Esta no es una nota apresurada debido a trabajos urgentes. Hay mucho que hablar sobre el tema. Espero hacerlo más adelante.
La Sociedad
Juliette,
novela escrita por Sasha Grey, es en principio un texto interesante, inquietante y que suscita
diversas reacciones contradictorias —curiosidad, morbo, desconfianza, simpatías
y antipatías radicales, descalificaciones sumarias y aclamaciones de sus fans o adictos— aun antes de su lectura: se trata
de una “obra de ficción” escrita por la más famosa actriz contemporánea de cine
para adultos —eufemismo obvio de una palabra más dura y más certera:
pornografía.
Que la novela es claramente autobiográfica no
lo oculta la autora y no podría ocultarlo: su vida más íntima se ha
desarrollado a la luz pública no sólo en
más de 200 películas —calificadas por algunos frecuentadores de tales películas como “las más cochinas” que se hayan filmado—
sino que se ha hecho conocer en entrevistas en todos los medios en las que ha revelado sus secretos de
la forma más abierta, alguien diría “descarada”.
Y en verdad que resultan atroces las escenas
en las que ha participado esta mujer de rostro auténticamente virginal (es o parece hermosa, fresca, simpática, retadora, tanto en sus películas como en las
entrevistas que ha dado). Su mirada es de femme
fatale, se asemeja a una Greta Garbo sin
inhibiciones. Las escenas en las que ha participado llegan a ser chocantes:
felaciones inverosímiles a hombres con dotes descomunales, sometimiento de
Sasha a émbolos y taladros mecánicos y eléctricos, poses gimnásticas dignas de circo,
humillaciones, violaciones tumultuarias, golpes, todo lo imaginable se
encuentra en sus películas. Si bien algunas francamente excesivas, otras con dosis disfrutables de poesía e
incluso filosofía.
Una característica de Sasha Grey es
precisamente el hecho de que según ha dicho entró en la industria del porno muy
consciente de lo que hacía y de hacia dónde iba: a los 23 años declaró
solemnemente que abandonaba el cine para adultos y que se ocuparía de
otros intereses: la música, el cine serio o artístico y la literatura.
Su primer producto como escritora es La
Sociedad Juliette. Vamos a la “novela”. Como novela fracasa, tiene escaso
valor literario, un estilo pobre y a veces ingenuo o tonto (la traducción no le
ayuda nada: la repetición constante de las palabras “polla, lefa, semen” resulta cansina y hasta ofensiva. Rebaja a
nivel orgánico toda relación. Aunque la narradora-personaje quiere equilibrar
el relato —básicamente trata de la entrada de una joven con fuertes pulsiones
sexuales (Mi coño es como un gato que
está hambriento a todas horas. Mi coño está hambriento a todas horas y no puedo
dejar de darle de comer) a un mundo
subterráneo de cultores del placer. La mención constante a películas (Belle de jour, El último tango en París, Eyes
wide shut) sirve para crear el personaje y el ambiente: Catherine-Sasha es
estudiante de cine en una universidad; está enamorada “románticamente” de su
novio Jack, pero entra en un espiral de investigaciones sexuales que la llevan
a un submundo de desafueros sexuales y crímenes.
En la novela se repiten escenas cruciales de
las películas clásicas: la entrada a un círculo secreto y selecto de adoradores
del sexo (Eyes wide shut); la escena
de sodomía con mantequilla entre Marlon Brando y María Schnieder (El último tango en París) y se mencionan
películas de Buñuel, Godard y otros célebres directores.
La novela tiene dos caras: la parte social
o inocente (amor con Jack, los estudios
universitarios) y la parte perversa (la entrada al mundo de los adoradores del
sexo). Hay un artificioso intento de conciliar estos dos mundos.
Comparada con la vida de Sasha y con sus
películas, la novela que tiene por protagonista a Catherine resulta pálida. Además es muy poco
original. No dudo que si la actriz,
ahora escritora, escribiera sus memorias, resultarían muchísimo más interesantes, incluso a nivel testimonial.
A mí particularmente me simpatiza Sasha Grey. La conocí en Guadalajara. Intercambiamos unas palabras. En este blog está el relato del encuentro. Búsquenlo. Es una persona muy agradable y, como dije, hermosa, además tiene unos aires de serenidad y superioridad que impresionan (por lo menos a mí me impresionó). Ahora se dedica a la música, a promover la lectura entre los niños y a escribir. Si San Agustín llegó a santo, no sé por qué ella no puede llegar a ser, por lo menos una buena actriz seria y tal vez una buena escritora. Es joven, atrevida y está ávida de estudiar y de vivir.
A mí particularmente me simpatiza Sasha Grey. La conocí en Guadalajara. Intercambiamos unas palabras. En este blog está el relato del encuentro. Búsquenlo. Es una persona muy agradable y, como dije, hermosa, además tiene unos aires de serenidad y superioridad que impresionan (por lo menos a mí me impresionó). Ahora se dedica a la música, a promover la lectura entre los niños y a escribir. Si San Agustín llegó a santo, no sé por qué ella no puede llegar a ser, por lo menos una buena actriz seria y tal vez una buena escritora. Es joven, atrevida y está ávida de estudiar y de vivir.
Una conferencia pronunciada en la Universidad de Indiana en Pensylvania
Definir erotismo y definir literatura y luego vincularlos podría parecer una buena pregunta para un examen de filosofía. Reducir la respuesta a cuatro cuartillas es un buen reto que se puede aceptar sin incurrir en optimismo alguno. Primero que todo será importante huir de los lugares comunes, de las citas manoseadas extraidas del Cantar de los cantares o de las sinrazones tendenciosas de Bataille o el Marqués de Sade. Hay un bello poema de amor, o tal vez mejor, de soledad, escrito por uno de esos extravagantes que nunca faltan en Colombia y que de alguna manera tiene que ver con el erotismo colombiano. El poema comienza con las siguientes líneas : “Te quiero burrita”. El poema es de un hermoso loco que terminó suicidándose, salida bastante digna al desastre que hoy es Colombia. Tenemos en esta burrita amada un primer acercamiento, que nos ofrece un vislumbre quizas no del erotismo, sino de un erotismo: el que se practica sin compañía racional, con una pollina. Baudelaire escribió que el supremo placer reside en hacer el mal. A mí eso no me convence. Supongo que a algunos les gusta hacer al mal en la cama. Morderle una nalga a la compañera o jalarle las orejas. Yo prefiero hacerle cosquillas en el anito y sentir como la compañera se frunce y exclama “ay, cómo eres”... aunque de todos modos se acomode para que siga con las cosquillas y algo más. ¿Han probado ustedes meterle el dedito en el hoyuelo que queda al sur del coxis —con salivita, claro, porque lo cotrés no quita lo caliente— a la amiguita en el momento en que la raíz fundamental llega al fondo de la tierra? Pruébenlo, es garantizado. El consejo lo doy gratuitamente, aunque si lo quieren las señoras de Cosmopolitan se los vendo gustoso. Y aquí una disculpa: cuando hablo de erotismo, llamo al tálamo de esta mesa redonda, a una criatura del sexo femenino, porque yo tengo esa malhadada debilidad y limitación: no me gusta tener en mi cama de amor ni a una pollina, ni a un ganso, y menos a una gansa, tampoco a un hombre o un hembro, sino a una mujer, y no sólo con los orificios pertinentes, sino con la inteligencia, la imaginación, la disposición al juego y por lo tanto a la transgresión. Valdría la pena intentar definir a la palabra «mujer», lo que implica hoy en día un riesgo grande. Si afirmamos que definir a una mujer es definir a todas, incurriremos en un pecado grandote. Cuando yo era adolescente hice una lista de mis novias. Listé a 30: 29 eran novias imagiarias; a una le había dado un beso con los fríos labios apretados y las manos atrás. Las treinta mujeres de mi lista eran diferentes. Andando el tiempo he conocido, mejor, me he acercado, a unas cuarenta mujeres y sobre todas ellas he escrito, hasta casi convertirme en un especialista en el tema, de modo que he dictado aproximadamente 20 conferencias con el mismo título: Literatura y erotismo. Hasta el momento no he repetido razones ni anécdotas, pues me gusta probarme a mí mismo y ver si el paso de los años me ha enseñado algo. Confieso que creo que no he aprendido nada. Todas las mujeres que conocí fueron difíciles, conflictivas, enigmáticas. Unas más peluditas que otras. Unas gritonas, otras silenciosas. Una quiso suicidarse desde un piso alto del Hotel Tequendama; otra se entregó la primera noche, me juró amor eterno, le presté mi coche, y cuando me lo devolvió, el triste volkswagen estaba convertido en chatarra y ella ya tenía otro amor al que le había jurado amor eterno. Pero vayamos al tema central de estas cuatro páginas: ¿qué es el erotismo? Si me lo preguntan no lo sé, si lo practico, tampoco lo sé. No lo sé de cierto, lo intuyo y lo invento, nada más. Todo el mundo lo sabe: después del acto consabido no queda teoría alguna como sedimento. Todo se borra. En erotismo como en filosofía no hay progreso. Vamos a plantear una hipótesis. Supongamos que vemos una montaña, señalamos la cima y nos decimos: allá voy a llegar. Pues el erotismo es esa cima que siempre queremos alcanzar y a menudo creemos alcanzar. Al intentar racionalizar la experiencia del erotismo todo se desvanece. Y por eso, porque como de Dios y de la muerte no se puede pregonar sino nuestra ignorancia y nuestra fe, lo mejor es seguir dando palos una y otra vez, a ver si afinamos la puntería, y si no logramos la perfección y el conocimiento, por lo menos habremos bailado, y como dice el dicho, lo bailado quién nos lo quita... o más bien, palo dado ni Dios lo quita. Sigamos adelante con esta tendenciosa y falsa teoría del erotismo: Que vengamos con los palos contados no es más que un lugar común adoptado por nuestro maestro del lugar común. Yo hasta el momento no he hecho ciencia de nada, ni he defendido causa alguna, y me he dediado a ser un cantor de palos, lo que es divertido y creo no le hace mal a nadie. Y como cantor de palos, he sido un estudioso de las mujeres y he planteado el asunto del coito impune como una de las bellas artes, aunque sé, esto sí, que no hay coito impune. Todas las mujeres nos lo cobran y especialmente nuestras mujeres de planta... que si se enteran del coito, ya tendrán para cantar el resto de la vida. De muchacho yo tenía la idea romántica, es decir bobalicona, de que a la mujer amada hay que contarle todo. Craso y grasiento error. Con cada mujer hay que hacer una mónada —no una monada, sino una mónada leibnitziana—: cada mujer, como cada obra literaria, debe ser un universo cerrado, clausurado, con siete candados. Sólo así podremos habitar en la relación de pareja un mundo sin recriminaciones, un topos urano del erotismo, y, por qué no del amor. ¡Ah, ese es otro detalle que se me olvidaba apuntar! Yo soy de esos inocentes que creen que el auténtico erotismo incluye el amor. Y esta idea es sin duda una paradoja del tamaño de la paradoja de Zenón de Elea, pues como se sabe, el erotismo es acérrimo enemigo de la costumbre. Afortunadamente la mayor parte de las mujeres —de las mujeres con las que nos casamos los anticuados que somos hombres de una sola mujer y de muchos sueños— tienen un mecanismo que hace que rechacen el acto amoroso de manera sistemática, a menos que estén dadas todas las circunstancias propicias. El acto erótico —es decir, el acto amoroso pleno— supone e impone tantas condiciones, que es flor desértica. Intentemos enumerar las condiciones del acto erótico pleno: 1. Seleccionar el sitio correcto y darle estatus de sagrado; 2. Que la mujer esté propicia, descansada, amorosa, contenta, satisfecha con su hombre; 3, Que haya un sentimiento de juego y de aventura; 4, Que haya sensación de que lo que se va a emprender es algo prohibido y de que, esta noche sí va a suceder algo diferente; 4, Que haya habido una preparación. Vayamos un poco a la literatura. Qué autores nos han enseñado a los colombianos un poco de erotismo. Principiemos por Vargas Vila, que enseñó a nuestros abuelos en público y a nuestras abuelas en privado algo sobre el tema. Vargas Vila dijo que una vez que un hombre ha tenido los pechos de una mujer en sus manos, puede dar por hecho que la tendrá por completo. García Márquez en general ha pintado una especie de erotismo exótico, primitivo, mítico y cataclísmico, en el que el hombre toma a la mujer como un vendaval que la deja mirando las estrellas y preguntándose a qué hora comienza la función. Alvaro Mutis ha rozado el tema con pudor de diplomático que no quiere comprometer a nadie. A nivel de la gran literatura, muchos de los colombianos aprendieron de Las mil y una noches y de Henry Miller, lo que no pude dar sino resultados verdaderamente traumáticos. No conozco ningún texto colombiano en el que el tema del erotismo sea abordado a plenitud y con sus matices, pero supongo que sí lo hay. En cuanto a las relaciones entre el erotismo y la literatura me atrevería a decir que ambos son asuntos íntimos, con la diferencia que la literatura es una especie de intimidad hecha pública, mientras que el erotismo de pareja es una intimidad sellada. Hablo en términos generales, es decir, convencionales. No incluyo conceptos como perversión, que dan tanto de qué hablar y que designan las tendencias naturales que tenemos todos los seres humanos, pero llevadas a su extremo. El erotismo es un ejercicio sensorial y afectivo, tal vez también gnoseológico, en el que confluyen muchas ciencias manejadas de manera intuitiva: la arqueología, la psicología, la anatomía, la dinámica de los fluidos, la endorcrinología, la semiología, la acrobacia, la cronología. Desgraciadamente la civilización occidental ha prestado poca atención a los estudios académicos del erotismo en términos prácticos. Las mujeres occidentales no tienen la opción de graduarse, como en la antigua China, con el título de celestiales flautistas del emperador, sino que tienen que aprender en la oscuridad de los cines o en la incomodidad de los autos. No es extraño, entonces, que abominen del beso fundamental y que terminan aprendiendo a regañadientes. Los hombres, por su parte, conservan la tradición de servirse de la mujer como objeto de placer. Y gran parte de la culpa de esto la tienen la religión y los literatos. La religión por razones bien conocidas; los literatos, por el tradicional temor a tratar el tema con amplitud y libertad. Si los sueños colectivos de una cultura son objetivados por los escritores en sus obras, nosotros, los colombianos, tenemos sueños con censura. Sólo el arte puede dar —fuera de las camas y los sitios del acto en cuestión— las dimensiones del erotismo pleno y hasta ahora este artre colombiano no lo ha alcanzado. Otros erotismos truncos flotan en el aire y tergiversan ese weltanscahuung maltrecho que es el que campea en la vida amorosa de los colombianos y de los latinoamericanos en general. Estos seudoerotismos son los promovidos por la exhibición de la carne y los de la pornografía en todas sus expresiones. Y aquí vale la pena hacer una distinción elemental entre erotismo y pornografía: el erotismo es labor de altura e incluye la cristiana vocación de servicio, incluso el amor; la pornografía supone la existencia de una víctima y un victimario. El erotismo busca el bien; la pornografía busca el mal. Sé que esto suena esquemático, pero fundamentar tales asertos rebasaría los límites de las cuatro cuartillas. El objetivo del erotismo es la exaltación del ser humano por medio del afecto, la sensibilidad y el conocimiento mutuo; los objetivos ulteriores son la paz, el sueño tranquilo, la sensación boyscutiana de que se está haciendo la buena obra de la noche; el objetivo de la pornografía es deshacerse del semen retentum, escupirle a la compañera de lecho, y a otra cosa. Hay muchos matices que podrían explorarse en lo que estoy diciendo, pero los eludiré en aras de la obligada síntesis. Vale la pena aquí recordar las declaraciones del más reciente premio Nobel, el señor Naipaul: según él las prostitutas jugaron un papel muy importante en su matrimonio, pues lo mantuvieron a flote mientras la esposa de Naipaul no estaba disponible. A esto hay que agregar el papel fundamental de la masturbación y la pornografía, que son las salidas de emergencia de los esposos y las esposas insatisfechos y solitarios. Creo que esto es indudable y también es indudable de que en la literatura colombiana poco se ha atendido a estos temas. En general se ha dado un tratamiento idílico o por el contrario, cataclísmico, al erotismo, soslayando las zonas oscuras o por lo menos aparentemente inconfesables. Yo particularmente me he dedicado a escribir sobre lo inconfesable, y ello ha llevado a algunos medios de prensa y a algunos lectores a una etiquetación de mi trabajo como “literatura erótica”, lo que es un reduccionismo bastante desagradable. Para terminar voy a contar una pequeña fábula en la que creo se ejemplifica la diferencia entre el erotismo femenino y el masculino: Dos turistas, hombre y mujer, inexpertos en labores fluviales, hacen canotaje en la quebrada Matamata en el Amazonas y compiten con otros turistas que avanzan remando en sus respectivas canoas. Hombre y mujer llegan en último lugar. La mujer, que era la encargada de darle dirección a la canoa, en lugar de ir en línea recta hacia la meta, había ido de orilla a orilla. El hombre reclama: “Así nunca íbamos a ganar”. La mujer sonríe y responde: “Es que a mí no me interesaba ganar, sino ver el paisaje”. Muchos hombres son como ese turista: toman el erotismo como una competencia que deben ganar. Y muchas mujeres son como esa turista que quería ir de un lado a otro, con pausa, con deleite, mirando las orillas. Esta pequeña fábula, que viví hace algunos meses en el Amazonas me sirvió para reconfirmar la idea de la superioridad erótica de la mujer, su formación de saúde, de ser hecho particularmente para el amor. A los hombres no nos queda otra alternativa que tratar de aprender de estas maestras del amor. Lo demás es literatura.
Definir erotismo y definir literatura y luego vincularlos podría parecer una buena pregunta para un examen de filosofía. Reducir la respuesta a cuatro cuartillas es un buen reto que se puede aceptar sin incurrir en optimismo alguno. Primero que todo será importante huir de los lugares comunes, de las citas manoseadas extraidas del Cantar de los cantares o de las sinrazones tendenciosas de Bataille o el Marqués de Sade. Hay un bello poema de amor, o tal vez mejor, de soledad, escrito por uno de esos extravagantes que nunca faltan en Colombia y que de alguna manera tiene que ver con el erotismo colombiano. El poema comienza con las siguientes líneas : “Te quiero burrita”. El poema es de un hermoso loco que terminó suicidándose, salida bastante digna al desastre que hoy es Colombia. Tenemos en esta burrita amada un primer acercamiento, que nos ofrece un vislumbre quizas no del erotismo, sino de un erotismo: el que se practica sin compañía racional, con una pollina. Baudelaire escribió que el supremo placer reside en hacer el mal. A mí eso no me convence. Supongo que a algunos les gusta hacer al mal en la cama. Morderle una nalga a la compañera o jalarle las orejas. Yo prefiero hacerle cosquillas en el anito y sentir como la compañera se frunce y exclama “ay, cómo eres”... aunque de todos modos se acomode para que siga con las cosquillas y algo más. ¿Han probado ustedes meterle el dedito en el hoyuelo que queda al sur del coxis —con salivita, claro, porque lo cotrés no quita lo caliente— a la amiguita en el momento en que la raíz fundamental llega al fondo de la tierra? Pruébenlo, es garantizado. El consejo lo doy gratuitamente, aunque si lo quieren las señoras de Cosmopolitan se los vendo gustoso. Y aquí una disculpa: cuando hablo de erotismo, llamo al tálamo de esta mesa redonda, a una criatura del sexo femenino, porque yo tengo esa malhadada debilidad y limitación: no me gusta tener en mi cama de amor ni a una pollina, ni a un ganso, y menos a una gansa, tampoco a un hombre o un hembro, sino a una mujer, y no sólo con los orificios pertinentes, sino con la inteligencia, la imaginación, la disposición al juego y por lo tanto a la transgresión. Valdría la pena intentar definir a la palabra «mujer», lo que implica hoy en día un riesgo grande. Si afirmamos que definir a una mujer es definir a todas, incurriremos en un pecado grandote. Cuando yo era adolescente hice una lista de mis novias. Listé a 30: 29 eran novias imagiarias; a una le había dado un beso con los fríos labios apretados y las manos atrás. Las treinta mujeres de mi lista eran diferentes. Andando el tiempo he conocido, mejor, me he acercado, a unas cuarenta mujeres y sobre todas ellas he escrito, hasta casi convertirme en un especialista en el tema, de modo que he dictado aproximadamente 20 conferencias con el mismo título: Literatura y erotismo. Hasta el momento no he repetido razones ni anécdotas, pues me gusta probarme a mí mismo y ver si el paso de los años me ha enseñado algo. Confieso que creo que no he aprendido nada. Todas las mujeres que conocí fueron difíciles, conflictivas, enigmáticas. Unas más peluditas que otras. Unas gritonas, otras silenciosas. Una quiso suicidarse desde un piso alto del Hotel Tequendama; otra se entregó la primera noche, me juró amor eterno, le presté mi coche, y cuando me lo devolvió, el triste volkswagen estaba convertido en chatarra y ella ya tenía otro amor al que le había jurado amor eterno. Pero vayamos al tema central de estas cuatro páginas: ¿qué es el erotismo? Si me lo preguntan no lo sé, si lo practico, tampoco lo sé. No lo sé de cierto, lo intuyo y lo invento, nada más. Todo el mundo lo sabe: después del acto consabido no queda teoría alguna como sedimento. Todo se borra. En erotismo como en filosofía no hay progreso. Vamos a plantear una hipótesis. Supongamos que vemos una montaña, señalamos la cima y nos decimos: allá voy a llegar. Pues el erotismo es esa cima que siempre queremos alcanzar y a menudo creemos alcanzar. Al intentar racionalizar la experiencia del erotismo todo se desvanece. Y por eso, porque como de Dios y de la muerte no se puede pregonar sino nuestra ignorancia y nuestra fe, lo mejor es seguir dando palos una y otra vez, a ver si afinamos la puntería, y si no logramos la perfección y el conocimiento, por lo menos habremos bailado, y como dice el dicho, lo bailado quién nos lo quita... o más bien, palo dado ni Dios lo quita. Sigamos adelante con esta tendenciosa y falsa teoría del erotismo: Que vengamos con los palos contados no es más que un lugar común adoptado por nuestro maestro del lugar común. Yo hasta el momento no he hecho ciencia de nada, ni he defendido causa alguna, y me he dediado a ser un cantor de palos, lo que es divertido y creo no le hace mal a nadie. Y como cantor de palos, he sido un estudioso de las mujeres y he planteado el asunto del coito impune como una de las bellas artes, aunque sé, esto sí, que no hay coito impune. Todas las mujeres nos lo cobran y especialmente nuestras mujeres de planta... que si se enteran del coito, ya tendrán para cantar el resto de la vida. De muchacho yo tenía la idea romántica, es decir bobalicona, de que a la mujer amada hay que contarle todo. Craso y grasiento error. Con cada mujer hay que hacer una mónada —no una monada, sino una mónada leibnitziana—: cada mujer, como cada obra literaria, debe ser un universo cerrado, clausurado, con siete candados. Sólo así podremos habitar en la relación de pareja un mundo sin recriminaciones, un topos urano del erotismo, y, por qué no del amor. ¡Ah, ese es otro detalle que se me olvidaba apuntar! Yo soy de esos inocentes que creen que el auténtico erotismo incluye el amor. Y esta idea es sin duda una paradoja del tamaño de la paradoja de Zenón de Elea, pues como se sabe, el erotismo es acérrimo enemigo de la costumbre. Afortunadamente la mayor parte de las mujeres —de las mujeres con las que nos casamos los anticuados que somos hombres de una sola mujer y de muchos sueños— tienen un mecanismo que hace que rechacen el acto amoroso de manera sistemática, a menos que estén dadas todas las circunstancias propicias. El acto erótico —es decir, el acto amoroso pleno— supone e impone tantas condiciones, que es flor desértica. Intentemos enumerar las condiciones del acto erótico pleno: 1. Seleccionar el sitio correcto y darle estatus de sagrado; 2. Que la mujer esté propicia, descansada, amorosa, contenta, satisfecha con su hombre; 3, Que haya un sentimiento de juego y de aventura; 4, Que haya sensación de que lo que se va a emprender es algo prohibido y de que, esta noche sí va a suceder algo diferente; 4, Que haya habido una preparación. Vayamos un poco a la literatura. Qué autores nos han enseñado a los colombianos un poco de erotismo. Principiemos por Vargas Vila, que enseñó a nuestros abuelos en público y a nuestras abuelas en privado algo sobre el tema. Vargas Vila dijo que una vez que un hombre ha tenido los pechos de una mujer en sus manos, puede dar por hecho que la tendrá por completo. García Márquez en general ha pintado una especie de erotismo exótico, primitivo, mítico y cataclísmico, en el que el hombre toma a la mujer como un vendaval que la deja mirando las estrellas y preguntándose a qué hora comienza la función. Alvaro Mutis ha rozado el tema con pudor de diplomático que no quiere comprometer a nadie. A nivel de la gran literatura, muchos de los colombianos aprendieron de Las mil y una noches y de Henry Miller, lo que no pude dar sino resultados verdaderamente traumáticos. No conozco ningún texto colombiano en el que el tema del erotismo sea abordado a plenitud y con sus matices, pero supongo que sí lo hay. En cuanto a las relaciones entre el erotismo y la literatura me atrevería a decir que ambos son asuntos íntimos, con la diferencia que la literatura es una especie de intimidad hecha pública, mientras que el erotismo de pareja es una intimidad sellada. Hablo en términos generales, es decir, convencionales. No incluyo conceptos como perversión, que dan tanto de qué hablar y que designan las tendencias naturales que tenemos todos los seres humanos, pero llevadas a su extremo. El erotismo es un ejercicio sensorial y afectivo, tal vez también gnoseológico, en el que confluyen muchas ciencias manejadas de manera intuitiva: la arqueología, la psicología, la anatomía, la dinámica de los fluidos, la endorcrinología, la semiología, la acrobacia, la cronología. Desgraciadamente la civilización occidental ha prestado poca atención a los estudios académicos del erotismo en términos prácticos. Las mujeres occidentales no tienen la opción de graduarse, como en la antigua China, con el título de celestiales flautistas del emperador, sino que tienen que aprender en la oscuridad de los cines o en la incomodidad de los autos. No es extraño, entonces, que abominen del beso fundamental y que terminan aprendiendo a regañadientes. Los hombres, por su parte, conservan la tradición de servirse de la mujer como objeto de placer. Y gran parte de la culpa de esto la tienen la religión y los literatos. La religión por razones bien conocidas; los literatos, por el tradicional temor a tratar el tema con amplitud y libertad. Si los sueños colectivos de una cultura son objetivados por los escritores en sus obras, nosotros, los colombianos, tenemos sueños con censura. Sólo el arte puede dar —fuera de las camas y los sitios del acto en cuestión— las dimensiones del erotismo pleno y hasta ahora este artre colombiano no lo ha alcanzado. Otros erotismos truncos flotan en el aire y tergiversan ese weltanscahuung maltrecho que es el que campea en la vida amorosa de los colombianos y de los latinoamericanos en general. Estos seudoerotismos son los promovidos por la exhibición de la carne y los de la pornografía en todas sus expresiones. Y aquí vale la pena hacer una distinción elemental entre erotismo y pornografía: el erotismo es labor de altura e incluye la cristiana vocación de servicio, incluso el amor; la pornografía supone la existencia de una víctima y un victimario. El erotismo busca el bien; la pornografía busca el mal. Sé que esto suena esquemático, pero fundamentar tales asertos rebasaría los límites de las cuatro cuartillas. El objetivo del erotismo es la exaltación del ser humano por medio del afecto, la sensibilidad y el conocimiento mutuo; los objetivos ulteriores son la paz, el sueño tranquilo, la sensación boyscutiana de que se está haciendo la buena obra de la noche; el objetivo de la pornografía es deshacerse del semen retentum, escupirle a la compañera de lecho, y a otra cosa. Hay muchos matices que podrían explorarse en lo que estoy diciendo, pero los eludiré en aras de la obligada síntesis. Vale la pena aquí recordar las declaraciones del más reciente premio Nobel, el señor Naipaul: según él las prostitutas jugaron un papel muy importante en su matrimonio, pues lo mantuvieron a flote mientras la esposa de Naipaul no estaba disponible. A esto hay que agregar el papel fundamental de la masturbación y la pornografía, que son las salidas de emergencia de los esposos y las esposas insatisfechos y solitarios. Creo que esto es indudable y también es indudable de que en la literatura colombiana poco se ha atendido a estos temas. En general se ha dado un tratamiento idílico o por el contrario, cataclísmico, al erotismo, soslayando las zonas oscuras o por lo menos aparentemente inconfesables. Yo particularmente me he dedicado a escribir sobre lo inconfesable, y ello ha llevado a algunos medios de prensa y a algunos lectores a una etiquetación de mi trabajo como “literatura erótica”, lo que es un reduccionismo bastante desagradable. Para terminar voy a contar una pequeña fábula en la que creo se ejemplifica la diferencia entre el erotismo femenino y el masculino: Dos turistas, hombre y mujer, inexpertos en labores fluviales, hacen canotaje en la quebrada Matamata en el Amazonas y compiten con otros turistas que avanzan remando en sus respectivas canoas. Hombre y mujer llegan en último lugar. La mujer, que era la encargada de darle dirección a la canoa, en lugar de ir en línea recta hacia la meta, había ido de orilla a orilla. El hombre reclama: “Así nunca íbamos a ganar”. La mujer sonríe y responde: “Es que a mí no me interesaba ganar, sino ver el paisaje”. Muchos hombres son como ese turista: toman el erotismo como una competencia que deben ganar. Y muchas mujeres son como esa turista que quería ir de un lado a otro, con pausa, con deleite, mirando las orillas. Esta pequeña fábula, que viví hace algunos meses en el Amazonas me sirvió para reconfirmar la idea de la superioridad erótica de la mujer, su formación de saúde, de ser hecho particularmente para el amor. A los hombres no nos queda otra alternativa que tratar de aprender de estas maestras del amor. Lo demás es literatura.
De actriz porno a novelista. Diálogos con Sasha Grey en la Feria del Libro de Guadalajara
porno diciembre 08, 2013
Pidió que le mostrara mis piernas: "Ahí es donde se ve el poder de los seres humanos. En unos muslos firmes se descubre cómo ha vivido un human being, si ejerciendo la voluntad o dejándose llevar por la vida". Una verdadera filósofa, Sasha, I wiil always remember yo y espero verte en la próxima vida.
Sucedió en la Feria del Libro de Guadalajara.
Mi encuentro con Sasha Grey fue breve y anónimo. No tengo más prueba del encuentro que la crónica que pronto publicaré (si no me lo impide un pudor que es más interés literario que verdadero pudor). No quiso que hubiera fotos.
Tenía curiosidad por conocer a un escritor colombiano que había escrito libros con títulos tan absurdos como:
Cuentos para después de hacer el amor
Cuentos para antes de hacer el amor
y
Cuentos en lugar de hacer el amor
Fue ella quien me buscó en la lista de asistentes del Taller de Derechos de Autor y quien hizo los arreglos para el encuentro.
Sasha es, a más de muy bella, aunque no lo crean, extremadamente cándida. La muy insolente me preguntó si yo todavía podía...
Le respondí:
"Darling, if I am bronce medalist in 400 meters free style Nacional Master Championship, ¿don t you think I can still ring a golden bell like yours?"
Le dio mucha risa.
By Ala, my God, habría que volver a vivir para hacerle honor al momento...
No me pidió que dejara de escribir sobre el encuentro, pero sí la presencia de fotógrafos.
Pensaré seriamente si conviene a mis intereses literarios -ahora muy respetables- publicar todo lo que sucedió.
Mi encuentro con Sasha Grey fue breve y anónimo. No tengo más prueba del encuentro que la crónica que pronto publicaré (si no me lo impide un pudor que es más interés literario que verdadero pudor). No quiso que hubiera fotos.
Tenía curiosidad por conocer a un escritor colombiano que había escrito libros con títulos tan absurdos como:
Cuentos para después de hacer el amor
Cuentos para antes de hacer el amor
y
Cuentos en lugar de hacer el amor
Fue ella quien me buscó en la lista de asistentes del Taller de Derechos de Autor y quien hizo los arreglos para el encuentro.
Sasha es, a más de muy bella, aunque no lo crean, extremadamente cándida. La muy insolente me preguntó si yo todavía podía...
Le respondí:
"Darling, if I am bronce medalist in 400 meters free style Nacional Master Championship, ¿don t you think I can still ring a golden bell like yours?"
Le dio mucha risa.
By Ala, my God, habría que volver a vivir para hacerle honor al momento...
No me pidió que dejara de escribir sobre el encuentro, pero sí la presencia de fotógrafos.
Pensaré seriamente si conviene a mis intereses literarios -ahora muy respetables- publicar todo lo que sucedió.
Menos mal que ya puedo dominar a mi bestia.
Diálogo con Sasha Grey. Un hombre alto, malencarado, revisó mi identificación. Esbozó una media sonrisa de complicidad. Me dijo "lucky guy" y me dejó pasar.
Sasha (cara serena, cabellera aérea, brusa cómplice) se levanta de un sofá blanco. Estoy tranquilo. Soy un tigre dormido. Hablamos dos o tres formalidades. Dice que le llamaron la atención los títulos de mis libros y el hecho de que yo fuera colombiano: "Mis mejores amigos han sido colombianos, tienen algo", dijo con sonrisa ligeramente maliciosa.
Le pregunto:
-¿Crees que la pornografía aporte algo positivo a la humanidad?
-Sin la pornografía habría mil veces más crímenes.
-¿Recomiendas el consumo de pornografía?
-Cada cual debe decidir lo que hace con su sexualidad.
-¿Hay algo nocivo en la pornografía?
-Sí, el aislamiento y el desprecio de los sentimientos generosos.
-¿Por qué te retiraste de la pornografía?
-Había que hacer mucha gimnasia y ya estaba comenzando a tener programas gásticos y hemorroides.
-¿Volverías a hacer pornografía?
-Solo con alguien a quien ame totalmente.
-¿Te gusta el ambiente literario?
-Sí.
-Crees ser un escritora seria, como Joyce y Henry James.
-No, como Anais Nin, Henry Miller y Sade.
-¿Para quién es buena la pornografía?
-Para los freaks, los solitarios, los solterones, los viejos que se quedan sin pareja, los sacerdotes que no quieran fornicar niños. La pornografía es una droga universal que la humanidad ha usado desde que el primer homínido se le acercó por detrás a una homínida que estaba bebiendo agua en un arroyo.
Una hora y media pude hablar con Sasha Grey. Ella misma hizo los arreglos para que nos encontráramos en la Feria del Libro de Guadalajara.
(Espero avanzar más detalles. No permitió fotos)
Sasha (cara serena, cabellera aérea, brusa cómplice) se levanta de un sofá blanco. Estoy tranquilo. Soy un tigre dormido. Hablamos dos o tres formalidades. Dice que le llamaron la atención los títulos de mis libros y el hecho de que yo fuera colombiano: "Mis mejores amigos han sido colombianos, tienen algo", dijo con sonrisa ligeramente maliciosa.
Le pregunto:
-¿Crees que la pornografía aporte algo positivo a la humanidad?
-Sin la pornografía habría mil veces más crímenes.
-¿Recomiendas el consumo de pornografía?
-Cada cual debe decidir lo que hace con su sexualidad.
-¿Hay algo nocivo en la pornografía?
-Sí, el aislamiento y el desprecio de los sentimientos generosos.
-¿Por qué te retiraste de la pornografía?
-Había que hacer mucha gimnasia y ya estaba comenzando a tener programas gásticos y hemorroides.
-¿Volverías a hacer pornografía?
-Solo con alguien a quien ame totalmente.
-¿Te gusta el ambiente literario?
-Sí.
-Crees ser un escritora seria, como Joyce y Henry James.
-No, como Anais Nin, Henry Miller y Sade.
-¿Para quién es buena la pornografía?
-Para los freaks, los solitarios, los solterones, los viejos que se quedan sin pareja, los sacerdotes que no quieran fornicar niños. La pornografía es una droga universal que la humanidad ha usado desde que el primer homínido se le acercó por detrás a una homínida que estaba bebiendo agua en un arroyo.
Una hora y media pude hablar con Sasha Grey. Ella misma hizo los arreglos para que nos encontráramos en la Feria del Libro de Guadalajara.
(Espero avanzar más detalles. No permitió fotos)
El hombre que prefería la pornografía porque su mujer ya no quería
Aguilera Garramuño octubre 04, 2013
2.
Las mujeres de video
Este cuento es el segundo de tres con los mismos protagonistas, todos integrados bajo el título "Una familia feliz". Está incluido en el libro Cuentos para ANTES de hacer el amor (Educación y Cultura, 2010).
Mirándose al espejo después del baño Patricio recuerda a Diedre, a Nikki, a Roberta, a Nicoleta, a Serena. Son mujeres dóciles, nada problemáticas, atrevidas. Nunca se quejan. Están dispuestas a todo en cualquier momento. Catalina por el contrario se muestra cada vez más difícil, exigente y desidiosa.
-La verdad, querido -dijo la última vez que lo hicieron,
en la casa de las columnas- las fiestecitas de amor me molestan. Son como empresas en las que que al final no
tengo ni siquiera recompensa. Además hay cosas que no entiendo y que me
preocupan.
Hubo un tiempo en que Catalina quería alcanzar las
puertas del cielo cada dos o tres días. Y casi podía arañarlo. Llegó a tener
orgasmos mortales que la dejaban llorando convulsivamente. O que la abandonaban
en un limbo de temor al sospechar que nunca de nuevo iba a alcanzar semejante
escándalo de dicha. Ahora, que han pasado los años y los ardores de las
primicias, sabe que Patricio es débil y que sus entusiasmos son breves y
apresurados, suficientes apenas para permitirle aspirar a paisajes de hojalata.
-Lo que pasa es que no aceptas con resignación que en
cosas del amor el tiempo pasado siempre fue mejor.
Para Catalina toda razón es vana. Inútil es discutir con
ella. Bueno sería hacerla desaparecer aplastando un botón. Desgraciadamente
la realidad no funciona así. )La verdad? Ni Diedre ni
Nikki ni Roberta ni ninguna de las demás tienen nada que enseñarle a Catalina,
pues ella lo sabe todo y todo lo practica...cuando quiere.
Patricio se pasa la mano por la barba. De ayer a hoy las
canas parecen haberse duplicado. Un doblez de piel que antes no había notado
cuelga bajo su ojo derecho. Es oscuro y tiene puntos diminutos, parece un
tentáculo que comienza a tomar posesión de su rostro, cada vez más anguloso.
Las obras del tiempo y la corrosión de las horas secretas. Piensa en esos seres
de doble personalidad, santos de día y demonios de noche. Intenta dibujar en el
espejo una sonrisa de malo, de bestia sangrienta. Es una lástima que los
espejos conocidos sean tan inofensivos. Sólo muestran las miserias del tiempo.
Calma, no exageres, Patricio, lo que tienes es un viciecito, una cosa de nada,
una dosis mínima de maldad, que no perjudica a nadie. Pero esas canas, esa
arruga, en fin. Masajeó su rostro con energía, se peinó la barba. No está
dispuesto a teñirla. Quiere envejecer orgullosamente. Movió la cabeza a lado y
lado, intentando aliviar la tensión.
Ninguna de las mujeres secretas de Patricio tiene
complicación alguna. Detestan que se les hable de amor, ignoran las
invitaciones a cenas con meseros de guantes blancos, mantel de lino bordado,
vela en candelabro de plata y champaña, no son fértiles ni se vuelven locas
cuando entran a un centro comercial. Ellas van a lo que van y terminan
abrevando en la fuente más dulce, lamiendo, gozando, y de paso, dejan a
Patricio en un remanso de paz, de lasitud.
Patricio en general duerme como un iluminado después de
una sesión de excesos, pero en ocasiones se le aparece en sueños una criaturita
femenina que quiere seguir con los deleites o un asesino de cabeza rapada que
le dispara a quemarropa en el rostro. La verdad es que cuando Patricio decide
recurrir a las damas de vídeo, lo hace después de largas abstinencias, cuando
sabe que su esposa no estará disponible durante varios días. Es el pecadillo
íntimo de Patricio, su medalla al mérito oculto, su condecoración. Escapar de
la casa como un ladrón, llegar al vídeocentro y dirigirse desvergonzadamente a
la sección triple X. Recorrer las películas una a una, estudiándolas con
escrúpulo de comerciante. Le atraen particularmente dos tendencias: las de
mujeres exóticas (filipinas, tailandesas, africanas) y las de jovencitas. No
olvida la que filmaron Nicoleta y Danusa en las islas Seychelles. Detesta las
de perversiones sangrientas, bestialismo y homosexuales. Adora las que respetan
el entorno ecológico y las que se ocupan con minuciosidad del beso francés.
La más reciente invitada que tuvo en casa (anoche, que
Catalina durmió en el cuarto de la niña) fue Daniella Mariposa Triple X, una
jovencita que se pasó toda la película encerrada en su habitación, con las
manos entre las piernas, hablándole a la cámara, mientras miraba un sillón en
el que imaginaba escenas. Daniella era una niña, tendría acaso 15 años, y sus
ojos se redondeaban de pasmo cada vez que imaginaba ver en el sillón escenas
escabrosas. Vio a una tailandesa, tan joven como ella misma, que se arqueaba a
la manera de una serpiente enfurecida mientras un oriental extremadamente feo,
le lamía con arte de orfebre una orquídea temblorosa. Vio a una rubia, también
joven, de dientes separados, que repasaba con su lengua como un pincel, la
verga grande y saludable de un patán musculoso. Se vio a sí misma en un abrazo
inverso con una mujer sabia, que tañía su sexo como un arpa.
Patricio tuvo a Daniella en casa menos de doce horas,
pero gracias a ella derramó generosamente su placer dos veces. Por la mañana,
se levantó sin ningún complejo de culpa al mismo tiempo que su esposa, tomó
café con ella y sacó el Ford de la cochera. Se despidieron sin un beso, pero
con cortesía, casi sin rencor. En realidad no habían peleado la noche anterior.
Solamente cambiaron una mirada equívoca y eso bastó para que Catalina buscara
dormir lejos. Gracias, se dijo Patricio cerrando la puerta con llave. Se frotó
las manos, se dio dos palmaditas en el rostro, abrió el baúl de la ropa de
invierno y buscó a Daniella Mariposa Triple X. Besó el estuche y se dispuso al
deleite.
A las nueve de la mañana Patricio fue a casa de la tía
Felipa, que vive a cincuenta metros, más allá de la tienda de abarrotes, para
traer a la beba, que había pasado la noche allí. Le pidió a Celina que la
vistiera, le diera su desayuno y él mismo la llevó al kínder. Luego regresó a
casa, llamó a la oficina para disculparse, cerró la puerta de la habitación y
se dispuso a gozar por segunda vez de Daniella. Una vez terminado el asunto con
un estertor apasionado y un grito de soberana independencia, se bañó, descubrió
sus nuevas canas y su arruga, se vistió para ir a la oficina (en realidad no
tenía que hacer otra cosa sino estar sentado y esperar la visita de los
proveedores, que nunca llegaban en lunes), pasó por la gasolinera, abandonó a
Daniella en el vídeocentro y escogió a su sucesora, una jovencita alemana de
mirada cándida, se reintegró a la respetabilidad, no sin antes mirar con
nostalgia a Diedre, Roberta, Nicoleta y suspirar de emoción al pensar en las
noches por venir con Cindy, Janice, Helga, Akiko y otras cien criaturas que
envidiarían el sultán de Brunei, el Jeque Nefzaqui y los más grandes
desaforados que hayan existido. Escondió a la pequeña alemana bajo la llanta de
refacción y se prometió recluirla en el baúl lo más pronto posible. Se juró a
sí mismo que no iba a invitarla al jolgorio sin antes darle la oportunidad a su
mujer. Esperaría exactamente una semana, pasada la cual aprovecharía el primer
enojo de Catalina para tener el pretexto justo.
El lunes sería un día pesado pues los dos desmanes con Daniella habían sido estragosos,
pero era necesario soportar la rutina diaria (incluso ir al sauna con su esposa
y comer en casa de los suegros). A cambio de ello, llegaría la noche (ojalá a
Catalina no se le ocurriera hacer una fiestecita de reconciliación), el
descanso, y el martes volvería a ser el licenciado Patricio Dióscuro, encargado
del departamento de proveeduría de Tribuna
Popular. Alto y garboso, ventripotente, siempre vestido de manera juvenil,
era el elemento cordial de la oficina. Fue tenista casi profesional, fue
consejero de un candidato del partido conservador, fue líder en el grupo scout
del barrio, fue ciclista y cumplió la hazaña de ir al puerto de Cartagena y
regresar con el pelotón, aunque llegara en último lugar. El currículum de lo
que intentó ser resulta fatigoso por interminable y medio disparatado. De lo
que no se puede dudar es que terminó su licenciatura en administración de
empresas, pues el título preside la sala de su casa y la copia del título le
sirve de corona en las paredes de la oficina, que son un verdadero periódico
mural. Es un inútil, dicen, y a Patricio no le interesa hacerles cambiar de
opinión. Para él es regla la consoladora certeza de que fingirse tonto es la
forma más sencilla de ser feliz.
Patricio cumple casi todas las leyes de la decencia y el
civismo. Es un hombre bueno. Tan bueno, dice Catalina, que pareces subdotado.
Todo el mundo te engaña. Cualquiera te puede convencer de lo más increíble.
Catalina sabe de las aficiones de su esposo por la pornografía. Ella misma,
después de los desmanes en la casa de las columnas, vio media docena de
películas cochinonas con su esposo. La primera vez sintió naúseas, aquello le
pareció demasiado orgánico, poco honesto. Lo soportó hasta que los personajes
se trenzaron en una escena contra natura poco estética.
-¿En qué consiste lo
hermoso del acto sexual y dónde comienza la vulgaridad?
Patricio no supo responderle pero ella sí.
-En primera medida debe haber algo más allá de la carne.
Una melodía discreta, detalles graciosos en la escena, una expresión
auténticamente humana en los rostros. En segunda medida, se deben evitar los
grandes planos, los cuerpos deben verse parcialmente. En tercera medida las
tomas deben ser lentas y minuciosas.
Catalina continuó disertando. Patricio no supo
escucharla.
Con las damas de vídeo era otro cantar: estaban sujetas a
su capricho y por eso podía darles tiempo, sosiego, incluir pausas para alargar
el deleite, salir del cuarto a respirar aire puro y cuando el desfallecimiento
ya fuera inevitable, lanzarse con la espada en la mano contra el cielo,
limpiar cuidadosamente la sangre y regresar a batallas más tristes.
Cuando vio la tercera o cuarta película Catalina comenzó
a detallar con interés casi científico las felaciones y a darse cuenta de que
las tipas aquellas en ocasiones sí tenían algo que enseñarle. Eran como
artistas pacientes que con la lengua levantaban esculturas que alcanzarían su
apogeo en el mismo instante en que se iniciaran la caída.
-Y el asunto ese de la felación. No sé, creo que oculta
algo que nadie ha podido descubrir o por lo menos que no se han atrevido a
revelar.
-¿Qué?
-No es la necesidad de humillarse. Es algo más. Como
querer apropiarse de la sustancia del otro. Como querer ser el otro. Un asunto
que tiene que ver con el canibalismo, con nuestros antepasados. Pero esto
sucede si y solamente si -Catalina en raras ocasiones saca a relucir sus
filosofías, pero a veces vale la pena escucharla- la felación es resultado del
más absoluto amor y de una pasión del instante. Como que volvemos a ser las
bestias que fuimos antes de ser seres humanos con conciencia.
Patricio prefirió no teorizar. La verdad es que en la
vida real él prefería los negocios limpios y expeditos, sin barroquismos
antropológicos o cursilerías. Y el asunto del amor con Catalina le resultaba en
general muy sazonado. Demasiadas fantasías revoloteando en la penumbra,
presencias ocultas en las sombras, ruidos, murmullos, súbitas detenciones. O
tal vez el problema era que su esposa siempre quería las cosas a su manera, con
una aburridora igualdad de oportunidades en la que Patricio alcanzando un leve
placer se consideraba habitualmente perdedor.
Y después, cuando iban juntos al vídeocentro, Catalina
tomaba con retador desparpajo las películas triple X, estudiaba los estuches y
hacía comentarios en general burlones. (Qué le podían enseñar esas individuas, si ella misma movida por la
naturaleza fogosa e impaciente o por los demonios de los espejos se había
atrevido a llenarse la boca sin recato!
Entonces fue Patricio quien comenzó a alejar a su cónyuge
de esas películas. No quería tener una esposa perversa, no tan perversa. Que se
atreviera a todo en la cama, pero que no se aficionara a la pornografía.
Aquello era un vicio sucio y contaminante, un vicio de hombres, que sólo se
permitían en las fiestas de fin de semana, cada vez más escasas por la
infinidad de incidentes de la vida y el humor cada vez más agrio y veleidoso
(cada vez más filosófico y lleno de imaginaciones) de Catalina.
-¿No te aburre saber que
vas a hacer lo mismo una y otra vez con la misma persona durante treinta o
cuarenta años?
-No me aburro de respirar, y eso lo hago cada dos
segundos.
La verdad es que sí había una dosis de aburrimiento con
su esposa y ello tenía que ver con la rutina. Si lograban escapar de la casa,
del trabajo y la ciudad, y hacerlo cerca de la playa, en la montaña o en un
hotelito de paso cercano -cómo olvidar la casa de las columnas-, el acto
resultaba memorable. Era como un retoñar de aquella vieja pasión de los
primeros días, cuando podían hacerlo tres o cuatro veces en una noche y
Catalina lloraba silenciosamente de dicha y pena a la vez. Entonces todo era
simple y estaba rodeado por un halo de candor.
Patricio logró alejar a su esposa de la pornografía. Pero
él mismo no pudo abandonar a sus mujeres de vídeo. Cuando pasaban semanas y
hasta meses sin que Catalina fuera propicia, Patricio perdía el sueño, se
levantaba a media noche, bajaba al bar y poco a poco se iba dejando ganar por
la idea de que se acercaba la hora de esa especie de reivindicación y de
consuelo. Es claro que se avergonzaba del asunto y que muy en el fondo sufría
por la añoranza de una especie de santidad conyugal que ya no podría sustentar.
Es claro también que Catalina tenía parte de la culpa, por no cumplir con sus
deberes constante y periódicamente. Había de todos modos una reserva de
felicidad en ese vicio oculto: saber que sí podía serle infiel a su esposa,
aunque fuera con señoras de celuloide. Era su partecita podrida, su gusano en
la manzana. Todos los seres humanos tienen su gusanito, se decía. El de
Catalina era una necesidad de analizarlo todo, de mentirse a sí misma con
imaginaciones, una especie de neurosis obsesiva que la llevaba a destruir
cualquier principio de armonía. Se le perdonaba eso y lo demás, porque así como
sabía odiar a fondo y estaba a punto de mandarlo todo al infierno por una
pequeñez (y todo era más que suficiente: la casa de tres niveles, el auto, una
sirvienta a veces, los niños en buenas escuelas y vacaciones dos veces al año)
también era una mujer amorosa, dedicada a sus hijos, ordenada, y, sobre todo,
eficiente. Ella era la que aportaba el 75 por ciento de los ingresos familiares
y la que los administraba. A su esposo le proporcionaba apenas lo suficiente
para la gasolina, el periódico y 200 000 pesos semanales en efectivo para
gastos de emergencia. Entre los gastos de emergencia, entraban, naturalmente,
las damas de vídeo.
Cuando el licenciado regresó el lunes de su trabajo,
agotado por la inactividad de la oficina y las batallas de la noche anterior y
la mañana, vio que su mujer abría la puerta de la casa con una amabilidad
sorprendente. Estaba de buen humor. Ofreció sus labios al beso. Patricio la
abrazó estrechamente, la miró a los ojos y le preguntó retador:
-¿Será posible que esta
noche tengamos una fiestecita?
Catalina suspiró, agarró de las orejas a su marido y
clavándole los ojos en las pupilas, le dijo:
-Entiéndeme, amor, no me interesa. Estoy en un periodo de
balance emocional. Prefiero dormir en el cuarto de la niña.
Patricio esbozó su muy sincera sonrisa de santo. La clave
de la felicidad matrimonial era sencillísima: a la mujer, lo que quiera.
Cerró los ojos por un segundo y recordó la expresión
cándida de la pequeña alemana, que lo esperaba ansiosa en el fondo del baúl de
la ropa de invierno. ¿Por qué hacerla esperar
una semana?
El licenciado Patricio Dióscuro vio que sus hijos corrían
hacia él, abrió los brazos y la recibió como quien recibe un beso de Dios en la
frente.
Fonseca escribe con una despreocupación grande. No le
interesa pulir el estilo. Tal parece que lanza las palabras irresponsablemente
sobre el papel. Ha tenido graves problemas con la censura brasileña. Durante
muchos años afrontó un proceso por publicar pornografía. Finalmente lo ganó. De
su vida privada sé poco. Sin duda que debe parecerse a muchos sus cuentos. En
ellos hay viejos que se enamoran de niñas, muchos muertos, muchos maleantes, un
desprecio soberano por los políticos y por la religión (he aquí una de sus
frases: “Sólo las mujeres feas van a misa”). En Guadalajara dijo ante el
público: “En mis cuentos hay muchos coitos y muchos muertos. Eso me gusta a mí
y le gusta a los lectores”. Con todo y sus desplantes uno no puede menos que
amar a Ruben Fonseca).





