más tarde se casaron), cuando Virgen se escapaba de su casa para pasar los fines de semana encerrada en el desastroso apartamento de Aquiles, ha quedado satisfecha. Sus proyectos eróticos son alocados, sin medida y todas las noches en que está dispuesta al goce, descansada y hecha toda ella un alboroto de perfumes y perifollos, dice que quiere ver la aurora después de haberse hecho polvito diez o doce veces. Ella supone que tal empresa es posible y estaría dispuesta a jurar que en los fecundos días previos al matrimonio, más que una hazaña, fue un hábito devastador y feliz.
Aquiles se dirige al baño, se lava los dientes —lo que es casi un vicio por la frecuencia y el cuidado con que lo hace—; se mira de frente y de perfil, menos movido por la vanidad que por el deseo de verificar los efectos del tiempo sobre un cutis que nunca ha sido benévolo; se da un duchazo de pájaro en la fuente, se aplica desodorante antes de secarse, hace ejercicios respiratorios y suspira.
Ya terminó, la telenovela. Mamuma cayó con los primeros comerciales. Aquiles escucha allá a lo lejos —la estancia es una inexplicable sucesión de cuartos todos semejantes, separados por puertas, el baño queda al final del rústico laberinto— que Virgen apaga la televisión. Las condiciones están dadas. Sólo falta que no la derrote el sueño, que llegue a la cama, como a un puerto, evitando los escollos de tantas labores que hay pendientes en la casa.
Aquiles, con el oído atento, avanza hacia la recámara. Va cerrando puertas y apagando luces. Entra en puntas de pies. Se pone la piyama. Una prenda poco erógena, sostiene Aquiles, a la que se ha resignado sin dificultad, como se resignó a los diminutivos ridículos, a la misma pregunta repetida año tras año, noche a noche, a poner las cosas más o menos en su lugar e incluso a ir a misa y a cumplir unas prácticas en las que dejó de creer cuando el cura de la parroquia le puso una mano en el alto muslo. Y no le compró una piyama semejante por crueldad o mal gusto sino por una razón menos que inescrutable: Virgen concibe una pasión doméstica por las diferentes partes del cuerpo de su esposo, pero por sus piernas tiene una debilidad rayana en lo enfermizo. Verlas desnudas y abalanzarse a besarlas es a menudo parte del mismo impulso. Comprensible entonces es que Aquiles haya convertido su disfraz de nocturno boy scout en piyama preferida o anzuelo.
Aquiles cubre bien al brujo Mamuma con la cobija. Afirma el cubrelecho prensándolo con el colchón. Siempre lucha por destaparse. Es como Virgen: Se acuesta bien abrigada, hasta con suéter y calcetines, si es necesario con una bufanda. Encima se echa dos o tres cobijas. Horas después entredormida, comienza a patear las sábanas, luego, sin despertar del todo, se despoja del suéter. Si éste le opone resistencia, Virgen es capaz de desgarrarlo. Finalmente, merced a contorsiones y entre protestas, se deshace del portabustos y la pantaleta, que lanza furiosamente lejos. Entonces si se entrega al sueño, orlada por una desnudez beatífica que despierta en su marido ternezas y arrebatos incontrolables dejándolo al arbitrio de la tierra estéril del insomnio.
Virgen parece no ocuparse de Aquiles. Se despoja con poco arte del vestido, del fondo y del sostén. Ahora viene el asunto delicadísimo de la selección de la piyama. Virgen escoge precisamente la menos propicia. Lo dicho: no quiere, se dice contrariado Aquiles, pero luego recuerda que la más socorrida estrategia de su mujercita es ocultar su aquiescencia hasta el último instante. Hay que seguirle el juego. Todo está en que no se duerma.
Es tan menudo el cuerpo de Virgen que cabe en la piyama de un niño de catorce años. Vista de lejos y con el cabello recogido se la puede confundir con un adolescente magnífico, lánguido y turbador. Su cuerpo destella inundado por la suave luz de la lámpara de diez voltios. La pieza superior de la piyama cubre fugazmente la cabeza, se desliza a lo largo de los brazos en alto, se detiene un segundo en sus cántaros de agua fresca y se instala como una cascada de cristal líquido en la curvatura del inicio de unas ancas de yegua niña.
Virgen se tambalea. El ave rapaz del sueño comienza a rondarla. recupera el equilibrio. Para ponerse el pantalón (hay veces en que la somnolencia le impide terminar el proceso y es entonces cuando Aquiles debe concluir lo iniciado).
¿Me quieres?, pregunta Virgen. Ya sabes que sí. Dilo. Te quiero. No te oí. Te quiero. ¿Cuánto? Lo suficiente. ¡Ah!
Así no van a funcionar las cosas, piensa Aquiles. Me faltó convicción y una pizca de fantasía. Tendría que haberme arrojado a sus pies y decirle por ejemplo te quiero más que a mi vida, más que a mi madre y a mis diez hermanos, por ti sería capaz de caminar descalzo cien kilómetros en pleno desierto del Sahara y de nadar desde América hasta Europa quince veces ida y vuelta.
Ah, las incomprensibles sutilezas del amor: entonces Virgen hubiera dicho: Me basta con que digas “te quiero” con sencillez y sinceridad. Y Aquiles habría replicado, ¿otra vez?, lo que iniciaría una discusión inacabable.
Aquiles lo intenta de nuevo. No son las palabras lo que cuenta, sino el torrente interior: Claro que te quiero, piojita.
Eso estuvo mejor.
Aquiles aparta las cobijas y se coloca en posición de recibir a Virgen en brazos. Generalmente se acomoda colocando su cabecita de pájaro sobre el pecho amplio y ligeramente mullido de su esposo. Luego entrevera sus piernas con las de Aquiles después de levantarse las enaguas de su bata hasta la cintura. Pero ahora la piyama de niño de catorce años obstaculiza el roce de los muslos (Virgen es prácticamente una puritana: no soporta las fiestas ni las reuniones de familia lleva a todas partes su tejido —tiene treinta o cuarenta suéteres, todos de su orgullosa creación— y en medio de las multitudes encuentra refugio en las agujas; llama a su esposo y le dice: Quiles, te propongo una travesura: vámonos volando a casa, nos quitamos los calzones y nos metemos en la tienda de campaña. Que es, claro, el amparo de las sábanas, todas las noches limpias, recién planchadas. Tal es su más alto paraíso).
Desde que lo conoció sin zapatos y sin pantalones —dos días después de verlo por primera vez en la oficina— Virgen vive impresionada por el tamaño de los dedos de los pies de su esposo: “Quisiera tener unos dedos gordos como los tuyos. ¿Crees que si me inyecto siliconas podré conseguirlos?”.
Virgen se estira. El buitre del sueño está a punto de acogotarla. No hay remedio. Se tiende con poca gracia sobre la cama. Le da la espalda a su esposo. Abraza su almohada.
Aquiles comienza a contar. Cuando llega a nueve Virgen gira sobre los muslos de su marido, la cabeza en el pecho. Posición clásica. Mete una mano bajo la camisa de Aquiles y la deja divagar. Si súbitamente se inmoviliza a la altura del ombligo, es señal cierta de que ya los pájaros de la noche le están royendo los pensamientos. Si desciende hasta las entrepiernas, una de dos posibilidades: o está obedeciendo al instinto de cada noche y después de alterar la paz del yacente se entrega, la muy irresponsable, a la clausura de las imágenes privadas, o de veras quiere hacerse polvito con su esposo. También puede ser, piensa Aquiles, que Virgen utilice la carnada del deseo para lograr la dosis necesaria y adormecedora de caricias y arrumacos.
Dada la segunda alternativa, Aquiles puede proceder. Introduce una mano a espaldas de Virgen y la dirige rumbo al cauce de sus nalgas, descendiendo por la vertiente de la columna vertebral, al tiempo que su esposa se estremece como un perrito de aguas que mueve la cola.
Dos actitudes de Virgen sacan de quicio a Aquiles: la de descubrirse los pechos con aires de diva fatal y ofrecerlos a los labios diligentes de su marido, y la de recoger las piernas bajo las sábanas para despojarse de las pantaletas. Sólo en esos momentos puede descansar Aquiles en la certeza de que el camino hacia el polvito es irrevocable.
Virgen toma la gran cabeza de su marido y la conduce con pericia hacia los lugares que debe visitar. Dama delicada y experta, guía a su dragón doméstico a pastar en campos plagados de visiones y encantamientos, le permite el vislumbre y el goce fugaz de los nichos aromados y lo deja abrevar en su manantial más profundo.
Si Aquiles quiere sacarla de los sueños de opio del amor (¡hay tantos papeles estúpidos y quisquillosos que revisar en la oficina!; un solo error ocasionaría una ominosa convocatoria a la guarida del director, desfilar entre las sonrisas de los compañeros), tiene que recurrir a pequeñas traiciones, omitir ciertas visitas ineludibles e inventarse arrebatos que lo lleven a transgredir los ritmos habituales de la ceremonia.
Como la criatura silvestre que ya siente silbar la flecha, Virgen se escabulle. Voy a prender la luz, dice, ¿no te molesta? Ni responder es conveniente. Ella misma sitúa una almohada bajo la cabeza de su amante y éste comprende sin dificultad alguna lo que se espera de él.
Aquiles recuerda que antes no le gustaba llegar a tales extremos, pues le molestaban los humores, el olor indiscernible, terriblemente orgánico, la textura deleznable, el sabor pastoso, y que luego la necesidad, la costumbre, el saber que el camino estaría allanado, le hicieron reconocer y disfrutar de un cierto aromoso saborcillo a yerbabuena.
Ahora reconoce que sin ello no puede pasarse.
El brujo Mamuma se revuelve en la cama. Alarma.
Una mano de Virgen se tiende rumbo a la fuente de luz y Aquiles puede contemplar, antes que la oscuridad tranquilizadora torne a sumergir a Mamuma en el sueño, la frutal firmeza de un seno y el perfil de luna en cuarto menguante del otro.
Una vez segura de que Mamuma no volverá a despertar, Virgen retoma el mando. Dispone del cuerpo de su marido, lo distribuye equitativamente en la cama, le murmura fórmulas de paz y relajamiento y después comienza a ramonearlo aquí y allá, con algo de calculada brusquedad, como una nerviosa cabrita de montaña en lo más agreste de su territorio, más jugueteando que en su ejercicio de una pasión tonta, y su esposo sabe jubiloso y en medio del temblor, a dónde conducirá todo aquello, a la más noble y deleitosa, deleitable labor que convertirá la parte más sensible de su naturaleza en una temible, vibrante escultura. Baila Virgen una danza de guerra llena de estruendo y relámpagos y promesas en torno a su victoria.
No más, pide Aquiles, no más. Y la terca supone siempre que es falsa alarma y se empecina en recibir con descaro la medida más generosa de su marido en lo más profundo del foso de los suspiros, y en ocasiones, ya Aquiles tiene que recurrir a una especie de violento salto atrás y apartar la cabeza de su esposa y suplicarle que permanezca tranquila un instante. Entonces es cuando ella se da cuenta de las dimensiones de la posible tragedia y busca formas de evitarla: ¡Piensa en la crisis! ¡En la deuda externa! ¡hay que mandar el coche al taller!
A veces la estrategia de distracción da resultado y la carga de caballería se detiene justo antes de caer al fondo de la nada. Entonces, aliviados pero todavía en peligro, pueden hacer una pausa, fumar (Virgen sólo fuma en el lecho y lo hace torpemente, tomando el cigarrillo con más de dos dedos) y hablar del kínder del brujo Mamuma, de sus últimas ocurrencias (pintar una raya con tiza en el patio para que las hormigas no se atrevan a rebasarla; pretender abrir la puerta con una llave de plastilina), y los gastados chismes de la oficina (sólo hay una secretaria, una tipa que quizás veinte años atrás fuera atractiva, pero que hoy es correosa, presumida, regañona y desmañada y a quien, en broma, se le atribuyen toda clase de amoríos absurdos).
Pero si el desastre es inevitable, Virgen se desilusiona y observa cómo su marido se deshace en leves estertores (nunca comparables a los tremendos bramidos que lanza cuando se manosean cerca del lavadero, movidos por la soledad del patio, un arranque romántico de Virgen o el capricho de Aquiles que la sorprende a deshoras y con la insinuación de los senos al aire y el culito sublime embalado en un ir y venir sin piedad ni redención). Lo poco de placer entonces se diluye en una anémica llovizna ante la presencia burlona de Virgen que acepta lo irremediable y da la espalda.
¿Verdad que me quieres mucho?, pregunta. ¿Por qué negarlo? Aquiles no hubiera podido soportar la vida al lado de cualquier otra mujer. Todas sus anteriores amantes fueron tan seriamente lujuriosas, tan formales, tan faltas de frescura. Muchísimo, responde Aquiles. ¿Cuánto? De aquí a la China. Pues yo te quiero de aquí a Saturno, ida y vuelta quince veces.
Cualquier cantidad que mencione Aquiles será superada con creces por Virgen. Tiene una magnífica imaginación numérica.
¿Verdad que hay hombres que le meten la cosa a las mujeres por el anito? Sí, corazón. ¿Te gustaría hacerme eso a mí? No sé, quizá, pero mejor no: tienes tu rosita demasiado chica; te dolería.
¿Lo has hecho con alguien?
Aquiles opta por no responder. Recuerda su vergonzosa relación con una estudiante de medicina, sus protestas, su aceptación y contradictorio placer, sus vengazas.
Virgen es muy rencorosa, detesta el pasado de su esposo.
Lo sabe todo, pero insiste en solicitar detalles. Nunca le perdona que no haya llegado puro al matrimonio.
—¿Ya quieres tu polvito?
—Cuando quieras quiero.
Virgen se retracta: Mejor hagamos dos o tres estampas divertidas antes de hacernos papilla.
¿Cuál primero?, pregunta Aquiles. ¿Qué te parece la barca sobre la mar y sobre la barca el amor?
Virgen toma su posición de gaviera mayor y comienza a cantar para darle ritmo a su cuerpo: Chocolate, milinillo, que recoja en el membrillo, estirar, estirar, que el niñito va a pasar.
De nuevo Aquiles se ve en la necesidad de reprimir el entusiasmo de su mujer. Ella, terca, se niega a abandonar el palco de honor y para evitar el desliz incurre en una caricia vedada, en una cosquilla artera, que es un trago de agua helada. Una vez que Virgen se encarrera no hay poder sobre la tierra que le haga dar marcha atrás.
Si fuera posible ligar diez o doce estampas sin perder su conexión a la raíz del mundo, ello la haría muy feliz.
Aquiles intenta complacerla. Si va a desvelarse y a echar todo a perder mañana en la oficina, por lo menos que sea con provecho. Mientras Virgen se esmera en cumplir con las fantasías que la acompañaron durante el día, su marido piensa en cualquier cosa menos en lo que está sucediendo. Lo más efectivo es traer a escena al detestable Figuerosa, que sustituyó, después de veinte años de lucha, el cigarrillo por los chicles, y que no deja de proclamarlo con aires de superioridad y que ahora abandona sus basuras en los sitios más insospechados de la oficina.
Cada vez que la secretaria lanza un graznido es porque ha tropezado con un chicle viejo y oculto.
Virgen le dice: Ven acá, calzonudo. Impulsa a su marido a que se siente y la abrace de modo que ella pueda sentir sobre su busto dulcemente oprimido los cuatro pelos del pecho de Aquiles. Soy una naranja dulce, dice, llévame al borde de la cama y ponte de pie.
Ah, briboncilla, quieres volar.
Aquiles se pone de pie con algo de dificultad. Virgen pesa apenas 44 kilos, es una típica alfeñica de las que con tanto desprecio habló Charles Atlas, y aunque su marido pese exactamente el doble (quiso ser pesista y luchador en sus años mozos, practicó tozudamente la natación y el atletismo hasta que las responsabilidades familiares y la desidia instalaron un colchón de grasa que ahora rebasa los límites del cinturón heroico), cuando se trata de pasar de la posición horizontal a la vertical con las piernas de su esposita adheridas al centro de gravedad, tiene que hacer esfuerzos ingentes, como si en lugar de sacar a una mujer de la cama estuviera tratando de extraer del mar un bacalao ebrio de poder. Y es que Virgen no cesa de revolotear, más divertida y escandalosa que trastornada por los latigazos de la pasión.
Dime que me quieres, dice Virgen, y intentemos (su educación es deficiente, terminó a empujones el bachillerato después de problemas innumerables, ponía en duda las afirmaciones de sus profesores, era caprichosa, despreciaba los exámenes, se portaba como una adolescente, si su marido la corrige ella se empeña en cometer los mismos errores, sólo por molestarlo) la Flor que se Abre a Espaldas del Sol de Medianoche.
En un tratado que pretendía ser de sexología hindú, Virgen descubrió una posición estrambótica que desde hace meses intenta llevar a su alcoba. Consiste en convertir el centro del hombre en eje de rotación del cuerpo de la mujer.
El resultado es que los dos quedan adoloridos y risueños. Caen en la cama ya separados.
Aquiles piensa que está bien trasnocharse, pero no tanto. Se dice que hará todo lo posible por abreviar. Mañana estará durmiéndose sobre los papeles. Jamás quiere volver a despertarse con el jefe de pie a su lado y la oficina en pleno riéndose, las sagradas facturas de la Maralt arrugadas bajo su rostro que quizás incluso tuviera algunas cifras impresas.
Dime que me amas, insiste Virgen señalando con un dedo índice su mejilla. Aquiles suspira, besa, dice como en una letanía “te quiero”. Repite que me adoras, contraataca Virgen, y luego entras como el ladrón por la puerta de atrás. Quieto, grita Virgen, cerremos los ojos y pensemos en la playita solitaria de Palma Sola, en el perro blanco, en las monjas, en Mamuma desnudo persiguiendo a los cangrejos.
Terminada esta actividad, Virgen decidió que era hora de una nueva pausa.
Se tendió de espaldas. Con la sábana cubrió exactamente la mitad de su cuerpo alineando la tela para que pasara por el canal de su pecho, el centro de su ombligo lunar y la porción correspondiente de la leve penumbra que se refugia en su bajo vientre. Una pierna quedó flexionada, balanceándose a lado y lado, de modo que ofrecía y vedaba alternativamente la visión de la mitad desnuda de Virgen y era como si un viento cómplice jugueteara con una cortina caprichosa.
Virgen estaba sonriendo. Sabía de la desesperación de su esposo. De su ansia y de su prisa. Pero consideraba sus razones y paciencia dignas de respeto, soñaba en su cuerpo paisajes que exigían pausa y reverencia, cursos de agua incomprensibles y profundos, y por ello, cuando tenía ánimo y entusiasmo, sometía a su esposo a los tormentos que toda felicidad auténtica reclama.
Cuéntame el cuento, pidió Virgen, abandonada al deleite que le proporcionaba el sentirse diosa bañada en polvo de oro.
Lo del cuento era asunto viejo. Y hasta agradable.
Aquiles lo había estado fantaseando desde hacía meses en sus ratos de ocio en la oficina. El argumento del relato ya estaba prácticamente listo. Por primera vez se sentía capaz de entregarlo de un solo tirón. A Virgen le iba a gustar:
La señora Pelapapas, mujer madura pero hermosa, escuchó que tocaban a la puerta. Se lavó las manos, se las secó en el delantal y suspirando se dirigió a abrir ¿Sería el lechero? El necio y soso del lechero. Quizás no. Se pasó las manos por el cabello, se quitó el delantal y se miró de pasada en el espejo. Abrió. Era un joven alto y no del todo digno de olvido, de facciones entre indígenas y europeas. Vendía aspiradoras. Inexperto, principiante, sin duda. Casi como súplica pidió que lo dejara hacer una demostración. Pase, dijo la señora Pelapapas. Se sentó en un sillón y cruzó una pierna con descuido. Vio que el muchacho la miraba de reojo y sonrió. Levantó el borde de la falda y se desabotonó un poco la blusa. Uf, qué calor. El vendedor, que no se había perdido un solo movimiento y que intentaba conciliar su interés en la mujer con el deseo de armar bien su aparato, carraspeó como quien se dispone a emprender un largo y estudiado discurso. Luego pareció arrepentirse y enchufó el aparato en el tomacorriente, cuyo paradero descubrió con gran dificultad, sin que la mujer se apiadara de su visitante. Al regresar al centro de la sala, no pudo ocultar su horripilante y antisocial erección. La señora Pelapapas vio que él había notado que ella se había dado cuenta, y quiso aliviar la congoja: “Desde hace siglos le vengo diciendo a mi marido: ¡trabaja tanto el pobre!, nunca llega antes de las ocho de la noche y es tan olvidadizo, que me compre una aspiradora”.
La mujer se acarició el cabello, descruzó la pierna que ya tenía casi dormida y cruzó la otra. Lo hizo con alevosa lentitud, sin dejar de mirar a los ojos del muchacho. Lo vio trabajar de espaldas y escuchó sus palabras que, memorizadas y mil veces repetidas, ahora le salían incoherentes, desarticuladas. Cumplió con lo básico de la demostración y se dispuso a guardar sus aparejos.
“¿Quieres tomar un café?” La erección crecía al tiempo que la desazón del muchacho. La mujer quiso hacerse la desentendida. El vendedor, azorado, se dejó conducir. La señora Pelapapas se movió ágilmente por la cocina sin descuidar ni un momento la exhibición de sus maduros encantos. En un dos por tres tuvo el café servido. Se sentó a la mesa a una prudencial distancia del vendedor.
“¿Has vendido muchas hoy?”, preguntó, con la naturalidad de una vieja y entrañable amiga. “Ni una”, respondió el muchacho tras luchar contra la intransigencia de su garganta, que sentía acogotada por una garra de muerte. La mujer colocó una mano sobre la del muchacho, que descansaba en la mesa. Este intentó retirarla pero ella la retuvo con fuerza y autoritaria dulzura.
“En realidad tengo que irme, discúlpeme”. La señora Pelapapas abrió los ojos. Su desolación era auténtica, insoportable. Hubiera sido inhumano salir de aquella casa sin prestar el hombro. El vendedor era cristiano, lector asiduo de la Biblia y nunca le faltaba una palabra de consuelo o un acto caritativo para ofrecérselo a su prójimo en tribulación. Permaneció mirándola unos minutos. La señora Pelapapas volvió a suspirar, esta vez profunda y doloridamente, y dijo: “Tómese su café y vuelva a las tres. Le aseguro que convencerá a mi esposo de que compre una aspiradora”.
Levantó los ojos y tropezó con los del vendedor, que la miraba por primera vez valientemente, decidido a todo. Perma-necieron estudiándose con serenidad. Luego se derrumbaron en un beso de entrega irresponsable. Más tarde se pusieron de pie, se trenzaron con todo el cuerpo, entreveraron manos, piernas, lenguas y retrocedieron hasta apoyarse en la pared. Una mano de la mujer descendió, sin apartarse un instante de la carne conquistada, rumbo el centro de la fuerza y la debilidad del vendedor. Consideró el artefacto del macho desde la base hasta el extremo. Bajó con diabólica habilidad el cierre y extrajo un objeto largo y cálido, tenso, vibrante y sentimental.
“Ah”, musitó el hombre echando la cabeza hacia atrás.
“Oh”, respondió la mujer poniéndose de rodillas. Con dedos fervorosos y bruscos echó el gorrito hacia atrás y comenzó a succionar. Chupaba primero ansiosamente introduciéndose la verga todo lo posible en la boca y luego la extraía y se dedicaba a girar con sus labios en torno a la cabeza del glande y a hacerle cosquillas con la punta de la lengua. El muchacho tenía los ojos clavados en el techo. La señora Pelapapas suspiró de nuevo y el aire espeso de su aliento barrió la devastada superficie del pepino del vendedor. En Africa el amor debe ser una experiencia terrorífica y suprema, pensó la señora, recordando la foto de un negrito pícaro que sonreía desde las páginas de una revista: el muchacho ostentaba entre las piernas una trompa de oso hormiguero que llegaba casi hasta el suelo.
La señora Pelapapas se puso de pie. Se bajó los calzones, los colgó del gancho de las cacerolas. Colocó descuidadamente los platos, que estaban sobre la mesa, en el lavaplatos. Se acostó encima de la superficie arrasada.
“Ven acá”, le dijo ofreciéndole el coño que parecía un pollo recién horneado, oloroso y humeante. El muchacho hundió su rostro sin vacilaciones en el abismo de las entrepiernas de su generosa anfitriona, no sin antes decir incauto que al tocar a la puerta había imaginado exactamente lo que estaba sucediendo. Y hubiera dicho más (que en realidad ante todas las puertas padecía de la misma debilidad de la imaginación) si la mujer no lo agarra del pelo y le zambulle la boca en el vórtice mismo de su ansiedad. El vendedor hizo lo que pudo, se debatió entre la asfixia y la recién descubierta osadía, hasta que la mujer, dando un empujón poco sutil con la pelvis, gritó. ¡No más! Con las manos crispadas se ayudó a apartar la cabeza del solícito joven y le dijo: “¡Ahora, fornícame!” “¿Resistirá la mesa?”, preguntó el muchacho asumiendo un tono profesoral. “Estoy segura. Mi marido la reforzó la última vez.” El muchacho no se detuvo en suspicacias. Procedió. Haciendo equilibrios y en puntas de pies logró concluir su deleite al tiempo que la mujer lanzaba un grito libertario, hondamente sentido y mejor expresado. Permanecieron encoñados, las piernas y los brazos de la mujer formando un candado de pasión que quería prolongarse más allá del instante.
El encanto fue roto por el timbre. Ahora sí es el lechero, dijo la mujer casi con cariño, y le pidió permiso al muchacho para deshacer el embrollo. Descolgó los calzones y se los puso.
Cuando la señora Pelapapas regresó con las botellas de leche, el vendedor ya estaba vestido, peinado y tenía la aspiradora empacada. La señora suspiró por quinta vez. Eres el primer vendedor que se acerca a mi puerta en tres semanas, dijo. El muchacho fingió no entender. Se contempló con el rabillo del ojo en el espejo oval de la sala y sonrió. Era un triunfador, sin duda, un supervendedor.
La puerta que daba a la calle estaba abierta. La mujer se abotonó el botón superior de la blusa. La presión del cuello de la prenda sobre la piel de la dama creaba un puente colgante que iba desde los huesos de la clavícula hasta el mentón. La papada era extraordinaria. ¿Cómo no lo había notado antes? Y sin embargo, quiso ser cortés, pobre mujer.
¿Vuelvo a las tres? preguntó el vendedor con voz profesional casi impositiva. “Por favor, no”, respondió la mujer haciendo un gesto de horror, llevándose una mano a la boca y colocando la otra en su cabeza, a la altura de la sien derecha, como si súbitamente hubiera recordado algo. “Se me había olvidado que ya tenemos aspiradora”.
Virgen abrió los ojos como despertando de un agradable sueño de placer aéreo.
—¿Verdad que me quieres, piojito?
—Más que a nadie nunca jamás desde el principio de los tiempos —dijo Aquiles sintiendo que, bien consideradas las cosas, no mentía.
—Entonces hazme polvo —dijo Virgen y se ofreció en la tradicional y cómoda posición que sólo los humanos pueden disfrutar.
Aquiles entró como un emperador arrogante, vitoreado por cien mil vasallos, entre descargas de fusilería y fuegos artificiales, mientras Virgen lanzaba sus patitas al aire y luego las cerraba sobre el cuerpo de su felicidad. Colocó sus talones en las nalgas de su esposo y presionó con la fuerza de sus amores acumulados.
Un solo envión del macho lo entregó a ella.
Aquiles sintió que lo habían desnudado de su piel desde la cabeza a los pies y gritó un ¡te amo! que le nació ronco, libre por completo de amor propio, definitivo. Sintió que toda la extensión de la flecha de su vida era bañada por un río de luz y supo que había hecho honor a su esposa en el instante en que ella se relajó.
Aquiles meditó, a medida que limpiaba, vestía y abrigaba a su esposa, que el disfraz del boy scout le quedaba justo y que mañana —¡hoy!— sería un día difícil, pero ello no le preocupó en lo más mínimo. No tuvo tiempo.



