Esta no es una nota apresurada debido a trabajos urgentes. Hay mucho que hablar sobre el tema. Espero hacerlo más adelante.
La Sociedad
Juliette,
novela escrita por Sasha Grey, es en principio un texto interesante, inquietante y que suscita
diversas reacciones contradictorias —curiosidad, morbo, desconfianza, simpatías
y antipatías radicales, descalificaciones sumarias y aclamaciones de sus fans o adictos— aun antes de su lectura: se trata
de una “obra de ficción” escrita por la más famosa actriz contemporánea de cine
para adultos —eufemismo obvio de una palabra más dura y más certera:
pornografía.
Que la novela es claramente autobiográfica no
lo oculta la autora y no podría ocultarlo: su vida más íntima se ha
desarrollado a la luz pública no sólo en
más de 200 películas —calificadas por algunos frecuentadores de tales películas como “las más cochinas” que se hayan filmado—
sino que se ha hecho conocer en entrevistas en todos los medios en las que ha revelado sus secretos de
la forma más abierta, alguien diría “descarada”.
Y en verdad que resultan atroces las escenas
en las que ha participado esta mujer de rostro auténticamente virginal (es o parece hermosa, fresca, simpática, retadora, tanto en sus películas como en las
entrevistas que ha dado). Su mirada es de femme
fatale, se asemeja a una Greta Garbo sin
inhibiciones. Las escenas en las que ha participado llegan a ser chocantes:
felaciones inverosímiles a hombres con dotes descomunales, sometimiento de
Sasha a émbolos y taladros mecánicos y eléctricos, poses gimnásticas dignas de circo,
humillaciones, violaciones tumultuarias, golpes, todo lo imaginable se
encuentra en sus películas. Si bien algunas francamente excesivas, otras con dosis disfrutables de poesía e
incluso filosofía.
Una característica de Sasha Grey es
precisamente el hecho de que según ha dicho entró en la industria del porno muy
consciente de lo que hacía y de hacia dónde iba: a los 23 años declaró
solemnemente que abandonaba el cine para adultos y que se ocuparía de
otros intereses: la música, el cine serio o artístico y la literatura.
Su primer producto como escritora es La
Sociedad Juliette. Vamos a la “novela”. Como novela fracasa, tiene escaso
valor literario, un estilo pobre y a veces ingenuo o tonto (la traducción no le
ayuda nada: la repetición constante de las palabras “polla, lefa, semen” resulta cansina y hasta ofensiva. Rebaja a
nivel orgánico toda relación. Aunque la narradora-personaje quiere equilibrar
el relato —básicamente trata de la entrada de una joven con fuertes pulsiones
sexuales (Mi coño es como un gato que
está hambriento a todas horas. Mi coño está hambriento a todas horas y no puedo
dejar de darle de comer) a un mundo
subterráneo de cultores del placer. La mención constante a películas (Belle de jour, El último tango en París, Eyes
wide shut) sirve para crear el personaje y el ambiente: Catherine-Sasha es
estudiante de cine en una universidad; está enamorada “románticamente” de su
novio Jack, pero entra en un espiral de investigaciones sexuales que la llevan
a un submundo de desafueros sexuales y crímenes.
En la novela se repiten escenas cruciales de
las películas clásicas: la entrada a un círculo secreto y selecto de adoradores
del sexo (Eyes wide shut); la escena
de sodomía con mantequilla entre Marlon Brando y María Schnieder (El último tango en París) y se mencionan
películas de Buñuel, Godard y otros célebres directores.
La novela tiene dos caras: la parte social
o inocente (amor con Jack, los estudios
universitarios) y la parte perversa (la entrada al mundo de los adoradores del
sexo). Hay un artificioso intento de conciliar estos dos mundos.
Comparada con la vida de Sasha y con sus
películas, la novela que tiene por protagonista a Catherine resulta pálida. Además es muy poco
original. No dudo que si la actriz,
ahora escritora, escribiera sus memorias, resultarían muchísimo más interesantes, incluso a nivel testimonial.
A mí particularmente me simpatiza Sasha Grey. La conocí en Guadalajara. Intercambiamos unas palabras. En este blog está el relato del encuentro. Búsquenlo. Es una persona muy agradable y, como dije, hermosa, además tiene unos aires de serenidad y superioridad que impresionan (por lo menos a mí me impresionó). Ahora se dedica a la música, a promover la lectura entre los niños y a escribir. Si San Agustín llegó a santo, no sé por qué ella no puede llegar a ser, por lo menos una buena actriz seria y tal vez una buena escritora. Es joven, atrevida y está ávida de estudiar y de vivir.
A mí particularmente me simpatiza Sasha Grey. La conocí en Guadalajara. Intercambiamos unas palabras. En este blog está el relato del encuentro. Búsquenlo. Es una persona muy agradable y, como dije, hermosa, además tiene unos aires de serenidad y superioridad que impresionan (por lo menos a mí me impresionó). Ahora se dedica a la música, a promover la lectura entre los niños y a escribir. Si San Agustín llegó a santo, no sé por qué ella no puede llegar a ser, por lo menos una buena actriz seria y tal vez una buena escritora. Es joven, atrevida y está ávida de estudiar y de vivir.
Conocí a Tatiana Goranski, la escritora
argentina, ex colaboradora de revistas porno, telefonista de hot line, jazzista, cantante, de la forma
menos convencional del mundo. Iba MT entrando al restaurante del hotel Poblado
Constantinopla en Medellín, cuando una mujer escueta, larga, elegante,
vampiresca, vestida de negro y de largo, con un rostro bello y una nariz de
bruja buena, se levantó de una mesa, me salió al paso, me tomó del brazo y me
dijo tú debes venir a la Feria del Libro, tienes toda la facha de escritor -y de verdad iba disfrazado de escritor, con mi saco de gamuza y hasta bufanda-, ven
siéntate conmigo y hablemos de lujuria y otras tonterías divertidas. Me recitó
celéricamente su currículum, yo reciproqué con el mío, y listo, amigos para
siempre, almas gemelas, pronto me regaló
su novela reciente, La cantante de jazz,
yo le di Maeslstrom, que es una especie de
libro-basurero, donde publiqué lo que no cabía en otros libros. Luego llegó
Mordzinski, el fotógrafo de escritores famosos, el que aparece en todos los Hay
Festivals del mundo, quien le dijo ya estás haciendo de las tuyas, Tati, y ella
le plantó un beso y le dijo, mira, este es mi nuevo amigo, escritor colombiano.
Lo conozco, dijo Mordzinki, es el malo de todos los congresos. Yo sonreí y le
dije, Daniel, estadísticamente soy malo; en persona soy la mejor persona del
mundo.
Les ofrezco el primer párrafo del blog de Tatiana. Los invito a leerlo completo... en el link de abajo.
Según una página web cristiana, cerca de ciento cincuenta mil habitantes (contando sólo los de mi país natal) se están masturbando en este preciso momento, lo que genera una baja de la productividad de 3.200 millones de pesos al mes. Sin embargo, eso no nos convierte en la ovejita negra del mundo, alrededor del globo millones y millones de personas le hacen perder dinero a sus gobiernos por deleitarse en esta práctica tan personal que data del principio de los tiempos; para ejercerla, claro, nunca fue condición sine qua non la pornografía, pero hay que decir que ésta supo poner su granito de arena.
Les ofrezco el primer párrafo del blog de Tatiana. Los invito a leerlo completo... en el link de abajo.
Y hoy, una semana más tarde, ya lejos de
Medellín, en mi estudio, papaloteando en internet, encontré el blog de Tatiana,
que es, a fe mía, divertidísimo. Los invito a verlo en http://sexodo.blogspot.mx/
La primera versión de esta conferencia me sirvió para inaugurar en
octubre de 2008 el Congreso de Literaturas Hispánicas en Pennsylvania. Selección. El texto completo fue publicado
en Hispanic Journal...
En la mayoría de las obras de García
Márquez eros, entendido como la relación estrictamente erótica o física, domina
sobre el amor, entendido como una relación en la que están involucrados los
sentimientos, el espíritu o ese no sé qué que no termina por definirse. No
pretendo entrar en sutilezas teóricas, que harían más difícil este problema.
Comencemos casi al azar. El problema fundamental del patriarca de García
Márquez se halla en la incapacidad de amar, o por lo menos de tener un amor
“normal”. La posesión del poder absoluto y eterno mueve su vida como una
obsesión. En realidad El otoño del patriarcaes un largo,
larguísimo monólogo, que incluso supera en extensión al famoso monólogo de
Molly Bloom en el Ulises de Joyce; es un tour
de force sometido a las azarosas, caprichosas leyes de lo que el mismo
Joyce llamó “la voz interior”. El fracaso de su vida erótica y amorosa es
el lastre que arrastra por la vida, como arrastra desde su nacimiento un
enorme testículo, imagen desagradable y propia de la desmesura de un autor que
se ha caracterizado por la desmesura. Veamos las escenas de eros en esta
novela. Según el patriarca el amor es algo que le sucede a los hombres cuando
están “estreñidos de mujer” y la solución a este estreñimiento es el uso
violento, veloz y sin sentimientos de la hembra. Primera tesis: en general las
criaturas femeninas de García Márquez son más hembras que mujeres. El patriarca
le propone solucionar el problema de tal estreñimiento a su mejor amigo y
compadre, Patricio Aragonés, de la siguiente forma:…te la pongo a la fuerza
en la cama con cuatro hombres de tropa que la sujeten por los pies y las manos
mientras tú te despachas con la cuchara grande, qué carajo, te la comes
barbeada, hasta las más estrechas se revuelcan de rabia al principio y después
te suplican que no me deje así mi general como una triste pomarrosa con la
semilla suelta…
¿Cómo ha llegado el patriarca a esta
“concepción” del “amor?” Regresemos a su primera escena erótica, la de su
desvirgamiento en el río: …la primera vez que fue hombre con una
mujer de soldados a quien sorprendió a medianoche bañándose desnuda en el río y
cuya fuerza y tamaño había imaginado por sus resuellos de yegua después de cada
zambullida, oía su risa oscura y solitaria en la oscuridad pero estaba
paralizado de miedo porque seguía siendo virgen aunque ya era teniente de
artillería en la tercera guerra civil, hasta que el miedo de perder la ocasión
fue más decisivo que el miedo del asalto, entonces se metió en el agua con todo
lo que llevaba encima, las polainas, el morral, la correa de municiones, el
machete, la escopeta de fisto, ofuscado por tantos estorbos de guerra y tantos
terrores secretos que la mujer creyó al principio que era alguien que se había
metido a caballo en el agua, pero enseguida se dio cuenta de que no era más que
un pobre hombre asustado y lo acogió en el remanso de su misericordia, lo llevó
de la mano en la oscuridad del remanso… Varios elementos hay que
destacar en esta escena: el miedo del hombre, el carácter animal de la mujer,
la sorpresa inicial de ella y, finalmente, “la misericordia” de la mujer, que
es quien finalmente permite culminar el asunto en curso. El carácter orgánico,
animal del acto sexual es resaltado por la forma de describirlo: lo llama
“comer por el bajo vientre”. Las mujeres en general entregan al patriarca “sus
cuerpos de vacas muertas” y una de ellas le reprocha así su abuso de las
mujeres: “Sólo a usted se le ocurre creer que esa vaina es el amor, mi
general”.
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Las escenas del más puro erotismo
cercano al amor son precisamente aquéllas que no involucran posesión del
objeto de deseo. Veamos ésta, en la que se manifiesta una sutileza ajena a las
violaciones mediante zarpazos y violencia. Está incluida en El
amor en los tiempos del cólera y corresponde al instante en que
el doctor Urbina logra un vislumbre del cuerpo semidesnudo de Fermina Daza: No
era fácil saber quién estaba más cohibido, si el médico con su tacto púdico o
la enferma con su recato de virgen dentro del camisón de seda, pero ninguno
miró al otro a los ojos, sino que él preguntaba con voz impersonal y ella
respondía con voz trémula (…) Al final el doctor Juvenal Urbina le pidió a la
enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un
cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles,
resplandeció un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba, antes de
que ella se apresurara a ocultarlo con los brazos cruzados. Imperturbable, el
médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo una auscultación directa con
la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda.
Gabriel García
Márquez establece en El amor en los tiempos del cólera una
clara distinción entre los “amores de planta” y los “amores de paso”: los
primeros son serenos, sin arrebatos, sujetos a rituales establecidos; los
segundos son de alguna manera artísticos, libres, arrebatadores y fugaces. El
caso más ejemplar de los amores de planta se presenta entre el doctor
Juvenl Urbina y su esposa, Fermina Daza. Veamos el primer acercamiento conyugal
y la forma tan poco pasional, tan calculadora en que se da el desfloramiento de
Fermina: ya en la cama permanecieron un rato callados e
inmóviles, él acechando la ocasión para dar el paso siguiente, y ella
esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose
con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto
en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el
pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera
tocado un nervio vivo. (…) Entonces él supo que habían doblado el cabo de
la buena esperanza (…) la agarró de la muñeca y le fue llevando la mano a lo
largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que
ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal,
pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó ella no retiró la
mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y
alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse, y empezó a
identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la
fuerza de su vástago, la extensión de sus alas (…)El doctor Uriba la
vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al
derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que
científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de
las mujeres” El cuerpo de Fermina tiene “olor a animal de monte” y
este tipo de característica animalística se repite en la caracterización de las
otras mujeres. El acto entre el doctor y su esposa se consuma casi
atléticamente y termina en una imagen poética, “hasta que se gastaron en el
beso todo el aire de respirar”.
.........................................
Hay
una frase que García Márquez ha lucido no sólo en El amor en los
tiempos del cólera sino en la vida: “Se puede ser infiel pero no
desleal”: frase oximorónica, contradictio in adjectio o elemental
falacia, oculta precisamente el mal uso de la palabra amor, que si hemos
de entenderlo de manera platónica compromete necesariamente tanto a la lealtad
como a la fidelidad. Es cierto: no se puede servir a dos amos: o se sirve al
alma o se sirve al cuerpo. Y Florentino Ariza intenta servir a los dos, y lo
logra mediante una trampa que puede hacer a los demás pero no a sí mismo.
En El amor en los tiempos del cólera se destilan filosofías de
la vida, del amor, del matrimonio, de la fidelidad, de la lealtad. Termina
siendo una novela romántica y hasta decimonónica: los amantes someten el mundo
al imperio de su capricho, pues deciden vivir el resto de sus vidas en un
eterno ir y venir por el río Magdalena, amparados en el cólera.
Florentino
fue un hombre de paso para muchas mujeres (Leona Cassiani, Sara Noriega,
la viuda de Nazareth, Prudencia Pitre, Prudencia Arellano, Ángeles
Alfaro, Andrea Varón, Bárbara Lynch, Ausencia Santander, América Vicuña). Su
consigna parece ser: mi alma la guardo intacta para el amor, pero mientras
tanto mi cuerpo lo
abandono a la sensualidad. Amor y erotismo están separados en esta novela: el
amor sólo está presente como emanación misteriosa, como una especie de mentira
que ayuda a morir. Mientras que el erotismo, parece sostener García Márquez, es
una verdad que ayuda a vivir. Y es por eso que mientras los personajes
masculinos, como el Odiseo clásico, se aventuran por los mares procelosos de
las aventuras galantes, a las mujeres en general les queda vivir la vida
como una novela romántica. De ahí la violencia de la pasión de tantos
protagonistas masculinos que quitan virginidades con zarpazos, sin despojarse
de las ropas; que toman por asalto a las sirvientas en los patios de lavado y
arremeten como bisontes contra mujeres desprevenidas. Ejemplo acabado de estos
polvos de gallo, de estas violaciones consentidas, tan propias de las
obras de García Márquez es la que se ofrece casi al inicio de Memoria
de mis putas tristes. En esta novela un anciano decide
“regalarse una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar su
cumpleaños. Negocia la consecución de su objetivo con una alcahueta. A
partir de entonces pasa las noches al lado de una jovencita, a la que llama Delgadina,
por la que concibe un amor imaginario que lo hace feliz. Tal es el argumento de
la polémica novela de García Márquez. Gran parte deMemoria de mis putas
tristes se ocupa de escenificar la vida ritual de un periodista a
quien apodan Modesto Collado. Comparte este personaje con el
patriarca y con Florentino Ariza la costumbre de coleccionar aventuras sexuales
y soñar algún tipo de paraíso en el que estén incluidos el amor, la pureza, la
inocencia o algo así. Y al igual que los otros dos personajes, el anciano
ejerce una sexualidad desaforada (anota en un cuaderno las 514 mujeres con las
que ha yogado, tal como lo hacía Florentino en sus registros de fornicaciones).
Su sexualidad es frugal, apresurada y a veces violenta; tal violencia es
ejemplificada casi al inicio de la novela, cuando acomete súbitamente a su
sirvienta Damiana así: Recuerdo que yo estaba leyendoLa lozana
andaluza en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad inclinada
en el lavadero con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas
suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé
las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella,
con un quejido lúgubre, eso no se hizo para entrar sino para salir.
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Otra de las frases célebres en las que se desnudan las ocultas convicciones del personaje, suena también a confesión cínica y a justificación de la impotencia: El sexo es un consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. De nuevo tenemos la idea de que sexo y amor son dos mundos que coexisten pero que no están necesariamente conectados. El sexo es una cosa que está ahí y con la que hay que cumplir porque está en la naturaleza humana, particularmente en la masculina, pero lo que en realidad importa es el amor.
Otra de las frases célebres en las que se desnudan las ocultas convicciones del personaje, suena también a confesión cínica y a justificación de la impotencia: El sexo es un consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. De nuevo tenemos la idea de que sexo y amor son dos mundos que coexisten pero que no están necesariamente conectados. El sexo es una cosa que está ahí y con la que hay que cumplir porque está en la naturaleza humana, particularmente en la masculina, pero lo que en realidad importa es el amor.
En
un violento salto atrás cronológico me dirijo al relato de la cándida Eréndira
(1978) en el que vemos muy bien delimitados los amores de zarpazo y los amores
de corazón. Eréndira es explotada inmisericordemente por su abuela, quien la
prostituye con filas interminables de hombres de todas layas. En este relato
las prácticas sexuales en general corresponden a una especie de labor titánica
que la joven de catorce años ejerce con absoluto estoicismo con el objetivo de
pagarle a su abuela una deuda que parece interminable. Eréndira es inaugurada
por un viudo escuálido y prematuro que pagaba a buen precio cualquier
virginidad. El viudo la tasa como a un cerdo, la pesa (en total 42 kilos,
descubre) y dice: “Todavía está muy biche. Tiene téticas de perra” y agrega:
“No vale más de cien pesos”. Tras la negociación con la abuela, el viudo compra
a la criatura y la lleva a un cobertizo donde le tuerce un brazo, la arrastra
hacia la hamaca, la abofetea y la hace “flotar un instante en el aire con el
largo cabello de medusa ondulando en el vacio”, la abraza por la cintura antes
de que vuelva a pisar la tierra, la derriba dentro de la hamaca, le da un golpe
brutal y la inmoviliza con las rodillas. Luego le arranca la ropa azarpazos y
la viola. De esta escena de desvirgamiento se pasa a la escena de la violación
multitudinaria de Eréndira por parte de los hombres pudientes de la localidad y
“cuando no hubo en el pueblo ningún otro hombre que pudiera pagar algo por el
amor de Eréndira”, la abuela se la lleva a otro pueblo donde continúa
prostituyéndola con filas de hombres que se pierden el en horizonte.
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La
segunda escena de acercamiento erótico entre Eréndira y Ulises sucede en el
segundo encuentro y es lo más parecido al amor que he hallado en las obras de
García Márquez: Ulises permaneció contemplándola con tanta intensidad
que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin
prisas, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha
recóndita que se parecieron más que nunca al amor.
Faltaría
revisar las escenas de amor y eros en Cien años de soledad y
en otras obras. Provisionalmente diremos que García Márquez no termina por
darnos certezas sino apenas acercamientos, vislumbres, como los que podría
darnos un ciego iluminado. Y podemos agregar lo que ya se sabe: los escritores,
particularmente los novelistas, no viven en el mundo de las verdades, sino en
el de las hipótesis, las posibilidades, los tanteos. Y en verdad que esta
suerte de buscar un gato negro en un cuarto oscuro, no es sólo la de los
escritores, sino la de todos los seres humanos, que viviremos sin entender qué
es el amor, cuál es el sentido de la vida, qué quieren las mujeres (aparte de
comprar todo lo que se les ponga al frente), qué nos espera después de la
muerte, existe o no Dios… y así hasta el infinito.
Cien años de soledad podría leerse como una especie de peregrinación de un narrador,
que podría ser el gitano alquimista Melquiades, el sabio catalán que estimuló
las ansias epistemológicas y literarias de los cuatro amigos (Alvaro, Germán,
Gabriel y XX) o el mismo García Márquez: peregrinación en búsqueda de al amor,
que culmina, casi siempre en la soledad, el desconsuelo y el desamparo. El
sabio catalán, antes de abandonar Macondo, como terminarían abandonándolo casi todos
los habitantes antes de que Macondo fuera “arrasada por el viento y
desterrada de la memoria de los hombres” les deja un mensaje a los cuatro
amigos: les dice que “en cualquier lugar en que estuvieran recordaran
siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso,
que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más
desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera”. Hay
abundantes escenas del eros ordinario en Cien años y
muy pocas de amor: hay muchas hazañas sexuales, descripciones de
desmesuras y características descomunales tanto de machos como de hembras ( la
mulata adolescente que inicia en la sexualidad a Aureliano cumple con una cuota
de setenta fornicaciones por noche; el coronel Aureliano Buendía hace
visitas nocturnas a muchas mujeres en cada una de las pausas de sus incontables
guerras perdidas y engendra 17 bastardos; el penúltimo Aureliano, equilibra una
botella de cerveza sobre su descomunal miembro; la tía pinta el falo de su
sobrino con carboncillo, le pone ojos y moñitos; Petra Cotes y la prostituta
Nigromanta, son auténticas atletas del amor mercenario; José Arcadio
Segundo se acostumbra al comercio con burras en complicidad con el sacristán
Petronio; el último Aureliano tiene entre las piernas un descomunal “moco de
pavo”. Macondo es un pueblo de una lubricidad exaltada, de la que sólo se
libran Remedios La Bella, Fernanda del Carpio y Úrsula, la matriarca. Escenas
de amor hay pocas en Cien años, y en general son
protagonizadas por parejas clandestinas, maridos infieles o parientes cercanos.
Los dos casos más evidentes de relaciones que son o parecen el amor son los
perpetrados por Aureliano Segundo y la prostituta Petra Cote; también las
relaciones que establece Aureliano con Amaranta Úrsula, su tía, amores éstos
que culminan con el nacimiento de un varón con cola de cerdo y con la
destrucción de Macondo por un viento. Esta última relación está
caracterizada por una especie de impulso casi irracional, obsesivo, que obliga
a tía y sobrino entregarse a los regocijos del cuerpo y a alejarse del resto de
la humanidad en una especie de desesperación antes del fin del mundo.
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No me parece aventurado afirmar que
tal felicidad, vedada a la mayoría de los seres humanos, estaba basada en la
presencia de dos ingredientes: transgresión y falta de testigos que juzgaran
los actos de la pareja. En aquella casa aislada del mundo tía y sobrino hacen
un estropicio de amor en el que se concilian eros y amor romántico,
conciliación prohibida, que de alguna manera desencadena el fin. De nuevo
verificamos la vieja verdad del Eclesiastés: no hay nada nuevo bajo el sol.
Síntesis: el amor auténtico no sólo es inconveniente sino extremadamente
perjudicial, solo se puede dar de manera clandestina y está destinado a la
muerte. Algunas conclusiones: todos los auténticos amores son desventurados; el
amor no existe sino como experiencia efímera o de infatuación; el erotismo fino
lo practican los personajes heterodoxos por medio de rituales sofisticados y es
bastante excepcional. Las relaciones con sexualidad tormentosa y feroz son las
más frecuentes en Cien años de soledad. El caso de las
relaciones de amor puroentre Fermina Daza y Florencio Ariza es
verdaderamente excepcional en la obra de García Márquez. En efecto, ellos se
aman en el tramo final de sus vidas con una especie de amor platónico… pero se
aman porque ya se ha extinguido el fuego sexual, aunque siguen jugando a tener
prendida la llama, lo que llama Octavio Paz, “la llama doble”. Los dos
transitaron por relaciones difíciles y al final de sus vidas, se entregan a más
espirituales que físicos.
El amor, o eso
que llaman amor, y el erotismo se seguirán practicando hasta el fin de la
humanidad, ya sea de manera “real” o como en la actualidad, de manera virtual.
Se seguirá hablando sobre ellos sin llegar a puerto alguno. La obra de García
Márquez sin duda alguna ha contribuido a enriquecer y a enrarecer este diálogo con
una de las partes más delicadas de la naturaleza humana: aquélla que al
acercarnos al animal, nos diferencia de él. De nuevo: no hay nada nuevo bajo el
sol. Somos animales que disfrutamos del sexo, nos inventamos el amor y
alcanzamos fugaces momentos de felicidad. Creo que eso justifica nuestra
existencia sobre la tierra. Que en la obra de GM exuda machismo, no hay duda;
pero también el hembrismo: hay mujeres duras, implacables, tozudas, entusiastas
y hasta excesivas en el amor y el sexo. Úrsula y Amaranta Úrsula, no ceden
jamás, como tampoco ceden Petra Cotes y Pilar Ternera y en general, cuando se
trata de grandes decisiones y de iniciaciones, las mujeres mantienen la
entereza, mientras los hombres se acercan al templo del amor con terror,
desazón e inseguridad.
Xalapa, octubre de 2010
Publicado 17th May 2011 por Marco
Tulio Aguilera
Etiquetas: García Márquez
Poco a poco me voy enterando de la tremenda, escabrosa, difícil, caprichosa, chocante vida de la actriz porno Sasha Grey y las atroces películas que hizo (alguna con máquinas de dar placer: émbolos que tienen un pene de latex, neopreno u otro materia, que entra y sale con ritmo mecánico y que pueden regular calor, velocidad y lubricación) y como decidió abandonar el porno y dedicarse a la literatura hasta convertirse en estrella de la Feria del Libro de Guadalajara. Lo particular de Sasha Grey es que no se trata de una actriz con rostro anónimo, sino una actriz con expresión, con personalidad, con talento, al extremo que ha hecho películas serias (artísticas) y ha sido aceptada por la comunidad actoral como parte del gremio. En entrevistas ha dicho que aspira a ser comparada con Sade y Anais Nin.
Tuve un breve encuentro copn ella en el Hilton. Ver...
http://mistercolombias.blogspot.mx/2013/12/dialogos-con-sasha-grey-en-la-feria-del.html
Tuve un breve encuentro copn ella en el Hilton. Ver...
http://mistercolombias.blogspot.mx/2013/12/dialogos-con-sasha-grey-en-la-feria-del.html
De actriz porno a novelista. Diálogos con Sasha Grey en la Feria del Libro de Guadalajara
porno diciembre 08, 2013
Pidió que le mostrara mis piernas: "Ahí es donde se ve el poder de los seres humanos. En unos muslos firmes se descubre cómo ha vivido un human being, si ejerciendo la voluntad o dejándose llevar por la vida". Una verdadera filósofa, Sasha, I wiil always remember yo y espero verte en la próxima vida.
Sucedió en la Feria del Libro de Guadalajara.
Mi encuentro con Sasha Grey fue breve y anónimo. No tengo más prueba del encuentro que la crónica que pronto publicaré (si no me lo impide un pudor que es más interés literario que verdadero pudor). No quiso que hubiera fotos.
Tenía curiosidad por conocer a un escritor colombiano que había escrito libros con títulos tan absurdos como:
Cuentos para después de hacer el amor
Cuentos para antes de hacer el amor
y
Cuentos en lugar de hacer el amor
Fue ella quien me buscó en la lista de asistentes del Taller de Derechos de Autor y quien hizo los arreglos para el encuentro.
Sasha es, a más de muy bella, aunque no lo crean, extremadamente cándida. La muy insolente me preguntó si yo todavía podía...
Le respondí:
"Darling, if I am bronce medalist in 400 meters free style Nacional Master Championship, ¿don t you think I can still ring a golden bell like yours?"
Le dio mucha risa.
By Ala, my God, habría que volver a vivir para hacerle honor al momento...
No me pidió que dejara de escribir sobre el encuentro, pero sí la presencia de fotógrafos.
Pensaré seriamente si conviene a mis intereses literarios -ahora muy respetables- publicar todo lo que sucedió.
Mi encuentro con Sasha Grey fue breve y anónimo. No tengo más prueba del encuentro que la crónica que pronto publicaré (si no me lo impide un pudor que es más interés literario que verdadero pudor). No quiso que hubiera fotos.
Tenía curiosidad por conocer a un escritor colombiano que había escrito libros con títulos tan absurdos como:
Cuentos para después de hacer el amor
Cuentos para antes de hacer el amor
y
Cuentos en lugar de hacer el amor
Fue ella quien me buscó en la lista de asistentes del Taller de Derechos de Autor y quien hizo los arreglos para el encuentro.
Sasha es, a más de muy bella, aunque no lo crean, extremadamente cándida. La muy insolente me preguntó si yo todavía podía...
Le respondí:
"Darling, if I am bronce medalist in 400 meters free style Nacional Master Championship, ¿don t you think I can still ring a golden bell like yours?"
Le dio mucha risa.
By Ala, my God, habría que volver a vivir para hacerle honor al momento...
No me pidió que dejara de escribir sobre el encuentro, pero sí la presencia de fotógrafos.
Pensaré seriamente si conviene a mis intereses literarios -ahora muy respetables- publicar todo lo que sucedió.
Menos mal que ya puedo dominar a mi bestia.
Diálogo con Sasha Grey. Un hombre alto, malencarado, revisó mi identificación. Esbozó una media sonrisa de complicidad. Me dijo "lucky guy" y me dejó pasar.
Sasha (cara serena, cabellera aérea, brusa cómplice) se levanta de un sofá blanco. Estoy tranquilo. Soy un tigre dormido. Hablamos dos o tres formalidades. Dice que le llamaron la atención los títulos de mis libros y el hecho de que yo fuera colombiano: "Mis mejores amigos han sido colombianos, tienen algo", dijo con sonrisa ligeramente maliciosa.
Le pregunto:
-¿Crees que la pornografía aporte algo positivo a la humanidad?
-Sin la pornografía habría mil veces más crímenes.
-¿Recomiendas el consumo de pornografía?
-Cada cual debe decidir lo que hace con su sexualidad.
-¿Hay algo nocivo en la pornografía?
-Sí, el aislamiento y el desprecio de los sentimientos generosos.
-¿Por qué te retiraste de la pornografía?
-Había que hacer mucha gimnasia y ya estaba comenzando a tener programas gásticos y hemorroides.
-¿Volverías a hacer pornografía?
-Solo con alguien a quien ame totalmente.
-¿Te gusta el ambiente literario?
-Sí.
-Crees ser un escritora seria, como Joyce y Henry James.
-No, como Anais Nin, Henry Miller y Sade.
-¿Para quién es buena la pornografía?
-Para los freaks, los solitarios, los solterones, los viejos que se quedan sin pareja, los sacerdotes que no quieran fornicar niños. La pornografía es una droga universal que la humanidad ha usado desde que el primer homínido se le acercó por detrás a una homínida que estaba bebiendo agua en un arroyo.
Una hora y media pude hablar con Sasha Grey. Ella misma hizo los arreglos para que nos encontráramos en la Feria del Libro de Guadalajara.
(Espero avanzar más detalles. No permitió fotos)
Sasha (cara serena, cabellera aérea, brusa cómplice) se levanta de un sofá blanco. Estoy tranquilo. Soy un tigre dormido. Hablamos dos o tres formalidades. Dice que le llamaron la atención los títulos de mis libros y el hecho de que yo fuera colombiano: "Mis mejores amigos han sido colombianos, tienen algo", dijo con sonrisa ligeramente maliciosa.
Le pregunto:
-¿Crees que la pornografía aporte algo positivo a la humanidad?
-Sin la pornografía habría mil veces más crímenes.
-¿Recomiendas el consumo de pornografía?
-Cada cual debe decidir lo que hace con su sexualidad.
-¿Hay algo nocivo en la pornografía?
-Sí, el aislamiento y el desprecio de los sentimientos generosos.
-¿Por qué te retiraste de la pornografía?
-Había que hacer mucha gimnasia y ya estaba comenzando a tener programas gásticos y hemorroides.
-¿Volverías a hacer pornografía?
-Solo con alguien a quien ame totalmente.
-¿Te gusta el ambiente literario?
-Sí.
-Crees ser un escritora seria, como Joyce y Henry James.
-No, como Anais Nin, Henry Miller y Sade.
-¿Para quién es buena la pornografía?
-Para los freaks, los solitarios, los solterones, los viejos que se quedan sin pareja, los sacerdotes que no quieran fornicar niños. La pornografía es una droga universal que la humanidad ha usado desde que el primer homínido se le acercó por detrás a una homínida que estaba bebiendo agua en un arroyo.
Una hora y media pude hablar con Sasha Grey. Ella misma hizo los arreglos para que nos encontráramos en la Feria del Libro de Guadalajara.
(Espero avanzar más detalles. No permitió fotos)
El hombre que prefería la pornografía porque su mujer ya no quería
Aguilera Garramuño octubre 04, 2013
2.
Las mujeres de video
Este cuento es el segundo de tres con los mismos protagonistas, todos integrados bajo el título "Una familia feliz". Está incluido en el libro Cuentos para ANTES de hacer el amor (Educación y Cultura, 2010).
Mirándose al espejo después del baño Patricio recuerda a Diedre, a Nikki, a Roberta, a Nicoleta, a Serena. Son mujeres dóciles, nada problemáticas, atrevidas. Nunca se quejan. Están dispuestas a todo en cualquier momento. Catalina por el contrario se muestra cada vez más difícil, exigente y desidiosa.
-La verdad, querido -dijo la última vez que lo hicieron,
en la casa de las columnas- las fiestecitas de amor me molestan. Son como empresas en las que que al final no
tengo ni siquiera recompensa. Además hay cosas que no entiendo y que me
preocupan.
Hubo un tiempo en que Catalina quería alcanzar las
puertas del cielo cada dos o tres días. Y casi podía arañarlo. Llegó a tener
orgasmos mortales que la dejaban llorando convulsivamente. O que la abandonaban
en un limbo de temor al sospechar que nunca de nuevo iba a alcanzar semejante
escándalo de dicha. Ahora, que han pasado los años y los ardores de las
primicias, sabe que Patricio es débil y que sus entusiasmos son breves y
apresurados, suficientes apenas para permitirle aspirar a paisajes de hojalata.
-Lo que pasa es que no aceptas con resignación que en
cosas del amor el tiempo pasado siempre fue mejor.
Para Catalina toda razón es vana. Inútil es discutir con
ella. Bueno sería hacerla desaparecer aplastando un botón. Desgraciadamente
la realidad no funciona así. )La verdad? Ni Diedre ni
Nikki ni Roberta ni ninguna de las demás tienen nada que enseñarle a Catalina,
pues ella lo sabe todo y todo lo practica...cuando quiere.
Patricio se pasa la mano por la barba. De ayer a hoy las
canas parecen haberse duplicado. Un doblez de piel que antes no había notado
cuelga bajo su ojo derecho. Es oscuro y tiene puntos diminutos, parece un
tentáculo que comienza a tomar posesión de su rostro, cada vez más anguloso.
Las obras del tiempo y la corrosión de las horas secretas. Piensa en esos seres
de doble personalidad, santos de día y demonios de noche. Intenta dibujar en el
espejo una sonrisa de malo, de bestia sangrienta. Es una lástima que los
espejos conocidos sean tan inofensivos. Sólo muestran las miserias del tiempo.
Calma, no exageres, Patricio, lo que tienes es un viciecito, una cosa de nada,
una dosis mínima de maldad, que no perjudica a nadie. Pero esas canas, esa
arruga, en fin. Masajeó su rostro con energía, se peinó la barba. No está
dispuesto a teñirla. Quiere envejecer orgullosamente. Movió la cabeza a lado y
lado, intentando aliviar la tensión.
Ninguna de las mujeres secretas de Patricio tiene
complicación alguna. Detestan que se les hable de amor, ignoran las
invitaciones a cenas con meseros de guantes blancos, mantel de lino bordado,
vela en candelabro de plata y champaña, no son fértiles ni se vuelven locas
cuando entran a un centro comercial. Ellas van a lo que van y terminan
abrevando en la fuente más dulce, lamiendo, gozando, y de paso, dejan a
Patricio en un remanso de paz, de lasitud.
Patricio en general duerme como un iluminado después de
una sesión de excesos, pero en ocasiones se le aparece en sueños una criaturita
femenina que quiere seguir con los deleites o un asesino de cabeza rapada que
le dispara a quemarropa en el rostro. La verdad es que cuando Patricio decide
recurrir a las damas de vídeo, lo hace después de largas abstinencias, cuando
sabe que su esposa no estará disponible durante varios días. Es el pecadillo
íntimo de Patricio, su medalla al mérito oculto, su condecoración. Escapar de
la casa como un ladrón, llegar al vídeocentro y dirigirse desvergonzadamente a
la sección triple X. Recorrer las películas una a una, estudiándolas con
escrúpulo de comerciante. Le atraen particularmente dos tendencias: las de
mujeres exóticas (filipinas, tailandesas, africanas) y las de jovencitas. No
olvida la que filmaron Nicoleta y Danusa en las islas Seychelles. Detesta las
de perversiones sangrientas, bestialismo y homosexuales. Adora las que respetan
el entorno ecológico y las que se ocupan con minuciosidad del beso francés.
La más reciente invitada que tuvo en casa (anoche, que
Catalina durmió en el cuarto de la niña) fue Daniella Mariposa Triple X, una
jovencita que se pasó toda la película encerrada en su habitación, con las
manos entre las piernas, hablándole a la cámara, mientras miraba un sillón en
el que imaginaba escenas. Daniella era una niña, tendría acaso 15 años, y sus
ojos se redondeaban de pasmo cada vez que imaginaba ver en el sillón escenas
escabrosas. Vio a una tailandesa, tan joven como ella misma, que se arqueaba a
la manera de una serpiente enfurecida mientras un oriental extremadamente feo,
le lamía con arte de orfebre una orquídea temblorosa. Vio a una rubia, también
joven, de dientes separados, que repasaba con su lengua como un pincel, la
verga grande y saludable de un patán musculoso. Se vio a sí misma en un abrazo
inverso con una mujer sabia, que tañía su sexo como un arpa.
Patricio tuvo a Daniella en casa menos de doce horas,
pero gracias a ella derramó generosamente su placer dos veces. Por la mañana,
se levantó sin ningún complejo de culpa al mismo tiempo que su esposa, tomó
café con ella y sacó el Ford de la cochera. Se despidieron sin un beso, pero
con cortesía, casi sin rencor. En realidad no habían peleado la noche anterior.
Solamente cambiaron una mirada equívoca y eso bastó para que Catalina buscara
dormir lejos. Gracias, se dijo Patricio cerrando la puerta con llave. Se frotó
las manos, se dio dos palmaditas en el rostro, abrió el baúl de la ropa de
invierno y buscó a Daniella Mariposa Triple X. Besó el estuche y se dispuso al
deleite.
A las nueve de la mañana Patricio fue a casa de la tía
Felipa, que vive a cincuenta metros, más allá de la tienda de abarrotes, para
traer a la beba, que había pasado la noche allí. Le pidió a Celina que la
vistiera, le diera su desayuno y él mismo la llevó al kínder. Luego regresó a
casa, llamó a la oficina para disculparse, cerró la puerta de la habitación y
se dispuso a gozar por segunda vez de Daniella. Una vez terminado el asunto con
un estertor apasionado y un grito de soberana independencia, se bañó, descubrió
sus nuevas canas y su arruga, se vistió para ir a la oficina (en realidad no
tenía que hacer otra cosa sino estar sentado y esperar la visita de los
proveedores, que nunca llegaban en lunes), pasó por la gasolinera, abandonó a
Daniella en el vídeocentro y escogió a su sucesora, una jovencita alemana de
mirada cándida, se reintegró a la respetabilidad, no sin antes mirar con
nostalgia a Diedre, Roberta, Nicoleta y suspirar de emoción al pensar en las
noches por venir con Cindy, Janice, Helga, Akiko y otras cien criaturas que
envidiarían el sultán de Brunei, el Jeque Nefzaqui y los más grandes
desaforados que hayan existido. Escondió a la pequeña alemana bajo la llanta de
refacción y se prometió recluirla en el baúl lo más pronto posible. Se juró a
sí mismo que no iba a invitarla al jolgorio sin antes darle la oportunidad a su
mujer. Esperaría exactamente una semana, pasada la cual aprovecharía el primer
enojo de Catalina para tener el pretexto justo.
El lunes sería un día pesado pues los dos desmanes con Daniella habían sido estragosos,
pero era necesario soportar la rutina diaria (incluso ir al sauna con su esposa
y comer en casa de los suegros). A cambio de ello, llegaría la noche (ojalá a
Catalina no se le ocurriera hacer una fiestecita de reconciliación), el
descanso, y el martes volvería a ser el licenciado Patricio Dióscuro, encargado
del departamento de proveeduría de Tribuna
Popular. Alto y garboso, ventripotente, siempre vestido de manera juvenil,
era el elemento cordial de la oficina. Fue tenista casi profesional, fue
consejero de un candidato del partido conservador, fue líder en el grupo scout
del barrio, fue ciclista y cumplió la hazaña de ir al puerto de Cartagena y
regresar con el pelotón, aunque llegara en último lugar. El currículum de lo
que intentó ser resulta fatigoso por interminable y medio disparatado. De lo
que no se puede dudar es que terminó su licenciatura en administración de
empresas, pues el título preside la sala de su casa y la copia del título le
sirve de corona en las paredes de la oficina, que son un verdadero periódico
mural. Es un inútil, dicen, y a Patricio no le interesa hacerles cambiar de
opinión. Para él es regla la consoladora certeza de que fingirse tonto es la
forma más sencilla de ser feliz.
Patricio cumple casi todas las leyes de la decencia y el
civismo. Es un hombre bueno. Tan bueno, dice Catalina, que pareces subdotado.
Todo el mundo te engaña. Cualquiera te puede convencer de lo más increíble.
Catalina sabe de las aficiones de su esposo por la pornografía. Ella misma,
después de los desmanes en la casa de las columnas, vio media docena de
películas cochinonas con su esposo. La primera vez sintió naúseas, aquello le
pareció demasiado orgánico, poco honesto. Lo soportó hasta que los personajes
se trenzaron en una escena contra natura poco estética.
-¿En qué consiste lo
hermoso del acto sexual y dónde comienza la vulgaridad?
Patricio no supo responderle pero ella sí.
-En primera medida debe haber algo más allá de la carne.
Una melodía discreta, detalles graciosos en la escena, una expresión
auténticamente humana en los rostros. En segunda medida, se deben evitar los
grandes planos, los cuerpos deben verse parcialmente. En tercera medida las
tomas deben ser lentas y minuciosas.
Catalina continuó disertando. Patricio no supo
escucharla.
Con las damas de vídeo era otro cantar: estaban sujetas a
su capricho y por eso podía darles tiempo, sosiego, incluir pausas para alargar
el deleite, salir del cuarto a respirar aire puro y cuando el desfallecimiento
ya fuera inevitable, lanzarse con la espada en la mano contra el cielo,
limpiar cuidadosamente la sangre y regresar a batallas más tristes.
Cuando vio la tercera o cuarta película Catalina comenzó
a detallar con interés casi científico las felaciones y a darse cuenta de que
las tipas aquellas en ocasiones sí tenían algo que enseñarle. Eran como
artistas pacientes que con la lengua levantaban esculturas que alcanzarían su
apogeo en el mismo instante en que se iniciaran la caída.
-Y el asunto ese de la felación. No sé, creo que oculta
algo que nadie ha podido descubrir o por lo menos que no se han atrevido a
revelar.
-¿Qué?
-No es la necesidad de humillarse. Es algo más. Como
querer apropiarse de la sustancia del otro. Como querer ser el otro. Un asunto
que tiene que ver con el canibalismo, con nuestros antepasados. Pero esto
sucede si y solamente si -Catalina en raras ocasiones saca a relucir sus
filosofías, pero a veces vale la pena escucharla- la felación es resultado del
más absoluto amor y de una pasión del instante. Como que volvemos a ser las
bestias que fuimos antes de ser seres humanos con conciencia.
Patricio prefirió no teorizar. La verdad es que en la
vida real él prefería los negocios limpios y expeditos, sin barroquismos
antropológicos o cursilerías. Y el asunto del amor con Catalina le resultaba en
general muy sazonado. Demasiadas fantasías revoloteando en la penumbra,
presencias ocultas en las sombras, ruidos, murmullos, súbitas detenciones. O
tal vez el problema era que su esposa siempre quería las cosas a su manera, con
una aburridora igualdad de oportunidades en la que Patricio alcanzando un leve
placer se consideraba habitualmente perdedor.
Y después, cuando iban juntos al vídeocentro, Catalina
tomaba con retador desparpajo las películas triple X, estudiaba los estuches y
hacía comentarios en general burlones. (Qué le podían enseñar esas individuas, si ella misma movida por la
naturaleza fogosa e impaciente o por los demonios de los espejos se había
atrevido a llenarse la boca sin recato!
Entonces fue Patricio quien comenzó a alejar a su cónyuge
de esas películas. No quería tener una esposa perversa, no tan perversa. Que se
atreviera a todo en la cama, pero que no se aficionara a la pornografía.
Aquello era un vicio sucio y contaminante, un vicio de hombres, que sólo se
permitían en las fiestas de fin de semana, cada vez más escasas por la
infinidad de incidentes de la vida y el humor cada vez más agrio y veleidoso
(cada vez más filosófico y lleno de imaginaciones) de Catalina.
-¿No te aburre saber que
vas a hacer lo mismo una y otra vez con la misma persona durante treinta o
cuarenta años?
-No me aburro de respirar, y eso lo hago cada dos
segundos.
La verdad es que sí había una dosis de aburrimiento con
su esposa y ello tenía que ver con la rutina. Si lograban escapar de la casa,
del trabajo y la ciudad, y hacerlo cerca de la playa, en la montaña o en un
hotelito de paso cercano -cómo olvidar la casa de las columnas-, el acto
resultaba memorable. Era como un retoñar de aquella vieja pasión de los
primeros días, cuando podían hacerlo tres o cuatro veces en una noche y
Catalina lloraba silenciosamente de dicha y pena a la vez. Entonces todo era
simple y estaba rodeado por un halo de candor.
Patricio logró alejar a su esposa de la pornografía. Pero
él mismo no pudo abandonar a sus mujeres de vídeo. Cuando pasaban semanas y
hasta meses sin que Catalina fuera propicia, Patricio perdía el sueño, se
levantaba a media noche, bajaba al bar y poco a poco se iba dejando ganar por
la idea de que se acercaba la hora de esa especie de reivindicación y de
consuelo. Es claro que se avergonzaba del asunto y que muy en el fondo sufría
por la añoranza de una especie de santidad conyugal que ya no podría sustentar.
Es claro también que Catalina tenía parte de la culpa, por no cumplir con sus
deberes constante y periódicamente. Había de todos modos una reserva de
felicidad en ese vicio oculto: saber que sí podía serle infiel a su esposa,
aunque fuera con señoras de celuloide. Era su partecita podrida, su gusano en
la manzana. Todos los seres humanos tienen su gusanito, se decía. El de
Catalina era una necesidad de analizarlo todo, de mentirse a sí misma con
imaginaciones, una especie de neurosis obsesiva que la llevaba a destruir
cualquier principio de armonía. Se le perdonaba eso y lo demás, porque así como
sabía odiar a fondo y estaba a punto de mandarlo todo al infierno por una
pequeñez (y todo era más que suficiente: la casa de tres niveles, el auto, una
sirvienta a veces, los niños en buenas escuelas y vacaciones dos veces al año)
también era una mujer amorosa, dedicada a sus hijos, ordenada, y, sobre todo,
eficiente. Ella era la que aportaba el 75 por ciento de los ingresos familiares
y la que los administraba. A su esposo le proporcionaba apenas lo suficiente
para la gasolina, el periódico y 200 000 pesos semanales en efectivo para
gastos de emergencia. Entre los gastos de emergencia, entraban, naturalmente,
las damas de vídeo.
Cuando el licenciado regresó el lunes de su trabajo,
agotado por la inactividad de la oficina y las batallas de la noche anterior y
la mañana, vio que su mujer abría la puerta de la casa con una amabilidad
sorprendente. Estaba de buen humor. Ofreció sus labios al beso. Patricio la
abrazó estrechamente, la miró a los ojos y le preguntó retador:
-¿Será posible que esta
noche tengamos una fiestecita?
Catalina suspiró, agarró de las orejas a su marido y
clavándole los ojos en las pupilas, le dijo:
-Entiéndeme, amor, no me interesa. Estoy en un periodo de
balance emocional. Prefiero dormir en el cuarto de la niña.
Patricio esbozó su muy sincera sonrisa de santo. La clave
de la felicidad matrimonial era sencillísima: a la mujer, lo que quiera.
Cerró los ojos por un segundo y recordó la expresión
cándida de la pequeña alemana, que lo esperaba ansiosa en el fondo del baúl de
la ropa de invierno. ¿Por qué hacerla esperar
una semana?
El licenciado Patricio Dióscuro vio que sus hijos corrían
hacia él, abrió los brazos y la recibió como quien recibe un beso de Dios en la
frente.




