El José Donoso secreto
julio 10, 2013
SEGUNDA PARTE
La primera la puede hallar en http://www.mistercolombias.blogspot.mx/2013/06/jose-donoso-demonio-viejo.html
La primera la puede hallar en http://www.mistercolombias.blogspot.mx/2013/06/jose-donoso-demonio-viejo.html
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MT, José Donoso y Jonhnatan Tittler deliberando en el Concurso Jorge Isaacs, ¿1982? |
¿Donoso un viejo insoportable, un artistócrata, un pesado? No. Descubrí que lo que me había dicho Gabo era falso. José Donoso es un hombre risueño, que escucha casi todo con una
especie de ironía que se le dibuja en los hoyuelos de las mejillas y en los
ojos.
Desde que llegó a Cali no ha parado ni un momento. Incluso cuando los
demás se van a dormir él sigue invitando a abrevar en la noche caleña, y sonríe
al decirlo. Me mira y pregunta con aparente desorientación: Vos Marcote, que
tenés garras de macho, decíme qué hay que ver en estas calles pecadoras de
Dios. Y yo qué puedo decirle si hace más de cinco años no visito la ciudad y lo
encuentro todo cambiado, tan lleno de multitudes, tan sucio y desordenado, el
color de la gente ha cambiado, todo Tumaco se instaló en las calles, todo Buenaventura,
con sus culebreros y sus vendedores ambulantes y sus negras caderonas (¿Era así
antes? No lo sé.)
Donoso escucha las opiniones
con un aire de feliz e irónica comprensión. Parece estar mirando a los mortales
desde la altura del que ya lo sabe todo. Es una versión divertida del Papá
Grande. El gobernador del Valle del Cauca habla en voz baja. Parece falto de
autoridad, flexible, amable y tímido como una prostituta recién llegada al
burdel.
—El mejor escritor de Colombia
se llama José María Vargas Vila —afirma Pepe.
Pienso que lo dice en alusión
indirecta a Gabo, con quien de alguna
forma tiene rivalidad.
—Conocí a García Márquez
comportándose como un funcionario de la KGB.
—Pero ése no es Gabriel García
Márquez, sino un Gabriel García Márquez —dice Aline, la esposa de Donoso, una mujer agria y de alguna manera
amable, un oxímoron.
—En Chile, en nuestro barrio,
existe plena seguridad, pero porque hay metralletas en todas partes. Fuera de
Santiago y Valparaíso, Chile no existe.
—Los chilenos son argentinos
arrinconados —le digo. Pepe me lanza un gancho a las costillas.
—Hemos tenido más de
veinticinco casas— dice Aline —. Antes que termine de poner las cortinas, Pepe
ya está pensando en viajar.
—¡Viajar, viajar!, palabra
del viviente, escribió Saint John Perse —dice Pepe.
—¡Partir, partir!, palabra
del viviente. ¿No fueron ésas sus palabras? —pregunto.
—Depende de la traducción—
replica Aline.
Salimos de compras. Pepe
quiere una camisa de color vivo, del color de Cali, dice. No la encontró. Yo
quise comprar una camisa italiana de seda de 500 dólares.
—¡Qué! —gritó Joshuana—. Esas
camisas no las usa ni mi marido, que tiene más dólares que el Chase Manhattan.
—Pues yo las uso todos los
días —dije, y me la compré, sin recordar que otra vez debía cuatro meses de
renta. Al fin y al cabo me habían pagado 5000 dólares sólo por leer 150 novelas
y tirar otras tantas a la basura.
Donoso entra en confianza con
una asombrosa facilidad. Quien se abre pronto es porque espera que la otra persona
se abra.
—Fui extremadamente neurótico,
pero se debía a que había un conflicto dentro de mí, que no lograba resolver—
dice.
—¿Por qué crear un mundo en el
que lo feo sea la norma?
—Hay una estética de lo feo.
Algo es feo según tú lo plantees. Duré ocho años escribiendo el Infame turba
de nocturnas aves. Durante esa época tuve mis más grandes crisis nerviosas.
—¿Qué relación hay entre la
monstruosidad y el autor?
—Todo escritor debe reconocer
la parte monstruosa de su persona.
—A mí me parece que los
escritores son particularmente monstruosos, mucho más que las otras personas.
Tal vez algunos músicos lleguen a extremos mayores. Por ejemplo, Pagannini,
Beethoven, Mozart.
—Estoy de acuerdo,
completamente de acuerdo. Aún más, creo que los seres humanos somos todos
monstruosos, pero sólo los escritores somos capaces de reconocerlo y hasta
publicarlo. Por eso nos persiguen.
—¿Crees en Dios?
—Definitivamente no creo en
Dios. Todos estamos destinados a la condenación o a la nada. Lo único que tengo
es mi conciencia y mi físico.
—¿Fue difícil comenzar a
escribir?
—Me costó muchísimo trabajo,
pero mucho más comenzar a publicar. Lo hice a costa propia y de una amiga. Nos
organizábamos para vender ejemplares por adelantado.
—¿Estás satisfecho con tu
vida?
—No. A medida que el tiempo
pasa voy llegando a la conclusión de que adquirir es lo mismo que perder. ¿Qué
he ganado? Tonterías. ¿Qué he perdido? La juventud, la plenitud, todo lo que en
mí era vigor está comenzando a desaparecer. Yo siento que en este momento es
más importante el escritor que la persona.
Donoso parecía estarse
confesando: "No soy vanidoso. La vanidad quizá fuera importante en la
juventud. Ahora no." "Me ha gustado Proust toda la vida. Está a mi
cabecera." "Siempre que comienzo una cosa, la termino. Yo soy como
Jimmy Carter, que no podía caminar y mascar goma al mismo tiempo."
"¿Filosofía? Nunca la he estudiado. No me importa."
La Fama se acercó
sinuosamente. Donoso la apartó con la punta del pie, como a un perro. La
vitalidad de Donoso es asombrosa. Llegó, tras casi un día de vuelo, aeropuertos
y maletas, a Cali y se fue directamente a la recepción que ofrecía el gobernador
del Valle. Luego, a eso de la una de la mañana, ya en el hotel, esperó a que su
mujer se durmiera, para hacer su primera escapatoria. La hizo solo. Recorrió la
Avenida Colombia y trabó conocimiento con las aves nocturnas. Al día siguiente
nos contó de una chiquilla de dentadura luminosa que lo acompañó a lo largo de
la vera del río Cali.
Durante las deliberaciones del
Concurso defendió ardorosamente a su candidato. Hubo una discusión acerba, de
orgullo, un juego de cartas, de aproximadamente seis horas. El gringo Erdman
era el convidado de piedra. Finalmente, como no podíamos ponernos de acuerdo,
optamos por echar un pulso. El resultado del pulso fue el que decidió la suerte
del primero y del segundo lugar.
Hicimos varias horas nalga en
los restaurantes de Cali, comimos y bebimos como cosacos a costa de la
plusvalía que producen los licores del Valle, departimos, no sin ironía o
envidia, con los burgueses, que pasaron por buenos y cultos y nosotros los
dejamos hacer. Como buen hijo de la clase alta santiaguina, Donoso se portó a
la altura de las circunstancias. Erdman se confesó puritano, pero se portó como
un lord educado en Princeton en trance de desinhibirse. Yo comí hongos en un
cenicero, lucí mis biceps y mis botas de vaquero australiano en recepciones
elegantes y sufrí cariñosos regaños de
Joshuana, que aparte de ser una musa burguesa, está en camino de terminar su
doctorado en la Sorbona. Me porté como quien soy. Como un campesino de los
Andes. Ni más faltaba.
Para escapar por segunda vez
de las eruditas garras de su mujer —una dama très bien y que con el paso
de los días fui encontrando más simpática que un gondolero veneciano—, Donoso
tuvo que recurrir a un somnífero. Acompañado por una corte de muchachos más
alegres que intelectuales, Pepe conoció los sitios de escándalo de la ciudad
más gozona de Colombia. Según me contaron —yo no pude ir por motivos de
salud... de salud de mi novia despechada en el peor sentido del mundo— bailó
salsa con tal ánimo que agotó a varias damas de la noche. Finalmente tropezó
con una chica algo empalagosa y para colmo de la casualidad, lectora de sus
libros, que llegó al exceso de tragarse la corbata de Donoso y proponerle
llegar a extremos a los que el sátiro Marsyas no estuvo dispuesto a llegar. Pero
la chica insistía. Se puso frenética, y Pepe tuvo que emprender la huída,
amparado por sus admiradores.
Entre los ires y venires del
día siguiente logré concertar la cita para lo de la entrevista, una entrevista
seria, a fondo. ¿En una de las salas del hotel?, pregunté. No, demasiado
público, respondió. ¿En un privado del restaurante? La mezcla de olores embota
mi ingenio. ¿En tu habitación? No, allí mi mujer se reirá de mis respuestas y
comenzará a responder por mí; si te dijera que la mayor parte de las
entrevistas que doy las responde Aline, )me creerías? Entonces... En tu
habitación, Venturita; hasta donde sé, eres solterito y aparte de alguna visita
ocasional de damas de tu pasado, duermes solo.
Eso dijo con ojos de
Heliogábalo.
Al entrar, lo primero que hizo
fue quitarse los zapatos y pedirme que marcara el número clave para que el
teléfono quedara desconectado. ¿Qué? ¿No te has dado cuenta? Aquí todo es por
computadora: marcas un número y aparece un negro abisinio con una doncella
de trece años más hermosa que la
Beatrice del florentino en bandeja, marcas otro y aparece un galán de la
Borgoña con una botella de champaña y una cesta de frutos árabes. Marcas un
tercero y aparece un genio con turbante dispuesto a cumplir tus más arduos caprichos.
No fingí asombrarme sino que
me asombré. Era mi primer hotel de auténticas cinco estrellas. ¡Qué comparación
con el Danky, donde en lugar de televisión, el inquilino tiene el deleite de
contemplar las manchas de humedad en el techo o los lamparones de líquidos
sicalípticos en la alfombra y hasta en las sábanas!
Sin esperar a que lo invitara,
Donoso se tendió en la cama, puso las manos con los dedos entrelazados acunando
su nuca, hizo un nudo con sus tobillos, lanzó un suspiro y sonrió. Yo acerqué
un sillón a los pies de la cama, tomé mi libretón de contabilidad y me dispuse
a hacerle una entrevista seria y cabrona a mi segunda pieza del boom.
—Pero, ¿por qué te sientas tan
lejos? Ven acá —dijo palmeando la cama.
No sin cierta reticencia me
senté a su lado.
—Te voy a contar algo que
nadie sabe y que espero que no difundas. Mi romance con mi yegua en la
inmensidad solitaria de Magallanes, cuando era pastor de ovejas.
¿Se burlaba? Quién iba a
saberlo, especialmente con un novelista, particularmente con un sátiro Marsyas,
cuya voz era cada vez mas cálida. Donoso insistía en colocar sus manos sobre
mis antebrazos, en acariciar mis piernas, aparentemente sin otra intención que
mostrar amistad.
—Mi yegua era en esas
soledades el mejor sustituto de la mujer. Tierna, inmóvil, sus músculos se
amoldaban a mí con felicidad, y ni ella ni yo teníamos remordimiento alguno—.
Donoso se arrellanó en la cama—. Acércate más. No me digas que me tienes
miedo. Mira, soy un viejo, un vejete enclenque y decrépito. ¿Qué puedo hacerle
a un garañón de tu envergadura?
Dejé que siguiera hablando,
sin mostrar un rechazo tajante.
—En Bogotá mis amigos me
prepararon una fiesta de bienvenida. La idea era llevarme a un baño turco, de
esos sórdidos y asquerosos en los que en cuanto se apaga la luz unos mancebos
negros, musculosos y maleantes, se abalanzan unos sobre otros y cada cual hace
lo que sea con el que está al alcance de la mano.
La confesión era atrevida, sin
duda, y había sido hecha con una intención clarísima. No calculaba Donoso
—porque no había leído los libros que yo tenía escritos e inéditos, hundidos en
el baúl de la nostalgia— que si él era un demonio viejo y curtido, yo también
era un demonio nuevo, fuerte y de ninguna manera ingenuo, como sostenía más de
una de las mujeres que visitaban mi colchón y mi ánimo. La verdad es que las
hembras podían hacer conmigo prácticamente cualquier cosa, no los hombres, de
quienes desconfiaba a muerte.
El siguiente paso del sátiro
Marsyas fue más agresivo y delicado: pidió un beso, solo un beso.
—Me gustan los muchachos. ¿Qué
culpa tengo yo? No hay nada tan hermoso como un muchacho. La ternura de los
hombres es lo más bello de la tierra.
¿Se estaba burlando?
Evidentemente no. Le di un beso en la frente.
—Acuéstate conmigo, por favor,
por favor.
Era hora de quitarse la
máscara. Definitivamente no, Donoso. Le ofrecí disculpas, nunca había podido
superar mi debilidad por las mujeres, es un asco tener tantas limitaciones,
pero así soy, un machito, tal vez con una pizca de homosexualidad no declarada.
—La verdad es que desde que te
vi comencé a tener sospechas — dijo en tono de cariñoso regaño—. Eres un
coqueto. Miras a todas las criaturas como si quisieras comértelas. ¿No te has
dado cuenta cómo tienes abochornadas a las señoras del concurso?
No me había dado cuenta. La
verdad es que todas ellas me parecían unas cascosflojos, unas hembras que
pretedían ser fatales y que estaban esperando la oportunidad de arrinconar a
este joven talento en un baño.
—Increíble, increíble la
capacidad que tienes, Ventura, de proyectar tu perversidad hacia el mundo. Las
señoras del concurso son unas damas dignas de todo respeto.
—Eso depende del famoso
cristal. Ante un José Donoso se deben portar como monjas carmelitas, pero ante
un humilde Ventura, ¿para qué van a apretarse el calzón? Además —me atreví a
presumir, sólo para hacer fiestas a costa del sátiro Marsyas, que había
querido divertirse con mi cuerpo de maratonista algo magullado por el tiempo y
los kilómetros de pavimento— me parece que yo tengo algo mejor que ofrecerles.
—Sí, ya sé, ya sé. Después de
los sesenta alcanzar el segundo enceste, es muy difícil, mientras que para un
verraco como vos, debe ser asunto de veinte o treinta minutos.
—Diez minutos contados.
—Y tal vez llegues a tres o
cuatro supernovas en una noche.
—Mi marca es trece veces en 24
horas.
—Te creo, te creo —dijo
mansamente—. Tienes temple de novelista, pero no de mentiroso. No debes hacer
ostentación de lo que te sobra porque pronto comenzará a faltarte.
Ajá —pensé—, ahora utiliza el
camino de la adulación. Sólo le falta decir que soy un genio literario y que va
a recomendar mis obras completas a Seix Barral.
Pero me equivocaba. Donoso tenía
por principio no mezclar la literatura con sus debilidades del cuerpo. Terqueó,
eludiendo los
caminos fáciles. Después de recurrir a la agresión, a la complicidad
de sensibilidades, a la comunidad de las almas grandes, al expediente de la
libertad moral que deben tener todos los espíritus superiores, a las historias
escabrosas, me contó una versión rioplatense de Muerte en Venecia.
—Mira, ¿qué puedes temer de un
anciano como yo? Acúestate a mi lado, déjame tomar tu mano y cerremos los
ojos.
Como lo vi tan resignado al
recular de su ilusión, acepté, pero en cuanto estuve tendido a su lado, su mano
en mi mano, y sentí que comenzaba a acariciarme las rodillas, tomé su muñeca y
la apreté con fuerza y así la tuve hasta que abandonó su empeño. Quince minutos
más tarde su respiración acompasada me indicaba que se había dormido. Y con
razón. Llevaba dos días y dos noches de actividades extraliterarias, mientras
su mujer seguía semiadormilada en su habitación, con dos o tres valiums entre
pecho y espalda, y cuando despertara se
preguntaría por qué el aire de Cali le proporcionaba un sopor tan extraño.
Aparté mi mano de la suya, me
senté al frente, en el sillón que había colocado para la entrevista cabrona, y
escribí en mi cuadernote de contabilidad.
Cuando terminé sentí que
tocaban a la puerta. Como en un relámpago supe quién era y adiviné la forma de
salvar al sátiro Marsyas de la ignominia y el escándalo. Me asomé a la puerta
en calzoncillo. Aline dijo un ay disculpa que sonó falsísimo, ¿no estás solo?
Inició el movimiento de retirarse una vez que, con solicitud tan artificiosa
como la de ella, le comuniqué que estaba con mi antigua novia y que a la pobre
le habían extirpado medio pulmón y un seno y que ahora la estaba consolando de
los desastres de su vida, ocasionados por mi cacareada genialidad y mi poco
graciosa huida.
Aline sonrió. Conocía sin duda
ese tipo de historias. Disculpa, comenzó a alejarse, y antes de que yo cerrara
la puerta, dijo casi al desgaire:
—¿No has visto a Pepe?
Desapareció hace horas y nadie sabe dónde está.
Naturalmente le dije que no
conocía su paradero, aunque estaba seguro de que ella había adivinado todo lo
que mi lengua calló.
Entré a la habitación,
desconecté la clave del teléfono y, cinco minutos más tarde, escuché la voz de
Aline:
—Pásamelo.
Donoso abrió un ojo. Sonrió.
Antes de responder, colocó la mano sobre la bocina y dijo:
—Fue bonito. No te voy a
olvidar, Ventura, eres una bestia grande y despiadada. No sé si llegues a ser
un buen novelista, pero eso en realidad carece de importancia.
Estábamos en la rueda de prensa en la que íbamos a informar el
resultado del concurso. Súbitamente Donoso palideció, comenzó a sudar, los ojos
parecían habérsele extraviado, buscaba con ellos algo en la sala atiborrada de
periodistas, pero no parecía ver sino manchas. Con sus manos intentaba apartar
telarañas que nublaban el panorama. Aline alzó la voz. ¿Hay un médico aquí? Por
favor un médico. No es nada, dijo Donoso esforzándose por sonreír, sólo
necesito que me tomen la presión para saber si cumplo mi sueño de morir ante
las cámaras. Apareció el médico con todos sus aparejos y frente al público le
tomó la presión y le escuchó el corazón,
mientras Donoso seguía entre sofocado y risueño.
—Vamos a tener un doble
privilegio: ustedes, de verme morir en vivo, y yo de morirme en público.
Eso me quedará de Donoso: su
sonrisa, una sonrisa de gato de
Cheshire, que no lo abandonó ni un sólo instante, desde que descendió
del avión en Palmaseca, hasta que me despedí de él con el gran abrazo en su
propia habitación, ante la mirada entre judicatoria y condescediente de su
mujer.
No se murió, se limitó a
seguir sudando como un condenado a muerte y a sonreír, frente a su público. Y
yo me pregunté por qué el Papá Grande le teme tanto a la masa indocta, si un
aristócrata de la imaginación como Donoso disfruta del espectáculo de tal manera.
El resultado del concurso no
fue el que yo esperaba, pero tampoco el que Donoso quería —una verdad a gritos
es que nunca se premia lo mejor, sino aquello en que los jurados se ponen de
acuerdo; un concurso es una lucha de intereses, nada más— premiamos a un poeta
colombiano que ofrecía su primera
novela, un texto a medio camino entre el
realismo mágico del Papá Grande, la soterrada épica íntima de Rulfo y las
aportaciones de un poeta grande que practica la humildad, el culto a la patria
y a la familia. Esa misma noche el poeta de Antioquia llegó en un avión de la
Licorera. Era un hombre modesto, pequeño, silencioso, que en alguna oportunidad
fuera elogiado por Neruda y que se había pasado la vida cultivando la tierra
con el cariño con que escribía sus poemas. Llegó con toda su familia y su
sencillez de paisa triste. Les regaló sus libros a organizadores, jurados y
periodistas, y se portó con llaneza,
recogió su premio y escapó inmediatamente a refugiarse en las montañas
de Antioquia. Poco tiempo después moriría, dejando los poemas más
significativos y elementales, hermosos y desesperados de que tenga memoria. Sus
libros todavía circulan como seres vivos por mi casa.
Al día siguiente visitamos la
Hacienda El Paraíso, donde todavía parecían escucharse los ecos de los amores
de Efraín y María, entre pavos reales y propagandas de turismo. Pepe arrancó
una gardenia del jardín. Todo ese día estuvo oliéndola porque, según él, quería
llevarse una prueba de que había estado en el paraíso. El gesto, que era sin
duda poético, no estaba libre de aristas. Uno nunca podía estar seguro de él.
Había cierta cariñosa impiedad en su forma de ser. Como si comprendiéndolo
todo, todo lo perdonara, pero sin abandonar la sonrisa de demiurgo.
Por la noche medité sobre la
actitud de Donoso. Había comido, bebido, olido, sentido, mirado todo lo que
pudo con fruición, con el deleite del que sabe sus días contados, aunque tras
él fuera como un hada —como un guardia de seguridad, como un fedayín, como una
enfermera— Aline, la bruja doméstica. Pensé en ese instante en Mercedes, la del
Papá Grande, tan diferente a Aline y sin embargo tan parecida. Una y otra
cuidan a sus esposos como si fueran criaturas irresponsables, inocentes y, sin
embargo, altamente peligrosas.
—Ventura, oye lo que te digo:
no hay mayores pecadores que los de nuestra profesión. Hay que hacerse a la
idea y desechar cualquier amenaza de remordimiento. El remordimiento es al
escritor lo que el cuchillo al marrano.
Definitivamente todos los
verdaderos escritores estaban cortados con la misma tijera. Recordé a Bache,
repitiendo en medio de su vitalicio sopor alcohólico, las mismas palabras.
¡El rostro de Donoso, don Oso!
Un rostro de patriarca, como el del Papá Grande, un rostro como deberían haber
sido los de Abraham, Isaac o Nabucodonosor. Con una leve diferencia: el
patriarcado del sátiro Marsyas es un patriarcado pícaro, escéptico, deportivo,
alado. En cambio, el patriarcado de García Márquez parecía tan seguro de su
importancia, tan profético, tan cataclísmico. Cuando hablaba, hacía suponer que
ponía en peligro el equilibrio de los grandes poderes. Donoso juega a ser un
santón pecador. Es sin lugar a dudas un hedonista irredento. Si no hay quien lo
controle es capaz de despanzurrarse comiendo, bebiendo, fornicando, entre
carcajadas. "Al otro lado sólo está la nada, Ventura. Ésa es la verdadera
condenación: perder todo lo que tuvimos en este mundo."
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