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Un día difícil

julio 28, 2013

El poeta Fernando Denis en Bogotá
14 de noviembre de 1997
Con los 3000 dolares del premio de ciencia ficción y lo que consiga de la venta de mi viejo Caribe, más destartalado que su dueño tras una mañana de basquetbol y una tarde de amor, buscaré algo como un camper o un jeep o una blazer. (Como estoy corrigiendo esto varios meses después de mi viaje a Colombia,  puedo saltar en el tiempo y comentar que compré una camioneta chevrolet gringa Chevrolet S 10, una potentísima camioneta con llantas anchas, excelente equipo de sonido y un poder increíble: con ella ha entrado la aventura del bosque y el campo en la familia, hemos trastumbado las trochas que rodean a Xalapa, trascendiendo lomas de tierra, piedra y abierto vegetación en el bosque). L decía que era una vergüenza que un escritor y director de la revista científica de la Universidad Veracruzana, condujera un auto tan espantosamente feo (y no es solo que el viejo Caribe esté destartalado y se le meta el agua, sino que tiene un color lila espantoso, mayatón en extremo, por lo que lo he llamado la Pantera Rosa).
     Mientras escribo estas líneas en el apartamento de mi hermana en Bogotá, se escucha la alarma de un coche, sirenas, a veces un balazo o gritos. Colombia vive en una guerra tan perpetua que la gente se ha hecho indiferente y hasta vive feliz en medio del caos. Una encuesta que se presenta en El Nuevo Siglo, sostiene que uno de los pueblos más felices de América es Colombia. Las encuestas mienten: una de cada cinco familias colombianas ha sufrido algún tipo de oprobio. En Colombia se está desarrollando ya no la violencia sino la barbarie. Ya los crímenes no son utilitarios o políticos, sino que se convierten en carnicerías gratuitas. Asesinos púberes o adolescentes mutilan a sus víctimas con sierras mecánicas y las torturan con saña inhumana. Sí, es posible que el pueblo colombiano parezca de los más felices, pero su felicidad es forzada, desesperada, el tipo de felicidad del sacrificado que saluda a su emperador antes de recibir el tajo. En la televisión colombiana se presentan un promedio muy alto de actos de violencia por hora. Parece que sangre llama a sangre.
     Un día desastroso. Desairado por todos. En la editorial Norma rechazaron La hermosa vida porque es una novela que forma parte de un proyecto mayor. (Con éste van tres rechazos del libro por parte de personas que ni siquiera se interesan en conocer el contenido. Tengo un flaco consuelo: Marcel Proust tampoco vio publicados los siete tomos de En busca del tiempo perdido. Creo sólo se publicó el primero en vida del autor).

      El edificio de Editorial Norma es monumental, casi mil metros cuadrados de oficinas bien iluminadas rodeando un gran domo. Las medidas de seguridad son extraordinarias. Hay que dejar documento en la entrada y pasar por revisiones. La persona encargada de Literatura Infantil se mostró receptiva y prometió someter mi libro a la lectura de los niños que son sus dictaminadores. Saliendo, de regreso con un manuscrito de casi 500 paginas que nadie ha querido aceptar, caminé por la avenida El Dorado varios kilómetros hasta encontrar un humilde restaurante de comida llanera. Buen yantar entre camioneros y choferes de taxis. Seguí caminando hasta El Tiempo, donde me enteré que la ejecutiva de Plaza y Janés no había concretado la cita con la encargada de la página cultural. "Sé quien es usted -me dijo la periodista- y tengo mucha pena de decirle que no puedo hacerle la entrevista porque nadie habló conmigo sobre el asunto". Agarré mi mochila y eché a caminar de nuevo por la Avenida El Dorado. Comenzó a llover y dejé que la lluvia me mojara a su antojo. No, no soy un gran personaje ni la gente se inclina ante mí, sigo siendo un escritorcillo a quien los editores rechazan o ni siquiera reciben. Gracias a Dios no soy tan grande como mi vanidad y ello me permite seguir amarrado a la tierra. Ya casi siento ganas de regresar a Xalapa a mi honrada medianía de empleado universitario. Me doy risa, pero bueno, cada humillación de éstas lo que hace es levantarme, volverme más tozudo, más inflexible. Los haré comerse mis libros y la lengua, palabra de frenáptero.

     Me pongo a preparar mi maleta y a arreglar el apartamento de mi hermana y poco a poco me va pasando la furia por los desaires. Escucho en Radio Nacional de Colombia un hermoso coro de niñas y comienzo a sentirme bien, superior a mis mezquinas aspiraciones. En realidad carece de importancia que me hagan el feo. En la vida he recibido suficientes insultos y desaires para saber torearlos con serenidad. (Y hoy 27 de julio de 2013 todos los libros que menciono en este diario están publicados. El libro de cuentos infantil  se llama El pollo que no quiso ser gallo y ha vendido 3o 000 ejemplares en Alfaguara México y 8 000 en Alfaguara Colombia. La novela La hermosa vida fue publicada en CONACULTA, Colección Guardagujas y según parece ya se agotó y debo buscarle nueva edición).

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